Un escocés para Martina Capítulo 5
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Capítulo 5

Laia llegó a casa poco después de las ocho con una bolsa de comida, dos botellas de sidra sin alcohol y la exigencia de que le entregara el informe médico antes de quitarse siquiera los zapatos.

Había salido tarde de la base, pero encontró tiempo para pasar por un restaurante y comprar una cena suficiente para alimentar a cuatro personas o a una embarazada cuya mejor amiga aún desconocía cuánto aumentaba el apetito durante el primer trimestre.

—He pedido de todo porque no sé qué puede comer una mujer en tu estado —explicó mientras sacaba los recipientes—. La lista que me mandaste esta mañana parecía el reglamento de una misión espacial.

—Puedo comer casi de todo. Solo hay que tomar algunas precauciones.

—Eso dices ahora. A las tres de la tarde me preguntaste si el queso de una ensalada podía atacarte desde dentro.

—No sabía si estaba pasteurizado.

—Yo tampoco sabía que los quesos tuvieran antecedentes penales.

Puso la mesa mientras le contaba la consulta con Borja. Le enseñé la ecografía, repetí que el embarazo evolucionaba bien y soporté que girara la imagen varias veces antes de localizar al bebé. Cuando por fin creyó distinguirlo, señaló una forma que probablemente correspondía a cualquier otra parte.

—Es monísimo —concluyó, devolviéndome la fotografía—. Tiene tu misma expresión.

—No tiene expresión.

—Entonces se parece al padre.

La observé con desaprobación, aunque no pude contener la risa. Laia abrió una de las botellas, llenó las copas y alzó la suya antes de sentarse.

—Por la aceituna —brindó—. Que siga creciendo, se porte bien y no herede de su padre la costumbre de abandonar prendas en dormitorios extranjeros.

—Borja dice que está más cerca del tamaño de una fresa pequeña.

—¿Ya hemos pasado de la aceituna a la fresa? Esta criatura avanza a una velocidad preocupante.

Chocamos las copas y probé la sidra. Estaba demasiado dulce, pero las burbujas le daban cierto aire festivo a una cena que necesitaba toda la ligereza disponible.

Durante unos minutos nos dedicamos a comer y a comentar mis instrucciones médicas; después dejé el tenedor sobre el plato y reuní el valor necesario para plantear el verdadero motivo de nuestro encuentro.

—Lo he pensado —anuncié—. Quiero buscar a Ewan.

Laia terminó de masticar antes de responder. No pareció sorprendida, aunque sí satisfecha por escuchar en voz alta la decisión que seguramente esperaba desde que conoció el embarazo.

—Bien. Era la única opción compatible con tu personalidad.

—También podía no buscarlo.

—Tú no eres capaz de acostarte sin mirar si la puerta está cerrada dos veces. Jamás ibas a criar a su hijo sin intentar encontrarlo.

—No sé cómo reaccionará.

—Puede reaccionar bien.

—O acusarme de estar mintiendo.

—En ese caso, le hacemos una prueba de paternidad y después permites que lo atropelle una vaca escocesa. Todo dentro de la legalidad local, por supuesto.

—Dudo que atropellar a alguien con una vaca sea legal en Escocia.

—Todavía no he estudiado su legislación ganadera. Me falta una semana.

Tomó otro trozo de pan y empezó a enumerar posibilidades con los dedos. Ewan podía ser un hombre estupendo que llevaba años esperando una mujer como yo; también podía tener pareja, vivir en casa de sus padres o no recordar mi nombre.

Laia añadió que quizás fuera el heredero de un castillo, propietario de media montaña y una versión contemporánea de Christian Grey, aunque con una habitación privada destinada a guardar gaitas, whisky y traumas familiares.

—A lo mejor lleva toda la vida suspirando por formar una familia —aventuró—. Cada Navidad se sienta delante de la chimenea, contempla la nieve y se pregunta cuándo aparecerá la española que va a cumplir sus sueños.

—No sabes si tiene chimenea.

—Vive en las Highlands. Hasta los cajeros automáticos deben de tener chimenea.

—Quizás sea un desastre.

—También es posible que duerma hasta mediodía, deba dinero en tres pubs y considere preparar la cena abrir una bolsa de patatas. En ese caso, habrá tenido la suerte de encontrar a una mujer con vocación rehabilitadora.

—Soy fisioterapeuta, no reformo hombres.

Laia dejó escapar una carcajada y me señaló con el tenedor.

—Tu historial sentimental contradice esa afirmación. Llevas años recogiendo balas perdidas y comprobando si con ejercicio terapéutico se convierten en ciudadanos responsables.

—Esta vez no quiero convertirlo en nada. Solo necesito contarle que va a ser padre.

—Perfecto. Llegamos, se lo cuentas y observamos si responde como Christian Grey o como un hombre al que habría que retirar el derecho a utilizar perfume.

Buscarlo no aliviaba el resto de mis inquietudes. Desconocía casi todo sobre él: su apellido, su profesión, su familia y el lugar exacto donde vivía.

—Buscar a un hombre llamado Ewan en todas las Tierras Altas puede llevarnos varios embarazos —comenté—. Necesitamos algo más.

—Estuvimos hablando con ellos durante horas. Tuvo que mencionar algún lugar.

—A mí me explicó que vivía cerca de un lago, pero allí hay cientos.

—En Escocia todo está cerca de un lago, una oveja o una historia de fantasmas. Eso no reduce demasiado la búsqueda.

Laia se quedó mirando la botella. Arrugó la nariz, recuperó la fotografía del grupo y señaló al pelirrojo situado a su lado.

—Uno de ello habló del monstruo del lago Ness.

—Todos los escoceses hablan de Nessie cuando conocen turistas.

—No, espera. Tú estabas pidiendo y me preguntaron si había visitado Fort Augustus, ahora que lo pienso. Joder, no me había venido el recuerdo hasta ahora.

—¿Estás segura? Mira que también ibas muy pedo…

—No tanto como otras, no me busques la lengua.

El nombre despertó una impresión lejana, demasiado débil para convertirse en recuerdo propio. Laia cerró los ojos durante unos segundos y movió una mano, intentando ordenar la conversación.

—Yo entendí “fuerte Augusto” y le pregunté si vivían en una fortaleza romana —continuó—. El pelirrojo se rio de mí y Ewan me explicó que era un pueblo, no un fuerte. Después alguien comentó que estaba al sur del lago Ness.

—¿Te aseguraron que vivían allí? Porque creí entender que eran del mismo lugar.

—Diría que sí, es que lo tengo todo un poco borroso.

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

—Que mencionaron ese lugar es fijo. Me ha venido el flash.

Escribí “Fort Augustus” en el buscador. Los resultados mostraron una localidad asentada entre montañas y agua, con una sucesión de esclusas que atravesaba el centro antes de desembocar en el lago Ness.

Había casas de piedra, embarcaciones detenidas en el canal y carreteras que se abrían paso por un paisaje de un verde intenso.

Laia acercó la silla para mirar la pantalla conmigo.

—Ahí lo tienes —declaró—. Tu Grey escocés vive donde el monstruo del lago Ness pasa los fines de semana.

—Es muy pequeño.

—Mejor. En un lugar así bastará con entrar en el primer pub y preguntar por el idiota que perdió una americana en España.

—No pienso presentarlo de ese modo.

—Tienes razón. Diremos “el atractivo idiota que dejó embarazada a una fisioterapeuta”. Así evitamos confusiones.

Abrí el mapa y calculé las distancias. Fort Augustus se encontraba entre Inverness y Fort William, en pleno corazón de las Highlands. No sería un viaje directo desde Rota, pero tampoco la expedición inalcanzable que imaginé unos minutos antes.

—Podríamos llamarlo ahora y preguntarle —le sugerí.

—Podríamos, pero también podría darte una dirección falsa, dejar de contestar o anunciarte que se ha mudado a Australia. Si vamos a buscarlo, prefiero que nos encuentre ya en su pueblo.

—Eso se parece peligrosamente a tenderle una emboscada.

—No es una emboscada; es una comunicación presencial sin posibilidad de fuga prematura.

—Hablas igual que en el trabajo.

—Por eso acabo de ascender.

Laia cogió su teléfono, abrió el calendario y me mostró la semana siguiente marcada con nuestros días libres.

—Dentro de siete días empezamos las vacaciones —me recordó—. Íbamos a ir a Menorca, pero todavía podemos cancelar el alojamiento.

—Llevamos meses preparando ese viaje.

—Menorca no va a moverse. Fort Augustus tampoco, pero dentro de unos meses tendrás una barriga considerable y menos ganas de recorrer las Highlands buscando al señor Fecundidad.

—No vuelvas a llamarlo así.

—Aceptarás el apodo cuando lleves tres días preguntando por un Ewan sin apellido.

Me reí, aunque la propuesta empezaba a parecerme posible.

Ya teníamos las vacaciones autorizadas, habíamos ahorrado para el viaje y Laia disfrutaba organizando cualquier desplazamiento con la misma meticulosidad que aplicaba a sus obligaciones militares.

Solo necesitábamos sustituir el destino, comprar los billetes y encontrar alojamiento.

—¿De verdad cambiarías Menorca por esto? —le pregunté.

—Sin pensarlo. Las calas seguirán allí el año que viene y, además, este viaje incluye misterio, paternidad inesperada y escoceses. Menorca solo nos ofrecía arena dentro del bañador.

—También ofrecía sol.

—Tengo uniforme de verano. Ya veo suficiente sol en Cádiz.

Desbloqueó el teléfono y abrió una aplicación de vuelos. Antes de que pudiera detenerla, comparó varias rutas, calculó horarios y anotó posibles conexiones en una servilleta.

—Me encargo de organizar el operativo —resolvió—. Vuelos, alojamiento, coche de alquiler y trayecto hasta Fort Augustus. Tú te ocuparás de no consultar en internet si los aviones perjudican a las fresas de nueve semanas.

—Preguntaré a Borja.

—Borja va a bloquearte.

—¿Cuándo llamaremos a Ewan?

Laia dibujó un círculo alrededor del nombre del pueblo.

—Cuando estemos allí. Lo llamas desde Fort Augustus, le cuentas que has viajado para verlo y quedáis en un lugar público. Primero hablarás con él a solas; yo permaneceré cerca por si se transforma en un cabrón.

—No creo que sea así.

—Seguramente no. Dejó una americana, utilizó su teléfono y permitió que le hicieran varias fotografías. Tiene una planificación criminal deficiente.

—O es un hombre normal.

—No descartemos teorías extremas hasta conocer su profesión.

Volví a contemplar las imágenes de Fort Augustus.

Una semana antes no sabía que llevaba un hijo dentro; aquella mañana salí de la consulta de Borja pensando que quizás nunca localizaría a su padre y ahora tenía ante mí un nombre, un punto concreto en el mapa y una amiga dispuesta a cambiar el Mediterráneo por el clima escocés sin pedir nada a cambio.

—Vamos a las Highlands —acepté.

Laia llenó de nuevo las copas con sidra sin alcohol y levantó la suya.

—Por Fort Augustus, por encontrar a Ewan y porque sea un tío responsable, soltero y sin una colección de cadáveres debajo de la chimenea.

—Antes has dicho que podía ser normal.

—Y mantengo un optimismo prudente.

—Brindemos también por que quiera a su hijo.

La expresión de Laia se suavizó antes de acercar la copa.

—Si tiene un mínimo de inteligencia, os querrá a los dos. Y si no lo tiene, volveremos a Rota, criaremos a la aceituna sin él y aprovecharemos el billete de regreso para insultarlo desde el avión.

Chocamos las copas. Durante el resto de la cena, mi amiga convirtió la búsqueda en una operación con nombre propio, elaboró una lista de equipaje para climas que ninguna de las dos dominaba y aseguró que aprendería a pronunciar “voy a romperte las piernas” con acento escocés por si Ewan recibía mal la noticia.

Menorca desapareció de nuestros planes antes de terminar el postre. Siete días después viajaríamos a las Highlands, recorreríamos las calles de Fort Augustus y llamaríamos al padre de mi hijo desde el mismo lugar donde vivía.

Por primera vez desde que vi la ecografía, el miedo no llevaba toda la ventaja.