Un escocés para Martina Capítulo 4
13%

Capítulo 4

Regresé a la consulta de Borja con la sensación de llevar semanas embarazada, aunque todavía no había conseguido acostumbrarme a la noticia.

Leí demasiadas páginas sobre el primer trimestre, descargué una aplicación que comparaba el tamaño del bebé con una aceituna y llamé tres veces a Laia para preguntarle si consideraba normal que no sintiera absolutamente nada.

Borja me recibió al terminar su turno de mañana y revisó los resultados disponibles antes de indicarme que pasara a la zona de exploración.

Había pedido las pruebas necesarias, pero también me advirtió que algunas analíticas y cribados requerirían más tiempo; aquel día podía comprobar mi tensión, el peso, la orina y la evolución del embarazo mediante una nueva ecografía.

—No esperes que en cuarenta y ocho horas haya aprendido a saludar —bromeó mientras preparaba el ecógrafo—. A esta edad gestacional todavía tiene una agenda bastante limitada.

—Solo quiero saber que sigue ahí.

—Sigue ahí. Y, por lo que vimos el otro día, se encontraba donde debía.

La tensión estaba dentro de los valores normales y la tira de orina no mostró nada preocupante. Borja fue explicándome cada dato para impedir que lo interpretara por mi cuenta y acabara convirtiendo una variación mínima en una catástrofe.

Después me tumbé en la camilla, levanté un poco la camiseta y esperé con los dedos entrelazados sobre el pecho.

La imagen apareció en el monitor tras unos ajustes. Ya no necesité que señalara el saco gestacional; reconocí enseguida aquella pequeña forma que dos días antes había cambiado mi vida. Tomó varias medidas, comprobó la actividad cardiaca y examinó con atención cuanto podía valorarse en ese momento.

—Crece de acuerdo con el tiempo de gestación y la frecuencia cardiaca es adecuada —explicó—. No veo ningún signo que nos preocupe. Eso no significa que podamos anticipar los próximos siete meses ni sustituye las pruebas que iremos haciendo, pero, hoy, todo lo que podemos comprobar está bien.

—¿Seguro?

—Seguro dentro de lo que permite la medicina, que nunca utiliza la palabra “seguro” con la alegría que te gustaría. Pero no tienes nada de lo que preocuparte, esa es la buena noticia.

Volvió el monitor hacia mí y me permitió escuchar el latido. Esta vez no me sorprendió, aunque consiguió que dejara de respirar durante unos segundos. Había pasado dos noches pensando en aquel sonido y, al oírlo de nuevo, comprendí que empezaba a esperarlo.

—Va muy rápido —le comenté.

—Es lo normal en esta etapa.

Imprimió una imagen y me la entregó antes de ayudarme a bajar de la camilla. La sostuve con ambas manos mientras me vestía, procurando no doblar ninguna esquina. Aquella mancha gris continuaba resultándome difícil de interpretar, pero ya no necesitaba que nadie me explicara qué representaba.

Al regresar al escritorio, guardó los datos de la exploración y organizó las siguientes citas.

Me habló de los suplementos, de los alimentos que debía evitar y de las pruebas previstas para las próximas semanas.

Contesté cuando correspondía, aunque una inquietud distinta llevaba un rato reclamando espacio.

—Borja, ¿puedo preguntarte una cosa sin que pienses que estoy perdiendo la cabeza?

—Después de que me confesaras que has buscado en internet si estornudar afecta al embarazo, mis expectativas son flexibles.

Acaricié el borde de la ecografía antes de formular la pregunta.

—¿Puede tener problemas porque no conozca a su padre?

Abandonó la sonrisa, consciente de que no me refería únicamente a crecer sin una figura paterna.

—¿Qué clase de problemas te preocupan?

—No conozco sus antecedentes médicos ni los de su familia. No sé si hay enfermedades hereditarias, alergias graves o cualquier cosa que debiera contaros. Solo sé que Ewan tiene mi edad, vive en las Highlands y parecía sano. Ni siquiera conozco su apellido.

—La historia familiar aporta información, pero desconocerla no significa que tu bebé vaya a tener un problema —aclaró—.

Realizaremos los controles y cribados indicados, igual que hacemos con muchas mujeres que no disponen de todos los antecedentes del padre.

Si surge alguna razón médica para ampliar el estudio, lo valoraremos entonces.

—¿Y si algún día necesita algo de él?

—¿A qué te refieres?

—No lo sé. Una donación, quizás. Médula, un órgano, sangre… Imagínate que necesita un donante compatible y no podemos encontrarlo.

Borja apoyó los antebrazos sobre la mesa y empezó a reírse, no para burlarse de mí, sino con la incredulidad afectuosa de quien acababa de descubrir hasta dónde podía viajar mi preocupación en menos de una semana.

—Martina, estás embarazada de nueve semanas y ya has enviado a tu hijo a una lista de trasplantes. No puedes convertirte en una madre tan sufridora antes de que mida cuatro centímetros. Vais a llegar agotados al parto.

—Me has pedido que te explique qué me preocupa.

—Y has cumplido con una entrega admirable —reconoció, recuperando la seriedad—.

Escúchame: ahora mismo el embarazo evoluciona bien y no tenemos motivos para pensar en enfermedades ni donaciones.

Si algún día apareciera un problema, lo afrontaríamos con los medios disponibles.

No puedes vivir todos los años de tu hijo por adelantado ni protegerlo de situaciones que quizás nunca existan.

—Tendrá la mitad de su familia en un lugar que ni siquiera sabrá que ha nacido.

—Eso puedes intentar cambiarlo. Tienes tiempo para localizar a Ewan y decidir qué lugar quieres ofrecerle en vuestra vida, pero también debes pensar qué deseas hacer tú. No tomes decisiones por miedo a decepcionar a un hombre al que no conoces ni por la familia que imaginaste durante años.

—Voy a tenerlo —afirmé sin necesidad de reflexionar—. De eso estoy segura.

—Es evidente. Y si quieres, puedes buscar al padre y comunicarle el embarazo. No tienes que resolver hoy cómo será vuestra relación durante los próximos veinte años; solo elegir cuál es el siguiente paso.

Miré la ecografía. Localizar a Ewan podía conducir a cualquier parte: quizás se alegrara, quizás pensara que estaba mintiendo o quizás no quisiera involucrarse. Hasta entonces pensé en encontrarlo para informarle, pero no me detuve a valorar qué esperaba recibir a cambio.

—¿Qué siente un padre por un hijo? —le pregunté con cautela, puesto que el mío murió cuando yo era bebé.

Borja tardó unos segundos en responder, sorprendido por el cambio.

—Depende del padre.

—Ya lo sé, pero tú tienes dos hijas. ¿Qué sientes por ellas?

Se acomodó en la silla y desvió la atención hacia una fotografía colocada junto al ordenador. Sus hijas aparecían en la playa, cubiertas de arena y enseñando a la cámara dos helados medio derretidos.

—Las amo con toda mi alma —contestó—. A veces me vuelven loco, me preocupan más de lo que creía posible y han conseguido que pase media vida buscando horquillas, disfraces y botellas de agua. También son las personas por las que haría cualquier cosa.

—No conocí a mi padre, ya lo sabes. Mi madre me ha contado muchas veces cuánto me quería, pero no puedo recordarlo. No sé qué se siente al tener un padre ni cuánto puede importar su presencia.

—Entiendo que quieras darle a tu hijo lo que no pudiste tener —razonó—, pero no conviertas a Ewan en el padre que imaginaste antes de conocer al hombre que es.

Cada padre vive la paternidad de una manera, igual que cada madre.

Hay quienes descubren un amor inmenso y otros que no saben, no quieren o no pueden ocupar ese lugar.

—¿Y si no quiere?

—Lo querrás tú por los dos.

Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas y bajé la vista hacia la fotografía para evitar que cayeran. Borja rodeó el escritorio, se sentó en la silla de al lado y me ofreció un pañuelo.

—No estás sola —añadió—. Tienes a tu madre, a Laia, a tus amigos y a un ginecólogo que piensa prohibirte internet después de las diez de la noche.

Busca a Ewan si eso es lo que deseas, cuéntale la verdad y permite que responda por sí mismo.

Después decidirás con hechos, no con todos los temores que eres capaz de fabricar durante una guardia.

Me sequé las lágrimas y guardé la ecografía dentro de la carpeta.

—Creo que quiero encontrarlo.

—Pues empieza por ahí. El resto llegará cuando tenga que llegar.

Salí de la consulta con la siguiente cita anotada y una certeza nueva acompañando a la que ya llevaba conmigo. Ewan era el padre de mi hijo y tenía derecho a saberlo; lo que hiciera después con aquella noticia dependería de él.

Querer al bebé, en cambio, dependería de mí. Y para eso ya empezaba a sentirme preparada.