Un escocés para Martina Capítulo 3
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Capítulo 3

Avancé hasta mi coche, me senté al volante y permanecí allí varios minutos, incapaz de decidir si debía arrancar, llamar a mi madre o regresar a la consulta para pedirle a Borja que mirara otra vez.

Acabé telefoneando a Laia.

—¿Has salido ya? —le pregunté cuando respondió.

—Hace media hora. Estoy comprando comida porque mi nevera solo contiene agua, mostaza y media cebolla con aspecto delictivo. ¿Qué pasa?

—Necesito verte.

Abandonó el tono despreocupado al instante.

—¿Dónde estás?

—En el aparcamiento del hospital.

—Voy a tu casa. Dame veinte minutos.

No tardó ni quince. Cuando llegué, ella ya esperaba en la entrada con una bolsa del supermercado en cada mano y una expresión que desaconsejaba cualquier intento de ocultarle información.

Subimos, dejó la compra sobre la encimera (gesto que, de haber estado en condiciones normales, habría provocado alguno de nuestros comentarios) y me siguió hasta el salón.

—Siéntate —ordenó—. Tienes cara de haber atropellado a alguien y haber traído el cadáver en el maletero.

—Estoy embarazada.

Laia conservó la misma postura durante varios segundos, con los brazos separados del cuerpo y las llaves todavía en una mano. Después parpadeó, miró mi vientre y volvió a concentrarse en mi cara.

—¿Qué acabas de decir?

—Que estoy embarazada. De nueve semanas, más o menos.

—No puedes estar embarazada.

—Esa ha sido también mi aportación científica en la consulta, pero la ecografía opina lo contrario.

Se sentó a mi lado y me arrebató la carpeta. Leyó el informe, pasó las hojas con creciente rapidez y regresó a la primera página, buscando alguna frase que desmintiera todo lo anterior.

—¿Nueve semanas? —repitió—. Entonces fue la noche de mi ascenso.

—Sí.

—Pero usasteis preservativo. Me lo dijiste.

—Vi un envoltorio.

Laia levantó la cabeza.

—¿Qué diferencia hay?

—Que no recuerdo cuántos polvos echamos, evidentemente. Igual Ewan trajo solo uno y estuvimos liados durante horas.

—Tía, tú no puedes beber, ahora lo veo claro.

—Naturalmente, me han preñado —le recordé con angustia.

—Quiero decir en ninguna circunstancia… Te emborrachas y te vuelves amnésica, puñetas.

—No te cabrees… Es verdad que pierdo un poco el norte.

—¿Un poco? Joder, que no lo conocías de nada. Ewan podría haber sido un asesino en serie y lo metiste en tu casa por la cara.

—Calla, calla, ¿tú nunca te has acostado con un desconocido?

—Pero lo mío es distinto. Sé defenderme, soy militar y tengo permiso de armas —argumentó.

—Y ahora tienes permiso para callarte si no quieres que pierda los nervios, ¿me oyes?

Abrió la boca para continuar, pero debió de advertir que no se lo dije por decir. Dejó los papeles sobre la mesa y moderó el tono, tratando de animarme.

Me reí entre lágrimas, pero la risa se quebró antes de completarse. Laia me acarició la espalda con una torpeza entrañable; nunca había destacado por las demostraciones delicadas de afecto, de modo que cada movimiento suyo revelaba el esfuerzo por no soltarme.

—Tú siempre has querido ser madre —me recordó—. Desde que éramos adolescentes y organizabas hasta los nombres de tus futuros hijos.

—Pero no así. Quería enterarme con el padre a mi lado, quería poder mirarlo y saber qué estaba sintiendo. No quería descubrirlo en una revisión rutinaria ni tener que investigar quién estuvo en mi cama.

—Lo entiendo.

—Y ni siquiera sé si quiero buscarlo. ¿Qué le diría? “Hola, soy la española que no recuerda ni cómo fue acostarse contigo y estoy embarazada”. Suena horrible.

Me aparté para secarme la cara. Laia se sentó de nuevo a mi lado, recogió el informe y lo colocó con cuidado dentro de la carpeta.

—¿Tú qué harías? —le pregunté.

—Yo no quiero tener hijos.

—Eso ya lo sé.

—No, me refiero a que no puedo contestarte desde tu lugar.

Si me ocurriera a mí, tomaría una decisión distinta porque mi vida y mis deseos son otros.

Tú llevas años queriendo formar una familia; incluso has soportado a hombres que merecían ser abandonados en una gasolinera con tal de concederles una segunda oportunidad.

—Qué manera tan tierna de consolarme.

—Estoy aprendiendo. Dame tiempo.

Laia tomó mis manos y esperó hasta que conseguí sostenerle la mirada.

—No tienes que alegrarte hoy —continuó—. Tampoco tienes que resolverlo todo antes de cenar. En un par de días te haces las pruebas, te aseguras de que el embarazo va bien, y me quitas esa cara de funeral. Y, si después de todo eso, quieres buscar al padre, te juro que lo encontraremos.

—¿Cómo vamos a encontrar a un escocés del que solo conocemos el nombre?

—Tenemos varias fotos de aquella noche de cinco tipos que bebían más de lo que debería permitir la ley. He trabajado con información peor.

—Claro, como que nosotras no bebimos. Ahora la culpa es de ellos —suspiré.

Recordé las fotografías. Hasta ese momento solo las había visto para reírme de nuestras caras y de la postura militar adoptada por Laia, pero quizás escondieran algún detalle que nos permitiera saber algo más de Ewan.

Mi amiga debió de seguir el curso de mis pensamientos porque tomó su teléfono y abrió la galería. Buscó las imágenes de aquella noche hasta encontrar la fotografía de grupo.

Allí estaban los cinco escoceses: Ewan junto a mí, el pelirrojo al otro lado de Laia y los otros tres detrás (incluido el recién divorciado), todos sonrientes y ajenos al problema en el que uno de ellos acabaría convirtiéndose.

Amplié el rostro de Ewan. Sus ojos claros conservaban el brillo alegre de aquella noche y una de sus manos descansaba sobre mi cintura. Mirarlo me produjo una mezcla desconcertante de alivio y miedo.

—Mierda, ¿por qué tuve que acostarme con él? —me pregunté, necesitando que la imagen me devolviera la respuesta.

—Peor habría sido acostarte con cualquiera de los otros, guapa…

—También tienes razón. Pero no me consuela.

Laia contempló la fotografía antes de devolvérmela.

Bajé la vista hasta mi vientre, todavía igual que aquella mañana, sin ninguna señal externa de la vida que Borja acababa de mostrarme.

Durante dos meses llevé dentro una historia que desconocía mientras trabajaba, dormía y hacía planes sin contar con ella.

Ahora sabía que existía, había escuchado su corazón y ya no podía regresar a la mujer que entró en aquella consulta pensando únicamente en terminar la revisión y marcharse a casa.

Apoyé una mano sobre el abdomen. No sentí ningún movimiento, por supuesto, pero el gesto consiguió que el miedo compartiera espacio con otra emoción más cautelosa, todavía demasiado reciente para nombrarla.

—Voy a tener un hijo —pronuncié, probando la frase por primera vez sin convertirla en una pregunta.

—Sí —confirmó Laia, y una sonrisa pequeña suavizó sus facciones—. Y la criatura va a tener una madre estupenda y una tía sargento que le enseñará disciplina desde la cuna.

—No pienso dejar que acerques formación militar a mi bebé.

—Ya estás imponiendo límites. Eso es instinto maternal.

La abracé otra vez, esta vez por iniciativa propia. Continuaba asustada, pero con la certeza de querer tener ese hijo. Al menos, tenía claro eso y que no estaba sola en el salón intentando abarcar un futuro demasiado grande.

En mi armario continuaba la americana que conservaba el perfume de Ewan. Un Highlander de intensos ojos claros era el padre de mi hijo.

Suspiré sin apenas poder creérmelo. Una noticia así nunca la esperas de un modo tan súbito. Pero la naturaleza es caprichosa y, después de una intensa búsqueda, encontré la maternidad en el lugar más insospechado.