Capítulo 2
La mañana en que todo saltó por los aires llegó un par meses después, ya en verano.
Comenzó con un café demasiado caliente y un hombre de setenta y cuatro años negándose a mover la pierna derecha por una cuestión de principios.
Nada hacía pensar que aquel martes fuera a diferenciarse de cualquier otro: llegué al hospital a las ocho menos cuarto, me cambié en el vestuario y repasé la agenda mientras terminaba de recogerme el pelo, todavía con el sabor del primer sorbo de café adherido al paladar.
A las ocho y media recibí a Julián, operado de la cadera tres semanas antes y firmemente convencido de que los ejercicios prescritos constituían una venganza personal.
Se sentó en la camilla, colocó el bastón entre las rodillas y me observó preparar las bandas elásticas con una desconfianza que ya formaba parte de nuestra rutina.
—Hoy no estoy para esfuerzos —me advirtió—. Me duele desde aquí hasta aquí.
Para demostrar la extensión del daño, señaló primero la cadera y después el tobillo, apropiándose por el camino de casi toda la extremidad.
—Ayer tampoco estaba para esfuerzos y anteayer alegó que era su cumpleaños —le recordé mientras acercaba una silla—. Empiezo a sospechar que no le gusta venir a verme.
—Tú me caes estupendamente; lo que no me gusta es que me hagas trabajar.
—Eso mismo me repiten todos mis pacientes. Levántese, Julián, que vamos a dar una vuelta.
Protestó durante los primeros pasos, negoció un descanso al llegar al extremo de la sala y terminó completando dos recorridos más de los previstos.
Cuando regresó a la camilla, respiraba con dificultad, aunque también lucía el gesto satisfecho de quien acababa de demostrarle algo al propio cuerpo.
Anoté la evolución en su historia y le concedí cinco minutos de reposo antes de acompañarlo hasta la puerta.
La mañana avanzó entre camillas, ejercicios y conversaciones interrumpidas por el movimiento constante de la unidad.
Atendí a una mujer que se recuperaba de una fractura de muñeca, corregí la postura de un adolescente con una lesión deportiva y dediqué casi cuarenta minutos a un paciente neurológico que llevaba semanas intentando recuperar la seguridad al caminar.
A media mañana me tomé otro café, respondí a dos mensajes de Laia y comí una tostada de pie en la sala del personal.
A las dos evalué a mi última paciente, recogí el material y terminé los informes pendientes.
Solo me quedaba pasar por ginecología antes de abandonar el hospital. Borja llevaba meses insistiendo en que pidiera cita para la revisión anual y, después de aplazarla dos veces por incompatibilidad de horarios, él mismo encontró un hueco al final de su consulta.
Nos conocimos durante mis primeros meses en el hospital, cuando yo todavía necesitaba mirar los planos para encontrar algunas unidades y él acababa de incorporarse al servicio.
La amistad surgió a base de coincidir en la cafetería, compartir quejas sobre los turnos y descubrir que ambos teníamos un talento lamentable para las quinielas.
Borja era varios años mayor que yo, estaba casado, tenía dos hijas y disfrutaba recordándome que no debía acudir a su consulta solo cuando él amenazara con buscarme por los pasillos.
Entré poco después de las dos y media. La enfermera ya se había marchado a comer y él terminaba de escribir en el ordenador, con la bata desabrochada y una botella de agua junto al teclado.
—Milagro —celebró al verme—. La paciente más informal del hospital ha decidido presentarse.
—He venido para que dejes de perseguirme.
—No te persigo; ejerzo la medicina preventiva. Siéntate y cuéntame si ha cambiado algo desde la última revisión.
Respondí a sus preguntas sin concederles demasiada importancia. Cuando me preguntó por la fecha de mi última menstruación, hice cálculos aproximados y terminé encogiéndome de hombros.
—A finales de mayo tuve un sangrado ligero —le expliqué—. Ya sabes que nunca he sido puntual.
—¿Y antes de eso?
—En abril, supongo. No llevo un registro exacto.
Borja apartó las manos del teclado y me dedicó una atención más minuciosa.
—¿Mantienes relaciones sexuales?
—Ahora mismo, no.
—No te he preguntado por esta semana, Martina.
—Hubo una noche a finales de primavera, pero usamos preservativo.
Pronunciarlo me devolvió durante un instante la imagen de la americana sobre la butaca y el envoltorio plateado en la mesilla. Borja anotó algo, completó las preguntas habituales y me indicó que pasara a la zona de exploración.
Me cambié detrás del biombo, me tumbé en la camilla y coloqué los pies donde me señaló, dispuesta a terminar cuanto antes.
La exploración comenzó con normalidad. Él trabajaba con la seriedad que siempre adoptaba en consulta, separando por completo nuestra amistad de su papel de médico.
Me avisó antes de cada procedimiento y, cuando tomó el ecógrafo, giró el monitor para verlo mejor.
Tardó pocos segundos en cambiar de expresión.
Frunció el ceño, ajustó la imagen y movió el transductor con cuidado. Yo reparé en su concentración, pero no me alarmé; pensé en un quiste, en un mioma o en cualquiera de esas alteraciones frecuentes que escuchaba mencionar a otras mujeres.
—Muy bien —comentó finalmente—. Bien que te lo has callado.
—¿El qué?
—Tus sospechas.
—No tengo ninguna sospecha. ¿Qué has visto?
Borja volvió la cabeza hacia mí, convencido de que estaba fingiendo, y esperó una explicación que no llegó.
—Martina, ¿por qué no me has hablado de la posibilidad de embarazo?
Me reí. Fue una reacción inmediata, provocada por la certeza de que estaba gastándome una broma de pésimo gusto.
—Porque no existe esa posibilidad.
—Me temo que esa respuesta llega unas nueve semanas tarde.
—Borja, déjalo ya.
—Mira el monitor.
Señaló la pantalla. Seguí la dirección de su mano y contemplé una imagen grisácea que no supe interpretar. Había una forma pequeña dentro de una zona oscura, una figura que para mí podía representar cualquier cosa hasta que él acercó el cursor y empezó a explicarme lo que estábamos viendo.
—Esto es el saco gestacional y aquí está el embrión —me indicó con una voz mucho más suave—. Por las medidas, estás de unas nueve semanas y algunos días. Tendremos que fecharlo bien y completar las pruebas, pero el embarazo es evidente.
Negué con la cabeza, todavía aferrada a la idea de que debía de existir un error.
—No puede ser. No he tenido síntomas.
—Hay mujeres que apenas los tienen durante el primer trimestre. Ese sangrado que confundiste con la regla pudo producirse al inicio del embarazo.
—Usamos preservativo.
—Ningún método es infalible sobre todo si no se usa correctamente. No creo que tenga que hacerte un esquema.
La última frase abrió una grieta bajo todo lo que yo había dado por seguro.
Borja activó el sonido y un latido acelerado llenó la consulta, firme y precipitado.
Dejé de negar con la cabeza. Mis manos permanecieron agarradas a los bordes de la camilla mientras aquella cadencia ocupaba un espacio para el que no estaba preparada.
—¿Eso es…?
—Es la actividad cardiaca —confirmó—. Parece adecuada para el tiempo de gestación.
Sentí que el aire entraba en mis pulmones sin llegar a ninguna parte.
Durante años imaginé aquel momento de una manera muy distinta: una prueba sostenida entre mis dedos, una pareja esperando al otro lado de la puerta y una alegría compartida que nos obligaría a abrazarnos antes de saber siquiera qué hacer.
Nunca incluí una consulta al final de una jornada laboral, una americana guardada en el armario ni un padre cuyo apellido desconocía.
—Te has quedado blanca —observó Borja, retirando el transductor—. Voy a darte un minuto para que te vistas y después hablaremos con calma.
Bajó las luces de exploración, salió de la zona separada por el biombo y me dejó espacio.
Me incorporé despacio, me vestí sin recordar el orden de las prendas y regresé a la silla situada frente a su escritorio.
Él ya había preparado una petición para analítica y revisaba las medidas tomadas durante la ecografía.
—Necesito que me respondas con sinceridad —planteó al sentarse—. ¿Tienes claro lo que vas a hacer?
—Cielos —murmuré.
Le resumí la noche del ascenso de Laia, la cantidad de alcohol, el mensaje autorizando a uno de los escoceses a subir y el vacío que comenzaba después. No entré en detalles innecesarios porque no los tenía. Borja escuchó sin interrumpirme, con las manos unidas sobre la mesa.
—No voy a interpretar por ti lo que ocurrió ni a decirte cómo debes sentirte —repuso—. Solo quiero asegurarme de que estás a salvo y de que puedes tomar decisiones con toda la información posible. ¿Sabes quién es?
—Ewan. Era escocés y estaba de vacaciones en Rota.
—¿Tienes sus datos?
—Un número de teléfono que no guardé, pero que puedo recuperar, su nombre y una americana. Nada más.
Borja asintió, aunque su preocupación no disminuyó.
—Lo primero es confirmar la edad gestacional con precisión, hacer la analítica y comprobar que todo evoluciona bien. Después tendrás tiempo para pensar qué quieres hacer. No necesitas decidirlo ahora ni salir de aquí fingiendo que no ha ocurrido.
—Siempre he querido ser madre.
—Querer ser madre no te obliga a recibir esta noticia de una manera determinada. Puedes estar asustada, enfadada o desorientada, y ninguna de esas reacciones invalida lo que deseabas.
Me entregó la documentación, apuntó su número personal en la esquina de una hoja pese a que ya lo tenía guardado y consiguió que prometiera llamarlo si me encontraba mal.
Antes de marcharme, me recordó que evitara el alcohol y que no tomara medicamentos sin consultar.
Lo escuché con atención, aunque una parte de mí seguía en la camilla, contemplando aquella figura diminuta mientras su corazón convertía una noche perdida en una realidad imposible de ignorar.
Salí del hospital con el uniforme guardado en la mochila y la carpeta pegada contra el pecho.
El comienzo del verano se anunciaba en el calor que ascendía desde el asfalto, en las terrazas llenas y en la cantidad de gente que caminaba hacia la playa.
Pero el calor que provenía de mi interior, ese no tenía nada que ver con el calendario. Me sentía febril…