Un escocés para Martina Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—¿Estáis aquí de vacaciones? —le pregunté en inglés.

—Una semana —respondió—. ¿Tú vives aquí?

—Desde siempre. Trabajo en un hospital.

—¿Médica?

—Fisioterapeuta.

Se llevó una mano al hombro y fingió una dolencia repentina.

—Creo que necesito una cita.

—Creo que necesitas una excusa mejor.

—Dame diez minutos.

Cumplió su promesa con entusiasmo. Se llamaba Ewan y probó varias excusas, todas pésimas, hasta que consiguió hacerme reír incluso antes de que el alcohol me convenciera de que era la persona más ingeniosa de Escocia.

Me contó que vivía en las Highlands, aunque no retuve el nombre exacto del lugar; yo le hablé del hospital, de Rota y, por alguna razón que al día siguiente me resultaría incomprensible, de mi deseo de ser madre.

—Pero el padre debe ser gaditano —intervino Laia, que acababa de regresar con el divorciado, cuyo nombre era Cameron—. Es una exigencia administrativa.

Ewan se volvió hacia mí, divertido.

—Podría mudarme.

—Ni siquiera sabes dónde está Cádiz en un mapa —se burló uno de sus amigos.

—Estoy en Cádiz.

—Estás en Rota —lo corregí no sé por qué, ni que fuera una república independiente, por mucho americano de la base que anduviera suelto por allí.

Se inclinó para escuchar mi explicación geográfica, aunque acabamos discutiendo acerca de si un escocés podría aprender a preparar tortillitas de camarones.

Laia anunció que aquella era una prueba imprescindible para entrar en mi programa reproductivo y él prometió superar cualquier examen culinario que le pusiéramos.

Después bailamos. Al principio permanecimos todos juntos, riéndonos de los movimientos del pelirrojo, pero el grupo se dispersó poco a poco Ewan terminó frente a mí.

Tenía una forma alegre de moverse, sin pretender impresionar a nadie, y aprovechaba cada pausa para acercarse y decirme algo que yo comprendía solo a medias. En algún momento insistió en que le diera mi teléfono. Su sonrisa y su insistencia hicieron que terminara por dárselo.

—Y eso que todavía no te lo has ganado —le advertí.

—Dame otros diez minutos.

La noche continuó desordenándose. Hubo más música, una discusión muy tonta acerca del monstruo del lago Ness y una fotografía de grupo en la que Laia apareció haciendo un saludo militar mientras los escoceses formaban detrás de ella.

Lo cierto es que charlamos animadamente con todos ellos, aunque Ewan trataba de hacerse notar mucho por encima del resto.

Cerca de las cuatro, mi amiga decidió que habíamos cumplido sobradamente nuestro propósito de vivir una gran noche y pidió un taxi.

Ewan salió con nosotras y me abrazó antes de que subiéramos.

Recuerdo el olor de su perfume mezclado con el aire de la madrugada, sus manos rodeándome la cintura y una frase que no conseguí reconstruir después.

Laia tiró de mí hacia el coche, le advirtió que yo solo aceptaba solicitudes de paternidad en horario de oficina y cerró la puerta.

Durante el trayecto cantamos, repasamos los momentos más divertidos y nos convencimos mutuamente de que estábamos mucho más serenas de lo que parecíamos porque lo cierto es que estábamos borrachas como un par de piojos y, por minuto que pasaba, notaba que el alcohol me iba subiendo más y más.

El taxista pretendió dejar primero a Laia en su calle, porque caía más cerca; sin embargo, ella se negó y ordenó al conductor que continuara hasta mi casa, empeñada en acompañarme hasta el portal.

—Eres una ciudadana bajo mi protección —argumentó mientras avanzábamos enlazadas del brazo—. Desde hoy soy sargento. Vas muy borracha, niña.

—El ascenso no entra en vigor hasta la semana que viene.

—No arruines mi autoridad con tecnicismos.

Nos despedimos delante de mi puerta con un abrazo torpe y un ataque de risa provocado por algo que no recordaría jamás. La vi alejarse hacia el taxi, conseguí introducir la llave en la cerradura después de varios intentos y subí a casa convencida de que la noche había terminado.

A la mañana siguiente desperté con la boca seca, un dolor de cabeza feroz y la certeza de que alguien había utilizado mi dormitorio para ensayar un lanzamiento de muebles.

Permanecí tumbada unos segundos, tratando de reunir fuerzas, hasta que un aroma masculino mezclado con alcohol alcanzó mi nariz y me obligó a incorporarme.

La otra mitad de la cama estaba vacía. Las sábanas se habían enredado alrededor de mis piernas, dos almohadas yacían en el suelo y mi mono negro colgaba del respaldo de una butaca junto a una americana que no me pertenecía.

Recogí la prenda y la sostuve delante de mí. Era de hombre y olía al mismo perfume que percibí al despedirme del escocés. Sobre la mesilla había un vaso con restos de agua, un envoltorio de preservativo y mi teléfono conectado al cargador.

Los recuerdos regresaron sin orden: el portal, el ascensor, mis sandalias abandonadas en la entrada y el timbre sonando cuando ya estaba dentro del dormitorio.

Después apareció la imagen de alguien esperando al otro lado de la puerta. Solo recordaba su mano apoyada en el marco y la respiración agitada por haber corrido.

Cogí el teléfono. Tenía mensajes de Laia, varias fotografías de la noche y una conversación con un número que no guardé. El primer mensaje había llegado a las cuatro y treinta y siete.

Número desconocido : ¿Tu amiga ya se ha ido? ¿Puedo subir? Te he seguido en otro taxi. No he podido evitarlo.

Mi respuesta apareció dos minutos después.

Martina : Sí. Sube. Tengo ganas de marcha.

Me cubrí la cara con ambas manos, aunque el movimiento empeoró el dolor de cabeza.

Recordaba haberle abierto, sus labios sobre los míos y la americana cayendo cerca de la butaca; más allá de aquellas imágenes dispersas, la noche se convertía en un territorio imposible de ordenar. Ni siquiera podía acordarme de mi encuentro con Ewan para disfrutarlo.

Volví a mirar la cama, el envoltorio y la americana. No necesitaba demasiada imaginación para deducir qué había ocurrido allí, pero sí toda la valentía disponible para aceptar que Ewan me dio candela y luego se marchó dejándose la prenda.

Una nueva hazaña en mi “historial amoroso”.