Un escocés para Martina
© inepub.com
Capítulo 1
Laia salió del portal, se detuvo en el último escalón y abrió los brazos para que pudiera contemplarla entera, orgullosa del resultado de casi dos horas de preparativos y absolutamente convencida de que la calle se había construido para recibirla aquella noche.
El vestido azul eléctrico le rozaba medio muslo, llevaba el pelo recogido en una coleta alta y los pendientes dorados que yo le había regalado por su cumpleaños se balanceaban cada vez que movía la cabeza.
—Puedes felicitarme otra vez —propuso mientras se alisaba el vestido sobre las caderas—. No todos los días asciende tu mejor amiga a sargento y, además, consigue estar espectacular después de una semana durmiendo cinco horas.
—Te he felicitado diecisiete veces desde esta mañana —le recordé, mientras avanzaba hacia mí—. Incluso te he mandado un audio cantando el himno de la Armada.
—Aquello podría considerarse un ataque contra las Fuerzas Armadas. Si lo escucha un superior, me degrada por tener relación contigo.
Su manera de hablar tenía la precisión de un disparo: directa, áspera cuando se lo proponía y tan divertida que resultaba imposible ofenderse durante más de treinta segundos.
La conocía desde el instituto y, aunque nuestras vidas habían tomado caminos muy distintos, nunca permitimos que mis turnos del hospital, sus guardias o mis relaciones desastrosas nos alejaran ni un ápice.
Yo había elegido un mono negro con la espalda descubierta, sandalias de tacón y unos pendientes verdes que aportaban el único toque de color.
Me recogí uno de los lados del pelo con dos horquillas y dejé el resto suelto sobre los hombros; conseguí maquillarme sin excederme con el iluminador, algo que Laia consideraba un logro digno de publicación científica.
—Tú tampoco estás mal —concedió después de examinarme—. Esta noche podrías encontrar al padre de tus hijos, perderlo entre dos copas y volver a buscarlo antes del cierre.
—Qué bonito. Deberías escribir discursos para bodas.
—No creo en el matrimonio y no quiero hijos. Mi mercado laboral sería limitado.
Echamos a andar hacia el centro de Rota mientras la última claridad del día se retiraba de las fachadas.
El final de la primavera había dejado una temperatura amable, con ese aire salado que se colaba por las calles y prometía un verano cada vez más cercano.
Laia avanzaba con la seguridad que le daba caminar sobre unos tacones dignos de provocarle una lesión de tobillo; yo, fisioterapeuta con varios años de experiencia, escogí unas sandalias preciosas que probablemente me obligarían a tratarme a mí misma al día siguiente.
Habíamos reservado en un restaurante cercano al puerto, uno de esos lugares animados donde la cena podía prolongarse hasta confundirse con la primera copa.
Nos acomodaron en una mesa alta situada junto a una pared cubierta de fotografías antiguas de pescadores y embarcaciones, y Laia dejó el bolso en un taburete antes de apropiarse de la carta.
—Voy a pedir sin prudencia —anunció—. Durante los últimos cuatro meses he sido un ejemplo de disciplina, capacidad de mando y respeto institucional.
—Ayer insultaste a una impresora.
—No era una impresora, Martina. Era un instrumento del enemigo.
Pidió croquetas de carabineros, atún de almadraba, patatas aliñadas y una botella de vino blanco que aseguraba haber elegido por sus conocimientos enológicos, aunque sospeché que se había limitado a señalar la etiqueta más bonita.
Cuando el camarero llenó las copas, levantó la suya y abandonó durante unos segundos el tono burlón.
—Por mí —proclamó, sin rastro de modestia—, porque me lo he trabajado muchísimo, porque voy a ser una sargento magnífica y porque pienso seguir ascendiendo hasta que alguien me dé un despacho y descubra que no sé estar sentada más de veinte minutos.
—Por ti —repetí, emocionada pese a su esfuerzo por convertirlo todo en una broma—. Porque eres la persona más constante que conozco y porque te mereces cada galón.
Chocamos las copas y bebimos. Laia se llevó una mano al pecho, agradeció mis palabras mediante una pequeña inclinación teatral y volvió a llenarlas antes de que pudiera protestar.
—Ahora brindemos por tu futuro —continuó—. Por el hombre que te dará una casa, diez criaturas y una suscripción familiar a algún parque de bolas.
—Solo quiero un par de hijos, no fundar una cooperativa.
—Empiezas con uno, te confías y terminas doblando calcetines diminutos durante quince años. He estudiado el fenómeno.
—Tú no has estudiado a los niños en tu vida.
—Precisamente por eso conservo la objetividad. Son pequeños superiores jerárquicos: dan órdenes, no respetan horarios y gritan cuando el servicio no satisface sus expectativas.
Me reí y alcé otra vez la copa, dispuesta a participar en aquel disparate.
—Pues brindemos por encontrar al tío con el que tendré ese par de dictadores en miniatura.
—Por encontrarlo, reconocerlo y no descartarlo para acostarte con otro que lleve una advertencia sanitaria tatuada en la frente.
—Tampoco tengo tan mal ojo.
Laia mantuvo la copa suspendida y arqueó una ceja.
No necesitó mencionar a Sergio, que había pedido dinero prestado a tres novias distintas hasta que me encontró y me tangó; ni a Adrián, músico cuya vocación consistía en esperar que su madre le pagara el alquiler; ni a Lucas, el monitor de gimnasio que consideraba la fidelidad una tradición sin sentido y que, claro, no me lo contó, lo descubrí cuando la frente me dolió debido a que me salieron los cuernos.
Mi historial sentimental podía servir para impartir un curso intensivo sobre señales de alarma ignoradas.
—Tú no encuentras al hombre de tus sueños porque siempre te tiras a las balas perdidas —dictaminó—. Los hombres estables te aburren y los problemáticos te despiertan el espíritu sanitario ese que llevas dentro, nena. Ves a un desastre con piernas y piensas que podrás rehabilitarlo.
—Soy fisioterapeuta, no hago milagros.
—Explícaselo a tu vida amorosa.
Acabamos la botella durante la cena y pedimos dos copas para acompañar el postre, una decisión que en aquel momento nos pareció razonable.
Al salir, Rota bullía con la mezcla habitual de vecinos, visitantes y militares de las dos nacionalidades vinculadas a la base.
Conocíamos a algunos estadounidenses de verlos por los mismos bares e incluso nos cruzamos con Tyler y Mason, dos técnicos destinados allí desde hacía casi un año.
Tyler felicitó a Laia por el ascenso y ella aceptó el reconocimiento con tanta solemnidad que habría engañado a cualquiera que no la hubiera visto insultar una impresora. Mason me preguntó si seguía soltera; antes de que pudiera responder, mi amiga se interpuso con una sonrisa feroz.
—Martina busca un gaditano para reproducirse —le explicó en inglés—. Tú no cumples el requisito geográfico.
—No he dicho que tenga que ser gaditano —protesté, aunque sí lo había dicho muchas veces—. Solo que me gustaría formar una familia cerca de la mía.
—Dijiste textualmente que solo tendrías un hijo con un gaditano.
—Porque los gaditanos tienen gracia.
Mason se señaló a sí mismo, ofendido.
—Yo tengo gracia.
—Tú llamas “peces” a cualquier ración de pescaíto fritó —rebatió Laia—. No superarías la primera cita.
Nos despedimos de ellos entre risas y continuamos hasta un local donde la música llegaba con fuerza a la acera.
Dentro olía a perfume, cerveza y ese aire cargado de los sitios donde nadie pensaba marcharse pronto. Una barra larga ocupaba uno de los laterales, varias mesas altas rodeaban la pista y un grupo celebraba un cumpleaños cerca de la cabina del DJ.
Laia pidió dos combinados sin consultarme y me entregó uno.
—Este es el último —aseguró.
—Eso dijiste en el restaurante.
—Allí me refería al último antes de venir aquí. Hay que interpretar las declaraciones dentro de su contexto.
Bailamos durante más de una hora, primero juntas y después con varios conocidos.
Mi amiga recibió tantas felicitaciones que empezó a saludar llevándose dos dedos a la sien; yo perdí la noción de cuántas veces repetimos el brindis y, cuando quise comprobar la hora, tuve que mirar la pantalla del teléfono dos veces para entender los números.
Fue Laia quien reparó en el grupo de escoceses. Eran cinco hombres que ocupaban una zona cercana a la barra y parecían debatir a gritos sobre la pronunciación de una palabra española.
Cuatro rondaban los cuarenta; el quinto era bastante más joven, quizás de nuestra edad, y tenía el cabello castaño, una sonrisa descarada y unos ojos claros que distinguí incluso desde donde estábamos.
—Turistas a las tres —informó mi amiga, acercándose para que pudiera oírla—. Uno de ellos te está mirando.
—¿Cuál?
—El único con el que podrías tener un hijo sin que lo confundieran con su abuelo.
Solté una carcajada y le di un golpe con el hombro. El joven levantó su copa al comprobar que hablábamos de ellos, mientras uno de sus compañeros lo empujaba para animarlo a acercarse.
No lo hizo de inmediato; intercambió unas palabras con el grupo, terminó la bebida y avanzó hacia nosotras acompañado por otro de los hombres, cuyo color de pelo era muy llamativo.
—Necesitamos una opinión española —planteó el pelirrojo en un castellano vacilante—. ¿“Coger” significa lo mismo en todos los países?
Laia adoptó una expresión profesional.
—Esta conversación merece otra ronda.
Los escoceses celebraron la respuesta y acabamos todos alrededor de una mesa, intentando entendernos mediante una mezcla de inglés, español y gestos cada vez más exagerados.
Estaban pasando unos días en Andalucía para celebrar el divorcio de uno de ellos, aunque el divorciado parecía menos entusiasmado con la idea que sus amigos.
Laia lo felicitó, le estrechó la mano y aseguró que librarse de un matrimonio era más meritorio que ascender a sargento.
El más joven se colocó a mi lado y se presentó, pero la música se tragó parte del nombre. Le pedí que lo repitiera, él se aproximó a mi oído y yo asentí con una seguridad completamente falsa. A aquellas alturas, podía haberme dicho que se llamaba William Wallace y lo habría aceptado.