Un escocés muy bien plantado Capítulo 11
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Capítulo 11

Me vestí lo mejor que pude y cuando me miré en el espejo picado de la posada, casi no me reconocí. Llevaba demasiados días de botas y barro. Verme con el pelo suelto y los hombros al aire fue como recordar que existía una Camila anterior a Ardnamurra.

—Está preciosa —dijo Morag desde la puerta—. Van a caerse de espaldas.

—Es solo una cena de trabajo.

—Claro. Ande, váyase, que hoy no conviene llegar tarde.

Subí a la finca cuando el sol empezaba a bajar.

Con las ventanas iluminadas, el caserón parecía por fin una casa y no un museo lleno de retratos severos.

Aparqué, respiré hondo, me alisé el vestido y me preparé para hacer lo que mejor sabía: ganarme a una familia, cerrar los detalles y sacar adelante la boda.

La señora Aitken abrió la puerta. Al verme, se quedó quieta un instante y algo se le ablandó en la cara.

—Guapísima. Pase, hija.

Me condujo por el pasillo de piedra, distinto de noche, con las lámparas encendidas y los antepasados vigilando desde las paredes. Del salón llegaban voces y tintineos de cristal. Antes de abrir la puerta, la señora Aitken pareció querer decir algo, pero se limitó a apretarme el brazo.

—Respire —murmuró.

—¿Por qué me dice eso?

No contestó. Abrió la puerta.

El salón era una mezcla de maderas oscuras y plata antigua, con una mesa larga preparada para una docena de personas y una chimenea encendida al fondo.

Los invitados conversaban de pie, vestidos con esa elegancia discreta de quien no necesita demostrar nada.

Reconocí a Fenella enseguida. Iba de rojo y reía en el centro de un grupo, aunque la risa no le llegaba a los ojos.

Un hombre mayor, de porte señorial y cejas espesas, se separó de los demás para recibirme.

—Usted debe de ser la organizadora. Douglas Sinclair, el padre del novio. Bienvenida a Ardnamurra. Hemos oído maravillas de su trabajo en el jardín.

—Es un placer, señor. El jardín está quedando precioso. Su encargado ha sido de una ayuda incalculable. No sé qué habría hecho sin él.

Enarcó una ceja, extrañado.

—¿Nuestro encargado? No sé a quién se refiere. —Miró hacia la puerta—. Ah, mire, mi hijo ya está aquí.

Me giré con la sonrisa profesional puesta, preparada para conocer por fin al heredero fantasma. Y el mundo se detuvo.

El hombre que entraba en el salón llevaba un traje oscuro impecable, el pelo bien peinado y un aspecto cuidadosamente arreglado. Parecía distinto y, al mismo tiempo, era imposible confundirlo.

Era él.

El jardinero.

El de las botas embarradas y la pala al hombro. El del cobertizo, la oveja y la flor morada. El que me había llevado al puerto en una furgoneta que olía a serrín. El que me había dicho que daba la talla con los guantes llenos de barro.

Todos se giraron hacia él y Douglas Sinclair sonrió con orgullo de padre.

—Permítame presentarle a mi hijo, Alasdair Kendrick Sinclair. Aquí todos lo llamamos Kendrick. El novio.

El novio.

Kendrick.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Primero me subió el calor a la cara y luego desapareció de golpe, dejándome helada. La copa que alguien me había puesto en la mano empezó a temblar. El salón siguió existiendo a mi alrededor, pero yo solo podía mirarlo a él.

Kendrick tenía cara de asistir a un funeral. Al suyo.

—Camila —dijo.

En su voz estaban todas las cosas que no me había contado. La tristeza del puerto. La disculpa que llevaba días en los ojos. Las verdades que no sabía cómo decir sin estropearlo todo.

Y lo había estropeado de todos modos.

—¿Se conocen? —preguntó su padre, encantado y ajeno al desastre—. Ah, claro. Del jardín. Kendrick se empeña en ocuparse personalmente de la finca. No hay forma de apartarlo de la tierra.

—Del jardín —conseguí decir—. Sí. Nos conocemos del jardín.

Fenella se acercó y se colgó del brazo de Kendrick con un gesto de propiedad que no necesitaba explicación.

—Cariño, llegas tarde. —Le habló a él, pero me examinó a mí—. Ah, la organizadora. Qué elegante viene esta noche. Casi no la reconozco sin el barro.

—Fenella —advirtió Kendrick.

—¿Qué? Es un cumplido. No todos los días una se arregla tanto para trabajar.

No contesté. Estaba demasiado ocupada en mantener la copa derecha, respirar y recordar que era una profesional. Las profesionales no se derrumbaban en mitad de una cena porque el hombre que empezaba a despertarles demasiadas cosas resultara ser el novio de la boda que organizaban.

—Sentémonos —dijo Douglas—. La cena se enfría.

Me tocó casi enfrente de Kendrick, porque el destino, cuando se esfuerza, tiene muy mala idea. Durante toda la cena tuve que ver a Fenella tocarle el brazo, hablar de «nuestra boda» y «nuestro futuro» y reírse de sus propias gracias mientras él asentía con la cara de un condenado educado.

Entre plato y plato fui encajando las piezas.

El pueblo entero saludándolo. La anciana preguntándole por los de la casa grande. Finlay callándose de golpe. Sus estudios de Administración y Finanzas. La confianza de la señora Aitken. Su respuesta evasiva sobre la cena.

Todos lo sabían. Todos menos yo.

Había pasado días arrodillada a su lado, riéndome con él y permitiendo que se acercara demasiado, sin saber que era el novio. Me sentí ridícula. Engañada. Y, debajo de todo eso, herida de una forma mucho peor, porque lo que empezaba a sentir por él no había sido un simple capricho.

El hombre de la pala y las botas seguía existiendo. Pero también era Kendrick Sinclair. Y era de Fenella.

—¿Está usted bien? —preguntó la mujer sentada a mi lado—. Está muy pálida.

—Las curvas —mentí—. Me he mareado un poco. No es nada.

Kendrick me oyó. Lo vi apretar la mandíbula y buscar mis ojos por encima de la mesa.

No se los di. Miré el plato, la chimenea, las copas. Cualquier cosa menos a él. Si lo miraba de frente, la máscara se me caería delante de todos, y eso no pensaba permitírmelo.

La cena terminó por fin. Hubo despedidas, cumplidos y planes para la siguiente reunión.

Yo funcioné en piloto automático: sonreí, estreché manos y dije lo que debía decir.

Douglas me felicitó otra vez por el jardín.

Fenella me recordó que esperaba la perfección.

Kendrick no consiguió acercarse porque ella no se separó de su brazo.

Salí a la explanada y aspiré el aire frío como si acabara de salir del agua. Me temblaban las manos.

—Camila.

Había salido detrás de mí. Con aquel traje parecía más guapo y mucho más desconocido que el hombre de las botas.

—Camila, déjame explicártelo.

—Usted. —recalqué esa palabra a propósito, levantando un muro entre los dos—. Es usted el novio.

—Sí, pero...

—Me ha dejado pasar días a su lado, plantando flores para su boda, haciéndome creer que solo era el jardinero.

—Iba a decírtelo. Te juro que...

—No. No me jure nada. Esta noche no.

Subí al coche y arranqué antes de que pudiera detenerme. Bajé las curvas con los ojos ardiendo mientras, en el alféizar de la posada, me esperaba una flor morada que también se había abierto antes de tiempo.