Un escocés muy bien plantado Capítulo 10
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Capítulo 10

Algo se había roto durante el camino de vuelta del puerto y yo no sabía qué.

Llevaba dos días distinto. No era el vaivén de antes ni uno de esos malos humores que se le pasaban solos. Era una tristeza silenciosa que arrastraba por el jardín y una forma de mirarme extraña cuando creía que no me daba cuenta.

Seguíamos trabajando. Seguíamos hablando. Pero había una sombra sobre todo, y por más que repasaba la mañana del puerto para descubrir qué había hecho mal, no encontraba nada.

—Le noto apagado —le dije mientras atábamos las guías del arco—. Desde el pueblo. Y no me diga otra vez que fue el marisco.

—Se me pasará. Son cosas mías.

—Siempre son cosas suyas. Empiezo a pensar que esa es su forma educada de decirme que no me meta.

Se detuvo y me miró. Y en sus ojos noté una disculpa por algo que yo aún no conocía.

—No es eso. Es que hay verdades que no sé cómo contar sin estropearlo todo.

—Eso no aclara absolutamente nada.

—Ya. Lo sé. Y lo siento.

Me dejó peor que antes. Estuve a punto de exigirle que hablara de una vez, pero la señora Aitken apareció por el sendero con un sobre en la mano y una expresión que no era la de traer comida.

—Señorita Herrera. —Me lo tendió—. La familia ha fijado la reunión formal.

Dentro había una invitación impresa en papel grueso.

Una cena en el caserón con la familia, la novia y, por fin, el novio, al que todavía no había conocido en persona.

En el contrato figuraba como Alasdair Sinclair, su primer nombre legal, y Fenella había blindado el resto de los datos con la excusa de la privacidad.

—Ya era hora —dije—. Empezaba a pensar que el famoso heredero era un fantasma. —Él se quedó muy quieto a mi lado—. ¿No es un poco pronto para una presentación formal? —pregunté a la señora Aitken, repasando la invitación—. El jardín no estará acabado, aunque sí lo bastante avanzado para enseñarlo.

—Es cuando la familia ha decidido. Y cuando la familia decide, se hace.

—Allí estaré. —Guardé la invitación en la carpeta—. ¿Puede contarme algo del novio para que vaya preparada? Fenella ha llevado todas las comunicaciones y, aparte de «Alasdair Sinclair», no tengo ni una fotografía ni una conversación directa con él.

La señora Aitken abrió la boca y volvió a cerrarla. Por primera vez desde que la conocía, aquella mujer de respuestas rápidas pareció no encontrar ninguna.

—Es mejor que lo conozca usted misma. Yo no le haría justicia.

—Qué misteriosos son todos con este hombre. Ni que fuera de la realeza.

Nadie se rio. Él tenía la vista clavada en el arco y la señora Aitken lo observaba con una preocupación que no le había visto antes. Yo, en medio de los dos, seguía guardando papeles sin entender nada.

Cuando ella se marchó, nos quedamos frente al arco a medio atar y con un silencio incómodo entre nosotros.

—Tendré que buscar algo que ponerme —dije para llenarlo—. No traje ropa para una cena así. Pensaba que esto iba a ser todo botas y barro. A lo mejor Morag conoce a alguien que...

—Estará bien con cualquier cosa —me interrumpió casi en un susurro.

—Es una cena con la familia y con el novio. Tengo que dar la talla.

—Usted da la talla siempre. Incluso con los guantes llenos de barro.

Me quedé sin respuesta. No solo por lo que había dicho, sino por la tristeza con que lo había dicho.

—¿Trabajará usted durante la cena?

Soltó una risa breve, sin humor.

—Sí. La señora Aitken siempre encuentra algo que ponerme a hacer cuando hay invitados.

—¿En el servicio?

—Algo así. —Recogió las herramientas con demasiada prisa—. Tengo que resolver una cosa. Termine el arco, que ya sabe cómo va. Nos vemos.

Se marchó sin darme tiempo a detenerlo y terminé sola, dándole vueltas a la tristeza que arrastraba desde el puerto, a la mirada de la señora Aitken, y a la forma en que el pueblo entero lo conocía y a la familiaridad con la que hablaba de una finca que, en teoría, no era suya.

Piezas. Tenía piezas por todas partes y ninguna parecía encajar.

Aquella noche se lo conté a Morag.

—Todos se ponen rarísimos cuando pregunto por el heredero —dije, girando la copa que me había servido sin pedirla—. Y el jardinero lleva días hecho polvo, pero no me dice por qué.

Morag me escuchó con una seriedad poco habitual en ella. Cuando terminé, siguió secando el mismo vaso durante un buen rato.

—Le voy a dar un consejo y no me pregunte por qué.

—Dígame.

—Cuando descubra lo que tenga que descubrir, hable con él.

—¿Qué? Usted sabe algo.

—Sé muchas cosas. Es lo que tiene pasar la vida detrás de una barra. Pero esta no me toca contarla a mí.

—¿Puede decirme qué pasa de una vez? Comienzo a estar un poco harta de tanto secretismo.

—Ya lo sabrá. Ahora váyase a dormir. Y póngase guapa para la cena.

—Claro, a dormir me voy a ir después de lo que acaba de decir…

Como imaginaba, dormí mal. El colchón crujía, la ventana dejaba pasar el frío y la flor morada seguía abierta en el alféizar.

Al día siguiente conocería por fin al novio de Fenella, al heredero de Ardnamurra, al famoso señor Sinclair. Y estaba deseando volver después al jardín para contarle a él qué tal había ido.