Capítulo 9
El jardín no podía proporcionar todas las flores de la boda.
Por muchos macizos que plantáramos, había cosas que no crecían en Ardnamurra y que Fenella daba por hechas.
Quería rosas de un blanco imposible, follaje importado y cantidades industriales de todo.
Para eso necesitaba un proveedor, y el más cercano estaba en un pueblo de la costa, a más de una hora de curvas.
—La llevo yo —dijo él cuando le conté que tenía que ir—. Conozco el camino, conozco al florista y conozco su forma de conducir. La he visto llegar cada mañana y no me fío ni un pelo.
—Yo conduzco perfectamente.
—Usted conduce como si el volante le hubiera hecho algo. —Sacó las llaves de una furgoneta vieja aparcada detrás del caserón—. Yo pongo el transporte y usted invita a comer. En ese pueblo se come de miedo.
No supe decir que no. La verdad es que tampoco lo intenté.
La furgoneta olía a tierra y a serrín, tenía los asientos remendados con cinta y una radio que solo captaba una emisora de música tradicional.
Él la tarareaba sin darse cuenta. Bajamos entre colinas verdes y ovejas indiferentes, con las ventanillas abiertas y el viento entrando a bocanadas, y por primera vez desde que había llegado a Escocia me sentí sencillamente bien. Sin carpetas. Sin listas. Sin Fenella.
—¿Siempre ha vivido aquí? —le pregunté, con el codo apoyado en la ventanilla.
—Casi siempre. Me fui una temporada, de joven, para estudiar. —Cambió de marcha al empezar una cuesta—. Pero volví. Este sitio no te suelta.
—¿Y qué estudió?
Tardó un poco en contestar.
—Administración y finanzas. Números, contratos, presupuestos. Nada que me sirva para plantar flores.
—No le pega.
—Por eso volví. Prefiero esto. La tierra no miente. Le das lo que necesita y responde. La gente no siempre funciona igual.
Anoté mentalmente otra rareza. Era un jardinero que sabía de plantas, pero también de números y papeles. No insistí. El paisaje era precioso, él volvía a tararear y yo no quería estropear la mañana con un interrogatorio.
El pueblo era un puñado de casas de colores apiñadas alrededor de un puerto pequeño, con barcas de pesca meciéndose en el agua y olor a sal y algas. En cuanto bajamos de la furgoneta, ocurrió algo curioso.
Todo el mundo lo saludaba.
—¡Buenas! —le gritó un hombre desde una barca.
—¡Cuánto tiempo! —dijo una mujer cargada con cajas de pescado.
Un crío salió corriendo de una casa solo para chocarle la mano y volver a meterse dentro. Una anciana sentada a la puerta le preguntó por «los de la casa grande». Él tenía una respuesta para cada uno y la familiaridad de quien conoce a un pueblo entero por su nombre.
—Es usted famoso —dije mientras caminábamos hacia la floristería.
—Es un pueblo pequeño. Aquí nos conocemos todos. Usted, en su ciudad, ¿no conoce al panadero, al vecino o al del quiosco?
—En Madrid no conozco ni a la gente de mi rellano.
—Eso es muy triste. —Me abrió la puerta de la floristería—. Aquí, si desaparece un día, al siguiente hay tres personas preguntando por usted. A veces es un incordio. Pero se agradece cuando las cosas van mal.
La floristería era un caos precioso de cubos, tallos y pétalos, gobernado por un hombre enorme y barbudo llamado Finlay. Al ver entrar a mi jardinero, soltó las tijeras y lo recibió con un abrazo y varias palmadas en la espalda.
—¡Pero mira quién viene! ¡El del monte! Creía que te habían enterrado ya en tu jardín.
—Todavía no. Sigo dando guerra. —Se libró del abrazo entre risas—. Finlay, te presento a Camila. Organiza la boda de la casa grande. Necesita muchas flores. Y caras.
Finlay me estrechó la mano con una manaza que me tragó entera. A partir de ahí, la mañana se convirtió en una negociación de tres bandas. Yo pedía, Finlay ofrecía y el jardinero hacía de árbitro con un ojo experto que me desconcertó.
—Esas rosas no. —Descartó un cubo entero—. Vienen de invernadero forzado, se abren de golpe y a los dos días están muertas. Para una boda no sirven. Enséñale las de tallo largo, Finlay. Esas aguantan.
—¿Y tú qué sabrás de rosas de novia? —protestó Finlay, aunque ya iba a buscar las otras.
—Sé de todo lo que crece.
—No más que yo.
—Ponme a prueba…
Se picaban como dos críos. Yo aproveché para elegir sin que ninguno me viera sonreír. Salí de allí con el pedido cerrado, un precio mejor del que esperaba y la sensación de haber resuelto en una mañana lo que por teléfono me habría llevado días.
—Gracias —le dije cuando volvimos a la calle con un par de ramos de muestra—. Sin usted, ese hombre me habría vendido rosas muertas al triple de precio.
—Finlay es buena gente, pero tiene alma de mercader. —Guardó los ramos en la furgoneta—. Venga. Conozco el sitio exacto para que pague su parte del trato.
El sitio exacto era una taberna diminuta asomada al puerto, con cuatro mesas y sin carta, porque se comía lo que hubieran pescado aquella mañana.
Nos sentamos junto a la ventana, con el mar delante, y nos trajeron un plato de marisco tan fresco que casi se movía y un pan que justificaba por sí solo el viaje.
Y allí hablamos de verdad. Sin jardín, sin boda y sin herramientas entre las manos.
Me contó cosas de su infancia en el monte, de una abuela que le había enseñado los nombres de las plantas y de la primera vez que plantó algo con sus propias manos y lo vio crecer.
Yo le hablé de la floristería de mi tía, de mi primera boda desastrosa, en la que se quemó la tarta, y de los años que había tardado en aprender a mantener la calma mientras todo ardía a mi alrededor.
—Se le da bien —dijo, partiendo pan.
—¿El qué?
—Contar. Se le iluminan los ojos cuando habla de su trabajo.
—Es lo único que sé hacer bien.
—Lo dudo. Una persona que solo sabe hacer una cosa no mira el mundo como lo mira usted.
—¿Y cómo lo miro?
—Como si estuviera calculando dónde poner flores. Ha entrado aquí y ha mirado la viga del techo para comprobar si aguantaría una guirnalda.
Me reí porque era exactamente lo que había hecho.
—Deformación profesional.
—Es bonito. —Bajó la voz—. Usted mira el mundo pensando cómo mejorarlo. No mucha gente hace eso.
Nos quedamos callados. El mar se movía detrás del cristal y yo volví a descubrirme mirándole la boca. Él también se había quedado demasiado quieto.
Esta vez no apareció ninguna oveja.
Apareció Finlay.
—¿Ya habéis hecho pública la fecha? —preguntó Finlay, acercándose a la mesa con una hoja en la mano—. Todo el pueblo anda preguntando si de verdad vais a abrir la finca a tanta gente.
—Em… La familia dará los detalles cuando quiera —lo interrumpió Kendrick con más rapidez de la necesaria.
Finlay pasó la vista de él a mí un par de veces y decidió no añadir nada.
—Bueno, pues avisad cuando pueda decirse. Quiero cerrar la tienda ese día y subir a ver el fiestón. —Dejó la hoja junto a mi plato—. El presupuesto definitivo. Que aproveche.
Se alejó antes de que pudiera preguntarle nada y noté que el jardinero había perdido la sonrisa. Tenía la mano cerrada alrededor del cuchillo y la mirada fija en la mesa.
—¿Está bien? —pregunté—. Se ha quedado blanco.
—El marisco. A veces me sienta regular. No es nada.
No parecía el marisco, pero le serví agua y le pregunté si quería salir a tomar el aire. Dijo que no y la conversación no volvió a levantar cabeza. Regresamos a la finca con la radio sonando muy baja y noté que ya ni siquiera tarareaba.
Mientras miraba al mar alejarse por el retrovisor, pensé que, a pesar del extraño final, había sido uno de los mejores días desde que llegué a Escocia.