Un escocés muy bien plantado Capítulo 8
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Capítulo 8

Algo le pasaba al jardinero.

Lo noté durante los días que tardamos en reparar lo que la oveja había destrozado.

No por una cosa concreta, sino por un vaivén que no le pegaba nada.

Había mañanas en que llegaba hablador, con un chiste nuevo sobre la oveja, mis guantes o cualquier otra cosa, y trabajábamos entre risas como si en el mundo solo existiéramos nosotros y aquel jardín.

Otros días aparecía serio, contestaba con monosílabos y plantaba a un metro de mí como si de pronto le molestara tenerme cerca.

No entendía nada. Y lo que no entiendo me pone nerviosa.

—¿Le he hecho algo? —le pregunté una de esas mañanas, cansada de pasar de sus bromas a sus silencios sin previo aviso.

Levantó la vista del macizo, sorprendido.

—¿Cómo?

—Que si le he hecho algo. Lleva unos días raro. Un día se ríe de todo y al siguiente parece que le molesta hasta que respire a su lado.

Se quedó quieto, con el plantón a medio enterrar. Pensé que iba a salir por algún lado con una broma, pero no lo hizo.

—No es usted —dijo al fin—. A veces me acuerdo de cosas que tengo pendientes y se me agría el día.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas mías. Aburridas. Olvídelo.

—Yo cuento las mías.

—Usted es valiente. Yo no tanto.

Lo dijo sin mirarme, con una sinceridad que me dejó sin respuesta. No insistí. Me limité a seguir plantando a su lado, cada vez más pendiente de cuál de sus dos versiones aparecería al día siguiente. Y eso me preocupaba bastante más de lo que quería admitir.

La señora Aitken también lo notó. Claro que lo notó. Aquella mujer habría detectado el vuelo de una mosca en la otra punta del caserón.

—Está de mal café el muchacho —me dijo una tarde, cuando apareció con la bandeja que ya se había convertido en costumbre pese a sus amenazas—. Lleva unos días que no hay quien lo aguante.

—Dice que tiene cosas pendientes. Cosas suyas.

—Y tan suyas... —Resopló mientras dejaba la bandeja en el murete—. Ese chico lleva toda la vida con cosas suyas. Lo que pasa es que ahora las tiene delante de las narices y no sabe qué hacer con ellas.

—¿Qué quiere decir?

Me miró. Durante un instante creí que por fin iba a contarme aquello que todos parecían saber menos yo. Pero apretó los labios, meneó la cabeza y destapó el paño.

—Nada, hija. Que los hombres consiguen complicar hasta lo sencillo. Coma y déjelo con su mal humor. Ya se le pasará.

Comí. Él no se acercó aquel día. Desde el murete lo veía trabajar solo en la terraza de los tejos, encorvado sobre la tierra y con la cabeza en otra parte.

Al día siguiente volvió a ser el de siempre.

Me esperaba en la explanada, con la sonrisa que llevaba dos días sin aparecer y una caja de madera entre las manos.

—Buenos días. Le he traído una cosa.

—¿A mí?

—A usted. —Me tendió la caja—. Ábrala.

Dentro, sobre un lecho de musgo, había una maceta de barro con una de aquellas plantas que tanto cuidaba. Los brotes ya no parecían insignificantes. Entre las hojas había abierto una única flor, pequeña y de un morado intenso.

—Es de las mías —dijo—. De las que le aseguré que un día le harían querer arrancar todo lo demás. Esta se ha adelantado. Es la primera. —Se rascó la nuca, de pronto menos seguro—. He pensado que le gustaría tenerla. Para que vea que no le mentía.

Me quedé mirando la flor. Era una plantita en una maceta, nada más. Y, aun así, se me apretó algo en el pecho.

—¿Me ha traído una flor?

—Una planta —corrigió, muy digno—. Es distinto. Una flor se muere en cuatro días. Una planta, si la cuida, dura. Aunque, conociendo su historial, no puedo garantizarle nada.

—Muy amable. Me regala una planta y aprovecha para recordarme que soy una asesina.

—Es que quiero que la cuide bien. Le tengo cariño. Es especial. —Me miró y la broma desapareció un instante de su cara—. Y pensé que le gustaría tenerla.

Apartó la vista y empezó a explicarme cuánto debía regarla, cuánta luz necesitaba y cómo evitar que acabara como el pobre plantón difunto. Hablaba deprisa, como si las instrucciones pudieran restarle importancia al regalo.

Lo dejé. Si lo interrumpía, tendría que contestar, y no me fiaba de lo que pudiera decir.

Aquel hombre me estaba volviendo loca. Un día me evitaba como si mirarme le doliera y al siguiente me regalaba una planta y soltaba un «como usted» que valía por una declaración entera.

No había forma de saber a qué atenerse. Lo peor era que cada mañana esperaba descubrir qué versión de él me tocaba.

—Gracias —dije cuando se quedó sin consejos de jardinería—. La cuidaré. Se lo prometo.

—Más le vale. Haré inspecciones sin previo aviso. Si la encuentro mustia, se acaba nuestra amistad.

—¿Somos amigos?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla, pero enseguida comprendí que era una trampa de las que abren puertas difíciles de cerrar.

Él se quedó callado, con la caja vacía entre las manos. Cuando volvió a mirarme, su sonrisa era más suave y también un poco triste.

—No lo sé. La verdad es que no sé qué somos. Y llevo varios días dándole demasiadas vueltas.

—Pues deje de dárselas. —Abracé la maceta contra el pecho—. Somos dos personas que plantan flores. Nada más.

—Por supuesto —dijo, como si probara las palabras—. Sí. Vamos a dejarlo ahí.

Ninguno de los dos se lo creyó.

Subimos juntos a la terraza de los tejos, él con sus herramientas y yo con mi planta, y trabajamos toda la mañana fingiendo que plantar flores era lo único que hacíamos.

Volvió a reírse. Yo volví a dejarme. Y cada vez que levantaba la cabeza y lo sorprendía mirándome, los dos encontrábamos de pronto algo interesantísimo que observar junto al lago.

Aquella noche puse la maceta en el alféizar de mi cuarto, donde recibiría la luz de la mañana. La contemplé antes de apagar la lámpara. Era una flor morada que se había abierto antes que todas las demás.

Justo lo que no necesitaba. Otra cosa empeñada en adelantarse a su momento.