Un escocés muy bien plantado Capítulo 7
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Capítulo 7

Aquella noche volví a la posada con barro hasta las cejas, la malla que había que reponer dándome vueltas en la cabeza y algo más rondándome de lo que no quería ni acordarme.

Morag me vio la cara nada más cruzar la puerta y supo, con ese instinto de posadera que lo ve todo, que algo había cambiado.

—Uy —dijo, dejando el trapo con el que secaba vasos—. A usted le ha pasado algo hoy.

—Me ha atacado una oveja. —Me dejé caer en un taburete de la barra—. Se ha comido medio jardín.

—Eso no es lo que le ha pasado. —Se apoyó de codos frente a mí, entrecerrando los ojos—. Lo de la oveja se lo creo. Pero hay otra cosa. Se le ve en la cara.

—No hay otra cosa.

—Hija, llevo cuarenta años detrás de esta barra. He visto entrar por esa puerta a gente de todo tipo. —Sirvió dos copas de algo ambarino sin preguntar y me pasó una—. Y sé distinguir una cara de «me ha atacado una oveja» de una cara de «me ha pasado algo con un hombre». Y usted tiene la segunda.

Bebí un trago para no contestar enseguida. Quemaba, bajaba bien, y me soltó la lengua más de lo que me convenía.

—Es una tontería —dije—. Una tontería enorme que no pienso permitirme.

—Las mejores tonterías son las que uno no piensa permitirse. —Morag bebió también—. Cuente.

—No hay nada que contar. —Giré la copa entre los dedos—. Trabajo con un hombre. En el jardín. Y hoy, por un momento, he sentido cosas...

—¿Por el jardinero, quizás?

—Sí, por el jardinero.

Morag se quedó muy quieta, con la copa a medio camino de la boca. Luego la dejó en la barra y la sonrisa se le borró antes de llegar a formarse.

—El jardinero… —repitió—. Vaya.

—¿Por qué lo dice así?

—Porque antes de permitir que ocurra nada debería conocer algo más de su vida, ¿no cree?

—No es necesario, porque no va a ocurrir nada.

—Eso sería lo más sensato. —Recogió el trapo y empezó a secar un vaso que ya estaba seco—. Pero, si cambia de idea, pregúntele primero.

—Estoy aquí para organizar una boda. Cuando termine, me marcho y él se queda con sus plantas, su oveja y su lluvia. Fin de la historia.

—Ajá.

—Lo digo en serio.

—Y yo. —Morag dejó el vaso—. No confunda que un hombre sea bueno con que su vida sea sencilla.

La miré con atención.

—¿Sabe algo que yo no?

—Sé que lo he visto crecer y que no es mala persona. También sé que arrastra un asunto que no me corresponde contar. —Señaló mi copa—. Hasta que él hable, no dé un paso que después tenga que lamentar.

—Eso suena bastante más grave que un jardinero interesado.

—Porque lo es.

Morag volvió a su lado de la barra y dio la conversación por terminada. No me animó, no se rio y no intentó tranquilizarme. Solo me dejó una advertencia que pesaba mucho más que el whisky.

—Váyase a dormir, hija. Mañana tendrá que reponer media malla. Y, por lo que veo, también otras cosas.

Me quedé con la copa entre las manos.

—Nah, eso será fácil.

—Ya veremos.

Me fui a la cama, pero no dormí bien. El colchón crujía, la ventana dejaba entrar el frío y mi cabeza no paraba de darle vueltas a lo mismo: a la advertencia de Morag y a la manera en que él me había mirado en la colina.

Me obligué a poner las cosas en su sitio, en la oscuridad, con la lógica fría de las tres de la madrugada.

Punto uno: yo era una profesional. Muy buena en lo mío.

Mi reputación se sostenía sobre bodas perfectas y clientas satisfechas, no sobre líos con el personal de las fincas donde trabajaba.

Un desliz con un jardinero era la clase de cosa que se contaba, que corría y que podía cerrarte puertas. No podía permitírmelo.

Punto dos: aquel encargo era importante. Fenella era insoportable, sí, pero pagaba como pocos clientes, y una boda de aquel nivel en mi currículum valía oro. Distraerme ponía en riesgo el trabajo, y el trabajo era lo único que de verdad era mío.

Punto tres, y este me costó más formularlo: él era el jardinero de la finca.

Un hombre que había dicho, con sus propias palabras, que nunca se iría de allí.

Que su vida entera estaba atada a aquellos árboles.

Y la mía estaba en aviones, en hoteles, en ciudades distintas cada temporada.

Aunque pasara algo, aunque me permitiera la tontería, ¿qué futuro tenía eso?

Ninguno. Dos vidas que no encajaban ni con calzador.

Con esos tres puntos bien ordenados, debería haberme quedado tranquila. Pero no me quedé.

Porque por debajo de toda mi lógica impecable seguía latiendo, terca, la imagen de él tirado en el barro a mi lado, riéndose de una oveja, con el sol en la cara. La advertencia de Morag debería haber bastado. No bastó.

A la mañana siguiente llegué a la finca decidida a ser puro profesionalismo. Nada de risas de más y nada de dejar que me sostuviera la mano un segundo de sobra. Trabajo, y solo trabajo.