Un escocés muy bien plantado Capítulo 6
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Capítulo 6

La lista de exigencias de Fenella era tan larga que tardé una tarde entera en pasarla a limpio, y cuando terminé tenía la sensación de haber firmado un pacto con algo que no me convenía.

Quería el doble de flores. Quería iluminación en cada tejo.

Quería un camino de pétalos desde la casa hasta la terraza, un detalle precioso y absolutamente condenado a deshacerse con el primer soplo de aire escocés.

Quería, en resumen, un jardín que desafiara al clima, a la botánica y al sentido común, y quería que yo lo hiciera posible sin una sola queja.

Se lo conté a él a la mañana siguiente, mientras desenrollábamos una malla enorme que había que tender sobre uno de los macizos para protegerlo del viento. Me escuchó en silencio, tirando de su extremo, y cuando terminé soltó una carcajada seca.

—¿Un camino de pétalos? ¿Aquí? —Sacudió la cabeza—. Para cuando los invitados lleguen a la terraza, los pétalos estarán en el condado de al lado. Se lo digo yo.

—Ya lo sé. Pero es lo que ha pedido.

—Pues es una idea de ciudad. De alguien que cree que el campo es un decorado que se está quieto cuando se lo mandas. —Ató su extremo de la malla a una estaca—. Aquí nada se está quieto. Ni el clima, ni la tierra, ni las ovejas. Esto tiene vida propia y le importa un pimiento su boda.

—A mí también me importa poco su boda, si le soy sincera. Pero me pagan por hacerla perfecta, así que buscaré la manera de que los pétalos se queden donde tienen que quedarse.

—¿Y cómo piensa convencer al viento?

—Con pétalos grandes y una base de malla floral muy fina fijada al suelo. Desde arriba no se verá y el viento no podrá llevárselos. —Me quedé pensando en voz alta—. O con un pasillo de tela del mismo color que la grava. Algo se me ocurrirá.

Él se detuvo, con la malla a medio tensar, y me miró de una manera nueva.

—Se lo está tomando en serio. Lo de vencer al viento.

—Me tomo en serio todo lo que me pagan por hacer. —Aseguré mi estaca—. Aunque sea una tontería. Sobre todo si es una tontería. Las tonterías bien hechas son las que la gente recuerda.

—Las tonterías bien hechas —repitió, pensativo—. Debería ponerlo en una placa.

Trabajamos toda la mañana con la malla, las estacas y un sistema de tutores que él iba clavando y yo atando, hasta que el macizo entero quedó protegido como una fortaleza.

Hacía un calor raro y húmedo, poco propio de la Escocia que yo imaginaba.

En algún momento se quitó la camisa de trabajo y se quedó en camiseta, y yo tuve que concentrarme mucho en los nudos para no concentrarme en otra cosa.

—¿Y usted? —le pregunté, más que nada para distraerme—. ¿Nunca ha querido hacer otra cosa? Quiero decir, otra cosa distinta a quedarse toda la vida en el mismo sitio, cuidando el jardín de otro...

Me arrepentí en cuanto lo dije. Sonó a desprecio, y no lo era.

—Perdone. No quería decir que...

—Sé lo que quería decir. —No parecía ofendido—.

Y la respuesta es no. Nunca he querido hacer otra cosa.

Este sitio es mío de una manera que cuesta explicar.

—Se secó la frente con el antebrazo—. Podría irme mañana, tener otra vida en cualquier parte, y aun así seguiría siendo el hombre que echa de menos estos árboles. Así que mejor me quedo con los árboles.

—Eso es... —Busqué la palabra—. Bonito. Y un poco triste.

—Casi todo lo bonito lo es un poco. —Ató el último nudo—. ¿O no ha visto usted nunca una boda preciosa entre dos personas que no se querían?

Lo miré. Ahí estaba otra vez, ese fondo raro debajo de sus frases.

—Alguna he visto —admití.

—¿Y qué se siente al montar algo tan bonito para algo tan vacío?

—Se siente... —Pensé en Fenella, en su lista, en su «yo me caso a lo grande»—. Se siente como maquillar a un muerto para que parezca que duerme. Haces un gran trabajo y nadie te lo agradece, porque el problema no era el maquillaje.

Él se rio, pero fue una risa corta, sin ganas.

—Qué manera tan exacta de decirlo.

—Es que llevo muchos muertos maquillados.

Nos quedamos un momento en silencio, del bueno, del que no incomoda.

El sol pegaba fuerte, las abejas zumbaban entre las flores y el mundo entero parecía haberse detenido en aquella colina para dejarnos en paz.

Él bebió de su termo y me lo ofreció. Bebí sin pensarlo.

Era agua fresca con un toque de menta y me supo a gloria.

—Está buena —dije, devolviéndoselo.

—La menta la planto yo. Ahí, al lado del pozo. —Señaló con la barbilla—. Crece sola, no da trabajo y sabe bien. La planta perfecta. Como debería ser todo.

—Como debería ser todo, sí —repetí.

Y, por algún motivo, al repetirlo mientras lo miraba, con el sol dándole en la cara y una gota de agua resbalándole por el cuello, se me olvidó que estaba trabajando.

Se me olvidaron la lista de Fenella, la boda y la carpeta.

Solo estábamos él y yo en aquella colina, con un silencio que empezaba a pesar demasiado y sus ojos fijos en los míos.

Y justo entonces, un balido larguísimo rasgó el aire a dos metros de nosotros.

Nos separamos de un salto. Una oveja. Una oveja enorme, sucia, con cara de pocos amigos, se había colado por algún hueco de la valla y nos miraba desde el borde del macizo recién protegido, masticando con parsimonia una de las plantas que llevábamos toda la mañana defendiendo del viento.

—¡No! —Él salió corriendo—. ¡Esa no! ¡Todo menos esa!

La oveja, muy digna, arrancó otro bocado y echó a trotar macizo adentro, pisoteando tutores, reventando la malla y deshaciendo en diez segundos lo que nos había costado la mañana entera.

Él la perseguía agitando los brazos, gritándole cosas en un inglés escocés tan cerrado que yo no entendía una palabra, aunque sonaban a insultos con siglos de historia.

La oveja lo esquivaba con una agilidad insultante, dando saltos, balando y arrastrando media malla enganchada en una pata.

Yo debería haber ayudado. En serio que debería. Pero me había quedado doblada de la risa, incapaz de moverme, viendo a aquel hombre imposible correr detrás de una oveja ladrona por el jardín más caro de Escocia.

—¡No se ría! ¡Ayude! —me gritó, sin dejar de correr.

—¡No puedo! —lloraba de risa—. ¡Es que le está ganando!

—¡Ya lo sé que me está ganando! ¡Por eso pido ayuda!

Al final la acorralamos entre los dos contra la valla, él por un lado y yo por el otro, con los brazos abiertos como dos espantapájaros histéricos.

La oveja nos miró, evaluó sus opciones y decidió que ya se había divertido bastante.

Se dejó agarrar del cuello por él, escupió lo que le quedaba de planta a modo de despedida y se dejó conducir hacia el hueco de la valla con toda la dignidad de una reina destronada.

—Y no vuelvas —le dijo él, empujándola al otro lado—. Cara de lana con patas.

Cerró el hueco con una piedra, se giró, y me encontró todavía riéndome, sentada directamente en la tierra porque las piernas no me habían aguantado.

—Ah, muy bien —dijo, jadeando, con las manos en las rodillas—. Búrlese. Yo aquí, jugándome la vida contra el ganado, y usted de público.

—Es que ha sido... —No podía ni hablar—. Ha sido lo mejor que he visto en mi vida. Le ha ganado una oveja.

—No me ha ganado. Ha habido... complicaciones tácticas.

—Le ha ganado. Reconózcalo.

Él me miró, sentada en el barro, despeinada y muerta de risa, y algo en su cara se rindió. Se dejó caer a mi lado sin importarle el pantalón y acabó riéndose también. Nos quedamos los dos en el suelo del jardín destrozado, riéndonos como tontos por culpa de una oveja.

El momento de antes se había ido. La oveja se lo había llevado por delante junto con media malla. Y aunque una parte de mí lo lamentaba, otra parte, la más sensata, respiró aliviada.

Porque casi había tenido “un momento” con un jardinero en horas de trabajo. Y, mientras se me pasaba la risa, me repetí que era justo la clase de tontería que no me convenía. Bien hecha o mal hecha.

—Habrá que empezar el macizo otra vez —dije, cuando pude respirar.

—Qué remedio... —Él miró el destrozo con resignación—. Pero mañana. Hoy ya hemos alimentado bastante a la fauna local.

Me tendió la mano para levantarme. La acepté. Y esta vez, cuando me la sostuvo un segundo de más, ninguno de los dos dijo nada.