Un escocés muy bien plantado Capítulo 5
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Capítulo 5

La visita de Fenella cayó sobre la finca como el granizo: con poco aviso y estropeando cuanto encontraba.

Llegó en un coche negro con chófer, demasiado grande para aquellas curvas, que se detuvo en la explanada levantando una nube de grava.

Yo la esperaba en la puerta, con mi mejor sonrisa profesional puesta y la carpeta impecable bajo el brazo.

La señora Aitken esperaba a mi lado, tiesa como un palo, con una expresión que había practicado durante años para no decir lo que pensaba.

De la parte de atrás del coche salió una mujer que parecía recortada de una revista.

Alta, rubia, con un abrigo claro que no tenía sentido para el campo y unos tacones que aún menos.

Se bajó las gafas de sol lo justo para inspeccionar el caserón, la grava, el cielo y a nosotras, en ese orden y con el mismo grado de aprobación, que era ninguno.

—Señorita Balfour. —Di un paso adelante—. Soy Camila Herrera, la organizadora. Bienvenida a Ardnamurra.

—Ya sé quién es. —No me tendió la mano—. Llego con prisa, así que hagamos esto rápido. ¿Dónde está todo?

—En el jardín de atrás. Si quiere, empezamos por...

—Quiero verlo ya.

Echó a andar sin esperarme, con el chófer detrás cargando un bolso que costaba más que mi coche. La señora Aitken y yo cruzamos una mirada muy breve, de esas que lo dicen todo sin decir nada, y la seguimos.

Rodeamos el caserón hasta el jardín, y por un momento me permití una pizca de orgullo.

En apenas unos días, con ayuda del resto del equipo de la finca, habíamos transformado aquello.

Los macizos estaban plantados, el arco montado, los senderos despejados y, aunque las flores aún no habían abierto, ya se adivinaba lo que iba a ser. Yo lo veía precioso.

Fenella lo vio de otra manera.

—Está sin terminar —dijo, parándose en seco—. Esto está a medias.

—Está en pleno crecimiento —corregí, con suavidad—. Las flores necesitan su tiempo para abrir en el punto exacto. Si florecieran ahora, llegarían marchitas a la boda. Todo está calculado para que el día señalado esté...

—No me interesa el proceso. Me interesa el resultado. —Señaló el arco con un gesto de la barbilla—. ¿Y eso? ¿Ese palo pelado es el arco?

—Ese «palo pelado» va a ir cubierto de flores blancas, tal como pidió. Ahora mismo es la estructura. Cuando esté vestido...

—Espero que quede mejor de lo que promete.

Al fondo, junto al macizo donde él había estado trabajando unos minutos antes, solo quedaban una pala clavada en la tierra y una bandeja de plantones. Había desaparecido en cuanto oyó el motor. No sabía si por casualidad o porque había visto quién bajaba del coche.

—El encargado del jardín ha hecho un trabajo excelente con...

—No he venido a felicitar al personal. ¿Dónde va la carpa? Dígame que no en esa terraza de abajo. Se ve húmeda.

—La ceremonia irá arriba, en la terraza de los tejos. —Tragué mi orgullo profesional entero—. Precisamente por el tema de la humedad. Es una zona más segura y las vistas son...

—Enséñemela. Esa no la conozco.

Me extrañó, siendo la novia, pero no abrí mi boca.

Subimos a la terraza de los tejos, que era, objetivamente, uno de los lugares más bonitos que existían sobre la tierra.

El sol se colaba entre las ramas, el lago brillaba al fondo, y hasta el aire olía distinto allí arriba.

Yo esperaba, contra todo pronóstico, que aquello ablandara a Fenella aunque fuera un poco.

—Es pequeña —dijo.

—Caben doscientas personas holgadamente. Lo he medido tres veces.

—Parece pequeña. —Se cruzó de brazos—. Y esos árboles dan sombra. No quiero sombra en mis fotos. Quiero luz.

—Los tejos se pueden iluminar. De hecho, con la luz adecuada, al atardecer, esto queda...

—No me diga cómo queda. Enséñemelo. —Se volvió hacia mí por primera vez con algo parecido a la atención—. Ese es su trabajo, ¿no? Que yo no tenga que imaginarme nada. Que esté todo hecho antes de que yo pregunte.

Respiré hondo por dentro y sonreí por fuera.

—Tendrá un montaje de prueba antes de la boda —dije—. Con las luces, las flores y todo puesto, para que vea exactamente como va a ser. Nada quedará a la imaginación.

Eso pareció satisfacerla, o al menos dejarla sin nada de lo que quejarse de inmediato, que en su caso venía a ser lo mismo. Se paseó por la terraza mirándolo todo con ojo crítico, tocando la corteza de un tejo con la punta de un dedo enguantado, como si comprobara que no fuera a mancharla.

Y entonces, sin venir a cuento, soltó lo que llevaba dentro.

—Mire, se lo voy a decir claro, porque no me gusta perder el tiempo.

—Se giró hacia mí—. Esta boda tiene que ser perfecta.

Perfecta de verdad. No me importa lo que cueste ni el trabajo que dé.

Me da igual si hay que trasplantar un bosque entero o secar el lago.

Yo me caso una sola vez, y me caso a lo grande, y todo el mundo va a acordarse de esta boda durante años. ¿Ha quedado claro?

—Clarísimo —dije—. Trabajo precisamente para eso.

—Bien. Porque he oído que es usted buena, y por eso la he contratado. Pero también he oído que tiene ideas propias. —Me clavó la mirada—. Y yo no pago por sus ideas. Pago por las mías. Usted ejecuta. ¿Entendido?

—Entendido.

Fenella terminó su inspección con la misma prisa con la que había llegado.

Dictó una lista de exigencias que yo apunté con la muñeca a punto de acalambrarse, no aprobó nada abiertamente, pero tampoco encontró un motivo definitivo para rechazarlo.

Ni siquiera preguntó por el novio. Se marchó como había venido, en su coche negro, dejando otra nube de grava y a la señora Aitken y a mí en un silencio raro.

La señora Aitken fue la primera en hablar.

—Encantadora —dijo, con un veneno finísimo—. Cada vez que viene, me pone a prueba la paciencia.

—Es la novia —contesté, guardando la carpeta—. Y las novias mandan. Aunque sean así.

—Ya… las novias mandan… —La señora Aitken repitió mis palabras como si las masticara, y me lanzó una mirada que no entendí—. Ojalá fuera tan sencillo, hija.

Se fue hacia la casa meneando la cabeza, y yo me quedé en la terraza, recogiendo lo que Fenella había desordenado con su sola presencia, que era más de lo que parecía.

Él reapareció por el sendero con una bandeja de plantones, como si llevara toda la mañana fuera.

—Veo que ha sobrevivido —dijo.

—Por los pelos. ¿Dónde se había metido?

—A guardar unas herramientas.

—Justo cuando llegó ella.

—Tengo buen instinto para saber cuándo conviene apartarse.

—Habla usted como si la conociera.

Dejó la bandeja en el suelo y se agachó junto a los plantones antes de contestar.

—Conozco a las de su clase —dijo, sin mirarme—. Y todas pican igual.

Había algo debajo de aquella frase, un peso que no encajaba con un jardinero que acababa de esconderse de una clienta. Pero el sol se estaba poniendo, yo tenía la cabeza llena de exigencias imposibles y, una vez más, decidí que no era asunto mío.

Me equivocaba.

—Venga —dije, agachándome a su lado—. Terminemos esto antes de que se vaya la luz. Y mañana empezamos a hacerle a esa mujer la boda más perfecta que haya visto nunca. Aunque sea un funeral blanco.

—Uy, sí… aunque sea un funeral blanco —repitió él.

Y por el tono raro con que lo dijo, cualquiera habría pensado que hablaba de su propio entierro.