Un escocés muy bien plantado Capítulo 12
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Capítulo 12

No dormí. Ni siquiera fingí intentarlo.

Me pasé la noche sentada en la cama de la posada, con las rodillas contra el pecho, mirando la maceta del alféizar como si tuviera la culpa de algo. La flor morada seguía allí, abierta y descarada, regalo de un hombre al que yo no conocía tanto como creía.

Porque el jardinero sí existía. Cavaba, plantaba y sabía más de aquel jardín que nadie. Lo que no existía era el hombre libre que yo había imaginado. El que podía mirarme de aquella manera sin tener una prometida esperando dentro de la casa.

Y yo había picado. Entera.

Repasé cada momento buscando el punto exacto en que debería haber preguntado más. Las señales estaban allí, aunque ninguna bastaba por sí sola para adivinar la verdad.

Yo, que presumía de leer a la gente, no había visto ninguna.

Me sentí estúpida. Después, furiosa. Y cuando de madrugada se me gastaron las dos cosas, quedó debajo la peor.

La pena.

Porque lo había pasado bien con él. Mejor que con nadie en mucho tiempo. Y las risas, la oveja, la menta y la flor habían sido con un hombre que iba a casarse con otra y que había callado mientras yo me acercaba demasiado.

A primera hora bajé al comedor con una decisión tomada.

—Me voy —le dije a Morag—. Dejo el encargo. Que busquen a otra persona.

Morag, que estaba colocando tazas, se quedó inmóvil.

—¿Así, sin más?

—No puedo organizar esa boda. —Apoyé una mano sobre la barra—. Y usted lo sabía.

Bajó la vista.

—Sí…

—Todos lo sabían. El jodido pueblo entero lo sabía. ¿Sabe cómo me sentí anoche, descubriéndolo delante de su familia? ¿Encajando yo sola que el hombre con el que llevaba semanas trabajando era el novio?

—Camila...

—No me diga otra vez que no juzgue rápido. Me ha mentido.

Morag rodeó la barra y se plantó delante de mí. Esta vez no intentó quitarle importancia.

—Tiene razón. Estuvo mal y debió decírselo mucho antes. No voy a pedirle que lo perdone. Solo quiero que sepa una cosa antes de decidir si se marcha.

No contesté.

—No lo hizo para reírse de usted, es un buen hombre —continuó—.

Seguramente lo hizo porque, por una vez, alguien lo trató como a una persona y no como al heredero de Ardnamurra.

Le gustó y fue demasiado cobarde para pararlo a tiempo.

Yo intenté advertirla, pero debí ser más clara.

No lo disculpa a él y tampoco me deja a mí en buen lugar.

—El resultado para mí es el mismo.

—Puede. Por eso debería oírlo y decidir después, con toda la historia delante. No por él. Por usted.

No quería reconocer que tenía sentido. Así que recogí las llaves del coche y salí sin responder.

En lugar de conducir a la estación, conduje a la finca. Me dije que iba a recoger la carpeta, las herramientas y todo lo que había dejado allí. Me mentí con una facilidad preocupante.

Kendrick me esperaba en la explanada.

Ya no llevaba el traje. Había vuelto a las botas y a la camisa remangada, aunque aquella ropa ya no conseguía convertirlo en el hombre del jardín. Al verme bajar, se enderezó y dejó las manos a la vista, como si se rindiera antes de empezar.

—Has venido.

—A por mis cosas. Nada más.

—Camila, por favor. Cinco minutos.

—¿Para explicarme cómo dejó que lo tratara como a un empleado en su propia finca? Esa parte la he entendido.

Encajó el golpe y se pasó una mano por el pelo.

—No inventé el trabajo. Estaba trabajando de verdad: me gusta la tierra, me gusta cavar y todo lo que le conté sobre este lugar era cierto. Pero permití que sacara una conclusión falsa y luego me escondí detrás de ella.

—Me dijo que se llamaba Kendrick y dejó que yo no relacionara ese nombre con Alasdair Sinclair.

—Menos eso.

—Y que se casaba.

Cerró los ojos un instante.

—Lo acepto. Y que me casaba…

—Lo más importante, entonces.

—Sí.

Su falta de excusas me desarmó más que cualquier explicación.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué dejó que creyera otra cosa durante semanas?

Respiró hondo y miró hacia los macizos, el arco y todo lo que habíamos hecho juntos.

—La primera mañana dio por hecho que yo era un empleado y no la corregí.

En los documentos figuraba Alasdair, mi primer nombre, pero casi nadie me llama así.

Cuando me presenté como Kendrick y usted no hizo la conexión, aproveché la oportunidad.

Fue un alivio. Aquí todos saben quién soy antes de hablarme: el heredero, el hijo de Douglas Sinclair, el de la casa grande.

Usted empezó discutiéndome dónde poner la carpa sin importarle un pimiento mi apellido.

—Bajó la voz—. Durante un rato fui solo un hombre plantando flores con una mujer.

Me aferré a eso, aun sabiendo que estaba mal.

—Y mientras usted disfrutaba de ser un hombre normal, yo empezaba a sentir cosas por alguien que creía libre.

La verdad salió antes de que pudiera detenerla, y Kendrick se quedó sin aire.

—¿Estaba empezando a sentir cosas?

—No importa.

—A mí sí.

—Pues no debería. Se casa dentro de unas semanas con Fenella. Eso no cambia porque yo haya sido una idiota.

—No es una idiota. Y no quiero a Fenella.

Lo dijo de golpe, sin adornos. Me giré hacia él antes de poder evitarlo.

—Nunca la he querido —continuó—. La boda no es lo que parece. Es una historia larga, desagradable y en gran parte culpa mía. No tengo derecho a usarla para quedar mejor. Solo necesito que no se vaya pensando que me burlé de usted.

—¿Y qué quiere que piense?

—Que fui un cobarde. Que la vi llegar puntual, peleona y con esa carpeta agarrada como un escudo, y por primera vez en años tuve ganas de levantarme por la mañana.

Cuando entendí que aquello tomaba otro rumbo, ya no sabía cómo decir la verdad sin perderlo.

No la dije y ahora lo estoy perdiendo de la peor manera.

Yo tenía respuestas afiladas para todo aquello. No utilicé ninguna porque, a pesar del enfado, le creía. Y creerle era casi peor.

—Voy a recoger mis cosas. Después decidiré qué hago con el encargo.

Asintió, tragándose lo que quisiera decir.

—Están en el cobertizo de los tejos. Las guardé para que no se mojaran.

Aquella tontería estuvo a punto de romperme más que la conversación entera, pero no le di las gracias. Subí sola, entré en el cobertizo donde aquella vez tuvimos nuestro “momento” y recogí mis cosas entre el olor a leña y tierra seca.

En la mesa del rincón me esperaba un tarro con agua y, dentro, una flor morada recién cortada. No había nota. Tampoco hacía falta. Ya no le quedaban excusas de jardinería tras las que esconderse. Me quedé mirándola durante un buen rato. Y no fui a la estación.