Un escocés muy bien plantado Capítulo 18
72%

Capítulo 18

Faltaban solo unos días para la boda y el jardín había entrado en su recta final. Los macizos habían prendido, las guirnaldas colgaban de los tejos y las flores empezaban a abrir justo cuando Kendrick había prometido.

El lugar estaba quedando precioso. Una lástima que yo cada día dudara más de la historia que iba a celebrarse allí.

Trabajaba con la cabeza dividida. Con las manos montaba una boda perfecta, pero en el fondo esperaba que Menzies aclarara de una vez si la historia de Fenella se sostenía.

La primera novedad llegó a través de la señora Aitken.

Yo estaba repasando el montaje de las mesas cuando apareció con una pila de manteles y los dejó sobre una silla.

—Anoche limpié la habitación de la novia —dijo mientras alisaba la tela—. Se queda aquí algunas veces para ir haciéndose a la casa, según ella.

—¿Ha pasado algo?

—Encontré una botella de vino vacía en la papelera. Entera.

La miré.

—Eso no demuestra que se la bebiera ella.

—No. Puede haberla compartido, puede haberla tirado por otra persona o puede ser una inconsciente. Yo solo le cuento lo que vi.

Agradecí que no sacara conclusiones por mí. Una botella no probaba que Fenella mintiera sobre el embarazo. Como mucho, añadía otra pregunta a una lista ya demasiado larga.

—No se lo diga a nadie todavía.

—No pensaba hacerlo. Llevo cincuenta años en esta casa porque sé cuándo cerrar la boca. —Recogió los manteles—. Pero también sé cuándo algo huele mal. Y esto lleva oliendo mal desde que esa mujer cruzó la puerta.

La segunda novedad la vi yo misma.

Había bajado al pueblo a recoger unas cintas para las mesas. Al salir, distinguí a Fenella por la ventana del pub de la esquina. Estaba sola, sentada al fondo y hablando por teléfono.

Sobre la mesa tenía una copa de vino tinto.

Me quedé un momento en la acera, medio escondida tras una farola y sintiéndome bastante ridícula. Fenella bebía mientras hablaba, relajada, con una sonrisa distinta a la que utilizaba en la finca.

Pensé en sacar el móvil. No lo hice. Una fotografía de una mujer delante de una copa no probaba quién la había bebido, cuánto contenía ni si estaba embarazada. Solo conseguiría que pareciera que la estaba siguiendo, así que me marché antes de que levantara la vista.

Aquella noche se lo conté a Kendrick en el cobertizo de los tejos. Nos habíamos refugiado allí para poder hablar tranquilos, lejos de oídos curiosos y de cualquiera que pudiera aparecer en el peor momento. Nada romántico, por mucho que la casa entera seguramente hubiera opinado lo contrario.

Yo seguía empeñada en no convertir todo aquello en una investigación improvisada, aunque cada vez resultaba más difícil fingir que no había demasiadas cosas que necesitaban una explicación.

—Estaba en el pub con una copa de vino —dije—. La vi beber.

Kendrick apretó la mandíbula.

—No basta por sí solo.

—Ya lo sé. Por eso no le hice una foto ni monté una escena. Podría estar embarazada y beber de todos modos. Sería irresponsable, no una prueba de que miente.

—Mi padre la defendería, y tendría motivos.

Que bebiera demostraría que es una irresponsable, no que el embarazo sea falso.

—Hizo una pausa—. Pero tengo algo más. Menzies ha comprobado los datos del médico que firma la carta.

El número de registro pertenece a otra persona y, según la clínica, ese hombre nunca ha trabajado allí.

Lo miré, intentando asimilarlo.

—Entonces la carta es falsa.

—Todo apunta a que sí. Mañana tendremos la confirmación por escrito. También están comprobando el membrete y la firma.

—Eso demuestra que ha mentido, no que no exista un embarazo.

—Exacto. Mi padre quiere esperar a la confirmación escrita y darle la oportunidad de explicarlo antes de tomar una decisión.

—Entonces es mejor no hacer nada hasta tener esa confirmación.

Kendrick se sentó en el banco y apoyó los antebrazos en las rodillas.

—La última prueba del vestido es pasado mañana —dijo—. Fenella la pidió por el supuesto cambio de medidas.

—Estaré presente porque coordino el vestuario y los tiempos. No voy a hacerle preguntas que no me correspondan.

—Aun así, Fenella puede intentar ponerla en el centro si algo sale mal.

—Ya ha empezado a insinuarlo. Por eso no pienso darle motivos.

—¿Por qué no se aparta? —preguntó—. De verdad. Después de lo que le hice, tendría motivos.

Por una vez no me escondí detrás de la carpeta.

—Porque no pienso ignorar una posible estafa que puede arruinarle la vida a alguien. Y porque, aunque no debería, me importa lo que le pase. Ya está. No me obligue a repetirlo.

Kendrick guardó silencio. Después buscó mi mano entre los dos y la apretó. No fue un casi beso ni una provocación. Fue un agradecimiento y una promesa de que no iba a dejarme sola si aquello explotaba.

Le devolví el apretón.

—Esperamos la confirmación y no hacemos nada hasta estar seguros.

—De acuerdo.

Salí del cobertizo antes que él por precaución. Cuando llegué a la explanada, Douglas Sinclair me esperaba junto al coche.

Me tensé entera.

—Señorita Herrera —dijo—. Quería hablar con usted.

—¿Ha ocurrido algo con la boda?

—La boda va muy bien. El jardín está espléndido. Se trata de otra cosa.

Miró hacia la casa antes de continuar.

—Yo empujé a mi hijo a aceptar este matrimonio. Cuando Fenella habló del niño y mostró la carta de la clínica, le dije que tenía una obligación y que el honor de la familia estaba por encima de lo que sintiera. —Su voz perdió parte de la firmeza habitual—. Creí que hacía lo correcto.

No dije nada.

—Kendrick lleva semanas intentando explicarme que hay cosas que no encajan. Yo lo tomé por miedo, egoísmo o arrepentimiento. Menzies ha encontrado datos falsos en la carta y espera la confirmación de la clínica. Ahora empiezo a preguntarme si fui demasiado rápido.

—No sé qué espera que le diga.

—Nada. No quiero colocarla en una situación incómoda ni pedirle que espíe a nadie. Solo le ruego que, si durante su trabajo ve algo importante, no lo calle para evitarnos un escándalo. Un escándalo pasa. Un matrimonio equivocado puede durar toda una vida.

Asentí despacio.

—Si encuentro algo que pueda demostrar, lo sabrá.

—Eso es todo lo que necesitaba oír.

Inclinó la cabeza y regresó a la casa.

Conduje hacia la posada pensando que, al menos, Douglas ya estaba dispuesto a escuchar. Seguía necesitando hechos, no sospechas, pero la puerta no estaba cerrada.

Faltaban dos días para la prueba del vestido y cuatro para la boda.

Dos días para recibir la confirmación de Menzies y hacer mi trabajo sin convertirme en juez.

O para descubrir que, pese a todas las contradicciones, Fenella decía la verdad.

Y esa posibilidad era la que más miedo me daba.

Porque si nos equivocábamos, yo no solo perdería el trabajo.

También tendría que aceptar que Kendrick iba a casarse con ella y que no quedaba ninguna grieta a la que agarrarme.