Capítulo 17
Las dos semanas siguientes se consumieron entre preparativos y una tensión que nadie conseguía disimular.
El acuerdo prenupcial que Menzies había llevado a la finca no se firmó.
Fenella rechazó las cláusulas que mantenían Ardnamurra fuera de cualquier reclamación futura y exigió que parte de la cantidad pactada se entregara antes de la boda.
Yo solo conocí el resumen, pero noté las consecuencias. Douglas Sinclair empezó a rondar más por la finca, observándolo todo con una seriedad que ponía tiesa hasta a la casa. Menzies, por su parte, siguió comprobando el membrete de la clínica, la firma y el número profesional del supuesto médico.
A mí me venía bien. Cuanto más cerca estaba el padre, menos podía Fenella campar a sus anchas y menos posibilidades tenía yo de quedarme sola con Kendrick. Después de lo del arco, necesitaba precisamente eso. Un poco de distancia y testigos.
Unos días más tarde, Douglas organizó una comida familiar para rebajar tensiones. La familia, la novia y yo, invitada como organizadora para cerrar el menú y el protocolo. Una reunión de trabajo disfrazada de cortesía.
Nos sentamos en el mismo comedor donde había descubierto que el jardinero era el novio. Douglas ocupó la cabecera. Kendrick se sentó a un lado, con Fenella pegada a él. Había también dos tías, una prima y yo al otro extremo, con la carpeta sobre las rodillas.
La comida transcurrió tensa, aunque correcta. Fenella interpretaba a la novia radiante con bastante oficio. Reía cuando tocaba, hablaba de «nuestra boda» y se colgaba del brazo de Kendrick cada vez que alguien la miraba.
Yo tomaba notas. Algunas sobre el menú. Otras, solo en mi cabeza.
A los postres, una de las tías se dirigió a Fenella con la mejor intención del mundo.
—Querida, ¿ya has hablado con el doctor Fraser? Como vas a pasar bastante tiempo aquí, sería bueno que te conociera. Lleva atendiendo a esta familia media vida.
Fenella tardó apenas un segundo en responder. Fue poco, pero yo estaba pendiente. Vi cómo se le tensaba la sonrisa y cómo sus dedos se cerraban alrededor de la copa.
—Qué detalle, pero no hace falta. Ya tengo un médico en la ciudad y prefiero seguir con él.
—Claro, pero Fraser podría verte alguna vez, por tranquilidad —insistió la mujer—. Una revisión, nada más.
—He dicho que no hace falta. —El tono de Fenella se afiló antes de que volviera a suavizarlo—. No quiero mezclar médicos ni opiniones. Estoy perfectamente.
—Tía, déjala —intervino Kendrick.
Lo dijo con calma, aunque no apartó los ojos de Fenella.
—Si prefiere seguir con su médico, es cosa suya. Pero me gustaría tener sus datos. Por si ocurre algo mientras está aquí.
Fenella se giró hacia él con una sonrisa impecable.
—No va a ocurrir nada. Estamos bien los dos. ¿No confías en mí?
—No he dicho eso. Solo quiero saber a quién llamar si hace falta.
El aire de la mesa cambió. Douglas los observó sin intervenir y una de las tías empezó a hablar del postre con una energía desproporcionada.
Yo seguí mirando a Fenella.
Negarse a un médico no demostraba nada. Podía tener el suyo, valorar su intimidad o no soportar que la familia se metiera en cada detalle. Lo extraño no fue el no, sino el miedo que apareció un instante antes de la respuesta y la forma en que evitó dar un nombre.
Era otra grieta. No una prueba.
Cuando terminó la comida, salí al pasillo con la carpeta bajo el brazo. Kendrick me alcanzó antes de que llegara a la puerta.
—También lo ha notado —dijo en voz baja.
—Solo he notado que no quería hablar del médico. Puede significar muchas cosas.
—Lo sé. —Se pasó una mano por el pelo—. Llevo semanas observando detalles que no encajan, pero no puedo acusarla de inventarse algo así solo porque se pone nerviosa. Parecería un canalla buscando una excusa para no casarse.
—Y si se equivoca, el daño no se arregla con una disculpa.
—Por eso necesito algo real.
Nos miramos. La misma posibilidad, demasiado grande para pronunciarla, quedó suspendida entre los dos.
—Entonces tendrá que esperar a que Menzies consiga una prueba real —dije.
Kendrick me estudió con atención.
—¿No va a apartarse del todo?
—No voy a investigar un embarazo ni a perseguir a Fenella. Eso les corresponde a su abogado y, si ella acepta, a un médico. Pero si durante mi trabajo aparece algo relevante para la boda, no voy a fingir que no lo he visto.
—Su trabajo. Claro. —sonrió de verdad—. Es usted tan mala disimulando como yo mintiendo.
—Somos un desastre.
—Un desastre con muy buen gusto para las flores.
Me marché antes de que la conversación volviera a desviarse hacia terrenos peligrosos.
Aquella noche, en la posada, le conté a Morag lo ocurrido. Escuchó con los brazos apoyados en la mesa y una seriedad poco habitual.
—El doctor Fraser es de confianza —dijo—. Pero esa mujer está en su derecho de no verlo.
—Lo sé. No me preocupa la negativa. Me preocupa cómo reaccionó.
—Entonces ya tiene otra sospecha, no una prueba. No confunda las dos cosas.
—No lo hago.
—Más le vale. —Me señaló con un dedo—. Usted es de fuera, él es el novio y Fenella sabe perfectamente cómo convertirla en la mujer celosa que quiere romper una boda. Si da un paso sin poder sostenerlo, la que sale perdiendo es usted.
Tenía razón. Yo me estaba jugando el trabajo y la reputación frente a una novia que podía acusarme de actuar por celos y no estaría del todo desencaminada sobre mis sentimientos.
—Fenella ha exigido una última prueba del vestido dos días antes de la boda, por si le cambia la medida —dije—. Yo estaré allí porque es parte de mi trabajo. Nada más.
—Eso es lo prudente.
—Y si ocurre algo, no estaré sola.
No pretendía examinar el cuerpo de Fenella ni sacar conclusiones médicas que no me correspondían.
La modista haría su trabajo y yo el mío.
Si no ocurría nada, no provocaría nada. Fenella me consideraba parte del servicio.
Alguien útil, pero invisible. No pensaba utilizarlo para espiarla.
Pero tampoco iba a cerrar los ojos si algo ocurría delante de mí.