Capítulo 19
El día de la prueba del vestido amaneció gris, con esa luz plana de Escocia que parecía borrar las sombras.
La señora Aitken había preparado una salita del piso de arriba con un espejo grande, buena iluminación y una tarima baja. Yo llegué la primera y comprobé que todo estuviera en su sitio.
La modista vino desde la ciudad con el vestido dentro de una funda enorme y un maletín lleno de alfileres. Fenella apareció media hora tarde y con la paciencia agotada antes de empezar.
En las últimas semanas había comenzado a lucir una curva pequeña bajo la ropa. Muy discreta, pero lo bastante visible para que las tías la miraran con ternura y ella se acariciara el vientre cada vez que alguien mencionaba al bebé.
—Hagamos esto rápido —dijo, quitándose el abrigo—. Tengo cosas que hacer.
—Solo necesitamos comprobar el ajuste final —respondí—. La modista debe saber cuánto margen dejar hasta la boda.
Fenella me lanzó una mirada rápida.
—El necesario.
—¿Cuántos centímetros le ha dicho el médico que puede aumentar de cintura? —preguntó la modista—. Necesito saberlo para calcular cuánto margen debo dejar.
—Mi médico dice que apenas cambiaré. No hace falta mucho más.
La modista sacó el vestido de la funda. Era una obra de arte: seda color marfil, un corpiño de costura impecable y una caída que justificaba buena parte de su precio.
Fenella se cambió detrás del biombo y salió con ropa interior de cintura alta. Sobre ella se adivinaba la misma curva suave que llevaba mostrando durante los últimos días.
No saqué ninguna conclusión. Un cuerpo no confirma ni desmiente un embarazo, y yo no era médica.
La ayudamos a ponerse el vestido y la modista ajustó la espalda mientras yo sujetaba la tela por delante.
—Está demasiado apretado —protestó Fenella—. Suéltelo.
—Si lo aflojo, el corpiño no asentará bien —explicó la mujer—. Además, la medida no coincide con la última prueba.
—Mi cuerpo está cambiando. Para eso le pago, para que lo adapte.
La modista soltó una de las cintas. Fenella se movió con impaciencia y algo bajo la ropa se desplazó hacia un lado. Primero vi una tira del color de la piel. Después, el borde liso de una pieza de silicona.
La modista también lo vio, y por un momento, se quedó con las manos suspendidas en el aire.
Fenella bajó la vista y comprendió lo ocurrido.
Intentó taparse, pero la pieza ya se había descolocado.
Bajo la prenda de cintura alta llevaba una almohadilla curva sujeta con dos correas finas.
Pequeña, hecha para simular una barriga discreta, no una de teatro.
—¿Qué es eso? —preguntó la modista.
—Una faja —contestó Fenella demasiado deprisa—. Para que el vestido caiga mejor.
—No es una faja —dije, procurando mantener la calma—. Esto no demuestra que no esté embarazada, pero sí que está fingiendo la barriga que enseña delante de todos…
—No tengo que demostrarle nada a usted.
—A mí no. Pero a Kendrick y a su familia sí, antes de que se celebre esa boda.
La expresión de Fenella cambió de golpe. Toda la compostura que había mantenido hasta entonces desapareció.
—Cállese.
Se volvió hacia la modista, que seguía con la prenda entre las manos.
—Usted tampoco ha visto nada. Y, si quieren seguir trabajando para gente importante, más les vale cerrar la boca.
La mujer palideció. Bajó la vista hacia la tela y apretó los labios, pero no dijo una palabra.
Sentí que se me calentaba la cara.
—No puede amenazarnos. —Di un paso hacia Fenella—. Y tampoco puede pretender que la boda siga adelante como si aquí no hubiera pasado nada. Después de esto tendrá que dar una explicación.
Fenella salió de la tarima y empezó a desabrocharse el vestido con movimientos bruscos.
—¿Una explicación? ¿Yo? No tengo que dar explicaciones a nadie.
La miré unos segundos.
—Fenella, ¿está realmente embarazada?
El silencio se alargó más de la cuenta.
—No entiende nada —dijo al fin. Había perdido la seguridad de hacía un momento—. Kendrick me dejó. Terminó conmigo. Después de todo el tiempo y el dinero que había invertido en acercarme a esta familia, iba a volver a su jardín como si yo no hubiera existido.
—No le he preguntado eso.
—Necesitaba tiempo. Eso es todo. Una vez casados, las cosas se asentarán. Tendremos hijos más adelante y nadie habrá tenido por qué saberlo.
A mi lado, la modista soltó el aire de golpe. Fenella la miró. Después me miró a mí. Y entonces se dio cuenta.
—Entonces es verdad —dije despacio—. No hay ningún bebé.
Se arrancó la pieza de silicona con tanta rabia que uno de los tirantes se enganchó en el vestido. Tiró de él hasta soltarlo y lanzó la barriga sobre una silla.
—Ahora no —espetó—. Pero los tendremos. Eso es lo importante.
Nadie dijo nada. Ya no hacía falta. Y Fenella cambió de táctica casi de inmediato.
—Le pagaré el doble —me dijo—. Usted termina la boda, cobra y se marcha. Nadie necesita saber nada más.
—No.
—El triple. Piense como una profesional. ¿Qué gana destruyendo esto?
—Evitar que un hombre se case creyendo que espera un hijo que no existe.
—¿Por él? —Su boca se torció—. ¿De verdad cree que un Sinclair va a terminar con usted?
—No importa con quién termine. No pienso ayudarla a encerrarlo en una mentira.
Fenella me sostuvo la mirada. Durante un instante dejó de parecer la novia perfecta y solo fue una mujer acorralada.
—Necesito esta boda —dijo, y por una vez no sonó venenosa, sino desesperada—.
La empresa de mi padre se hundió. La casa está hipotecada y los acreedores me dieron plazo porque el acuerdo prenupcial incluía un pago inmediato.
Si la boda se cancela, el banco se queda con todo y mi familia sabrá que les mentí.
—Siento que esté desesperada. Pero no puede salvar una casa condenando a un hombre a un matrimonio basado en un hijo que no existe.
—Se va a arrepentir. Diré que intentó seducir al novio y que inventó esta historia por celos. Cuando termine, nadie querrá contratarla.
—Puede contar lo que quiera. La modista la ha oído admitirlo y la pieza sigue ahí.
La mujer asintió, todavía pálida.
—Diré lo que he visto —murmuró.
Fenella la miró con un desprecio helado, recogió el abrigo y se lo cerró hasta el cuello.
—Esto no ha terminado.
—Para la boda, sí.
Salió de la habitación dando un portazo y me apoyé un instante en la mesa. Las piernas me temblaban ahora que ya no tenía que fingir lo contrario.
La modista esperó unos segundos antes de señalar la pieza de silicona que Fenella había dejado sobre la silla.
—¿Qué hacemos con esto?
—Guárdela. Fenella la ha dejado aquí y necesitamos conservar lo que hemos visto.
La modista la guardó en la funda vacía del vestido y bajamos juntas. Kendrick esperaba al pie de la escalera y en cuanto me vio la cara, dejó de respirar.
—¿Qué ha pasado?
—No hay ningún niño —dije—. Lo ha admitido delante de la modista. La barriga era un postizo.
Me miró como si necesitara que repitiera las palabras en otro idioma.
—¿Está segura?
—Completamente.
Cerró los ojos y se agarró al pasamanos. Durante unos segundos no dijo nada.
—Desde que me lo contó, he pensado que había algo mal en mí —dijo al fin—. Que era incapaz de sentir lo que debía por mi propio hijo.
—No había ningún hijo al que estuviera fallando.
—Ahora lo sé. —Abrió los ojos y respiró hondo—. Ahora lo sé.
Le puse una mano en el brazo.
—No había nada mal, Kendrick. Solo lo estaban engañando.
Kendrick miró mi mano y después me miró a mí.
—Ha evitado que diera un paso del que no habría sabido volver.
—La modista y el postizo han ayudado bastante, la verdad.
Una sonrisa breve apareció entre el alivio y el cansancio.
—Es terrible aceptando agradecimientos.
—Ya hablaremos de esto. Ahora vaya con su padre antes de que Fenella llegue primero y le cuente su propia versión.
Su expresión cambió y volvió a ser el heredero capaz de enfrentarse a lo que tocara.
—Venga conmigo.
—No creo que deba...
—Usted la oyó. La modista también. Esto ya no se resuelve sin ustedes.
La mujer apretó la funda contra el pecho y asintió con poca alegría, pero con firmeza.
—Diremos la verdad —dije—. Nada más.
Kendrick subió las escaleras delante de nosotras y lo seguí con la carpeta apretada contra el costado y el corazón desbocado. Por primera vez en mi carrera, estaba a punto de ayudar a desmontar una boda en lugar de salvarla. Y sabía que era exactamente lo correcto.