Capítulo 3
La lluvia escampó tan de repente como había empezado, y para cuando salimos del cobertizo el cielo estaba otra vez azul, descarado, como si no acabara de dejarnos como dos sopas.
El jardinero se despidió con un «mañana empezamos con lo serio» y desapareció ladera abajo silbando, mientras yo volvía al coche escurriendo agua por los codos y jurando en dos idiomas.
Esa noche, de vuelta en la posada, Morag me vio entrar mojada y no dijo nada. Solo me alcanzó una toalla, me sirvió un plato de sopa sin preguntar y esperó, con la paciencia de una araña, a que fuera yo quien hablara.
—Necesito que me cuente lo de Ardnamurra —dije, rindiéndome a la segunda cucharada.
—Ah. —Se le iluminó la cara—. Ahora sí.
Se sentó frente a mí, se limpió las manos en el delantal y bajó la voz, aunque no había nadie más en el comedor.
—La finca lleva en la misma familia desde que el mundo es mundo.
Gente de dinero, de mucho dinero, aunque no de los que lo enseñan.
De los otros, de los que tienen tanto que ya ni se molestan.
—Hizo una pausa dramática—. Y ahora el heredero se casa.
Boda por todo lo alto. Por eso está usted aquí, imagino.
—Por eso estoy aquí. —Soplé la sopa—. ¿Y qué tiene eso de misterioso?
—El misterio no es la boda. —Morag se inclinó más—. El misterio es que nadie en el pueblo entiende por qué se casa con esa.
—¿Con cuál?
—Con la novia. —Torció el gesto como si hubiera mordido algo agrio—.
Una tal Fenella. De la ciudad. Vino un par de veces por aquí, del brazo del pobre chico, mirándonos a todos por encima del hombro como si oliéramos a oveja.
—Se encogió de hombros—. Que a lo mejor olemos.
Pero no hace falta recordárnoslo cada vez.
Guardé aquello con cuidado. Una novia que miraba por encima del hombro y a la que nadie entendía qué pintaba en aquella boda. No era asunto mío. Mi asunto era que la ceremonia saliera perfecta, se casara quien se casara. Y, sin embargo, apunté el nombre en algún rincón de la cabeza, por si acaso.
—¿Y el heredero? —pregunté, con toda la naturalidad que pude fingir—. ¿Cómo es?
—Ah, el chico es otra cosa. —A Morag se le suavizó la voz—.
Ese sí es de los nuestros, aunque tenga los apellidos que tenga.
De pequeño se pasaba el día correteando por el monte, descalzo, con las rodillas siempre peladas.
Buen crío. Buen hombre, dicen los que lo tratan.
—Suspiró—. Por eso no lo entendemos. Un chico así, casándose con un témpano.
—Puede que esté enamorado.
Morag me miró como se mira a alguien que acaba de decir una tontería enorme con toda su buena fe.
—Hija. Si ese hombre estuviera enamorado, se le notaría a tres valles de distancia. —Se levantó, recogió mi plato vacío—. Y a mí, que llevo toda la vida detrás de esta barra, se me da bien ver esas cosas. Enamorado no está. Atrapado, quizá. Pero enamorado, no.
Se fue a la cocina y me dejó con la frase dándome vueltas. Atrapado. Qué palabra tan rara para hablar de un novio.
Decidí que no era mi problema y me fui a la cama, donde el colchón crujió su queja de siempre y yo tardé más de la cuenta en dormirme.
A la mañana siguiente llegué a la finca dispuesta a centrarme en lo mío.
Él ya estaba en la terraza de los tejos, arrodillado en la tierra con un montón de bandejas de plantones a su alrededor, con las manos negras hasta la muñeca.
Al verme llegar, se sentó sobre los talones y se protegió los ojos del sol con el antebrazo.
—La puntual —saludó—. Empezaba a preocuparme. Llega usted con dos minutos de retraso.
—He parado a comprar guantes. —Levanté la bolsa—. Porque supongo que hoy me toca mancharme.
—Supone bien. —Se levantó, se sacudió las rodilleras y miró mi ropa con evidente escepticismo—. Aunque no sé yo si venía usted vestida para la ocasión. Eso parece caro.
—Todo lo que tengo parece caro. Es parte del trabajo. —Me agaché a su lado, junto a las bandejas—. A ver. ¿Qué son todas estas?
—Aliados. —Fue señalando una por una—. Estas aguantan la sombra. Estas, el viento. Estas deberían florecer justo la semana de la boda, si las plantamos ya y el cielo colabora. Y estas —levantó una bandeja de brotes diminutos, verdes, sin nada de particular— son mis favoritas.
—Si no tienen ni flor.
—Todavía. —Las dejó con un cuidado que no le pegaba nada—. Pero cuando florezcan, va a querer arrancar todo lo demás y llenar el jardín solo de estas. Ya lo verá.
—Muy seguro está usted.
—De las plantas, siempre. De lo demás, casi nunca.
Me tendió un plantón y una paleta, y durante un buen rato trabajamos en silencio, él enseñándome dónde cavar, a qué profundidad, y cómo apretar la tierra alrededor del cepellón sin ahogarlo.
Tenía unas manos rápidas y seguras, y una paciencia infinita con mis torpezas, que fueron muchas.
Maté un plantón de un apretón demasiado entusiasta, y en lugar de reñirme se rio tanto que tuvo que sentarse.
—No tiene gracia —protesté, con el cadáver vegetal en la mano.
—Tiene toda la gracia del mundo. —Se secó los ojos, dejándose un churrete de barro en la sien—. Ha puesto usted una cara de asesina arrepentida que no tiene precio.
—Es que me da pena. Estaba vivo hace un momento.
—Estaba vivo y usted lo ha estrangulado. —Me quitó el plantón muerto de la mano con delicadeza—. Descanse en paz, pequeño. Te mató una española con guantes nuevos.
—Es usted un exagerado.
—Y usted una homicida. Aquí estamos, cada uno con lo suyo.
Le tiré un puñado de tierra que él esquivó por los pelos, y durante un momento fuimos dos críos tirándose barro en una colina, hasta que recordé, con un pequeño sobresalto, que yo era una profesional en horas de trabajo y él, un empleado de la casa.
Me enderecé, me sacudí las manos y recuperé la compostura.
—Sigamos —dije—. Que tenemos medio jardín por delante.
—A la orden. —Él también se enderezó, sin borrar del todo la sonrisa—. Aunque le aviso, jefa, que a este ritmo terminamos para la boda de sus nietos.
—Pues aceleramos.
—Pues acelere usted, que yo llevo tres plantones por cada uno de los suyos. Y los míos siguen vivos.
Trabajamos hasta que el sol empezó a caer. En algún momento apareció la señora Aitken por el sendero, con una bandeja tapada con un paño, y se plantó al borde de la terraza a mirarnos con los brazos en jarras.
—Miren qué estampa —dijo—. La señorita de ciudad, arrodillada en el barro.
—Está aprendiendo —contestó él, sin levantar la vista—. Despacio, pero aprende.
—Dice que he matado un plantón —lo delaté yo—. Yo solo apreté un poco fuerte.
—Un poco, dice...
La señora Aitken nos miró a uno y a otro, y algo se le movió en la cara, una chispa rápida que desapareció enseguida. Dejó la bandeja sobre el murete.
—Les he traído algo de comer, que llevan aquí desde primera hora y ya no son horas de seguir sin probar bocado.
—Destapó el paño: pan, queso y unas lonchas de algo que olía de maravilla—.
Coman. Y usted —me señaló a mí— no se acostumbre a que le traiga la comida.
Que hoy es un detalle, no una costumbre.
—No me acostumbraré. Gracias.
Ella asintió, satisfecha, y se quedó un momento mirando el jardín, los plantones recién puestos, y la tierra removida. Luego posó la vista en él, en sus manos negras y su churrete de barro en la sien, y meneó la cabeza despacio.
—Cómo está el patio —murmuró, para nadie en particular.
—¿Decía algo? —pregunté.
—Nada, hija. Cosas mías. —Recogió el paño vacío y se dio media vuelta—. Coman y no maten más plantas. Al menos, ninguna más.
Se marchó ladera abajo con su paso menudo y firme, y él la siguió con la mirada, sonriendo por lo bajo.
—Le cae usted bien —dijo.
—¿A la señora Aitken? Si me acaba de anunciar que no me traerá más comida.
Carcajeó al tiempo que partió un trozo de pan y me lo tendió
—A mí me costó años que me trajera una bandeja. A usted, dos días. Debería sentirse halagada.
—Me siento hambrienta, más que nada.
—Eso también sirve.
Comimos sentados en el murete, con los pies colgando hacia la terraza y el lago al fondo cambiando de color según se movían las nubes.
Él me contó cosas del jardín, de qué rincón daba las mejores puestas de sol, de un árbol que llevaba allí plantado más de doscientos años y por el que en el pueblo sentían casi devoción.
Hablaba de aquel sitio con una familiaridad que iba más allá de la de un empleado, pero yo lo achaqué a los años de trabajo, a lo mucho que se quiere lo que se cuida.
—¿Lleva mucho aquí? —pregunté.
Él tardó un segundo en contestar y miró hacia el lago.
—Toda la vida, más o menos —dijo al fin—. Es difícil imaginarme en otro sitio.
—Se nota. Habla de la finca con mucho cariño.
Sonrió apenas.
—Después de tantos años, es difícil no hacerlo.
El sol se hundió detrás de las colinas y lo tiñó todo de naranja. Me quedé mirando el lago, con el pan en la mano y aquel hombre callado a mi lado. Para ser el encargo al que más me había costado llegar, empezaba a resultar sospechosamente agradable.
Ese pensamiento sí que me lo guardé. Como casi todos los que tenían que ver con él.