Un escocés muy bien plantado Capítulo 4
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Capítulo 4

Los días siguientes cayeron en una rutina que no me esperaba y que, para mi desgracia, empezó a gustarme.

Yo llegaba a la finca a primera hora, siempre puntual, siempre con la carpeta bajo el brazo.

Él ya estaba allí, arrodillado en la tierra o subido a una escalera podando, con esa capacidad suya de estar cubierto de barro y parecer, aun así, que posaba para algo.

Trabajábamos en el jardín por la mañana, yo resolvía lo demás por teléfono desde la piedra mágica del pozo —que, para mi humillación, funcionaba de verdad— y por la tarde volvíamos a la tierra hasta que el sol se cansaba.

Aprendí a distinguir un plantón de una mala hierba.

Aprendí a no estrangular a los que quería mantener con vida.

Aprendí que él tarareaba sin darse cuenta cuando algo le salía bien, y que fruncía el ceño de una manera muy concreta cuando algo se le resistía.

Aprendí, en resumen, demasiadas cosas sobre un jardinero, teniendo en cuenta que yo había ido allí a organizar una boda.

Entre una mañana y otra cerré el menú, revisé los accesos para los autocares, pedí un plan de lluvia al proveedor de la carpa y rehice dos veces el cronograma.

El jardín ocupaba mis manos, y el resto de la boda seguía ocupándome la cabeza.

Aquella mañana me recibió con una noticia.

—Hoy toca el arco —anunció, apoyado en una estructura de madera a medio montar que no estaba el día anterior—. El de la entrada de la ceremonia. Lo he empezado yo solo, pero lo de las flores es cosa suya, así que la necesito.

—¿Ha montado usted esto? —Rodeé la estructura, impresionada a mi pesar. Era un arco elegante, sólido, con la madera curvada en lo alto—. Pensaba que solo cavaba hoyos.

—Cavo hoyos, podo, planto y, de vez en cuando, construyo cosas que luego usted decora y se lleva el mérito. —Me tendió un martillo—. Es un reparto de trabajo muy injusto, ahora que lo pienso.

—Yo aporto el gusto. Usted, la fuerza bruta.

—Ah, o sea que soy la fuerza bruta.

—Entre otras cosas.

—Me quedo con «entre otras cosas». Suena prometedor.

Trabajar juntos en el arco resultó más complicado de lo previsto, porque teníamos que sujetar, medir y clavar a la vez.

A menudo las manos casi se nos rozaban, y más de una vez él se colocó detrás de mí para indicarme dónde poner el clavo, tan cerca que le notaba el aliento en la nuca.

Yo intentaba concentrarme en el trabajo, pero el trabajo no me lo ponía fácil.

—Más arriba —dijo, con la mano sobre la mía, subiéndome el martillo un par de dedos—. Ahí. Ahora dele fuerte, sin miedo.

—Le voy a dar al dedo.

—A mi dedo o al suyo, tenga la delicadeza de avisar antes.

Le di al clavo. Perfecto, a la primera. Me giré, triunfante, y me lo encontré mucho más cerca de lo que había calculado, con la sonrisa a un palmo de la mía.

—¿Lo ve? —dijo en voz más baja—. Fuerza bruta y buen maestro. Imparable.

No me aparté enseguida. Él tampoco. Nos quedamos así un momento de más, con el martillo entre los dos y el sol calentando la madera, hasta que el ambiente cambió y ninguno pareció saber qué hacer con las manos.

Fui yo la que rompió el momento, porque uno de los dos tenía que hacerlo y él no parecía tener ninguna intención.

—Las flores —dije, dando un paso atrás—. Hay que decidir las flores del arco.

—Las flores. —Él parpadeó, como si volviera de algún sitio—. Claro. Las flores.

Saqué las láminas que la novia me había mandado con sus preferencias, todas llenas de aquel blanco y verde tan elegante y tan frío, y se las enseñé. Él las miró con el ceño fruncido, ese fruncido concreto de cuando algo no le convencía.

—¿Todo blanco?

—Blanco y verde. Es lo que ha pedido.

—Eso parecerá un funeral, no una boda. —Me devolvió las láminas—. Un funeral muy caro, pero un funeral. ¿No le puede meter algo de color? Una pincelada. Algo vivo.

—La novia quiere blanco y verde.

—La novia no ha visto este jardín en junio.

—Señaló hacia los macizos, hacia las matas de campanillas moradas que tanto le gustaban—.

Con esto alrededor y un arco todo blanco en medio, va a parecer que alguien se ha dejado la boda a medio pintar.

Métale morado. O al menos deje que las moradas asomen por los bordes.

—No puedo cambiar lo que ha pedido la novia por mi cuenta.

—Pues pregúntele.

—No es tan fácil. La novia no es de las que... —Me callé, buscando la palabra—. De las que agradecen las sugerencias.

Él me miró con curiosidad.

—¿La conoce?

—Todavía no en persona. Solo por correo. Pero se le nota el carácter por cómo escribe. —Guardé las láminas—. Digamos que tiene las ideas muy claras y poca paciencia para las de los demás.

—Suena encantadora.

—Suena a cliente. —Me encogí de hombros—. Yo hago lo que me piden. Aunque sea un funeral blanco.

Él no insistió, pero vi que se guardaba el dato, igual que yo había guardado lo de Fenella la noche de la sopa. Volvimos al arco, a las flores, a discutir dónde iría cada guirnalda, y la conversación se desvió sola hacia terrenos que no tenían nada que ver con el trabajo.

Me preguntó cómo había acabado organizando bodas.

Le conté la verdad: que empecé ayudando en la floristería de mi tía, que se me daba bien ordenar el caos ajeno, y que un día alguien me pidió que le organizara una boda entera y descubrí que se me daba mejor todavía.

Que me gustaba el momento en que todo salía bien, cuando meses de trabajo cuajaban en una tarde perfecta y la gente lloraba de felicidad sin saber la de desastres que yo había apagado entre bastidores.

—O sea, que es usted una apagafuegos con buen gusto —resumió.

—Soy la persona que hace que parezca fácil lo que es un infierno.

—Eso es lo más honesto que le he oído decir. —Clavó una última tabla y se enderezó—. ¿Y le gusta? Su trabajo, digo. De verdad.

Lo pensé. Nadie solía preguntármelo así, de frente.

—Me gusta que salga bien —dije al fin—. No siempre me gusta lo demás.

Las novias imposibles, las suegras, los presupuestos que estallan, la gente que te trata como si fueras invisible hasta que algo falla y de repente eres la culpable de todo.

—Me sorprendí de lo mucho que estaba diciendo—.

Pero cuando todo encaja, cuando veo a dos personas mirándose de verdad en mitad de algo que he construido yo, sí. Me gusta.

—Dos personas mirándose de verdad —repitió él, despacio.

—Se nota mucho, ¿sabe? Cuando es de verdad. Llevo tantas bodas encima que lo veo enseguida. —Me reí—. A veces sé antes que ellos que van a durar. Y a veces sé, nada más verlos, que aquello no llega al primer aniversario.

Él se quedó muy quieto.

—¿Y cómo lo distingue?

—Por los detalles. Por cómo se buscan cuando creen que nadie los mira. Por si se ríen juntos o solo posan juntos. —Me encogí de hombros—. Por si están juntos de verdad o solo lo aparentan.

Él bajó la vista a sus manos, a la madera, y por un momento la sonrisa se le apagó del todo. Fue tan breve que casi no lo vi. Cuando volvió a levantar la cara, ya la había recompuesto, pero algo se le había quedado atrás, en el fondo de los ojos.

—Debe de ser incómodo —dijo—. Saber esas cosas de gente que le paga por callárselas.

—Es parte del trabajo. —Recogí las láminas—. Yo organizo la boda. Lo que sientan o dejen de sentir es asunto suyo.

—Muy profesional.

—La más profesional.

Íbamos a seguir, pero justo entonces sonó, absurdo y estridente en mitad del campo, mi teléfono. Por algún milagro, tenía tres rayas de cobertura. Miré la pantalla. Un número largo, de esos que solo traen problemas.

Antes de contestar vi otro aviso en la pantalla: Clara, una clienta de hacía años, me escribía para contarme que su hija acababa de comprometerse. «Cuando sepamos fecha y lugar, te llamo», decía. Le respondí con un corazón y un «cuenta conmigo» antes de atender el número desconocido.

—Perdone, tengo que cogerlo. —Me aparté unos pasos—. ¿Sí? Sí, soy yo.

Era la asistente de la novia. Fenella quería adelantar la reunión de presentación.

Fenella quería ver los avances. Fenella quería, Fenella exigía, Fenella esperaba que todo estuviera a la altura de Fenella.

La voz al otro lado enumeraba condiciones con la calidez de una máquina expendedora, y yo asentía, apuntaba y decía «por supuesto» mientras el estómago se me iba encogiendo, porque una reunión adelantada significaba enseñar un jardín a medio hacer y una novia impaciente era lo último que necesitaba.

Cuando colgué, él me miraba desde el arco, con las cejas levantadas.

—¿Malas noticias?

—La novia quiere adelantar la visita. —Me guardé el teléfono—. Viene a ver cómo va todo. Y, por lo que me dicen, no es de las que se conforman con «va a quedar precioso, confíe en mí».

—Vaya. —Se limpió las manos en los pantalones, despacio—. ¿Y cuándo es esa visita?

—Pronto. Demasiado pronto para tener esto presentable. —Miré el jardín, los macizos a medias, y el arco desnudo sin una sola flor—. Vamos a tener que darle caña.

Él no contestó enseguida. Miraba el arco también, pero con una expresión rara, como si la noticia le hubiera caído peor a él que a mí, cosa que no tenía ningún sentido tratándose de un jardinero.

—Le daremos caña —dijo por fin, y recogió el martillo—. No se preocupe. Para cuando venga esa mujer, esto estará tan bonito que hasta a ella le va a costar encontrarle un pero.

—¿Y si se lo encuentra igual?

—Entonces es que el pero lo lleva de casa. —Se colgó el martillo del cinturón—. Y contra eso no hay jardín que valga.

Me reí, aunque tenía el estómago cerrado, y volvimos al trabajo. Pero durante el resto de la tarde lo pillé un par de veces mirando hacia la casa, serio, con la cabeza en otra parte, como si aquella visita fuera a traerle a él un problema mucho mayor que un arco sin flores.

No supe interpretarlo. Todavía no.