Un escocés muy bien plantado Capítulo 2
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Capítulo 2

Dormí en una posada del pueblo más cercano, que resultó estar a media hora de curvas de la finca y tener una única habitación libre, con una cama que crujía casi tanto como la escalera del caserón.

La dueña, una mujer de risa fácil llamada Morag, me sirvió un desayuno capaz de tumbar a un caballo y me preguntó tres veces si de verdad iba a subir yo sola hasta Ardnamurra.

—Es que ese sitio tiene su historia —dijo, apoyada en la barra, disfrutando de mi cara de no saber a qué se refería—. Pero bueno. Ya la descubrirá.

—¿Qué historia?

—Ah, no. —Se apartó, muy digna—. Yo no soy quién para chismorrear.

Y, sin embargo, se había pasado el desayuno entero a punto de hacerlo. Decidí que el misterio de Ardnamurra tendría que esperar, porque yo tenía una boda que sacar adelante y un jardín que, según la señora Aitken, iba a ser el problema de mi vida.

Llegué a la hora exacta. Esta vez sí había alguien esperándome en la explanada, aunque no era la señora Aitken.

Era él.

Estaba sentado en el murete de piedra, con las botas cruzadas por delante y un termo entre las manos, como si llevara allí toda la mañana esperando a que apareciese algo interesante. Al verme bajar del coche, levantó el termo a modo de saludo.

—Puntual otra vez —dijo—. Va a hacer que me replantee toda mi filosofía de vida.

—Buenos días a usted también. —Cerré el coche y me colgué la carpeta bajo el brazo—. ¿No tiene hoyos que cavar?

—Los hoyos pueden esperar. Usted no. La señora Aitken me ha dado órdenes estrictas de ponerme a su disposición para lo del jardín.

—Bajó del murete de un salto—. Cosa que, entre nosotros, me ha sorprendido, porque normalmente sus órdenes estrictas son para que me aleje de las cosas, no para que me acerque.

—Qué honor formar parte de la excepción.

—No se acostumbre. Mañana quizá vuelva a ser un hombre ocupado. —Levantó el termo a modo de brindis—. El honor es mutuo.

Lo dijo con una sonrisa ladeada y yo decidí, muy sensatamente, no darle importancia.

Había venido a trabajar. Saqué del coche el tubo con los planos que había preparado, lo desenrollé sobre el capó y él se acercó a mirar por encima de mi hombro, lo bastante cerca para que notara que olía a tierra y a jabón.

—A ver —empecé, señalando el papel—. La ceremonia va aquí, en la terraza baja, con el lago de fondo. La carpa del banquete, aquí. El paso de los invitados, por este sendero. Y necesito que todo el recorrido esté florido, cuidado, presentable. Nada de macizos a medias ni zonas peladas.

Él estudió el plano en silencio un momento. Luego dijo:

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no. —Se enderezó—. La terraza baja se le inunda. Ya se lo dije. Puede poner ahí a la novia si lo que quiere es un bautizo en vez de una boda.

—Pondremos una tarima elevada.

—Y los tacones se hundirán en el barro de los lados en cuanto alguien se salga de la tarima.

Y se saldrán, porque la gente siempre se sale.

—Se cruzó de brazos—. Yo haría la ceremonia arriba, en la terraza de los tejos.

El suelo aguanta, hay sombra si aprieta el sol y el lago se ve igual de bien, solo que desde un poco más lejos y sin riesgo de que a la madre de la novia se le hunda un zapato de trescientas libras.

Me quedé mirando el plano. Lo cierto era que tenía razón, y eso me fastidiaba profundamente.

—¿Y usted qué sabe de bodas? —pregunté.

—Nada. Pero de barro sé un rato. —Ladeó la cabeza—. Y de gente que se cree más lista que el suelo, también.

—No me creo más lista que el suelo.

—Se cree más lista que el barro. Es un matiz, pero importa.

Solté el aire despacio. Aquel hombre tenía una manera de llevarme la contraria que no terminaba de ser molesta, y eso era lo molesto.

—Vale —concedí—. Subamos a ver la terraza de los tejos. Pero si no me convence, volvemos a mi plan.

—Trato hecho.

Echamos a andar ladera arriba por un sendero que serpenteaba entre los árboles. Él iba delante, apartando ramas, señalando raíces para que no me tropezara, y hablando sin parar de plantas que yo no conocía con nombres que no lograba retener.

—Eso de ahí es un rododendro. Precioso en primavera, un incordio el resto del año, porque se lo come todo. Aquello son dedaleras. No las toque, que son venenosas. Y eso —señaló una mata cargada de campanillas moradas— es lo único que crece aquí sin quejarse, así que le tengo cariño.

—Habla de las plantas como si fueran vecinos.

—Es que lo son. Llevo más tiempo con ellas que con la mayoría de las personas. —Apartó una última rama y se hizo a un lado—. Y hemos llegado. Dígame que no tengo razón.

Salimos a una explanada de hierba flanqueada por dos hileras de tejos altísimos, oscuros, recortados con una paciencia de siglos.

Al fondo, entre los troncos, el lago brillaba como una moneda.

El sol se colaba entre las ramas y caía sobre la hierba en manchas de luz.

Era, sin discusión posible, el sitio más bonito que había visto para una ceremonia en toda mi carrera.

No pensaba decírselo.

—Está bien —dije.

—¿Bien?

—Está bien.

—Ha abierto los ojos como platos. Eso no es «bien», eso es «me acabo de enamorar de esta terraza y me da rabia que la haya encontrado él».

—Está —repetí, con toda la dignidad que pude reunir— bien.

Él se rio de verdad, con una carcajada franca que le cambió la cara y me obligó a mirar hacia el lago para no acompañarlo.

—Como quiera. —Se metió las manos en los bolsillos—. La terraza bien. Anotado. ¿Y las flores?

Me giré, agradecida de tener algo concreto en lo que centrarme.

—Las flores son la mitad del trabajo. La novia quiere blanco y verde, mucho follaje, un arco floral en la entrada de la ceremonia, arreglos a lo largo del camino y guirnaldas en los tejos.

—Fui señalando a medida que hablaba—. Todo tiene que estar en su punto exacto dentro de seis semanas.

Ni antes, para que no se marchite, ni después, obviamente.

—Obviamente. —Asintió, muy serio—. Sería un detalle que las flores llegaran a tiempo a la boda.

—Se sorprendería de la de veces que no lo hacen.

—La creo. La gente es un desastre. —Se agachó, arrancó una brizna de hierba y se la puso entre los dientes—.

Bien. Entonces necesita a alguien que sepa qué plantar, cuándo plantarlo y cómo hacer que aguante hasta el día señalado sin morirse antes de tiempo.

Y da la casualidad de que ese alguien está delante de usted, masticando hierba, a su entera disposición.

Lo miré. La propuesta era, en realidad, la solución a la mitad de mis problemas. Un jardinero que conociera el terreno palmo a palmo, que supiera qué crecía y qué no, que pudiera tener el jardín listo justo a tiempo. Por trabajo, me convenía muchísimo.

Por lo demás, no estaba tan segura de que me conviniera pasar tanto rato con un hombre que me hacía mirar al lago para no reírme.

—¿Y por qué haría usted eso? —pregunté—. Ayudarme, digo. Es mucho más trabajo del que le toca.

Se encogió de hombros, y por un instante la broma se le cayó de la cara.

—Porque este jardín me importa —dijo con sencillez—. Y prefiero mil veces ayudarla a hacerlo bien que verla destrozarlo con una tarima y un arco de plástico. —Volvió a sonreír, y la broma regresó a su sitio—. Además, la señora Aitken me mata si no lo hago. Y le tengo aprecio a la vida.

—Argumentos sólidos.

—Los mejores que tengo.

Tendí la mano. Esta vez él se miró la palma, comprobó que la tenía limpia y me la estrechó. Tenía la mano cálida, áspera de trabajo, y me la sostuvo un segundo más de lo estrictamente necesario.

—Trato hecho, entonces —dije, soltándole la mano—. Usted el jardín, yo el resto.

—Trato hecho. —Se sacó la hierba de la boca—. ¿Empezamos ahora o prefiere ir apuntando cosas en esa carpeta que abraza como si fuera a salir corriendo?

—Voy apuntando. Es mi método.

—Su método es no soltar la carpeta.

—Mi método —dije, abriéndola con firmeza— es tenerlo todo bajo control.

—Ya. —Miró alrededor, a los tejos, al lago y al cielo, que empezaba a cargarse de nubes por el oeste—. Pues buena suerte con eso. Aquí lo único que parece estar bajo control es el desorden, y a veces ni eso.

Justo entonces, como si el cielo lo hubiera oído y quisiera darle la razón, cayó la primera gota. Luego la segunda. Y a los tres segundos, sin más aviso, el mundo entero se puso a llover con unas ganas que no había visto en mi vida.

—¡No fastidie! —Me cubrí la carpeta con el cuerpo—. ¡Si hacía sol!

—Le presento a Escocia. —Él ni se inmutó, ahí plantado bajo el aguacero, sonriendo como un idiota—. Sol y diluvio en el mismo minuto. Es su especialidad.

—¡Vámonos a algún sitio!

—¿A cuál? Estamos en mitad de una colina.

—¡Al que sea!

Me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia los árboles, hacia un cobertizo de piedra medio escondido entre los tejos que yo ni había visto. Corrimos los dos, empapados, resbalando en la hierba, y nos metimos dentro justo cuando el cielo decidió subir el volumen un punto más.

El cobertizo era pequeño, olía a leña y a tierra seca, y apenas cabíamos los dos entre las herramientas colgadas de las paredes.

La lluvia repiqueteaba en el tejado como si alguien tirara piedras.

Yo apretaba la carpeta contra el pecho, chorreando, con el pelo pegado a la cara.

Él estaba a un palmo de mí, igual de empapado, y no paraba de reírse.

—No le veo la gracia —dije.

—Yo se la veo a todo. —Se apartó el pelo mojado de la frente—. Sobre todo a una organizadora de bodas que pretende tenerlo todo bajo control en un sitio donde el clima cambia cada cinco minutos.

—Lo tendré bajo control.

—La carpa se le va a volar.

—La anclaré.

—Se le inundará el banquete.

—Pondré drenajes.

—Se va a quedar sin jardinero.

Lo dijo tan rápido, tan de pasada, que tardé un segundo en registrarlo. Cuando lo hice, levanté la vista de golpe. Él ya miraba hacia la puerta, hacia la cortina de agua, con una sonrisa tranquila, como si no acabara de decir lo que había dicho.

—¿Qué? —pregunté.

—Que se le va a empapar el jardinero —repitió, sin girarse—. Ya se me ha empapado, de hecho. Enterito.

No era eso lo que había dicho. Estaba casi segura. Pero la lluvia hacía mucho ruido, y él tenía esa cara de no haber roto un plato en su vida, y yo decidí, otra vez, que lo más sensato era mirar hacia la lluvia y no darle importancia.

—Va a escampar enseguida —dije, por decir algo.

—O no. —Se apoyó contra la pared, cruzó los brazos y cerró los ojos, como quien se dispone a echar una siesta—. Aquí nunca se sabe. Podríamos estar un buen rato.

Miré la cortina de agua. Miré el cobertizo minúsculo. Miré al jardinero, tan tranquilo, tan cómodo, tan a gusto en aquel rincón del mundo perdido bajo la lluvia. Y pensé, muy a mi pesar, que un buen rato ahí encerrada con él no era la peor forma de empezar un encargo.

Eso sí que no pensaba decírselo. Ni bajo tortura.