Un error de lo más adictivo Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Cinco minutos después estábamos rumbo a ese lugar.

La carretera avanzaba bajo los faros mientras la ciudad quedaba atrás.

Ninguno de los dos hablaba demasiado.

Yo iba mirando por la ventanilla sin ver realmente el paisaje.

Solo pensaba.

Pensaba en Gonzalo.

Pensaba en su cara cuando me dijo que me pusiera guapa.

Pensaba en las semanas anteriores.

Pensaba en aquella fiesta.

Pensaba en la expresión de Victoria.

Y cuanto más lo hacía, menos sentido encontraba a nada.

La carretera empezó a subir.

Cada vez más.

Las luces de Sevilla quedaron atrás.

Aparecieron curvas.

Pinos.

Oscuridad.

Y finalmente una pequeña explanada.

Quique redujo la velocidad.

—Es aquí.

Mi respiración se cortó.

Porque ya había un coche aparcado.

Solo uno.

Conocido.

El coche de Gonzalo.

—Dios mío.

Quique no respondió.

Apagó el motor.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.

Luego abrimos las puertas.

El aire de la sierra era fresco.

Muy distinto al calor que todavía seguía atrapado en la ciudad.

Frente a nosotros se extendía un mirador natural.

Una plataforma sencilla.

Nada espectacular.

Pero desde allí podían verse kilómetros de oscuridad salpicada por las luces lejanas de Sevilla.

Y entonces lo vimos.

Estaba allí.

Solo.

Sentado sobre un viejo muro de piedra.

Inmóvil.

Con los codos apoyados en las rodillas.

La cabeza ligeramente inclinada hacia delante.

Durante un instante pensé que ni siquiera se había dado cuenta de que habíamos llegado.

Pero entonces levantó la vista.

Y el corazón se me encogió.

Porque nunca le había visto así.

Nunca.

No era tristeza únicamente.

Ni rabia.

Ni miedo.

Era todo junto.

Los ojos estaban enrojecidos.

La mandíbula tan apretada que parecía dolerle.

El rostro devastado.

Destrozado.

Como si hubiera pasado horas peleándose con algo que lo estaba rompiendo por dentro.

No parecía un hombre que hubiera abandonado una fiesta.

Ni un hombre que hubiera cambiado de opinión.

Parecía alguien que acababa de perder algo.

O que estaba a punto de hacerlo.

Quique se quedó quieto a mi lado.

Yo también.

Ninguno avanzó.

Ninguno habló.

Solo nos quedamos allí.

Mirándolo.

Y viendo cómo Gonzalo nos observaba desde la distancia con una mezcla de pena y furia que me heló la sangre.

Porque en ese instante comprendí una cosa.

Lo que había ocurrido aquella tarde era mucho peor de lo que cualquiera de nosotros había imaginado.

—Quique.

Mi voz salió quebrada.

Él seguía mirando a Gonzalo igual que yo.

—Déjame hablar con él.

Quique dudó unos segundos.

Miró a Gonzalo.

Después a mí.

Y finalmente asintió.

—Estaré cerca.

No hizo falta decir más.

Se alejó despacio hacia la zona donde habíamos dejado el coche, dejándonos solos bajo aquella oscuridad salpicada por las luces lejanas de Sevilla.

Yo tardé unos segundos en moverme.

Gonzalo no.

Seguía sentado sobre el muro.

Con los hombros hundidos.

Destrozado.

Cuando me acerqué, levantó la vista.

Y aquello me rompió.

Porque estaba llorando.

No de forma escandalosa.

No como un niño.

Pero sí con los ojos llenos de lágrimas.

Con una tristeza tan profunda que casi daba miedo.

Su mirada recorrió mi vestido.

Mi pelo.

Mi maquillaje.

Todo lo que había preparado para aquella noche.

Y cuando habló, la voz le salió más quebrada que la mía.

—Estás guapísima.

Tuve que apartar la vista.

Porque escuchar eso después de horas esperando era demasiado.

Él cerró los ojos.

Y una lágrima terminó bajando por su mejilla.

Aquello fue peor.

Mucho peor.

Porque yo también llevaba horas conteniéndome.

—¿Qué está pasando?

No respondió.

—¿Qué demonios está pasando?

—No puedo hacerlo.

Aquella frase me mató.

—¿Qué?

—No puedo.

—¿Qué no puedes?

—Esto. Hacer lo que iba a hacer, que ya sabrás lo que era.

Noté una punzada de rabia.

De dolor.

De humillación.

De todo junto.

Mi voz subió sin que pudiera evitarlo.

—¿Me haces venir hasta aquí para decirme esa carajotura?

—Lo he intentado.

—¿Intentado qué?

—Seguir adelante. Contigo. Que fuésemos una pareja.

—¡No entiendo nada!

Por primera vez levantó la voz.

No mucho.

Lo justo.

—¡Porque no puedo hacerlo!

Y aquello me explotó dentro.

Me acerqué de golpe y le golpeé el pecho con ambas manos.

Una vez.

Dos.

Tres.

Sin fuerza real.

Solo rabia.

Solo dolor.

—¡Claro que puedes!

—Marina...

—¡Al final vuelves a dejarme tirada!

—Lo siento, pero no quiero que pienses…

—¡Es exactamente lo que estás haciendo!

Las lágrimas corrían ya por mi cara.

—¡Otra vez!

—No.

—¡Sí!

Volví a golpearle el pecho.

—¡No lo entiendo!

—Lo sé.

—¡No entiendo nada!

—No tengo excusa.

—¡Porque eres exactamente el mismo cobarde que en Madrid!

Aquello sí le hizo daño.

Lo vi.

Le atravesó.

Pero aun así negó despacio.

—No.

—Claro que sí.

—No.

—Pues explícamelo.

Gonzalo bajó la cabeza.

Y durante unos segundos pareció reunir fuerzas para algo horrible.

Cuando volvió a mirarme, tenía la expresión de quien se arranca una herida.

—Esta mañana vino mi padre. Me abordó al salir de casa.

Todo se detuvo.

—¿Qué?

—Me buscó.

—¿Tu padre?

Asintió.

—Sabía lo de esta noche.

—¿Cómo?

—Se enteró por un conocido común que trabaja en el lugar donde he contratado la celebración.

—¿Y?

Su mandíbula se endureció.

—Preguntó por qué no estaba invitado.

—Porque es un miserable.

—Eso mismo le dije.

Mi respiración se volvió irregular.

—¿Y entonces?

Gonzalo soltó una carcajada amarga.

Una de las más tristes que le había escuchado jamás.

—Entonces me dijo que no era mejor que él.

—Qué tontería.

—Le dije exactamente eso.

—Porque lo es.

—No me dejó terminar.

Miró hacia las luces lejanas de la ciudad.

—Me dijo que también había querido a mi madre.

—Mentira.

—Me dijo que la quiso de verdad.

—Y la destrozó.

—Sí.

—Entonces qué más da.

—Porque después me dijo otra cosa.

Tragué saliva.

—¿Qué?

La respuesta salió apenas en un susurro.

—Que yo acabaré igual.

Sentí rabia.

Una rabia instantánea.

Violenta.

—¿Qué?

—Me dijo que somos iguales.

—No.

—Que llevo lo mismo dentro.

—No.

—Que tarde o temprano terminaré haciéndote daño.

—¡No!

—Que él también creyó que era distinto.

—¡No!

—Y que acabaré convirtiéndome en él.

Me quedé mirándolo.

Atónita.

Porque de pronto lo entendí.

Todo.

La desaparición.

La angustia.

La culpa.

El miedo.

Todo.

—Dios mío.

—Marina...

—Dios mío.

—Por eso estoy aquí. No voy a hacerte eso.

—¡Pero si no me has hecho nada!

—Todavía.

—¡Todavía dice!

No pude evitar gritar.

Porque era tan absurdo que dolía.

Tan injusto.

Tan cruel.

—¿Sabes lo que ha hecho?

—Qué.

—Tenderte una trampa.

Gonzalo se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tu padre ya no puede hacerte daño de otro modo.

—Marina...

—Escúchame.

Me acerqué.

Más.

Hasta quedar frente a él.

—Ya no puede acercarse a ti y doblegarte con los puños.

Ya no puede arruinaros la vida con amenazas.

Ya no puede tocar a tu madre.

Ya no puede tocar a nadie.

¿Sabes dónde ha ido?

Al único sitio donde podía hacer daño.

A nuestra relación.

Los ojos de Gonzalo volvieron a llenarse.

Le cogí la cara entre las manos.

Temblando.

Llorando.

Pero decidida.

—Ha ido justo donde más te duele.

—Marina...

—Te ha hecho creer que eres él.

—¿Y si tiene razón?

—No la tiene.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo te conozco.

—No es suficiente.

—Claro que sí.

Señalé hacia la carretera.

Hacia donde estaba el coche.

Hacia donde esperaba Quique.

—¿Sabes quién está ahí?

Gonzalo cerró los ojos.

—Quique.

—Sí.

—Y qué.

—Que si fueras como tu padre, Quique no te querría.

No respondió.

—Ni Rubén.

Ni Samuel.

Ni Álvaro.

Ni mi padre.

Ni mi madre.

Ni yo.

Las lágrimas seguían cayendo.

Pero ya no me importaba.

—Todos saben quién eres.

Todos.

Menos tú.

Gonzalo bajó la cabeza.

Y por primera vez vi cómo aquella certeza empezaba a romperse.

—Déjame elegir a mí.

Su respiración se volvió irregular.

—Marina...

—Déjame elegir.

—No quiero hacerte daño.

—Pues no me lo hagas ahora.

Mi petición terminó de derrumbarlo.

Porque por fin entendió.

Entendió que estaba repitiendo exactamente el juego de su padre.

Tomar decisiones por otros.

Robar elecciones.

Controlar por miedo.

Se llevó una mano a los ojos.

Y lloró.

De verdad.

Sin esconderse.

Yo también.

Durante varios segundos ninguno pudo decir nada.

Hasta que finalmente me atrajo hacia él.

Y me abrazó.

Con fuerza.

Con desesperación.

Con alivio.

Enterré la cara en su cuello.

Y él la apoyó sobre mi pelo.

Allí.

En mitad de la sierra.

Con Sevilla brillando a lo lejos.

Y todo aquel desastre por fin empezando a terminar.

Porque Gonzalo seguía sin ser perfecto.

Seguía teniendo miedo.

Seguía arrastrando heridas.

Pero por primera vez en muchas horas había dejado de escuchar la voz equivocada.

Y había vuelto a escuchar la mía.