Capítulo 36
El sábado llegó con una mezcla insoportable de nervios e ilusión.
Me desperté antes de que sonara el despertador y pasé casi cinco minutos mirando el techo, intentando convencerme de que era una persona adulta, funcional y capaz de afrontar una noche misteriosa sin comportarme como una adolescente antes de su primer baile de instituto.
No funcionó.
A las diez de la mañana ya había revisado el vestido dos veces.
A las doce había vuelto a mirar los pendientes, histérica porque creí haberlos perdido.
A las cinco de la tarde tenía el estómago cerrado y las manos ocupadas en cualquier tontería solo para no escribirle a Quique y pedirle que me diera una pista más.
A las siete, mi madre entró en mi habitación mientras yo terminaba de maquillarme.
Sonsoles estaba arreglada también, de lo más elegante. Llevaba un vestido azul marino precioso, el pelo perfectamente peinado y su mejor juego de joyería, con unos zafiros impactantes.
—Vas guapísima —murmuró desde la puerta.
Me giré hacia ella con la brocha aún en la mano.
—Mamá, tú también vas demasiado guapa para asistir a la ópera, como ha querido hacerme creer papá. ¿De verdad sigue pensando que no sé nada?
—Sí, por suerte es bastante despistado.
Me eché a reír y casi me estropeé el rabillo del ojo.
Mi padre, por supuesto, ignoraba que yo ya sabía parte de la verdad. Creía que estaba disimulando de maravilla con la historia de que él y mi madre iban a la ópera esa noche, cuando en realidad pensaban colarse en la fiesta después, arreglados y con cara de absoluta inocencia.
Diego Cifuentes no era mal mentiroso.
Era peor.
Mi madre y yo habíamos tenido que fingir con un esfuerzo casi heroico.
—Tu padre está convencido de que no sospechas nada —continuó ella acercándose para colocarme un mechón.
—Papá piensa que estoy en la inopia.
—Déjale. Está ilusionado.
Yo sonreí al espejo.
El vestido rosa empolvado era todavía más bonito de lo que recordaba.
Me había recogido el pelo en un moño bajo, no demasiado pulido, con algunos mechones sueltos alrededor de la cara.
El maquillaje era delicado: piel luminosa, labios en un tono rosado y los ojos marcados lo justo para parecer arreglada sin perder naturalidad.
Me sentía preciosa.
Y aterrada.
A las ocho menos diez, ya estaba lista.
A las ocho en punto, bajé al salón.
Mi padre casi se atragantó con el vaso de agua.
—Madre mía, Marina.
—¿Voy bien para un evento con amigos?
—Sí, sí. Muy… de amigos.
Mi madre le dio un codazo.
—Diego.
—¿Qué? He dicho amigos.
Me habría reído más si no hubiera estado tan nerviosa.
Gonzalo debía llegar a las ocho y cuarto.
A las ocho y veinte, no había llegado.
No le di importancia al principio.
Cinco minutos de retraso no eran nada, incluso para él, que solía acudir a nuestras citas con la puntualidad de un reloj suizo.
A las ocho y media, miré el móvil por tercera vez.
Nada.
A las ocho cuarenta, le escribí.
Marina: "¿Todo bien?"
El mensaje entró en su chat.
Pero no llegó respuesta alguna.
Mi madre dejó de fingir que ordenaba el bolso.
Mi padre consultó su reloj con una preocupación que intentó disimular mirando después al techo, como si allí pudiera haber una explicación.
—Habrá pillado tráfico —dijo.
—Seguro —contestó mi madre demasiado rápido.
A las nueve, llamé.
No contestó.
Volví a llamar.
Nada.
A las nueve y cuarto, la ilusión empezó a deshacerse por dentro de una forma fea, lenta, imposible de frenar.
—Quizás está conduciendo —murmuró mi padre.
—Papá, si estuviera conduciendo habría llegado hace una hora.
Mi madre se acercó a mí.
—Cariño…
No quise que terminara la frase.
Llamé a Quique.
Respondió al segundo.
—¿Ya estáis llegando? —me preguntó con una emoción que se apagó en cuanto escuchó mi voz.
—Gonzalo no se ha presentado.
Hubo un silencio breve.
—¿Cómo que no se ha presentado?
—No aparece. No contesta. No sé nada.
—No puede ser.
—Quique.
—Marina, no sé nada. Te lo juro. Yo… espera, llamo a Rubén.
—No. No llames todavía.
—¿Cómo que no?
—No quiero montar un circo si aparece en cinco minutos.
—Llega casi una hora tarde.
—Igual está al llegar…
La voz se me rompió al decirlo.
Quique bajó el tono de inmediato.
—Voy para tu casa.
—No. Espera.
—Marina…
—Espera.
Colgué porque si seguía escuchándole iba a venirme abajo.
A las diez, ya habían pasado casi dos horas.
Dos horas con el vestido puesto.
Dos horas con los labios pintados.
Dos horas mirando una puerta que no se abría.
Gonzalo seguía sin contestar.
Ni llamadas.
Ni mensajes.
Nada.
Mi padre había dejado de fingir tranquilidad. Mi madre tenía los ojos brillantes y una rabia muda que reconocí enseguida porque yo misma la llevaba creciendo dentro.
No era solo miedo.
También era humillación.
Dolor.
Incredulidad.
La sensación de estar arreglada para una noche preciosa que se estaba pudriendo minuto a minuto sin explicación.
—Voy a casa de Victoria —dije de pronto. Quique estaba a mi lado, ya llevaba un rato allí.
Mi madre me cogió la mano.
—Voy contigo.
—No. Voy sola.
—Marina.
—Necesito saber qué pasa.
Mi padre dio un paso hacia mí.
—Te llevo.
—No. Necesito ir sola.
—Pues lo siento, pero voy contigo —me aseguró Quique.
A él no pude convencerle de lo contrario.
Condujo hasta casa de Victoria conmigo al lado, con el vestido rosa empolvado, los pendientes tintineando en mis orejas y una presión horrible en el pecho. Cada semáforo parecía una burla. Cada llamada sin respuesta, una piedra más.
Cuando llegué, me temblaban las piernas. Quique me sostenía.
Toqué el timbre.
Victoria abrió casi al instante.
Y entonces entendí que algo iba muy mal.
Estaba arreglada también.
Llevaba un vestido elegante, el pelo peinado, joyas discretas.
Pero tenía el maquillaje corrido.
Los ojos hinchados.
La cara devastada por las lágrimas.
—Marina…
Se me heló la sangre.
—¿Dónde está Gonzalo?
Victoria se llevó una mano a la boca, incapaz de responder de inmediato.
Entré sin esperar invitación. Quique me siguió.
—Victoria, ¿dónde está?
Ella cerró la puerta despacio, con los dedos temblándole.
—No lo sé.
Aquellas tres palabras me dejaron sin aire.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Esta mañana salió temprano. Estaba nervioso, pero bien. Me dijo que tenía que resolver algo antes de la noche. Volvió al mediodía completamente alterado.
—¿Alterado cómo?
—Histérico. Blanco. Diciendo que necesitaba pensar, que había pasado algo, que no podía… No me explicó nada con claridad.
Me agarré al respaldo de una silla.
—¿Y después?
Victoria empezó a llorar otra vez.
—Se fue.
—¿Adónde?
—No lo sé.
—¿No te dijo nada?
—Nada que yo entendiera. Solo que no podía hacerlo así.
El suelo pareció moverse bajo mis pies.
—¿A qué se refería?
—Marina, no sé qué ha pasado.
Victoria me cogió las manos con una desesperación que me dio aún más miedo.
—Te juro que no lo sé. Llevo horas llamándolo. No me contesta. Samuel tampoco sabe nada. Rubén tampoco. Nadie sabe dónde está.
La miré sin poder parpadear.
Todo lo que había imaginado durante esas dos semanas se rompió en mil pedazos.
La fiesta.
El vestido.
La ilusión.
Gonzalo.
Sobre todo Gonzalo.
—No entiendo nada —murmuré.
Victoria negó, llorando.
—Yo tampoco.
Y allí, de pie en el salón de su madre, vestida para una noche que ya no existía, comprendí que la peor parte no era que Gonzalo no hubiera llegado.
La peor parte era no saber si me había fallado.
O si algo mucho más grave acababa de arrastrarlo lejos de mí.
La casa de Victoria se llenó de gente en menos de media hora.
Primero llegaron Rubén y Samuel.
Luego Álvaro.
Nadie entendía nada.
Y eso era lo peor.
Si hubiera habido una discusión, una llamada, una explicación o cualquier detalle concreto, al menos habríamos tenido algo a lo que agarrarnos. Pero no había nada.
Absolutamente nada.
Solo un Gonzalo desaparecido.
Un móvil que no respondía.
Y una noche que se estaba desmoronando.
Yo permanecía sentada en el sofá de Victoria con el vestido rosa empolvado todavía impecable y el maquillaje cada vez menos. Había llorado varias veces durante el trayecto hasta allí y después otras tantas mientras escuchaba a esa mujer repetir una y otra vez lo mismo.
Que había salido.
Que había vuelto alterado.
Que se había marchado otra vez.
Y que no sabía nada más.
Samuel estaba hablando por teléfono por quinta vez.
Rubén caminaba de un lado a otro.
Álvaro revisaba mensajes antiguos intentando encontrar algo que pudiera servir.
Quique permanecía apoyado junto a una ventana.
Callado.
Demasiado callado.
Y eso sí era raro.
Muy raro.
Porque Quique no callaba nunca.
De pronto levantó la cabeza.
Primero despacio.
Luego más rápido.
Como si acabara de recordar algo.
—Espera.
Todos lo miramos.
—¿Qué?
Quique se pasó una mano por la nuca.
—Joder.
—¿Qué pasa? —preguntó Samuel.
—Creo que sé dónde puede estar.
La habitación entera se congeló.
—¿Cómo que crees? —preguntó Rubén.
—No estoy seguro.
—Habla.
Quique empezó a caminar por el salón intentando ordenar la idea.
—Me habló de un sitio hace unas semanas.
—¿Qué sitio?
—Estoy pensando.
Lo dejamos continuar.
Por primera vez en toda la noche parecía recordar algo importante.
Me miró.
—Un mirador.
—¿Dónde?
—Por la sierra.
—¿Por la sierra?
—No sé exactamente cómo se llamaba.
Frunció el ceño.
—Íbamos en coche. Volvíamos de no sé dónde. Y me contó que cuando necesitaba pensar se iba allí.
Nadie dijo nada.
Todos escuchábamos.
—Recuerdo que me dijo algo muy concreto.
—¿Qué?
—Que las decisiones importantes de su vida las había tomado allí. Incluida la de esta fiesta.
Quique tragó saliva.
Victoria se llevó una mano a la boca.
—Dios mío. El mirador, ¿cómo no se me habrá ocurrido antes? Se lo enseñé de niño y es un lugar muy especial para él, cierto. Allí hablamos por primera vez sobre la separación de su padre y…
Lo vimos como una posibilidad.
Algo.
Lo que fuera.
—¿Dónde está? —le pregunté a Victoria.
—Os envío ubicación.
Me levanté al mismo tiempo que Quique.
—Vamos.