Capítulo 35
Quique me citó un miércoles por la tarde en una cafetería junto al río.
Solo a mí.
Eso ya lo decía todo.
Cuando llegué, estaba sentado en una mesa de la terraza con una Coca-Cola delante, gafas de sol, camisa azul clara y esa cara suya de estar disfrutando muchísimo de saber algo que yo todavía no sabía del todo.
Me senté frente a él y dejé el bolso sobre la silla.
—Venga.
—Hola, Marina. Yo también me alegro de verte.
—Quique.
—Qué agresividad traes de la clínica.
—Traigo ganas de que desembuches.
Sonrió.
Con maldad.
Con emoción.
Con esa mezcla suya que siempre anunciaba lío.
—Ya sé la fecha.
Me quedé quieta.
Aunque llevaba días esperándolo, escucharlo en voz alta me puso el cuerpo entero alerta.
—¿Qué fecha?
—No te hagas la tonta, que no te pega.
—Me pega regular.
—Dentro de dos semanas.
—¿Día?
—Sábado.
Apoyé la espalda en la silla y miré hacia el río para intentar respirar sin que se notara demasiado.
Dos semanas.
Sábado.
Ahí estaba.
—Vale —murmuré.
—No pareces vale.
—Estoy vale con taquicardia.
—Eso es muy tú.
—No me ataques ahora.
Quique se inclinó hacia delante.
—Marina, no puedo contarte más. Y no me mires así, porque ya sabes que si me aprietas me vengo abajo y luego Álvaro me pone a dormir en el balcón. Soy un hombre sensible con acceso a información delicada.
—Eres una portera con uniforme.
—También.
Me reí.
Y ahí, por fin, se me soltó un poco el nudo.
Porque estaba con Quique.
Mi Quique.
El de siempre.
El que había sido mi amigo desde que éramos niños, el que había compartido conmigo veranos, dramas adolescentes, bodas, broncas, risas y pérdidas. El que sabía leerme incluso cuando yo intentaba hacerme la fuerte.
—Estoy nerviosa —confesé.
Su expresión cambió apenas.
Se suavizó.
—Normal, ¿qué quieres?
—Pero mucho.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—Es que no sé qué va a pasar, es tan emocionante…
—No tienes que saberlo todo antes de vivirlo. Bastante spoiler te he hecho ya.
—Qué profundo.
—Me ha salido sin querer.
—Apúntalo.
—Luego lo tuiteo.
Volví a reírme y él sonrió, satisfecho de haberlo conseguido.
—Pero hay algo que sí puedo contarte —murmuré, recuperando un poco el aire.
—¿El qué?
—He ido de compras con mi madre.
Quique abrió mucho los ojos.
—Eso ya me interesa bastante más que mis propios secretos.
—Me he comprado el vestido.
—¿Increíble?
Asentí.
—Rosa empolvado.
—Ay.
—No hagas ese sonido.
—Marina.
—¿Qué?
—Vas a parecer una princesa.
Me mordí el labio para no sonreír demasiado.
—No exageres.
—No exagero. Enséñamelo.
Saqué el móvil del bolso y busqué las fotos que me había hecho mi madre en el probador.
En la primera salía un poco seria, observándome de lado en el espejo.
En la segunda, el vestido se apreciaba mejor: corto, romántico, con los hombros ligeramente descubiertos, escote delicado y una falda con caída suave de lo más primorosa.
El color era precioso, un rosa apagado, elegante, de esos que no necesitan llamar la atención para quedarse en la memoria colectiva.
Quique cogió el móvil.
Y se quedó callado.
Eso sí me puso nerviosa.
—Di algo.
—Estoy procesando.
—Quique.
—Vas maravillosa.
Me emocionó más de lo que esperaba.
—¿Sí?
—Sí. Pero maravillosa de verdad. No de “qué mona vas al cumpleaños de una prima”. Maravillosa de “si Gonzalo no se arrodilla, lo arrodillo yo de una patada”.
—¡Quique!
—Con cariño.
—No puedes decir esas cosas.
—Puedo y debo.
Le quité el móvil antes de que siguiera ampliando la foto.
—Mi madre casi llora en el probador.
—Sonsoles tiene criterio.
—Me dijo que era ese.
—Pues es ese.
—¿No es demasiado?
—No.
—¿Seguro?
—Marina, te conozco desde que llevabas coletas y te enfadabas porque Rubén hacía trampas al Monopoly. Ese vestido eres tú en versión “voy a romperle la vida a un hombre, pero con buen gusto”.
Me eché a reír con ganas.
—Qué bruto eres.
—Qué acertado soy.
Guardé el móvil y me quedé mirándolo con una ternura que me salió sin permiso.
—¿Te das cuenta de una cosa?
—¿De que soy imprescindible?
—También.
—Continúa.
—Rubén encontró el amor verdadero.
Quique dejó de bromear.
—Sí.
—Y tú también.
Su cara cambió.
Solo un poco.
Pero lo suficiente.
Miró hacia la mesa, luego hacia el río, y después volvió a mí con los ojos más brillantes.
—Sí —dijo bajito—. Yo también.
—Álvaro te quiere muchísimo.
—Lo sé.
—Y tú a él.
—Más.
—Y ahora lo he encontrado yo en la persona que menos esperaba.
—Lo considerabas una maldición.
—Y ahora es mi bendición.
—Y por eso lo aprecio tanto, porque te quiere como te mereces.
Me tocó el alma. Porque Quique, que podía convertir cualquier conversación en un circo, decía las verdades importantes de una forma tan sencilla que no necesitaba adornarlas.
—¿Recuerdas cuando le tiraste la copa encima?
—No fue mi momento más sereno.
—Fue histórico.
—Fue bochornoso.
—Las dos cosas pueden convivir.
Me limpié una lágrima antes de que cayera del todo.
—Me da miedo.
—Claro.
—Porque esta vez importa de verdad.
—Por eso da miedo.
Quique estiró la mano por encima de la mesa y me cogió los dedos.
—Marina, Gonzalo se ha ganado muchas cosas últimamente. Pero tú también. Tú también has aprendido a quedarte. A escuchar. A no salir corriendo solo porque algo te dé vértigo.
—¿Me estás dando un discurso?
—Sí.
—Qué fuerte.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Se rio y apretó mis dedos.
—Solo te voy a decir algo. Ese sábado, pase lo que pase, acuérdate de disfrutarlo. No lo conviertas en un examen. No intentes adivinarlo todo antes de tiempo. Ponte tu vestido rosa empolvado, sal de tu casa sintiéndote una princesa y deja que la vida, con su magia, haga el resto.
—La vida últimamente está muy flamenca.
—Pues que saque mantón.
Nos quedamos un rato más allí, poniéndonos al día de todo.
Me contó que Álvaro tenía un reportaje nuevo entre manos y estaba insoportable de perfeccionista.
Yo le hablé de la clínica, de mi padre, de Gonzalo y de cómo cada día me parecía más natural verle dentro de mi vida.
Él me escuchó con esa sonrisa de amigo antiguo que no necesita preguntar demasiado porque ya sabe dónde mirar.
Cuando nos levantamos, me abrazó fuerte.
—Dos semanas —me recordó al oído.
—Dos semanas.
—Y tú no sabes nada.
—Nada.
—Disimula.
—Voy directa a buscar una academia.
—Pide intensivo.
Me separé riéndome, pero al caminar de vuelta a casa sentí una emoción enorme instalada en el pecho.
Miedo, sí.
Nervios, también.
Pero sobre todo una ilusión preciosa.
De esas que ya no se pueden esconder del todo.