Capítulo 34
En las semanas siguientes, la calma volvió a nuestras vidas.
Quique regresó al trabajo con una velocidad que desesperó a Álvaro y divirtió al resto del planeta.
Según su versión, estaba perfectamente recuperado.
Según la versión de Álvaro, seguía siendo un paciente imposible que se olvidaba de tomar la medicación, levantaba más peso del recomendado y utilizaba la expresión "si estoy estupendamente" unas veinte veces al día.
La verdad seguramente estaba en algún punto intermedio.
El verano avanzaba hacia septiembre.
Las tardes seguían siendo largas, aunque el calor ya no tenía aquella brutalidad de julio y agosto. La clínica funcionaba a pleno rendimiento, Gonzalo dedicaba cada vez más horas a su proyecto y Rubén y Samuel seguían ejerciendo de anfitriones oficiales de cualquier reunión que implicara comida.
Todo parecía estar encontrando su sitio.
Y precisamente por eso la indiscreción de Quique me pilló completamente desprevenida.
Ocurrió un viernes por la tarde.
Habíamos quedado para tomar algo en una terraza céntrica y concurrida. Álvaro se retrasó porque estaba terminando un reportaje, Gonzalo tenía una reunión relacionada con el periódico y Samuel y Rubén todavía no habían llegado.
Así que durante unos minutos nos quedamos solos Quique y yo.
Error.
Grave error.
Porque dejar a Quique solo con información confidencial era parecido a dejar una caja de petardos junto a una chimenea.
—¿Sabes una cosa? —me comentó mientras removía un refresco.
—Nunca sé si quiero saberla.
—Haces bien.
—Gracias.
—Pero esta te interesa.
Le observé con desconfianza.
—Ya estamos.
—No. En serio.
—Quique.
—Vale, vale.
Durante unos segundos pareció debatirse consigo mismo.
Luego suspiró.
Después volvió a suspirar.
Y finalmente se llevó una mano a la cara.
—Es que me va a matar.
—¿Quién?
—Gonzalo.
—Entonces definitivamente quiero saberlo.
—No debería contártelo.
—Pues no me lo cuentes.
—Tienes razón.
Asentí.
Él asintió también.
Permanecimos callados tres segundos.
Cuatro.
Cinco.
—Va a pedirte que seas su novia, pero no de cualquier manera. Porque verás, yo ya le he dicho a ese carajote que lo eres y de sobra. Pero quiere hacer algo que recuerdes.
Parpadeé.
—¿Qué?
—¡Mierda! Es que no puedo mantener un secreto ni aunque me torturen. Vaya talento el suyo al contármelo.
Quique se golpeó la frente con la palma de la mano.
—¡Mierda, mierda, mierda!
—¿Qué acabas de decir?
—Pues lo que has escuchado.
—Acabas de decirme que Gonzalo va a pedirme...
Bajé la voz.
—...que sea su novia.
—Técnicamente ya sois novios, repito.
—Así es como lo siento, sí.
—Pero él quiere hacerlo oficial oficial.
—¿Oficial oficial?
—Sí. Oficial con mayúsculas.
Me quedé mirándolo.
Y él comprendió al instante que ya no había vuelta atrás.
—Vale. Voy a explicarlo porque total, ya estoy muerto.
—Empieza.
—Está organizando algo.
—¿Algo?
—Una fiesta.
—¿Una fiesta?
—Con amigos. Con familia. Con toda la gente que te importa.
Yo seguía sin procesarlo.
—¿Y para qué tanta pompa?
Quique abrió mucho los ojos.
—Marina.
—Ya sé para qué. Para hacerlo oficial oficial.
—Menos mal, creí que las secuelas de mi traumatismo te habían quedado a ti.
—Eres más tonto. Quiero todos los detalles.
—Eso ya es demasiado exponer el pellejo por mi parte. Tan kamikaze no soy. Lo único que te pido es que vayas preparándote porque se viene fiesta de las buenas.
Empecé a reírme.
Porque no podía hacer otra cosa.
Porque la noticia me había pillado completamente desprevenida.
Y porque una parte de mí no terminaba de creérselo.
—Me va a matar.
—Muchísimo.
—Te va a enterrar vivo.
—Probablemente.
—Y con razón.
—Totalmente.
Luego señaló hacia mí con un dedo.
—No, no, no… No quiero morir tan joven, y tú tampoco lo quieres, que te pones muy tonta en cuanto me pasa algo. Escucha bien con las orejas.
—Vale.
—Tienes que hacer teatro. Hazlo por mí.
—No sé si podré.
—Hazlo.
—No es para tanto. Que hayas destripado la sorpresa no quiere decir que… Igual no se lo toma tan mal.
—Bien se nota que no eres tú la que se está jugando la vida.
—Quique...
—Marina, si Gonzalo descubre que me he ido de la lengua, apareceré flotando en el Guadalquivir.
Su ingenio me hizo reír todavía más.
—No va a hacer eso. No lo pienso así de verdad, era broma.
—No lo pondré a prueba.
Levantó la mano.
—Prométeme que fingirás sorpresa.
—Lo prometo.
—¿Sorpresa creíble?
—Sí.
—¿Nivel actriz premiada en la alfombra roja?
—Sí.
—Perfecto.
Se dejó caer contra el respaldo.
—Creo que acabo de salvar mi vida.
—No exactamente. Todo dependerá de cómo se me dé la interpretación. Y tú, a cambio, prométeme que me avisarás de qué día va a ser. No daré el cante, pero quiero lucir perfecta.
—Eso, ahora te me pones un vestido con diamantes de Swarovski y el otro se tiene que creer que no me he ido de la lengua.
—No haré eso. Y, además, actuaré con toda la naturalidad, pero me encanta que me lo hayas contado. Cumple tu promesa de avisarme del día o no tendrás que esperar que sea Gonzalo quien te dé matarile.
—Así me gusta, estar amenazado por todos los lados.
Las carcajadas de ambos llamaron la atención de una pareja sentada cerca.
Y justo entonces aparecieron Rubén y Samuel.
Quique se puso blanco.
Yo empecé a reír otra vez.
Y ellos dos supieron de inmediato que algo había ocurrido.
—¿Qué habéis hecho? —preguntó Samuel.
—Nada.
—Esa respuesta me preocupa.
—A mí también —murmuró Quique.
Aquella noche me acosté incapaz de dejar de pensar en ello.
Intenté concentrarme en una serie.
Fracaso.
Intenté leer.
Fracaso todavía mayor.
Intenté dormir.
Ni remotamente.
Así que al día siguiente terminé haciendo lo que cualquier hija haría en mi situación.
Contárselo a su madre.
Encontré a Sonsoles en la cocina, organizando no sé qué documentos mientras sonaba música de fondo.
—Mamá.
—Dime.
—Tengo algo que contarte.
Levantó la cabeza.
—¿Estás embarazada?
—¡Mamá!
—Bueno, hay que empezar fuerte.
—No estoy embarazada.
—Qué alivio.
—¿Por qué alivio?
—Porque entonces solo nos quedarían unos meses para comprar millones de cosas para el bebé.
Me llevé una mano a la frente.
—Eres imposible.
—Lo sé. Continúa.
Me senté frente a ella.
Y terminé contándoselo.
Bueno.
Más o menos.
Sin mencionar demasiado la traición de Quique.
Cuando terminé, ella tenía una sonrisa enorme.
Enorme.
—Ay, por favor.
—Mamá.
—Ay, por favor.
—Mamá.
—Sabía que ese chico estaba enamorado. Qué romántico.
Apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Necesitamos buscar modelito.
—Es verdad.
—Modelito —repitió entusiasmada.
—¿Para ti?
—Para las dos, obviamente. ¿O tú vas a ir en vaqueros?
Me eché a reír.
—Todavía no sabemos cuándo es.
—Eso es un detalle técnico.
—Pero importante.
—Marina.
—Estás loca.
—Estoy emocionada.
Me señaló con el dedo.
—Y además pienso ayudarte a elegir vestido.
—¿Ah, sí? Qué raro, eso no lo esperaba.
—Por supuesto. Y no ironices conmigo o te llevas un sopapo.
—¿Te he dicho alguna vez que eres la mejor madre del mundo?
Sonsoles estrechó los ojos.
—No me hagas la pelota.
—No te hago la pelota.
—Sí me la haces.
—Solo digo la verdad.
—Sigue siendo peloteo.
—Pues te aguantas.
Terminamos riéndonos las dos.
Y mientras mi madre empezaba a hablar de colores, tejidos, zapatos y opciones que todavía ni siquiera existían, comprendí que estaba igual de ilusionada que yo.
Quizás más.
Y descubrí que, desde que Quique había abierto aquella boca incapaz de guardar secretos, era aún más feliz.
Pero todavía no sabía cuándo sería.
Ni cómo.
Ni qué había preparado Gonzalo.
Pero sí sabía una cosa.
Que estaba deseando descubrirlo.