Un error de lo más adictivo Capítulo 33
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Capítulo 33

Las horas siguientes se convirtieron en una prueba de resistencia que ninguno quería estar viviendo.

Después de la primera información médica, la sala de espera quedó atrapada en una calma falsa, de esas que no tranquilizan porque todo lo importante sucede al otro lado de una puerta cerrada.

Quique seguía en la UCI, inconsciente, monitorizado y sometido a pruebas que los médicos explicaban con prudencia.

La palabra “estable” aparecía de vez en cuando, pero no conseguía borrar ninguna de las otras: traumatismo, inflamación, vigilancia, evolución.

Las escuchábamos en silencio, con la sensación de estar aprendiendo un idioma horrible a la fuerza.

Álvaro era quien peor estaba, aunque intentaba mantenerse entero.

Se había sentado cerca de la puerta, los codos apoyados sobre las rodillas y el móvil entre las manos, con la mirada fija en el pasillo por donde entraban y salían médicos y enfermeras.

De vez en cuando Samuel se acercaba a él y le decía algo bajo; otras veces Rubén se limitaba a sentarse a su lado, pegado a su hombro, como si quisiera recordarle sin palabras que no estaba solo.

Yo no podía dejar de mirarlo. Me dolía verlo así porque Quique y él habían empezado a construir algo precioso justo cuando la vida parecía haberles dado un respiro después de la muerte de Matilde.

Gonzalo no podía estar más pendiente de mí.

Me traía agua, me quitaba de las manos vasos de café que yo no llegaba a beber y me acompañaba cada vez que necesitaba alejarme unos pasos de la sala para no romperme delante de todos.

A ratos me sujetaba la mano con una firmeza silenciosa que agradecía más que cualquier frase de consuelo.

No me decía que todo saldría bien porque ambos sabíamos que nadie podía prometer eso, y me enfadaba si lo hacía.

Así que se limitaba a estar. Y en momentos así, estar era casi lo único que importaba.

—No puedo con otro golpe, Gonzalo —murmuré en un momento, junto a una ventana desde la que se veía un trozo de cielo apagado sobre Sevilla—. No después de Matilde. No él.

Él me rodeó los hombros y me acercó un poco.

—Quique sigue aquí. Y nosotros también.

Su frase fue lo único que consiguió calmarme un poco. No porque arreglara nada, sino porque no pretendía hacerlo.

Pasaron varias horas. La sala se fue llenando de personas importantes para él, pero nosotros formábamos el núcleo de aquella espera: Álvaro, Rubén, Samuel, Gonzalo y yo.

También seguían pasando por allí otros compañeros del Ejército del Aire, hombres y mujeres uniformados que entraban con el rostro serio, preguntaban por las novedades y se quedaban cerca, respetuosos, afectados de una forma que me hizo entender todavía más quién era Quique fuera de nuestro grupo.

Para nosotros era el amigo payasete, el que convertía cualquier plan en un espectáculo, el que seguía haciendo bromas incluso con el alma rota.

Para ellos era también un mando o un compañero, alguien a quien respetaban, alguien que había sufrido un accidente en acto de servicio y por quien todos esperaban noticias con la misma angustia contenida.

Cuando por fin salió un enfermero preguntando por Álvaro, la sala entera pareció contenerse.

—Puede pasar un momento —le dijo—. La médica quiere hablarlo. Hay novedades.

Álvaro se levantó tan rápido que Rubén tuvo que sujetarle el brazo para que no tropezara con la silla. Se quedó un segundo paralizado, pálido, mirando a la enfermera como si temiera entender mal.

—¿Cambios buenos? —preguntó Samuel.

—La médica le contará.

Álvaro entró.

Y nosotros volvimos a quedarnos fuera.

No sé cuánto tiempo pasó. Cinco minutos. Diez. Media vida. Rubén caminaba de un lado a otro, Samuel permanecía de pie con los brazos cruzados y Gonzalo se quedó detrás de mí, con una mano apoyada en mi espalda. Yo no miraba el reloj porque sabía que cualquier minuto iba a parecer demasiado largo.

Entonces la puerta se abrió.

Álvaro salió con los ojos llenos de lágrimas.

Durante un segundo pensé lo peor, porque el cuerpo se adelanta siempre al miedo. Pero entonces vi que también sonreía. Una sonrisa rota, temblorosa, casi incrédula.

—Se ha despertado.

La frase nos proporcionó un chute de energía.

Rubén se llevó las manos a la boca. Samuel cerró los ojos y soltó el aire de golpe. Yo empecé a llorar como una magdalena sin poder evitarlo y Gonzalo me abrazó por detrás, fuerte, mientras Álvaro intentaba seguir hablando.

—Apenas puede hablar. Está desorientado, le cuesta muchísimo, pero me ha reconocido. Me ha mirado y ha pronunciado mi nombre.

—Ay, Dios… —murmuré, sin voz.

Álvaro se rio entre lágrimas, con esa risa que nace del alivio puro y no de la alegría completa, todavía no.

—Y luego ha murmurado algo de la foto.

Rubén levantó la cabeza, desconcertado.

—¿Qué foto?

—La que me ha hecho dormido y con la que planeaba chantajearme por los siglos de los siglos. Me ha dicho “la foto” y cuando le he preguntado si hablaba de esa, ha movido los dedos un poco y ha dicho “buena”.

Samuel empezó a reírse mientras se limpiaba la cara.

—Es que es idiota.

—Es una señal buenísima —dijo Gonzalo, emocionado—. Si se despierta preguntando por una foto con la que puede chantajearte, el cerebro funciona.

Álvaro asintió, todavía sin terminar de creerlo.

—Y no ha acabado ahí. También me ha dicho que, si algún día nos casamos, piensa llegar en avioneta a la boda.

Rubén rompió a reír y llorar al mismo tiempo.

—No puede ser.

—Me lo ha dicho casi sin voz —continuó Álvaro—. “Avioneta. Boda”. Y después ha añadido algo parecido a “me caso contigo, pero a lo grande”.

Reímos con ganas. La sala, que durante horas había parecido un lugar detenido, volvió a llenarse de una energía distinta.

Seguíamos asustados, sí, pero ya no era el mismo miedo.

Quique estaba despierto. Quique había reconocido a Álvaro.

Quique seguía siendo capaz de pensar en una boda absurda con avioneta después de casi matarnos del susto.

La médica salió poco después y mantuvo la prudencia, aunque por primera vez sus palabras trajeron algo parecido a esperanza.

Quique había recuperado la conciencia, respondía a estímulos, reconocía a Álvaro y empezaba a orientarse.

Seguiría en observación, debían repetir pruebas y vigilar la inflamación, pero el despertar era una evolución muy positiva.

Nadie habló demasiado cuando se marchó. No hacía falta llenar aquel alivio de frases.

Bastaba con mirarnos, con abrazarnos, con saber que la noche ya no nos encontraba en el mismo lugar.

A los pocos días lo pasaron a planta.

Entramos en la habitación casi en procesión, después de negociar turnos, horarios y la paciencia de unas enfermeras que debían de habernos fichado como “el grupo intenso del militar”.

Quique estaba incorporado en la cama, pálido, con una venda pequeña cerca de la sien, el pelo hecho un desastre y una expresión de fastidio que, sinceramente, me devolvió media vida.

Álvaro estaba sentado a su lado, con la mano entrelazada con la suya y unas ojeras que contaban varias noches casi sin dormir. Rubén entró primero con una bolsa de revistas, Samuel llevaba una botella de agua y Gonzalo se quedó a mi lado, dejando que yo pasara delante.

—Mira quiénes vienen —murmuró Quique, con voz todavía débil—. El comité de vigilancia.

—No —contesté acercándome a la cama—. El comité de ejecución.

Le di un golpe suave en el pecho, lo bastante cuidadoso para no hacerle daño y lo bastante claro para que entendiera que estaba furiosa.

—¿En qué estabas pensando?

Quique abrió los ojos con fingida indignación.

—En cumplir con mis obligaciones profesionales.

—Pues cúmplelas más lejos de piezas metálicas que salen disparadas, chalado.

—Se lo diré a la cúpula militar. “Nueva orden: Marina Cifuentes prohíbe accidentes”.

Le di otro golpecito, esta vez con menos fuerza porque las lágrimas ya empezaban a ganarme terreno.

—No tiene gracia.

—Un poco sí —susurró él.

—Nada.

—Vale. Nada.

Y entonces se le quebró la expresión a él también.

Me senté en el borde de la cama y le cogí la mano. Estaba caliente, viva, real. Después de tantas horas imaginando lo peor, aquel simple contacto me pareció enorme.

—No vuelvas a hacernos esto —le pedí.

Rubén se sentó en una silla cercana. Samuel permaneció a su lado, apoyándole una mano en el hombro. Gonzalo se acercó por detrás de mí y Álvaro no soltó a Quique ni un segundo.

—No podría vivir si faltase alguno de vosotros —continué, mirando primero a Quique y luego a los demás—.

Lo digo de verdad. Ya sé que suena exagerado, pero no me importa.

No después de Matilde. No después de este susto.

No después de todo lo que somos. No podría con una vida donde faltara uno de mis chicos.

La habitación quedó en silencio unos segundos.

Un silencio de los buenos, de los que no son huecos, sino llenos de emoción.

Rubén se limpió la cara sin disimular demasiado.

Samuel tragó saliva y apretó los dedos sobre su hombro.

Gonzalo me acarició el pelo con una ternura que me sostuvo más de lo que él imaginaba.

Álvaro bajó la cabeza y besó la mano de Quique.

Quique me miró con los ojos brillantes.

—Intentaré no morirme antes de tiempo.

—Más te vale.

—Y si me caso en avioneta, llevaréis paracaídas.

Álvaro cerró los ojos, agotado.

—No va a haber avioneta.

—Estoy lesionado. No puedes discutir conmigo.

—Puedo discutir contigo aunque estés momificado.

Rubén soltó una carcajada.

—Ya están bien. Si discuten, hay futuro.

Quique sonrió apenas, cansado pero presente, y por primera vez desde la llamada de Gonzalo sentí que el miedo aflojaba de verdad.

No desaparecía.

Pero ya no mandaba.

Allí, en aquella habitación de hospital, rodeada por las personas que más quería, con Quique vivo, Álvaro sujetándole la mano y Gonzalo a mi espalda, entendí que nuestra pequeña familia era caótica, exagerada y agotadora.

También era imprescindible.

Y yo no pensaba perder ni una sola pieza de ella.