Capítulo 32
Volvimos de Santorini con la galería del móvil petada, la piel de un color tostado que daba gusto, los recuerdos intactos y esa felicidad un poco tonta que se queda después de un viaje que ha salido mejor de lo esperado.
Durante los primeros días, Sevilla nos recibió con calor, trabajo y rutinas conocidas, pero incluso eso parecía más amable.
En la clínica, mi padre me preguntaba por Grecia cada vez que tenía un hueco entre pacientes y mi madre se dedicaba a enseñar a las auxiliares las fotos que yo le había mandado, seleccionadas por ella misma según un criterio muy suyo que consistía en descartar cualquiera donde Gonzalo saliera demasiado guapo “para no dar ideas al resto, que hay mucha envidiosa suelta”.
Rubén y Samuel seguían enviando imágenes al grupo con comentarios de cine. Álvaro editó algunas fotos preciosas del viaje y Quique, por supuesto, cambió su foto de perfil por una en Mykonos donde salía con el sombrero más innecesario de toda Grecia.
Todo parecía ligero otra vez.
Durante unos días, casi lo fue.
Gonzalo y yo nos vimos varias veces después de volver.
Nada fuera de lo normal. Nada de esos planes pensados para impresionar.
Un café después de la clínica, una cena sencilla, una tarde en su casa mientras él revisaba unos textos del periódico y yo le asesoraba sobre ciertas cuestiones con una autoridad que no tenía, solo para ver su cara.
Me gustaba aquella parte nuestra. La de estar sin necesidad de gestos grandilocuentes.
La de sentarme a su lado mientras él trabajaba, levantar la vista y encontrarlo concentrado, con el ceño fruncido y el portátil lleno de pestañas abiertas.
A veces me miraba por encima de la pantalla y sonreía, y con eso ya me bastaba para quedarme un rato más.
El susto llegó un jueves.
Una mañana cualquiera.
De esas que empiezan tan normales que después da rabia recordarlas.
Estaba en la clínica, terminando una revisión complicada con una paciente que llevaba semanas retrasando un tratamiento de encías, cuando mi madre abrió la puerta del gabinete con una expresión que me cortó el cuerpo antes de que dijera nada.
Mi madre era capaz de organizar tres agendas, discutir con un proveedor y tranquilizar a una señora histérica sin perder el tono. Pero en ese momento estaba pálida.
—Marina, cuando puedas, sal un momento.
Miré al paciente, luego a la auxiliar y asentí. Terminé como pude, con la cabeza ya en otra parte, y salí al pasillo quitándome los guantes.
—¿Qué pasa, mami?
Ella tenía mi móvil en la mano.
—Te está llamando Gonzalo.
Eso no tendría por qué haberme asustado. Gonzalo me llamaba a veces. Pero no a esa hora. No varias veces seguidas. Cogí el teléfono y me encerré en el despacho pequeño de mi padre, que ese día estaba haciendo unos recados por Sevilla.
—Gonzalo, dime.
Al otro lado escuché su voz seria, demasiado medida.
—Marina, estoy yendo hacia la clínica.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Se te ha partido una muela o qué? Eres cliente VIP, no hace falta que anuncies las visitas como el Papa.
Al comprobar que no respondía a mi broma, se hizo una pausa breve, de esas que duran menos de un segundo pero te cambian el pulso.
—Ha ocurrido un accidente en la base.
La palabra accidente me dejó sin aire.
—¿Qué accidente? ¿De quién se trata? ¿No me digas que…?
—Es Quique me temo.
Me senté en la silla de mi padre porque las piernas se me quedaron flojas de golpe.
—No. Eso no puede ser. Ya hemos sufrido bastante con lo de Matilde. Quique está bien, debe tratarse de una confusión. Te digo yo que él… No, no, Quique no puede haber…
—Escúchame, cariño. Está vivo.
La palabra “vivo” me tranquilizó, pero solo a medias.
—¿Qué ha pasado?
—Tu padre se ha enterado por un compañero suyo que tiene contacto con el hospital militar y ha preferido avisarme para que te lo contara yo.
Quique estaba supervisando unas maniobras de mantenimiento en pista.
Por lo visto sucedió un fallo con un vehículo de apoyo durante una operación de carga, una pieza metálica se ha soltado y ha golpeado cerca de donde estaba él.
Cayó al suelo y perdió el conocimiento. Lo han trasladado con un traumatismo craneal serio.
Me quedé mirando la mesa de mi padre sin ver nada.
—¿Está en coma? ¿Es eso lo que me quieres decir?
—Está inconsciente. Los médicos lo están valorando. No quieren adelantar nada todavía.
—¿Dónde se encuentra? Dime…
—En el hospital, claro. Voy para recogerte.
—No. Voy yo.
—Marina, no conduzcas así. Estoy a cinco minutos.
No discutí porque ni siquiera habría sabido cómo hacerlo.
Salí del despacho con el móvil pegado a la mano y encontré a mi padre en el pasillo.
Diego Cifuentes acababa de llegar. No era un hombre fácil de impresionar, pero mostraba una rigidez en la mandíbula que me hizo entender que sabía más de lo que me estaba diciendo y que tampoco quería asustarme sin datos.
—Papá… Hija, en cuanto me he enterado he vuelto, pero estáis tan unidos que pensé que igual querrías saberlo por él.
Él me abrazó antes de que terminara la frase.
—Además, se trata de Quique e ignoraba si el nudo en la garganta me dejaría contártelo.
—¿Pero cómo está? Dime la verdad.
—La verdad es que todavía no contamos con la suficiente antelación. Pero rezaremos por él.
Su respuesta fue lo peor. No una mentira piadosa. No una frase hecha. Solo eso: no saber.
Gonzalo llegó poco después. Aparcó mal delante de la clínica, entró sin saludar a nadie y me encontró en recepción, con el bolso colgado del hombro y la cara, según una señora mayor que salía, de haber envejecido diez años en cinco minutos.
No dijo nada de más. Me cogió la mano, besó mi frente y me sacó de allí con una firmeza que agradecí porque yo no tenía ninguna.
El trayecto hasta el hospital se me hizo irreal.
Sevilla pasaba al otro lado de la ventanilla con su tráfico, sus motos, sus semáforos y gente cruzando la calle con bolsas de la compra, mientras mi cabeza solo repetía una imagen: Quique riéndose en Mykonos, Quique gritando desde una piscina, Quique abrazado a Álvaro, Quique llorando por Matilde.
Quique, que acababa de empezar a respirar otra vez después de perder a su abuela, metido ahora en un quirófano, en una UCI, en cualquier lugar blanco y desesperadamente inaccesible donde nosotros no tuviéramos hueco.
—Me escribió esta mañana —dije de pronto—. Para enviarme una foto de Álvaro dormido como un tronco y con la boca tan abierta que se le veía la campanilla. Se estaba descojonando, así que ahora no puede estar…
Gonzalo mantuvo una mano sobre el volante y la otra cerrada alrededor de la mía.
—No va a estar de ninguna forma. Se va a recuperar.
—Me dijo que quería enmarcarla —proseguí con mis pensamientos en bucle.
—Y lo hará. En cuanto salga de esta, lo hará.
—Ojalá.
La voz se me quebró al final y Gonzalo apretó mis dedos.
—No vamos a adelantarnos.
—No puedo pensar.
—Entonces no pienses. Llegamos, esperamos y escuchamos lo que digan los médicos. Solo eso.
El hospital olía a muchas cosas, pero sobre todo a miedo.
O quizás el miedo lo llevaba yo encima, y no me lo podía despegar ni con una espátula.
Encontramos a Rubén y Samuel en la sala de espera de urgencias especiales.
Samuel hablaba por teléfono con alguien, pálido y muy serio.
Rubén estaba de pie, incapaz de quedarse quieto, caminando de un lado a otro con los brazos cruzados.
Al verme, vino directo hacia mí.
—No sabemos más aún, cariño.
Nos abrazamos con fuerza.
—¿Y Álvaro?
Rubén señaló hacia un pasillo.
—Tratando de enterarse de algo. Está destrozado.
La palabra destrozado ya no me cabía en el cuerpo.
Álvaro apareció poco después y casi no le reconocí.
Llevaba la camisa mal abrochada, el pelo revuelto y una expresión vacía que me partió por dentro.
En cuanto me vio, vino hacia mí, pero fue Gonzalo quien lo sujetó primero, con los dos brazos, sin preguntar, sin decir nada que sobrara.
Álvaro se agarró a él unos segundos y luego se apartó intentando recomponerse.
—Estaba bien esta mañana —murmuró—. Dijo que yo sería el fotógrafo, pero que él me había sacado una foto que era oro, que ya podría chantajearme por media vida. Por media vida, y quizás ahora…
—La va a vivir —dije, aunque no sabía si podía prometer eso.
Mis padres, que vinieron tras nosotros, estaban sentados junto a una pared.
Mi madre tenía los ojos perdidos y mi padre hablaba con un oficial uniformado que había venido desde la base.
El hombre explicaba lo poco que se sabía: una maniobra rutinaria, un fallo mecánico, un golpe seco, la caída, la ambulancia interna, el traslado urgente.
Palabras que sonaban ordenadas pero no arreglaban nada.
Poco a poco fueron llegando los demás. Mis tíos Celia y Enrique. Victoria, que abrazó a Álvaro con un cariño tan natural que él volvió a llorar contra su hombro. Algunos compañeros de Quique. Dos militares jóvenes que no podían dejar de mirar al suelo.
La sala de espera se convirtió en una especie de campamento de angustia.
Café que nadie terminaba. Vasos de agua.
Móviles en la mano. Preguntas repetidas.
Pasos hacia la puerta cada vez que aparecía alguien con bata.
Gonzalo permaneció todo el rato cerca de mí y, al mismo tiempo, pendiente de los demás.
Fue a por un café para mi madre, habló con Samuel para organizar llamadas, acompañó a Álvaro al baño cuando este se quedó demasiado blanco y necesitó refrescarse la cara, y volvió a mi lado cada vez que yo empezaba a perder el control.
—No puedo con esto —le susurré en un momento, apartada junto a una ventana.
—Sí puedes.
—No después de Matilde. No, ahora él no.
Gonzalo me abrazó de lado, lo justo para sostenerme sin apartarme de la sala.
—Quique es fuerte.
—No me digas frases de consuelo y ya.
—Vale. Entonces te digo otra cosa: ahora mismo no sabemos el final. Y mientras no lo sepamos, nos quedamos aquí con él.
Eso sí me sirvió.
Porque no prometía nada.
Solo presencia.
Y en ese momento era lo único que podíamos ofrecer.
Pasaron horas. O quizás menos. El tiempo en los hospitales no funciona igual.
Cuando por fin salió una médica, todos nos levantamos a la vez.
Gonzalo y yo llegamos primero.
Álvaro se quedó clavado en el sitio y Samuel tuvo que tocarle la espalda para que avanzara.
La médica habló con cuidado. Demasiado cuidado.
Quique seguía inconsciente. Había sufrido un traumatismo craneoencefálico con pérdida de conocimiento prolongada.
Las primeras pruebas no mostraban una lesión irreversible, pero había inflamación, necesitaban observar su evolución y repetir estudios en unas horas.
Estaba en UCI, sedado parcialmente, monitorizado. No podían asegurar cuándo despertaría.
Ni cómo.
Esa fue la parte que nadie dijo del todo, pero todos escuchamos.
No podían asegurar cómo.
Mi madre se llevó la mano a la boca. Mi padre cerró los ojos. Álvaro retrocedió un paso, con la cara desencajada, y Gonzalo lo sujetó antes de que terminara de venirse abajo.
—¿Puede pasar la pareja? —preguntó Samuel con voz firme.
La médica miró a la familia.
—Sí. Que pase él.
Álvaro se quedó paralizado.
—Ve —le dijo Rubén.
—No sé si puedo.
—Claro que puedes —contesté acercándome—. Le tienes que contar que estamos aquí.
Álvaro entró acompañado por una enfermera y la sala se quedó de nuevo en espera, pero ya era otra espera. Más oscura. Más concreta. Quique estaba vivo, sí. Pero seguía lejos. En un lugar al que ninguno podía llegar todavía.
Gonzalo me llevó a una silla y se sentó a mi lado. Me rodeó los hombros con un brazo y apoyé la cabeza contra él, agotada, con los ojos secos de tanto llorar.
Del otro lado de la sala, Rubén y Samuel estaban abrazados. Mis padres hablaban bajo con Celia y Enrique. Victoria nos sostenía la mirada.
Todos juntos.
Todos esperando.
Todos con la misma pregunta clavada en la cara.
Y nadie con una respuesta.