Un error de lo más adictivo Capítulo 31
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Capítulo 31

La visita a Mykonos estaba organizada desde antes incluso de que saliéramos de Sevilla, como las demás.

Samuel lo había dejado claro la noche anterior, cuando sacó una carpeta con billetes, horarios y una precisión que hizo que Quique se llevara una mano al pecho.

—Esto no son vacaciones, es una oposición con vistas al mar —protestó.

Rubén, sentado a su lado en la terraza del hotel, le quitó importancia mientras revisaba en el móvil la previsión del tiempo.

—No seas lerdo. Solo tienes que levantarte, desayunar, subir a un ferry y comportarte como una persona funcional durante doce horas.

—Has juntado demasiadas exigencias en una frase.

Así que a la mañana siguiente, para sorpresa de nadie, Quique fue el último en aparecer en el desayuno, con gafas de sol, una bolsa de bollería “por si el ferry entraba en crisis alimentaria” y una camisa de lino abierta sobre una camiseta blanca que, según él, transmitía “rico cansado de viajar”.

Álvaro le miró con esa paciencia enamorada que llevaba perfeccionando desde hacía semanas y le quitó la bolsa de la mano antes de que se sentara.

—No vas a subir a un barco con seis cruasanes.

—Son recursos.

—Son hidratos con complejo de abandono.

Yo llegué justo detrás con Gonzalo. Llevaba un vestido celeste pastel, de tirantes finos, fresco y cómodo para caminar, con una caída suave y tacto agradable.

Me recogí el pelo en una coleta y añadí unas alpargatas de cuña ideales y cómodas, porque ya había aprendido que en Grecia la belleza de las calles blancas venía acompañada de escalones traicioneros.

Gonzalo me miró de arriba abajo al verme aparecer en la terraza, pero esta vez no dijo una frase hecha ni jugó al misterio.

Se acercó, me colocó bien una tira del bolso que se me había torcido y murmuró: —Ese vestido va a salir en muchas fotos hoy.

Me gustó más que cualquier piropo desproporcionado.

El ferry rápido salió del puerto con puntualidad casi excesiva para nuestro grupo, que funcionaba mejor en el caos. Nos sentamos en cubierta durante buena parte del trayecto, aprovechando la brisa y el azul abierto del mar Egeo.

Rubén y Samuel iban repasando el plan del día: casco antiguo, molinos, Little Venice , comida junto al puerto, algo de compras y vuelta al atardecer.

Quique escuchaba con expresión de hombre sometido a una planificación abusiva, aunque en realidad estaba encantado, y Álvaro intentaba hacerle entender que no podía comprar recuerdos en cada isla como si fueran pruebas de vida.

—Yo necesito objetos —defendió Quique—. Las fotos se pierden, los imanes permanecen.

—Los imanes también se caen de la nevera.

—Eso es porque la gente no los cuida.

Gonzalo se inclinó hacia mí mientras los otros seguían discutiendo y me enseñó la pantalla del móvil. Tenía abierta una carpeta nueva con fotos del viaje. Algunas eran del crucero del día anterior, otras del atardecer en Oia, y varias de los dos, tomadas sin que yo recordara exactamente cuándo.

—Estoy haciendo archivo —me explicó.

—¿Archivo?

—Sí. Material sensible. Pruebas de que alguna vez hemos vivido algo así.

Le quité el móvil para mirar mejor una foto en la que salíamos los dos en la terraza del hotel, riéndonos con el pelo revuelto por el viento.

—Esta me gusta.

—Es mi favorita.

No añadió nada más. A esas alturas ya empezaba a entender que Gonzalo decía muchas cosas sin adornarlas demasiado, y que precisamente por eso algunas llegaban más.

Mykonos apareció en el horizonte con una energía distinta a Santorini. Desde lejos se veía blanca, brillante, mucho más movida, con el puerto lleno de barcos, tiendas abiertas y gente entrando y saliendo de las calles estrechas del casco antiguo.

Nada más desembarcar, el ambiente nos envolvió de golpe: música saliendo de alguna terraza, turistas con sombreros enormes, tiendas de ropa colgadas de fachadas encaladas y ese aire de isla famosa que sabe perfectamente que todo el mundo ha venido a mirarla.

El casco antiguo se me antojó como un laberinto precioso.

Las calles eran tan estrechas que a veces teníamos que caminar de dos en dos, esquivando grupos, gatos tumbados al sol y escaparates llenos de vestidos blancos, joyas doradas y cerámicas azules.

Rubén se movía por allí como si estuviera en un parque temático diseñado para él, señalando puertas, macetas, ventanas y esquinas donde “la luz era indecente”.

Samuel, que fingía estar agotado de tanto entusiasmo, acababa parándose en los mismos sitios y sacando el móvil.

Quique, por supuesto, asumió la dirección artística de las fotos, un día más, mientras Álvaro flipaba de lo intrusivo que podía ser.

—Vamos a hacer una de grupo aquí —ordenó al llegar a una plaza pequeña con buganvillas sobre una pared blanca.

—Hemos hecho una hace tres minutos —le recordó su chico.

—Esa era documental. Esta es emocional.

—No sé qué significa eso.

—Porque eres fotógrafo, no poeta.

Álvaro le miró muy serio durante un segundo y luego levantó la cámara.

—Venga, colocaos antes de que me arrepienta de quererte.

La foto de grupo terminó siendo guay, aunque costó más de lo previsto.

Rubén quería que se viera bien la pared, Samuel intentaba que no saliéramos torcidos, Quique insistía en que Álvaro también debía aparecer y Gonzalo acabó pidiéndole que nos la hiciera a una señora griega que no entendía español pero sí nuestro nivel de desesperación.

Después vinieron las fotos por parejas. Rubén y Samuel salieron abrazados, guapos y felices, con esa naturalidad de quienes ya no necesitan demostrar nada porque se les nota en todo.

Quique y Álvaro tardaron más porque Quique no paraba de hacer bromas y Álvaro le repetía que, si seguía moviéndose, iba a salir con cara de prófugo.

Cuando nos tocó a nosotros, Gonzalo no esperó instrucciones. Me rodeó por la cintura, me acercó a él y apoyó la mejilla apenas contra mi sien, sin exagerar, sin montar escena. El gesto fue tan sencillo que me dejó descolocada. Álvaro sacó varias fotos y luego sonrió al revisar la pantalla.

—Os aviso de que esta es buena.

Quique apareció por encima de su hombro.

—A ver.

—No.

—Soy parte del comité emocional.

—Eres parte del problema.

Yo no pude evitar acercarme también. La foto era divina. Gonzalo y yo salíamos junto a la pared blanca, con mi vestido movido por el viento y él mirándome en vez de mirar a la cámara. No era una pose perfecta, y quizás por eso me gustó tanto.

Más tarde, mientras caminábamos hacia los molinos, Gonzalo sacó su propio móvil y empezó con los selfies .

No de una forma pesada ni forzada, sino casi como quien quiere ir guardando pequeñas pruebas del día.

Uno frente a una puerta azul. Otro junto a una tienda de sombreros.

Otro en una esquina donde el viento casi me desmonta la coleta y terminé riéndome con la mano en la cabeza.

—Vas a llenar la galería —le dije.

—Tengo hueco suficiente.

—¿Todo lo tienes siempre tan controlado?

—¿Me estás sometiendo a un tercer grado?

Había algo bonito en eso. En que él, que al principio parecía siempre dispuesto a escapar antes de que nada pesara demasiado, quisiera ahora guardar momentos. Fotos tontas. Risas. Besos robados. Recuerdos que no servían para nada práctico, pero que significaban muchísimo.

En los molinos de viento, el paisaje se abrió por completo.

Desde allí se veía el mar, el puerto, las casas blancas y buena parte de la isla extendida bajo el sol.

El viento era fuerte y nos obligaba a sujetarnos sombreros, vestidos y gafas, cosa que convirtió la sesión de fotos en un pequeño desastre.

Quique terminó persiguiendo su gorra durante varios metros mientras Rubén gritaba que eso también había que grabarlo.

Álvaro, entre risa y vergüenza ajena, consiguió capturar el momento exacto en que Quique atrapaba la gorra con una expresión de triunfo épico.

—Esa foto no sale de este grupo —advirtió Quique.

—Esa foto va enmarcada —contestó Samuel.

Comimos junto al puerto, en una terraza con manteles claros y vistas a los barcos.

Pedimos calamares, marisco a tutiplén, ensaladas, pan caliente y varias cosas cuyo nombre no supe pronunciar, aunque todas estaban buenísimas.

La comida se alargó sin que nadie quisiera levantarse, con el sol reflejado en el agua y una conversación que por fin bajó un poco de revoluciones.

Hablamos de lo mucho que había cambiado todo desde la boda, de lo bien que le estaba sentando el viaje a Quique, de los proyectos de Álvaro y del periódico de Gonzalo, que cada día parecía menos una idea y más una realidad esperando fecha de salida.

—Lo bueno —dijo Samuel— es que ya no hablas del periódico como si fuera una posibilidad.

Gonzalo dejó la copa sobre la mesa y asintió despacio.

—Porque ya no lo es. Es una realidad.

—Eso suena bien —comentó Rubén.

—Y me sentirá mejor.

Le miré mientras hablaba y volví a sentir esa admiración que me estaba pillando sin defensa. Me gustaba el Gonzalo divertido, el que me hacía reír, el que me besaba en rincones donde no tocaba. Pero cada vez me gustaba más ese otro: el que construía, el que cuidaba, el que se quedaba.

Siempre he tenido claro que no basta con querer a una persona. Que una relación funcione no es como echar a freír un huevo, cuenta con muchas implicaciones. Y Gonzalo no solo me gustaba, sino que había comenzado a admirarle por lo que era y por lo que hacía.

Por la tarde llegamos a Little Venice . Las casas se asomaban directamente al agua, con balcones de madera suspendidos sobre el mar y terrazas donde la gente bebía cócteles viendo cómo las olas golpeaban las fachadas.

Fue el rincón que más me gustó de Mykonos.

Tenía vida, color, movimiento y una belleza menos solemne que Santorini, más descarada, más de fiesta improvisada.

Nos sentamos en una terraza y pedimos algo frío mientras el sol empezaba a bajar.

Allí Gonzalo hizo otro selfie de los dos. Esta vez no me avisó. Solo acercó el móvil, apoyó la barbilla en mi hombro y sacó la foto justo cuando yo me estaba riendo por algo que había dicho Quique sobre comprar una casa allí “para sufrir con vistas”. Al verla, me quedé unos segundos callada.

Salíamos felices.

No guapos de revista.

Felices.

Y eso era mucho más importante.

El regreso en ferry fue más tranquilo. Todos estábamos cansados de caminar, de reír, de hacer fotos y de intentar absorber una isla entera en un solo día.

Quique se quedó dormido sobre el hombro de Álvaro con una bolsa de recuerdos entre los pies.

Rubén revisaba las fotos con Samuel, señalando cuáles subirían y cuáles quedarían “para chantajes futuros”.

Gonzalo y yo nos quedamos en cubierta, sentados juntos, viendo cómo Mykonos se alejaba poco a poco.

—Hoy ha sido un día increíble —dijo él.

No fue una frase cualquiera. Sonó a balance, a gratitud, a alguien que estaba aprendiendo a reconocer la felicidad mientras ocurría.

Apoyé la cabeza en su hombro.

—De los que se recuerdan.

Gonzalo entrelazó sus dedos con los míos y se quedó mirando el mar. No necesitó decir nada más. Yo tampoco.

A veces bastaba con eso.

Con volver de una isla preciosa, cansada y despeinada, con el móvil lleno de fotos y la mano de Gonzalo sujetando la mía como si ya no tuviera ninguna intención de soltarla.

El día no había terminado, por mucho que la excursión lo hiciera.

Todavía nos quedaba mucho por recorrer, mucho por cantar y mucho por bailar.

Y lo mejor de todo era hacerlo juntos, porque la belleza de aquellas islas griegas no la hubiera podido apreciar sin ellos.

Fueron, eran y serían los chicos de mi vida, sin los que nada tendría sentido.

Y entre todos ellos estaba Gonzalo, quien comenzó a enamorarme de una forma tan inevitable como deseada.

Día a día, en la belleza de aquellos lugares, en las risas compartidas, en la hospitalidad de sus gentes, en lo exquisito de su gastronomía y en la visión de sus atardeceres imperdibles me iba sintiendo más atada a él.

Atada en el mejor de los sentidos. Atada por un hilo invisible que no tenía intención de cortar.

Atada de un modo que, no por improvisado, valía menos, sino más.

Aún nos quedaban varios días por delante en los que disfrutar de aquel viaje inolvidable, pero lo más importante era que también nos quedaban muchos años por delante para disfrutar de eso que llaman vida; de una vida intensa y bonita como pocas, de una vida que acababa de dar un giro para bien que me tenía tan enamorada de ella como del propio Gonzalo.