Un error de lo más adictivo Capítulo 30
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Capítulo 30

Después de pasar todo el día recorriendo la isla, regresamos al hotel con la sensación agradable de haber aprovechado cada minuto.

Caminamos sin parar, reímos todavía más y acumulamos suficientes fotografías como para llenar varios álbumes.

Lo lógico habría sido cenar tranquilamente y acostarnos pronto.

Por supuesto, nadie propuso eso.

La idea de Samuel era salir a cenar a Oia y después recorrer varios locales con música y terrazas abiertas hasta la madrugada. Según él, Santorini tenía una cara completamente distinta cuando caía el sol y pensaba asegurarse de que la conociéramos.

Yo tardé bastante en arreglarme.

No porque dudara demasiado.

Simplemente porque aquella noche me apetecía sentirme especialmente guapa.

Elegí un vestido corto color verde esmeralda que dejaba los hombros al descubierto y se ajustaba lo suficiente para favorecer sin resultar exagerado.

El tejido tenía una caída preciosa y resaltaba el tono dorado que mi piel había adquirido durante aquellos días.

Recogí el pelo en un moño desenfadado del que escapaban algunos mechones alrededor del rostro y completé el conjunto con unos pendientes dorados y unas sandalias de tiras finas.

Cuando terminé, me observé unos segundos en el espejo.

Y sonreí.

No por el vestido.

Ni por el peinado.

Sino porque me sentía bien.

Muy bien.

Eso era algo que a veces olvidamos valorar.

La felicidad tranquila.

La que no hace ruido.

La que aparece cuando las cosas simplemente funcionan.

Gonzalo terminó de arreglarse y, por la forma en que me miró, tuve la impresión de que el vestido había superado el examen.

—No digas nada.

—¿Por qué?

—Porque ya sé la cara que has puesto.

—¿Y qué cara he puesto?

—La misma que llevas poniendo varios días. Y me flipo.

Gonzalo sonrió.

—Pues entonces ya sabes lo que pienso.

—Me gusta más oírlo, en realidad. Venga, dale.

Se acercó, me rodeó la cintura y me besó despacio.

—Estás espectacular.

—Gracias.

—No sabes cuánto.

—Tú tampoco estás mal.

Llevaba una camisa azul oscuro que también contrastaba con el bronceado que había cogido durante el viaje y unos pantalones claros que le sentaban escandalosamente bien.

Y él lo sabía.

Lo peor era que lo sabía.

Cuando llegamos a recepción, los demás ya estaban allí.

Samuel y Rubén parecían recién salidos de otra sesión fotográfica.

Álvaro estaba elegantísimo.

Y Quique...

Bueno.

Quique seguía siendo Quique.

Aquella noche había decidido combinar una camisa blanca con dibujos azules, unos pantalones de lino y unas zapatillas que, según él, eran "muy mediterráneas".

Nadie supo exactamente qué significaba eso.

Ni siquiera Álvaro.

La cena tuvo lugar en una terraza construida sobre el acantilado.

El restaurante estaba iluminado por pequeñas lámparas suspendidas entre las mesas y desde allí podía verse el mar completamente oscuro salpicado por las luces de los barcos.

La conversación fue derivando poco a poco hacia temas más personales.

Quizás porque estábamos relajados.

Quizás porque el viaje invitaba a ello.

O quizás porque cuando compartes varios días seguidos con las mismas personas terminas hablando de cosas que normalmente quedan escondidas.

En un momento dado, Rubén levantó la copa.

—Vale. Pregunta seria.

Todos nos miramos.

Aquello era peligroso.

—¿Dónde os veis dentro de cinco años?

Samuel se echó a reír.

—Eso no es una pregunta seria. Eso es una emboscada.

—Pues contestad.

Álvaro fue el primero.

—Yo espero seguir haciendo lo que me gusta y, como soy masoca, continuar con este pesado.

Le dio un golpe cariñoso a Quique en el brazo.

—Acepto la respuesta.

—Gracias.

—Aunque podrías haber dicho algo más romántico.

—Llevamos diez minutos juntos.

—Buen argumento.

Las miradas terminaron dirigiéndose hacia Gonzalo.

Él apoyó los antebrazos sobre la mesa unos segundos antes de responder.

—Yo espero que el periódico funcione.

—Funcionará —intervino Samuel.

—Eso espero.

—Funcionará.

Gonzalo sonrió.

—Y también espero seguir rodeado de la misma gente.

Su respuesta me llegó al alma.

Porque era sencilla.

Y sincera.

Y porque hace unos meses no habría imaginado a Gonzalo diciendo algo así.

Cuando me tocó responder a mí, tardé un poco más.

—No lo sé exactamente. Supongo que me gustaría seguir trabajando con mi padre mientras pueda. Y también me gustaría seguir disfrutando de mi vida tanto como ahora.

Rubén levantó una ceja.

—Eso suena bastante feliz.

—Porque lo soy.

Y era la verdad.

No necesité adornarla.

La noche continuó después de la cena.

Primero en una terraza donde sonaba música suave.

Luego en un local junto al mar.

Y después en una plaza llena de gente donde varios músicos tocaban versiones de canciones conocidas.

Santorini parecía transformarse cuando desaparecía el sol, muy cierto.

Las calles seguían llenas de vida.

Las terrazas se llenaban.

Las luces iluminaban las fachadas blancas.

Y el ambiente tenía algo más mágico todavía.

Quique fue el primero en lanzarse a bailar.

Nadie se sorprendió.

Álvaro tampoco.

Porque ya estaba resignado.

Lo realmente sorprendente fue que Samuel y Rubén se unieran apenas unos segundos después.

Eso provocó que termináramos todos bailando.

No importaba demasiado la música.

Ni hacerlo bien.

Ni hacerlo mal.

Solo pasarlo bien.

Y eso era exactamente lo que estábamos haciendo.

En algún momento sonó una canción lenta.

No recuerdo cuál.

Solo recuerdo que Gonzalo me tendió la mano.

—¿Bailas?

—Creía que nunca lo preguntarías.

Nos apartamos un poco del grupo.

Lo suficiente para crear un pequeño espacio propio.

Y durante unos minutos todo pareció ralentizarse.

La música.

Las conversaciones.

Las luces.

El mar al fondo.

Todo.

Gonzalo me rodeó la cintura mientras yo apoyaba una mano sobre su hombro.

—¿Sabes una cosa?

—Depende.

—Este viaje me está gustando más de lo que esperaba.

—A mí también.

—Y eso que esperaba mucho.

Sonreí.

—Yo creo que tiene truco.

—¿Qué truco?

—La compañía.

Aquello le hizo bajar la vista durante un instante.

Luego volvió a mirarme.

Y por primera vez aquella noche no hubo ninguna broma.

Ninguna salida ingeniosa.

Ninguna respuesta rápida.

Solo sinceridad.

—Probablemente tengas razón.

No añadió nada más.

Y tampoco hacía falta.

Porque a veces las conversaciones importantes no son las más largas.

Son las que dicen exactamente lo necesario.

Seguimos bailando mientras nuestros amigos se reían a pocos metros.

Mientras Santorini brillaba a nuestro alrededor.

Mientras las vacaciones continuaban regalándonos recuerdos.

Y mientras yo empezaba a sospechar que aquel viaje iba a significar mucho más de lo que habíamos imaginado cuando abrimos aquellos sobres en casa de Rubén y Samuel.