Capítulo 29
El siguiente día empezó con una sorpresa.
Bueno.
Con tres.
La primera fue descubrir que Samuel llevaba semanas organizando actividades sin decirnos nada.
La segunda fue que Rubén estaba más implicado de lo que reconocía.
Y la tercera fue comprobar que ambos seguían siendo igual de insufribles incluso en vacaciones.
—No pienso subirme a nada que tenga ruedas y un nombre raro —anunció Álvaro durante el desayuno.
—Llegas tarde —contestó Samuel.
—¿Por qué?
—Porque ya está pagado.
—Eso es coacción económica.
—Eso es organización colectiva del viaje y nadie se salva de ella.
Aquella mañana nos esperaba una ruta privada por la isla en dos todoterrenos descapotables que nos recogerían en el hotel. La idea era recorrer zonas menos conocidas de Santorini, alejarnos durante unas horas de los lugares más turísticos y descubrir la parte más auténtica de la isla.
Yo estaba encantada.
Y bastante orgullosa de mi elección de ropa.
Había optado por un conjunto de lino blanco compuesto por un pantalón fluido y un top sin mangas del mismo tono.
El tejido se movía con el viento y resaltaba el bronceado que empezaba a aparecer después de varios días de sol.
Llevaba unas sandalias planas doradas, gafas de sol y el pelo recogido en una trenza despeinada que me había costado más esfuerzo que si hubiera hecho una más formal.
La mañana fue ganando belleza a medida que transcurría.
Los todoterrenos avanzaban por carreteras estrechas rodeadas de viñedos volcánicos, pequeñas iglesias encaladas y pueblos donde la vida parecía transcurrir a otro ritmo.
Cada pocos kilómetros aparecía una vista distinta del mar y cada una parecía más espectacular que la anterior.
Lo más sorprendente era que Santorini conseguía parecer diferente en cada rincón.
Había zonas llenas de turistas y terrazas elegantes, pero también otras donde apenas encontrábamos a nadie y donde la isla mostraba una cara mucho más tranquila y hasta diría que más amable.
Rubén y Samuel iban en el vehículo delantero. Desde atrás podíamos ver cómo Samuel gesticulaba mientras hablaba y cómo Rubén se reía prácticamente cada dos segundos. En el nuestro, Quique y Álvaro ocupaban la fila trasera mientras Gonzalo y yo compartíamos asiento delante.
La convivencia de varios días seguidos estaba sacando lo mejor de todos.
Y también lo peor.
Especialmente de Quique.
—Quiero dejar constancia oficial de que llevo hambre otra vez.
Álvaro ni siquiera levantó la vista del paisaje.
—Desayunaste hace una hora.
—Precisamente. Eso fue hace muchísimo tiempo.
—Quique, una persona normal no tiene hambre cada pocos minutos.
—No soy una persona normal. Eso ya debería estar asumido.
Nuestro conductor no daba crédito.
Incluso él había terminado entrando en la dinámica del grupo.
La siguiente parada fue un pequeño pueblo situado en el interior de la isla. No había grandes hoteles ni tiendas de lujo. Solo calles estrechas, fachadas blancas, macetas llenas de flores y gatos dormitando bajo las sombras.
Aquel rincón especial dio pie a una auténtica sesión de fotografías.
Y cuando digo auténtica, quiero decir absolutamente interminable.
Todo empezó porque Rubén quiso una fotografía con Samuel junto a una pequeña iglesia de cúpula azul.
Después Álvaro hizo una de ellos.
Después yo hice otra.
Y después Quique decidió que era insuficiente.
—No, no, no. Esto está fatal organizado.
—Qué miedo me da cuando empiezas así —murmuró Samuel.
—Necesitamos fotos por parejas.
—Tenemos fotos por parejas.
—Buenas fotos por parejas.
—Quique...
—Y después fotos de grupo.
—Quique...
—Y después selfies.
—Quique, que el fotógrafo es Álvaro, no tú.
—¿Y qué? Yo soy el organizador. Necesitamos esas y después fotos espontáneas.
—Nadie cree que existan las fotos espontáneas cuando las organizas tú.
Pero ya era tarde.
Porque había tomado el control.
Durante casi media hora nos fue moviendo por distintos rincones del pueblo con la autoridad de un director artístico completamente desatado.
Rubén y Samuel acabaron abrazados delante de una pared llena de buganvillas.
Álvaro y Quique posaron sentados en una pequeña escalinata blanca.
Y Gonzalo y yo terminamos frente a una puerta azul preciosa que parecía sacada de una postal.
—Acercaos más —ordenó Quique.
—Ya estamos bastante cerca.
—Más.
—Quique...
—Confía en el arte de Álvaro.
—Pues eso, que te calles tú.
—Ni debajo del agua, niña, ya lo sabes.
Gonzalo rodeó mi cintura.
—¿Así?
—Mucho mejor.
—Te está encantando esto, ¿verdad? —le pregunté.
—Y contigo mucho más.
La fotografía salió preciosa.
Y luego llegaron los selfies.
Muchos selfies.
Demasiados selfies.
Porque Gonzalo descubrió que me gustaba mucho una fotografía concreta que nos hicimos los dos riéndonos después de que Quique tropezara con una maceta.
Y a partir de ahí se volvió imposible.
Cada vez que encontraba una vista bonita me rodeaba con un brazo y sacaba el móvil.
—Otra.
—Llevas diez.
—Once.
—Gonzalo.
—Mira qué luz.
—La misma que hace cinco minutos.
—No tienes sensibilidad artística.
—Eso lo dices porque sales bien en todas.
—También.
Acabé riéndome.
Y la verdad era que me encantaba.
Porque aquellas fotografías no parecían preparadas.
Eran recuerdos.
Momentos.
Pequeños instantes que después volveríamos a mirar.
Y me gustaba pensar que Gonzalo quería conservarlos tanto como yo.
La excursión continuó hacia una bodega excavada parcialmente en la roca volcánica.
El lugar era espectacular.
Las salas se distribuían bajo tierra, protegidas del calor, con techos abovedados y muros de piedra oscura. Nos explicaron la historia de los viñedos de Santorini y cómo las vides crecían pegadas al suelo para protegerse del viento.
Después llegó la cata.
Y ahí empezó otro espectáculo.
—Este tiene notas afrutadas —comentó el guía.
Quique bebió un sorbo.
—Yo noto uva.
Samuel estuvo a punto de escupir el vino.
—No puedes decir eso delante del experto.
—Estoy siendo sincero.
—Nos van a expulsar.
—Es vino de uva. Llevo razón.
Incluso Gonzalo terminó riéndose.
La comida tuvo lugar en una terraza escondida entre viñedos.
Una de esas comidas que se alargan sin darte cuenta.
Platos para compartir.
Pescado fresco.
Quesos.
Aceitunas.
Pan recién hecho.
Y una conversación que iba saltando de un tema a otro sin necesidad de seguir ningún orden.
Hablamos de viajes.
De infancia.
Y me gustó escuchar a Gonzalo hablar de futuro.
Porque ya no lo hacía con aquella actitud de hombre que vive siempre de paso.
Ahora hablaba de construir cosas.
De quedarse.
De apostar por proyectos.
De crear algo.
Y cada vez que lo escuchaba sentía que me gustaba un poco más.
Por la tarde nos llevaron hasta el extremo sur de la isla.
Allí se alzaba un antiguo faro sobre los acantilados.
Las vistas eran impresionantes.
Mar abierto.
Viento.
Cielo despejado.
Y un horizonte infinito.
Fue probablemente el lugar más bonito de todo el día.
Nos sentamos sobre unas rocas mientras el sol empezaba a descender lentamente.
Rubén estaba apoyado contra Samuel.
Álvaro tenía la cabeza sobre el hombro de Quique.
Y Gonzalo estaba sentado a mi lado, tan cerca que nuestros brazos se rozaban constantemente.
—¿Sabes qué es lo mejor de este viaje? —preguntó Rubén.
—Que no trabajamos —contestó Álvaro.
—Eso también.
—Que Samuel no puede organizar nada porque ya está organizado.
—Eso me parece aún mejor.
Las risas volvieron a llenar el grupo.
Y pensé que, probablemente, aquello era lo que hacía especiales ciertos viajes.
No los lugares.
No las fotografías.
Ni siquiera las actividades.
Sino la gente.
La sensación de compartir momentos con personas que te importaban.
La facilidad de reírte durante horas.
La tranquilidad de sentirte exactamente donde querías estar.
Cuando regresamos al hotel ya era de noche.
Las luces de Santorini brillaban sobre los acantilados.
El mar era una enorme extensión oscura salpicada de reflejos.
Y mientras caminábamos de vuelta hacia nuestras habitaciones, Gonzalo me pasó un brazo por los hombros.
—¿Buen día?
Giré la cabeza hacia él.
—Perfecto.
—Mañana intentaremos superarlo.
—Lo tienes difícil.
—Acepto el reto.
Y por alguna razón, viendo a nuestros amigos caminar delante mientras seguían discutiendo por las fotografías del día, tuve la sensación de que aquel viaje se nos iba a quedar pequeño.
Porque cuanto mejor lo pasábamos, más rápido parecía avanzar el tiempo.