Capítulo 28
El segundo día amaneció con un mensaje de Samuel a las siete y media de la mañana.
Por supuesto.
Porque el matrimonio no había conseguido curarle su enfermedad de organizador compulsivo.
"Desayuno en veinte minutos. El barco sale a las diez. Si alguien se queda dormido, que se fastidie."
Leí el mensaje todavía tumbada en la cama y negué con la cabeza.
A mi lado, Gonzalo abrió un ojo.
—¿Qué pasa?
—Samuel, que ya está con sus dotes de mando. Y eso que el militar es Quique.
—Samuel manda más.
—Nos amenaza con abandonarnos si no bajamos a desayunar pronto.
—Así me gusta, que los días comiencen sin presiones.
Me incorporé despacio mientras la luz de la mañana entraba por la cristalera de la habitación. El mar brillaba al fondo y durante unos segundos me quedé contemplándolo.
El lugar seguía pareciendo un sueño.
Y bastante caro para ser un sueño.
Quince minutos después estaba lista.
Había elegido un vestido corto color turquesa que resaltaba el bronceado que empezaba a aparecer después del primer día de sol.
Era ligero, fresco y se movía con cada paso gracias al viento que llegaba desde el mar.
Lo combiné con unas sandalias doradas, gafas de sol y un sombrero de ala media que me había empeñado en llevar desde Sevilla pese a las burlas generalizadas.
Cuando salí de la habitación encontré a Gonzalo esperando junto a la puerta.
Y tuve que admitir que empezaba a gustarme demasiado.
Porque ya era habitual.
Esperarme.
Buscarme.
Caminar conmigo.
Detalles pequeños.
Pero constantes.
Él llevaba una camisa amarillo pastel remangada, bermudas blancas y una expresión que me indicó enseguida que estaba evaluando el vestido.
—¿Qué?
—Estaba pensando que vas a provocar un accidente en alta mar.
—Anda ya, bobo.
—Ya verás cuando te vea Quique.
Quique efectivamente tardó unos tres segundos en reaccionar.
—Madre del amor hermoso, Marina. Si no fuera gay hasta la médula, no te digo lo que te haría.
Álvaro cerró los ojos.
—Por favor.
—¿Qué?
—Compórtate.
—Estoy siendo respetuoso.
La excursión salió desde el puerto antiguo y el barco era espectacular. Un gran catamarán blanco preparado para recorrer la caldera durante todo el día.
Nada más embarcar, Rubén empezó a sacar fotografías.
Samuel revisó el itinerario.
Quique pidió información sobre la comida.
Y Álvaro fingió no conocer a ninguno.
Todo seguía funcionando exactamente igual.
La navegación comenzó poco después.
El barco se deslizó sobre el agua dejando atrás el puerto mientras los acantilados de Santorini aparecían delante de nosotros.
Y sinceramente, era impresionante.
Desde el mar la isla parecía todavía más espectacular. Las casas blancas se aferraban a la roca volcánica como si hubieran crecido allí. Las terrazas, las iglesias y los hoteles se escalonaban sobre los acantilados formando una imagen imposible de olvidar.
—Vale —murmuró Quique—. Esto es obscenamente bonito.
—Llevas razón —admitió Samuel.
—Voy a hacer una foto.
—Qué sorpresa.
—¿Sabes qué? Te voy a bloquear.
—No serás capaz.
La primera parada fue en Nea Kameni, la isla volcánica situada en el centro de la caldera.
La caminata hasta el cráter provocó las primeras protestas.
Especialmente por parte de Álvaro.
—¿Por qué estamos subiendo?
—Porque el volcán está arriba.
—Podían haberlo construido más abajo.
—Voy a informar a las autoridades griegas de tu propuesta urbanística.
—Gracias.
—Siempre al servicio del desastre.
La subida mereció la pena.
Las vistas eran increíbles.
Mar por todas partes.
Las distintas islas repartidas alrededor.
Y Santorini elevándose sobre los acantilados blancos.
Cuando volvimos al barco el calor empezaba a apretar de verdad.
Y ahí llegó una de las mejores partes del día.
Las aguas termales.
El capitán detuvo la embarcación cerca de una zona donde el agua adquiría tonos rojizos y anaranjados debido a la actividad volcánica.
Varios pasajeros se lanzaron al mar.
Quique fue el primero.
Por supuesto.
Ni siquiera esperó.
Se quitó la camiseta y desapareció por la borda.
—¡Está fría!
—¡Acabas de tirarte!
—¡Necesitaba compartir la información!
Álvaro terminó saltando detrás de él.
Samuel y Rubén hicieron lo mismo.
Y Gonzalo me miró.
—¿Te vienes?
—Claro.
El agua estaba espectacular.
Pasamos una media hora nadando, riéndonos y dejándonos llevar por aquella sensación de libertad absoluta que solo aparece cuando estás de vacaciones de verdad.
En un momento dado terminé flotando boca arriba mientras observaba el cielo.
Y durante unos segundos me limité a disfrutar.
Sin prisas.
Sin planes.
Solo el mar.
Después llegó la comida a bordo.
Pescado.
Marisco.
Ensaladas.
Fruta fresca.
Y una cantidad indecente de pan según los estándares de Samuel, aunque realmente delicioso.
La sobremesa se alargó bajo el toldo principal mientras el barco continuaba recorriendo la caldera.
Más tarde navegamos frente a Oia.
Y resultó incluso más espectacular que el día anterior.
Ver las casas blancas suspendidas sobre el acantilado desde el mar producía una sensación completamente distinta.
El sol empezaba a bajar poco a poco.
El viento era agradable.
La música sonaba baja.
Y el ambiente tenía algo casi mágico.
Rubén estaba abrazado a Samuel.
Álvaro tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de Quique.
Y Gonzalo no parecía capaz de apartar demasiado tiempo los ojos de mí.
Cuando el sol comenzó a acercarse al horizonte, el barco redujo velocidad.
Todos los pasajeros se acercaron a la cubierta.
Y entonces apareció uno de esos atardeceres que justifican un viaje entero.
El cielo pasó del azul al dorado.
Luego al naranja.
Después al rosa.
El mar reflejaba todos aquellos colores mientras la silueta de Santorini se recortaba sobre el horizonte.
Durante unos segundos nadie dijo gran cosa.
No hacía falta.
Porque aquel paisaje ya ocupaba todo el espacio.
Y mientras Gonzalo rodeaba mi cintura y el resto de nuestros amigos seguían riendo unos metros más allá, pensé que aquel viaje estaba consiguiendo algo muy raro.
Que durante unos días todos dejáramos de preocuparnos por lo que vendría después.
Y eso, después de los últimos meses, era probablemente el mejor regalo posible.