Capítulo 27
Cuando llegué a la zona de restauración del complejo entendí definitivamente que Rubén y Samuel se habían tomado muy en serio aquello de regalar un viaje.
No era un restaurante al uso.
La terraza principal ocupaba uno de los puntos más altos del complejo y parecía suspendida sobre el mar.
Las mesas blancas se distribuían entre pérgolas cubiertas de buganvillas, pequeñas jardineras de lavanda y macetas de cerámica azul que combinaban con el color imposible del Egeo.
Más allá del borde de la terraza, el acantilado descendía hasta el agua en una caída espectacular, y durante unos segundos me quedé contemplando el paisaje antes incluso de buscar a los demás.
Santorini parecía incapaz de ser fea desde ningún ángulo.
Y eso empezaba a resultar evidente.
Los encontré en una mesa situada junto a la barandilla.
Por supuesto, Quique era el primero que vi.
Era imposible no verlo.
Llevaba una camisa estampada llena de hojas tropicales en tonos verdes y azules, unas gafas de sol colgadas del cuello y una expresión tan satisfecha consigo mismo que Álvaro ya parecía agotado.
—No me mires así —estaba diciéndole cuando me acerqué—. La gente elegante siempre es incomprendida en su tiempo.
—Van Gogh era incomprendido —contestó Álvaro—. Tú pareces un cóctel.
Rubén golpeó la mesa de la risa.
Samuel directamente tuvo que apartar el vaso.
—Lleva media hora intentando convencerme de que esa camisa está de moda.
—Porque lo está.
—En una isla donde vive exactamente nadie.
—Eso es envidia.
Yo ocupé mi asiento todavía riéndome.
—Yo estoy con Quique.
—Gracias.
—Porque si él va vestido de forma poco común es porque tiene personalidad.
—Por fin alguien inteligente.
Mi comentario le dio combustible para otra media hora.
Samuel levantó una mano.
—Vamos a pedir la comida antes de que esto vaya a más.
La aparición de Gonzalo, que se quedó haciendo una llamada, evitó cualquier respuesta.
Llegó unos minutos después y automáticamente varias cosas dejaron de tener importancia.
Llevaba una camisa blanca remangada, bermudas rosa palo y unas gafas de sol que terminó quitándose al acercarse a la mesa.
Nada extravagante.
Nada llamativo.
Y precisamente por eso estaba impresionante.
Porque Gonzalo tenía esa capacidad irritante de parecer atractivo sin proponérselo.
Me vio observándolo.
Sonrió.
Y se inclinó para besarme.
—Hola, preciosa.
—Hola, bombón.
—¿Ya están discutiendo?
—Desde antes de nacer.
—Perfecto. Todo en orden.
La comida dio paso a una sobremesa estupenda.
Pescado fresco.
Pulpo a la parrilla.
Ensaladas griegas enormes.
Quesos.
Pan caliente.
Vino frío.
Y una conversación que saltaba constantemente de un tema a otro.
Rubén y Samuel nos contaron detalles de la organización del viaje. Quique aseguró que estaba dispuesto a probar todos los postres de la isla. Álvaro respondió que aquello era una amenaza sanitaria. Gonzalo me abrazaba y parecía disfrutar más de mi felicidad que de la suya propia.
Porque le brillaban los ojos.
Porque cuando me miraba parecía olvidar cualquier reserva.
Y porque empezaba a gustarme muchísimo esa versión suya.
Después de la sobremesa caminamos un poco por el complejo, explorando terrazas, senderos y pequeños rincones escondidos entre los edificios blancos. Cada pocos metros aparecía una vista nueva del mar. Cada pocos metros Quique quería hacerse una fotografía.
Y cada pocos metros Álvaro amenazaba con abandonarlo allí mismo.
—Una más.
—No.
—La última.
—Llevas diciendo eso desde el aeropuerto de Sevilla.
—Porque aún no he encontrado mi perfil bueno.
—Tienes ya tus añitos para saberlo.
—Precisamente.
Terminamos pasando un rato junto a una de las piscinas infinitas del hotel.
El agua parecía fundirse con el horizonte y la sensación era tan espectacular que incluso Quique dejó el móvil a un lado durante un rato.
Yo me senté en el borde con los pies dentro del agua mientras Gonzalo ocupaba el espacio a mi lado.
Por delante teníamos el mar.
Por detrás, las voces de nuestros amigos.
Y durante unos minutos me limité a disfrutar.
De aquello.
Del viaje.
De él.
De todos nosotros.
Porque después de los meses anteriores resultaba agradable no tener ningún problema urgente que resolver.
Solo vacaciones.
Solo amigos.
Solo tiempo.
A media tarde decidimos acercarnos a Oia.
Y entonces llegó la parte de Santorini que todo el mundo conoce.
Las calles estrechas.
Las fachadas encaladas.
Las cúpulas azules.
Las buganvillas desbordando balcones y terrazas.
Las tiendas pequeñas.
Los cafés suspendidos sobre el acantilado.
Y el mar apareciendo constantemente entre los edificios.
Era imposible caminar diez metros sin querer detenerse.
Rubén y Samuel iban delante.
Álvaro y Quique detrás discutiendo sobre si necesitaban o no comprar unos imanes bastante caros.
Y Gonzalo y yo terminamos quedándonos un poco rezagados.
No porque lo buscáramos.
Simplemente ocurría.
—¿Te gusta? —preguntó él.
Miré alrededor.
Las casas.
Las flores.
La luz.
El mar.
—A más no poder.
Seguimos caminando despacio.
Entramos en algunas tiendas.
Compramos recuerdos.
Nos reímos de una camiseta espantosa que Quique insistía en probarse.
Y cuando quisimos darnos cuenta el sol empezaba a descender sobre el horizonte.
Aquello transformó la isla.
La luz cambió poco a poco.
Las fachadas blancas comenzaron a reflejar tonos dorados.
El mar se volvió más oscuro.
Y el cielo empezó a llenarse de colores imposibles.
Encontramos una terraza orientada hacia el oeste y nos sentamos allí para contemplarlo.
Durante unos minutos nadie habló demasiado.
No porque faltaran cosas que decir.
Sino porque el paisaje hacía gran parte del trabajo.
El naranja se mezcló con el rosa.
Luego apareció el violeta.
Y el sol terminó desapareciendo lentamente detrás del mar.
Rubén buscó la mano de Samuel.
Álvaro apoyó la cabeza sobre el hombro de Quique.
Y Gonzalo entrelazó sus dedos con los míos bajo la mesa.
Yo giré apenas la cabeza hacia él.
Y me encontré con que estaba observándome.
No el atardecer.
A mí.
Por delante seguía extendiéndose el mar.
Por detrás continuaban llegando las voces del resto.
Y mientras contemplaba aquel atardecer pensé que el viaje apenas llevaba unas horas y ya tenía algo especial.
Quizás era la isla.
Quizás la compañía.
O quizás la sensación de que todos estábamos exactamente donde queríamos estar.
Con las personas adecuadas.
En el momento adecuado.
Y con una semana entera todavía por delante.