Un error de lo más adictivo Capítulo 26
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Capítulo 26

El viaje empezó exactamente como todos esperábamos: con polémica sobre el equipaje y con Rubén y Samuel, cómplices, diciendo que ellos ya lo sabían.

Quique y yo aparecimos en la zona de facturación cargando unas maletas tan grandes que parecían pensadas para abandonar España y empezar una vida nueva en el Egeo.

La mía era de flores, enorme, preciosa y muy poco compatible con la idea de “una semana”.

La de Quique, negra, rígida y con cuatro ruedas que chirriaban con una dignidad cuestionable, avanzaba a su lado como un ataúd de lujo.

En cuanto los demás nos vieron, se quedaron mirándonos con esa mezcla de horror y felicidad que solo provoca una oportunidad clarísima de burla colectiva.

—No pienso aceptar críticas —anuncié, dejando la maleta en pie con esfuerzo.

—Ni yo —añadió Quique, colocándose a mi lado con gesto solemne—. Somos dos personas preparadas para la vida.

Samuel observó primero mi maleta y luego la suya, despacio, con la cara de quien intenta no herir sentimientos y fracasa por dentro.

—¿Cuántos días nos vamos?

—Siete —contestó Gonzalo, que llevaba una mochila y una maleta pequeña, lo cual me pareció una provocación.

—Entonces no entiendo qué vais a hacer los otros veintitrés días que habéis metido ahí dentro —remató Samuel.

Rubén se dobló de risa sobre el asa de su equipaje mientras Álvaro rodeaba la maleta de Quique, estudiándola con falsa seriedad.

—Cariño, dime la verdad. ¿Llevas una persona dentro?

—Llevo opciones —respondió Quique, ofendido—. La gente que no lleva opciones acaba comprándose camisetas horribles en tiendas de aeropuerto.

—Tú llevas cinco pares de zapatillas, al menos —dijo Álvaro.

—Cada actividad necesita su zapato.

—Vamos a Santorini, no a organizar unas olimpiadas.

—Nunca se sabe cuándo puede surgir una prueba de resistencia.

Yo le di una palmada en el hombro, agradecida por aquella alianza inesperada contra el resto del grupo.

—No nos entienden porque viajan sin ambición.

—Exacto —respondió él—. Son minimalistas emocionales.

Gonzalo me miró con una sonrisa que ya me conocía demasiado.

—¿Cuántos vestidos llevas?

—Los necesarios.

—Eso no es un número.

—Porque el arte no se cuantifica.

—Llevas más de veinte.

—Chivato…

La broma marcó el tono de la mañana. En el control de seguridad, Quique casi pierde un frasco y se lamentó porque decía tener valor sentimental.

Rubén tuvo que explicarle que la normativa aeroportuaria no se conmovía con dramas personales.

En la cafetería, Samuel intentó organizar los pasaportes y las tarjetas de embarque, pero a los tres minutos ya estaba desesperado porque Quique había guardado la suya dentro de una revista y yo había metido la mía en una funda del móvil que no era la mía, detalle que hizo que Gonzalo me mirara con una paciencia demasiado satisfecha.

—No digas nada —le advertí.

—No he abierto la boca.

—Te estás riendo con los ojos.

—No puedo controlar todos mis talentos.

El vuelo fue bastante más tranquilo de lo que merecíamos.

Quique se durmió antes de despegar y Álvaro aprovechó para hacerle varias fotos con la boca abierta, cosa que Rubén celebró como si acabara de encontrar material de chantaje para los próximos diez años.

Samuel revisó por enésima vez la reserva del hotel, Gonzalo sacó una libreta para apuntar ideas de su proyecto y yo terminé apoyada en su hombro, mirando por la ventanilla sin poder evitar esa sensación única de estar volando lejos con la gente que más quería.

Me gustaba ese viaje. Me gustaba el ruido de Rubén y Samuel discutiendo por las excursiones, la mano de Gonzalo rozando la mía sobre el reposabrazos, Álvaro tapando a Quique con una sudadera para que no cogiera frío y esa ligereza nueva que empezaba a instalarse entre nosotros después de unas semanas difíciles.

Matilde seguía apareciendo en las bromas, en los recuerdos y en los silencios pequeños, pero ya no de la misma forma. Ahora dolía y también acompañaba.

Cuando aterrizamos en Santorini, el cansancio desapareció de golpe.

El traslado desde el aeropuerto hasta el hotel nos dejó pegados a las ventanas de la furgoneta.

El paisaje era seco, luminoso, con casas blancas, caminos estrechos y ese azul del mar al fondo que parecía demasiado intenso para ser real.

Rubén iba señalándolo todo desde el asiento delantero, encantado de sí mismo por haber escogido aquel destino, mientras Samuel le pedía que no se atribuyera también la invención del Mediterráneo.

—Reconoce que he elegido bien —dijo Rubén, girándose hacia nosotros.

—Has elegido carísimo —contestó Álvaro.

—Eso también es una forma de elegir bien.

Quique, todavía medio dormido, levantó la cabeza justo cuando apareció la primera vista grande del acantilado.

—Vale. Retiro cualquier crítica. Esto es la bomba.

Y lo era.

El complejo estaba construido sobre una ladera blanca que descendía hacia el mar Egeo, con escaleras de piedra, terrazas privadas, buganvillas cayendo por las paredes y piscinas infinitas que parecían suspendidas sobre el horizonte.

No tenía aspecto de hotel enorme, sino de pequeño pueblo escondido, lleno de rincones deslumbrantes, puertas azules, cúpulas suaves y caminos estrechos por los que un empleado nos guio mientras nuestras maletas avanzaban detrás en un carrito eléctrico que parecía sufrir tanto como nosotros en el aeropuerto.

Las habitaciones estaban repartidas en tres suites cercanas entre sí, una para cada pareja.

La de Rubén y Samuel quedaba un poco más arriba, con una terraza enorme que Rubén ya estaba decorando mentalmente para una vida que no pensaba tener allí.

La de Quique y Álvaro tenía una pequeña piscina exterior protegida por muros blancos, detalle que provocó que Quique anunciara que no saldría de allí salvo por comida o catástrofe.

La nuestra estaba al final de un sendero estrecho, justo encima de una caída preciosa hacia el mar.

Entré detrás de Gonzalo y me quedé parada en mitad de la habitación.

Era espectacular sin resultar fría. Paredes encaladas, suelo de piedra clara, madera natural, una cama enorme vestida de blanco y una cristalera abierta hacia una terraza privada con dos tumbonas, una mesa baja y una pequeña piscina de hidromasaje mirando al Egeo.

El mar ocupaba todo el horizonte. No había forma de mirar hacia otro lado.

—No pienso volver —dije al fin.

Gonzalo dejó la maleta junto al armario y se acercó a la terraza.

—Abrimos una delegación del periódico aquí.

—Y yo una clínica dental para turistas con quemaduras solares.

—Plan sólido.

—Estoy de acuerdo.

Salimos fuera y nos quedamos unos minutos apoyados en la barandilla, viendo cómo la luz de la tarde empezaba a cambiar sobre las casas blancas y el agua.

Desde algún punto cercano llegó la voz de Quique gritando que su bañador “de estreno” estaba en el fondo de la maleta y que eso demostraba la importancia de llevar equipaje XXL.

Álvaro le respondió algo que no entendimos, pero sonó a paciencia agotada.

Rubén gritó desde su terraza que todos estuviéramos listos en media hora para brindar.

Gonzalo me rodeó por detrás con los brazos, sin decir nada durante un momento.

Y por una vez no hizo falta llenar el hueco con bromas.

A veces estar allí, en Santorini, con una semana por delante y los nuestros riéndose a pocos metros, era suficiente.

—¿Contenta? —murmuró junto a mi oído.

Miré el mar, las casas blancas, el cielo inmenso y después sus manos sobre mi cintura.

—¿A ti qué te parece?

Él me besó la sien antes de soltarme.

Y mientras entrábamos a deshacer las maletas (bueno, mientras él deshacía la suya en cinco minutos y yo intentaba justificar medio armario para siete días) pensé que aquel viaje tenía pinta de empezar muy bien.

Demasiado bien.

Y, sinceramente, después de todo lo que llevábamos encima, ya nos tocaba.