Capítulo 25
Cuando Rubén y Samuel nos citaron para cenar en su casa un viernes por la noche y se negaron a explicar el motivo, todos supimos que tramaban algo.
Porque eran incapaces de comportarse con normalidad cuando escondían una sorpresa.
Incapaces.
—¿Qué pasa? —preguntó Quique por el grupo de WhatsApp.
Samuel: "Nada."
Rubén: "Traed hambre."
Quique: "Eso ha sonado a secta."
Samuel: "Perfecto."
Y así llegamos todos aquella noche al ático que compartían desde la boda.
La casa ya parecía completamente suya. Habían llenado las paredes de fotografías del viaje de novios, recuerdos de Kenia y cuadros comprados durante la luna de miel.
Había jirafas de madera, una manta africana doblada sobre un sofá y hasta una foto enorme de ambos abrazados delante de un atardecer imposible.
—Esto parece una agencia de viajes —comentó Álvaro nada más entrar.
—Estamos monetizando el amor —contestó Rubén.
—Qué asco dais.
—Gracias.
Me reí mientras Gonzalo me rodeaba la cintura con un brazo y nos acercábamos a saludar.
Quique llegó cargado con una caja de pasteles porque, según él, nadie había demostrado todavía ser capaz de organizar una buena cena sin un final dulce.
Álvaro puso los ojos en blanco.
—Ha comprado tres docenas.
—Somos seis.
—Pues cabemos, más o menos, a un montón.
—No entiendo la matemática, no.
—Pues que nos vamos a hartar, a eso se reduce todo.
Aquello arrancó la primera carcajada de la noche.
Y sinceramente, era bonito escuchar a Quique reírse así otra vez.
Las semanas posteriores a la muerte de Matilde habían sido duras, pero poco a poco empezaba a parecer él mismo. Seguía teniendo momentos malos, claro, pero ya no vivía atrapado dentro de ellos.
La cena fue una maravilla.
Pizza casera.
Empanadas.
Croquetas.
Demasiada comida.
Y una conversación que saltaba de un tema a otro cada cinco minutos.
Samuel y Rubén contaron varias anécdotas más de Kenia, que se había convertido en un tema recurrente, pues parecía dar para mil reuniones.
Quique preguntó tres veces si las jirafas mordían.
Álvaro volteó los ojos y le recordó que no había bicho viviente que se atreviera a morderle a él.
Y Gonzalo terminó explicando la parte final del proyecto del periódico.
—¿Entonces ya tienes casi cerrado el equipo? —preguntó Samuel.
—Casi.
—¿Y cuándo arrancáis?
—Si todo va bien, dentro de unos meses.
—Los medio ricos vivís en una realidad alternativa. El resto necesitamos conocer las fechas exactas.
—Pues será eso, para qué lo vamos a discutir.
Yo sonreía escuchándolo hablar.
Porque seguía pasando lo mismo.
Cuando hablaba de aquello se le iluminaba la cara.
Y me encantaba verlo.
Al llegar los dulces, sin embargo, empezó a pasar algo raro.
Muy raro.
Samuel y Rubén intercambiaban miradas.
Sonrisas sospechosas.
Codazos.
Y los dos parecían contenerse para no decir algo.
—Vale —anunció finalmente Quique—. Hablad ya.
—¿De qué? —preguntó Samuel.
—Lleváis una hora comportándoos como dos concursantes de un reality .
Rubén se echó a reír.
—¿Tan evidente es?
—Evidentísimo —contestamos todos a la vez.
Samuel dejó el tenedor sobre la mesa.
Y entonces sonrió.
—Tenemos una sorpresa.
—Lo sabía —dijo Álvaro.
—¿Os ha tocado la lotería? —preguntó Quique.
—No.
—Entonces me interesa menos.
—Cállate.
Rubén desapareció un momento y volvió con seis sobres.
El gesto ya nos dejó completamente desconcertados.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Primero una pregunta.
—Miedo me da.
Samuel señaló alrededor de la mesa.
—¿Quién tendría problemas para cogerse unos días libres?
Nos miramos unos a otros.
—Yo no —contesté enseguida—. Trabajo con mi padre.
—Yo tampoco—dijo Gonzalo—. Estoy hasta arriba con el periódico, pero lo puedo aparcar.
Álvaro levantó la mano.
— Freelance. Es una de las pocas ventajas de ser autónomo.
Quique se unió a los comentarios.
—Yo puedo pedir unos días en el cuartel.
—Pues entonces, perfecto.
Samuel sonrió todavía más.
Y ahí ya sospeché que algo gordo venía.
—Abrid los sobres.
Lo hicimos todos a la vez.
Y durante tres segundos nadie habló.
Porque ninguno entendió lo que estaba viendo.
Luego sí.
Y casi me atraganto.
—¿Qué demonios...?
—No puede ser —murmuró Álvaro.
—¡No puede ser! —repitió Quique.
Dentro había billetes de avión.
Reservas de hotel.
Excursiones.
Y una portada enorme con una fotografía espectacular.
Santorini.
—¡¿Grecia?! —casi grité.
Rubén sonreía como un niño pequeño.
—Grecia.
—¿Santorini? —preguntó Gonzalo.
—Santorini.
—¿Los seis?
—Los seis.
Samuel levantó la copa.
—Una semana.
Quique abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
Y finalmente señaló a los dos.
—¿Estáis locos?
—De remate.
—¿Nos habéis regalado un viaje así por nuestra bonita cara?
—Más o menos sí, Quique. La gente se portó formidable en la boda y sacamos un buen beneficio económico. Y no se nos ocurre mejor idea que compartirlo una parte con vosotros.
—¿En un hotel de lujo con todo incluido?
—Eso también.
—Quiero llorar.
Pero en lugar de eso, todos optamos por reírnos.
Yo seguía mirando el contenido del sobre sin creérmelo.
Porque era una locura.
Una auténtica locura.
El hotel estaba en uno de esos acantilados blancos sobre el mar Egeo que parecían sacados de una postal. Había excursiones en barco, visitas a otras islas y varios días completamente libres para hacer lo que nos apeteciera.
—No podéis hacer esto —negué con la cabeza.
—Ya lo hemos hecho.
—Es muchísimo dinero.
Rubén se encogió de hombros.
—Nosotros ya tuvimos nuestro viaje de luna de miel a solas.
Samuel asintió.
—Y vosotros habéis estado ahí para todo. Incluso en los peores momentos nos hemos mantenido muy unidos, es una realidad.
La sonrisa se me borró un poco.
Porque entendí enseguida a qué se referían.
A Matilde.
A todo lo demás que conllevó su muerte.
—Así que ahora os toca venir de vacaciones con nosotros —terminó Samuel.
Quique se levantó de golpe.
—Os quiero muchísimo, de verdad. Y mira que a ti, Samuel, al principio te tenía una inquina que para qué, chaval, pero ahora me doy cuenta de que eres un tío cojonudo.
Y fue a abrazarlos a los dos.
Que lo hiciera provocó una reacción en cadena.
Álvaro terminó abrazando a Quique.
Yo a Samuel.
Rubén a cualquiera que pasara cerca.
Y Gonzalo acabó atrapado en medio de los abrazos generales.
—Esto es invasión física —protestó.
—Te aguantas —le contesté.
Después pasamos casi dos horas imaginando el viaje.
Las playas.
Los barcos.
Las puestas de sol.
Las tabernas griegas.
Quique juró que iba a aprender griego en tres semanas.
Álvaro aseguró que bastante tenía con defenderse en inglés y a lo justo, que el griego era un galimatías.
Y Gonzalo terminó acercándose a mí mientras los demás seguían discutiendo.
—¿Te hace ilusión?
Lo miré.
Luego volví a mirar los billetes.
Y sonreí.
—No sabes cuánta.
Él me rodeó la mano con la suya por debajo de la mesa.
Y pensé que el futuro sonaba realmente bien.