Un error de lo más adictivo Capítulo 24
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Capítulo 24

Las semanas siguientes fueron bonitas.

Así de simple.

Bonitas.

Y quizás por eso me costaba tanto explicarlas.

Porque no pasó nada espectacular.

Nadie se declaró bajo las estrellas.

Nadie tomó aviones para cruzar medio mundo.

No hubo grandes discursos.

Ni promesas.

Ni etiquetas.

Solo una sucesión de días buenos que empezaron a encajar unos con otros hasta convertirse en algo que ya formaba parte de mi vida.

Gonzalo también formaba parte de ella.

Cada vez más.

Aparecía por la clínica para recogerme cuando terminaba tarde.

Me esperaba tomando café en alguna cafetería cercana mientras yo terminaba de atender un paciente complicado.

Me llamaba por las noches para contarme cómo iba su proyecto del diario digital, que empezaba a tomar forma poco a poco.

Y yo terminaba escuchándolo durante horas.

Porque le brillaban los ojos cuando hablaba de aquello.

Muchísimo.

Era una mezcla curiosa de periodista y emprendedor. Pasaba media conversación hablando de líneas editoriales, publicidad, colaboradores y modelos de negocio, y la otra mitad quejándose porque todavía no conseguía decidir el color definitivo de la cabecera.

—Llevas tres semanas cambiando el color.

—Porque es importante.

—Es un logo.

—Es identidad corporativa.

—Es un dibujito.

—No voy a seguir hablando contigo.

Aquello terminaba siempre igual.

Yo riéndome.

Y él fingiendo indignación.

Una tarde me recogió en la clínica y apareció con una bolsa enorme de dulces.

—¿Qué es eso?

—Una investigación periodística.

—¿Sobre qué?

—Sobre si las palmeras de chocolate mejoran la salud mental.

—¿Y tus conclusiones?

—Necesito más muestras.

—Qué científico todo.

Nos sentamos en un banco junto al río y pasamos más de una hora hablando de nada.

De absolutamente nada.

Y aquello me encantaba.

Porque Gonzalo escuchaba.

De verdad.

No esperaba su turno para hablar.

No intentaba arreglar cada problema.

Simplemente escuchaba.

Le conté historias de la clínica.

Pacientes imposibles.

Niños que mordían a los dentistas.

Madres más nerviosas que sus hijos.

Y él parecía disfrutarlo todo.

Como si cualquier cosa que yo contara le interesara más que nada en el mundo.

A cambio, me hablaba de su madre.

De Samuel.

Del periódico.

De la vida en general.

Y poco a poco fui descubriendo una versión de Gonzalo que no conocí en Madrid.

Una mucho más tranquila.

Más sincera.

Más vulnerable.

Un sábado por la mañana incluso me acompañó a hacer la compra, que mi madre me encargó.

Y aquello debería aparecer en algún estudio científico.

Porque nunca había conocido a nadie capaz de convertir la compra semanal en un espectáculo. Me hizo reír en cada pasillo y no hubo rincón en el que dejara de besarme.

Otro día apareció en la clínica con una botella de mi refresco preferido helado porque sabía que al salir recibiría una bofetada de calor.

Y otro me dejó una nota en la recepción de la clínica, por suerte metida en un sobre.

"Tu admirador secreto es guapísimo."

Todavía me reí sola durante diez minutos.

Y yo también empecé a tener detalles con él.

Le enviaba artículos que podían servirle para el periódico.

Le compraba las empanadas que más le gustaban cuando pasaba por alguna empanadería.

Cosas pequeñas.

Pero importantes.

Porque nacían solas.

Una noche quedé con Valeria para cenar.

Hacía semanas que no teníamos una conversación tranquila las dos solas.

Nos sentamos en una terraza muy cuca y apenas habíamos pedido las bebidas cuando ella me señaló con el dedo.

—Suéltalo.

—¿Qué?

—Todo lo de Gonzalo.

—No sé de qué me hablas.

—Y yo me chupo el dedo.

—Vale, sí sé de qué me hablas.

Valeria soltó una carcajada.

—Menos mal porque, si es necesario, te lo saco a punta de pistola.

Me acomodé mejor en la silla mientras intentaba encontrar una forma de explicarlo.

Y sinceramente, no era fácil.

Porque ni yo misma tenía muy claro qué éramos.

—¿Estáis juntos?

Me quedé pensándolo unos segundos.

—No lo sé.

—Eso no sacia mi curiosidad.

—Ya.

—Entonces, afina un poco, que es gratis.

Sonreí.

Porque la verdad era mucho más sencilla.

—Creo que tengo algo parecido a un novio, sí.

Valeria dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Algo parecido?

—Sí.

—Esa definición es horrible.

—Es la que puedo dar ahora mismo.

—¿Y él qué opina?

—Supongo que lo mismo, pero en versión novia.

Me eché a reír.

—Es que es verdad. No hemos hablado de nada de eso.

—¿Y te preocupa?

Pensé la respuesta unos segundos.

Y me sorprendió encontrarla tan rápido.

—No. En absoluto.

Valeria levantó una ceja.

—¿No?

Negué despacio.

—Estoy bien. Esta vez no necesito ponerle etiquetas a priori. Nos estamos conociendo. Conociendo de verdad.

Y así era.

Porque no sentía necesidad de correr hacia ningún sitio.

Ni de poner nombres.

Ni fechas.

Ni expectativas.

Simplemente estaba bien.

—¿Te gusta mucho? —preguntó ella.

Miré el río unos segundos antes de responder.

—Sí.

—¿Mucho mucho?

Sonreí.

—Bastante bastante.

Valeria apoyó una mano sobre la mía.

—Pues disfrútalo. Es lo único que puedo aconsejarte.

Y eso era exactamente lo que estaba haciendo.

Disfrutarlo.

Disfrutar de Gonzalo llevándome un café cuando tenía una mala mañana.

De las llamadas a cualquier hora.

De sus ideas brillantes para el periódico.

De sus bromas.

De cómo se había volcado con Quique sin esperar nada a cambio.

De cómo preguntaba por mi día y ponía las antenas con toda la atención.

De cómo me hacía sitio en su vida sin necesidad de anunciarlo.

Aquella noche, al volver a casa, encontré un mensaje suyo.

Gonzalo: "¿Qué tal la cena?"

Sonreí automáticamente.

Marina: "Bien."

Gonzalo: "Eso no es información."

Marina: "Valeria cree que eres mi novio."

La respuesta tardó apenas unos segundos.

Gonzalo: "¿Y tú qué le has dicho?"

Me quedé mirando la pantalla.

Sonriendo sola.

Y escribí la verdad.

Marina: "Que tengo algo parecido."

La respuesta llegó casi de inmediato.

Gonzalo: "Me parece una definición bastante buena."

Y no sé por qué.

Pero aquella frase me hizo feliz durante el resto de la noche.

Porque, por ahora, aquello era suficiente.

Y porque los dos parecíamos estar disfrutando exactamente del mismo momento.