Un error de lo más adictivo Capítulo 23
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Capítulo 23

La semana después del entierro tuvo algo de turbio.

Algo de suspendido.

Como si todos intentáramos volver a la vida normal fingiendo que sabíamos hacerlo.

Pero nadie sabía.

Porque Matilde había estado demasiado presente en nuestras vidas como para desaparecer sin dejar un agujero enorme detrás.

Así que, casi sin hablarlo, empezamos a organizarnos alrededor de Quique.

Un día cenábamos todos con él.

Otro lo obligábamos a salir a tomar algo.

Otro aparecía alguien en su casa con comida “porque sí”.

Y poco a poco aquella especie de red improvisada empezó a sostenerlo.

No del todo.

Claro que no.

Pero sí lo suficiente para que dejara de mirarlo todo con esa expresión perdida que tuvo los primeros días.

Uno de los días quedamos en casa de Rubén y Samuel.

Yo llegué directamente desde la clínica todavía agotada y me encontré a Gonzalo ya allí, sentado en el suelo del salón con Quique y Álvaro mientras intentaban montar una mesa auxiliar que Rubén había comprado por Internet.

—¿Por qué tiene piezas de sobra? —protestó Quique.

—Porque la habéis montado mal —contestó Samuel desde la cocina.

—No la hemos montado mal. La mesa es clasista.

Álvaro sonreía apoyado sobre el sofá mientras Gonzalo revisaba las instrucciones con una paciencia sospechosamente adulta.

—Esto va aquí.

—No.

—Quique.

—No me hables en tono ingeniero.

Me quedé observándolos desde la puerta unos segundos.

Y ahí volvió a sorprenderme.

Gonzalo.

Porque se había implicado muchísimo con Quique.

Muchísimo más de lo que esperaba.

Y además lo hacía sin forzarlo. Sin ponerse intenso. Sin dar discursos. Simplemente estaba ahí constantemente. Ayudando. Escuchando. Sacándolo de casa. Aguantándole incluso los momentos malos sin perder la paciencia.

Y sinceramente, eso empezaba a parecerme más que interesante.

—¿Qué haces parada ahí? —me preguntó Rubén apareciendo con una bandeja de bebidas.

—Estoy evaluando si esa mesa sobrevivirá.

—Yo he apostado dinero a que no.

Efectivamente no sobrevivió.

Cinco minutos después se inclinó hacia un lado y terminó cayendo sobre el pie de Samuel.

—¡Me habéis roto un dedo!

—Eso dicen todas las víctimas del capitalismo sueco —contestó Quique.

Y aquella fue la primera vez que le escuché bromear casi como antes.

Lo notamos todos.

Porque hubo un segundo raro de alivio colectivo en el salón.

Más tarde terminamos cenando pizza en la terraza mientras Sevilla seguía mostrando por qué era especial, y no solo en lo del color. Quique estaba más animado, aunque a ratos seguía quedándose callado mirando el móvil.

Seguramente esperando todavía algún audio de Matilde.

En un momento dado enseñó una foto antigua en la que ella aparecía vestida de flamenca junto a un señor con bigote gigantesco.

—¿Quién es ese? —preguntó Gonzalo.

—Un novio que tuvo dos meses.

Samuel soltó una carcajada.

—¿Dos meses? Eso es estabilidad para Matilde.

—Le dejó porque decía que besaba “sin entusiasmo”.

Yo terminé atragantándome de la risa y Gonzalo apoyó la cabeza contra mi hombro mientras se reía también.

Y vaya tela.

Hasta eso hacía bien.

Otro día volvimos a quedar. Esta vez en casa de Quique, porque Álvaro decía que si lo dejaba mucho rato solo terminaba viendo vídeos de colocar bombillas y llorando.

Cuando llegamos, Gonzalo apareció cargando con dos bolsas enormes del supermercado.

—¿Qué has comprado?

—Comida.

—¿Para cuántas personas?

—No sé. Me entró estrés nutricional.

Quique levantó una ceja desde el sofá.

—¿Has traído Filipinos?

—Tres cajas.

—Te quiero muchísimo.

—No más que Álvaro, cálmate.

Aquello hizo reír a Álvaro.

Y otra vez me pasó lo mismo.

Miré a Gonzalo y sentí algo raro dentro.

Porque el hombre que conocí en Madrid parecía incapaz de construir nada emocional con nadie.

Y sin embargo allí estaba.

Cocinando pasta para todos.

Discutiendo con Quique porque quería pedir hamburguesas además.

Escuchándolo hablar de Matilde durante horas sin cansarse ni una sola vez.

Más tarde terminé sola con él en la cocina mientras los demás discutían qué película ver.

Gonzalo estaba sacando platos del lavavajillas cuando lo miré.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Algo…

Me apoyé en la encimera cruzándome de brazos.

—No te imaginaba así.

Él sonrió apenas.

—Últimamente me dices mucho eso.

—Porque últimamente me sorprendes a menudo.

—Espero que para bien.

Solté aire por la nariz.

—Mucho para bien.

Y ahí sí se quedó callado un segundo.

—Quique me cae muy bien —dijo al final—. Y además… no sé. Creo que cuando alguien pierde a una persona así necesita notar que los demás siguen ahí. Aunque sea para decirte majaderías.

—Ya. Pero podrías limitarte a aparecer un rato y ya está. Y haces mucho más.

—¿Y dejaros solos montando muebles? Ni loco.

Me reí.

Luego bajé un poco la voz.

—En serio, Gonzalo. Lo estás haciendo muy bien.

Él dejó un plato sobre la encimera despacio antes de mirarme.

—Mi madre lo pasó fatal muchas veces cuando mi padre desaparecía o montaba una de las suyas. Y recuerdo perfectamente quién estuvo y quién no. Supongo que esas cosas se te quedan.

Aquello me provocó olas por dentro.

Porque lo dijo sin dramatismo.

Solo como una verdad pequeña.

Y creo que ahí terminó de pasarme algo curioso.

Porque una cosa era sentirme atraída por él.

Eso llevaba ocurriendo desde Madrid.

Pero otra muy distinta era empezar a admirarlo.

Y madre mía.

Eso sí daba miedo.

Cuando volvimos al salón, Quique estaba enseñándole a Samuel un audio antiguo de Matilde.

—¡Sube el volumen!

La voz de Matilde llenó la habitación inmediatamente: “Samuel, cariño, deja de comprarte pantalones tan estrechos, que pareces un lomo embuchado.”

Rubén cayó doblado sobre el sofá riéndose.

Samuel gritó indignado.

Álvaro terminó llorando de la risa.

Y Quique…

Quique volvió a reírse de verdad.

No a mandíbula batiente.

Pero sí lo suficiente para que todos respiráramos un poco mejor.

Yo giré la cabeza hacia Gonzalo entonces.

Y él ya me estaba mirando.

Con esa expresión tranquila suya que últimamente aparecía cada vez más.

Levantó apenas la cerveza hacia mí.

Y mientras lo veía allí, integrado entre todos, cuidando de la gente que yo quería como si llevara años haciéndolo, pensé algo que me asustó bastante.

Que empezaba a enamorarme de Gonzalo Rivelles muchísimo más de lo previsto.