Un error de lo más adictivo Capítulo 22
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Capítulo 22

Estábamos haciendo las maletas cuando sonó mi teléfono.

Yo estaba arrodillada sobre la cama intentando cerrar el equipaje mientras Gonzalo doblaba camisetas con ese relax que parecía mantener incluso en mitad de un terremoto.

—No entiendo cómo haces eso.

—¿Qué cosa?

—Doblar ropa sin acabar peleado con ella.

—Años de práctica.

—Yo creo que haces brujería.

El móvil empezó a vibrar otra vez sobre la mesilla.

Miré la pantalla.

Quique.

Sonreí automáticamente.

—A ver qué diantres quiere ahora.

Descolgué todavía riéndome.

—¿Qué pasa, pesado? ¿Es que no puedes vivir dos días sin mí?

Pero se me congeló la sonrisa al instante.

Porque Quique estaba llorando.

No llorando normal.

Llorando roto.

Ahogado.

Con esos hipidos horribles de quien apenas consigue respirar.

Me incorporé de golpe.

—¿Quique?

Gonzalo levantó la cabeza enseguida al verme la cara.

—¿Qué pasa?

Yo levanté una mano para que esperara.

—Quique, cariño, ¿qué ha pasado?

Al otro lado solo se escuchaban respiraciones entrecortadas.

Y entonces entendí mal.

Claro que entendí mal.

Porque lo primero que pensé fue en Álvaro.

—¿Es Álvaro? —pregunté aterrorizada—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás?

Quique rompió a llorar todavía más.

—No… no… Marina…

Se me heló el cuerpo entero.

—Háblame, por favor.

Y entonces lo soltó.

—Mi abuela.

Sentí el golpe dentro del pecho incluso antes de entender del todo las palabras.

—¿Matilde?

—Se ha muerto…

Tuve que sentarme en la cama porque las piernas dejaron de sostenerme.

No.

No podía ser.

Matilde no.

Gonzalo ya estaba frente a mí.

—¿Qué pasa?

Levanté la vista hacia él completamente blanca.

—Matilde.

Vi cómo la expresión se le caía al instante.

—¿Qué?

Volví al teléfono enseguida.

—Quique, ¿qué ha pasado?

Él seguía llorando.

—Se le ha parado el corazón… yo… joder… ella estaba en su casa…

Y de repente, en mitad de aquel horror, añadió algo tan absolutamente Matilde que me echó a llorar todavía más fuerte.

—La he encontrado subida en una silla… intentando cambiar una bombilla del lavadero… llevaba puestas unas gafas de bucear porque decía que el polvo le irritaba los ojos…

Me tapé la cara con la mano.

Dios mío.

Claro que llevaba gafas de bucear.

Claro que sí.

—Y tenía la bata esa horrorosa de flamencos rosas… —continuó entre sollozos—. Y unas crocs verdes… joder, Marina…

Era lo que tenía Quique, que detallaba las cosas de un modo que te dejaba sin palabras, porque resultaba esperpéntico cómo las contaba.

Yo también lloraba.

A lágrima viva.

Porque era horrible.

Y al mismo tiempo tan absurdamente Quique que dolía todavía más.

Gonzalo se agachó delante de mí enseguida.

—¿Qué necesita?

Negué con la cabeza intentando respirar.

—Quiere… quiere que vayamos…

Él asintió antes incluso de que terminara la frase.

—Vale.

Ya estaba cogiendo las llaves del coche.

—Quique —dije intentando mantener la voz firme—. Escúchame. Nos ponemos ya en carretera. ¿Vale? Ya mismo.

—No quiero estar aquí solo…

Aquello me rompió completamente.

—No vas a estar solo. Te lo prometo.

—Álvaro viene de camino… y Samuel y Rubén también…

—Perfecto. Nosotros llegamos en un rato.

La llamada terminó poco después porque Quique volvió a derrumbarse llorando y apenas podía hablar ya.

Me quedé sentada en la cama con el móvil todavía en la mano.

Sin reaccionar.

Sin creérmelo.

Gonzalo terminó de cerrar las maletas en silencio mientras yo intentaba dejar de llorar y no podía.

—No me lo creo… —murmuré.

Él vino hacia mí inmediatamente y me abrazó fuerte.

—Es normal.

—Hace unos días estaba liándola parda en la piscina…

Gonzalo cerró los ojos apenas un instante.

—Lo siento, bonita.

Me aparté un poco para mirarlo.

—¿Cómo puede pasar algo así tan rápido?

No contestó enseguida.

Porque no había respuesta buena.

El viaje de vuelta a Sevilla fue horrible.

Silencioso.

Pesado.

Ya no había música ni bromas ni canciones gritadas al aire. Solo carretera, calor y esa sensación espantosa de que algo importante acababa de romperse.

Yo lloraba a ratos mirando por la ventanilla.

Porque Matilde era imposible de imaginar muerta.

Porque todavía escuchaba perfectamente su voz diciendo barbaridades.

Porque podía verla entrando con la jarra gigante de salmorejo o gritándole cosas a Quique desde la piscina.

Y porque la imagen de ella subida en aquella silla con gafas de bucear era tan ridícula y tan suya que dolía muchísimo.

—Se enfadaba porque decía que nadie le cambiaba las bombillas bien… —murmuré entre lágrimas.

Gonzalo me acarició la mano despacio desde el volante.

—Era imposible llevarle la contraria.

—Y las crocs verdes…

Él soltó aire por la nariz, una mezcla entre risa rota y tristeza.

—Horribles.

—Espantosas.

Y aquello nos hizo llorar otra vez.

Porque el dolor también tenía esas cosas raras.

Al rato llamó Samuel.

Gonzalo puso el manos libres.

—¿Dónde estáis?

—Entrando ya en Sevilla —contestó él.

La voz de Samuel sonaba completamente rota.

—Quique está fatal.

—¿Y Álvaro?

—Pegado a él desde que llegó. No se separa ni un segundo.

Después habló Rubén.

—No para de repetir que esta mañana discutió con ella porque Matilde quería abrirse TikTok.

Me tapé la boca llorando otra vez.

Claro.

Por supuesto que Matilde quería TikTok.

—Dice que le comentó que le faltaba un tornillo y que ahora se siente culpable —continuó Samuel.

—Eso no significa nada —contesté enseguida—. Ellos discutían por tonterías todos los días.

—Ya… pero está destrozado.

Cuando entramos en Sevilla ya era completamente de noche.

Y ver las luces del tanatorio me dio un vuelco horrible en el estómago.

Gonzalo aparcó despacio y se quedó un segundo quieto antes de mirarme.

Yo tenía los ojos hinchados de llorar.

—¿Preparada?

Negué inmediatamente.

—No.

Él me acarició la mejilla con suavidad.

—Yo tampoco.

Entramos juntos.

Y lo primero que vi fue a Quique.

Estaba sentado al fondo de la sala abrazado a Álvaro, completamente roto. La camisa arrugada, los ojos hinchados y esa expresión devastada de quien todavía no entiende cómo el mundo puede seguir funcionando después de perder a alguien.

Samuel estaba sentado a un lado.

Rubén tenía una mano apoyada sobre el hombro de Quique.

Y en cuanto él me vio entrar, rompió a llorar otra vez.

Fui directa hacia él sin pensar.

Y Quique prácticamente se lanzó a abrazarme.

—No quería que se muriera nunca… —sollozó.

Lo abracé tan fuerte como pude mientras notaba cómo le temblaba todo el cuerpo.

Y sinceramente, creo que ninguno de nosotros quería dejar marcharse a Matilde todavía.

Nos quedamos con Quique toda la noche.

No hizo falta hablarlo.

Simplemente ninguno tuvo cuerpo para marcharse después de verlo así.

El tanatorio fue llenándose poco a poco mientras pasaban las horas.

Vecinos, familiares lejanos, antiguos compañeros de trabajo de Matilde, amigos de la familia, incluso dos señoras del club de pádel que llegaron llorando y repitiendo que “aquella mujer era irrepetible”. Y sinceramente, llevaban razón.

Yo no dejaba de mirar la foto colocada junto a las flores.

Matilde sonriendo.

Claro.

Porque hasta para la foto del tanatorio parecía haberse negado a ponerse seria.

Quique estaba completamente roto. A ratos se quedaba callado mirando al suelo y al minuto siguiente volvía a llorar de golpe, sin control ninguno.

Álvaro no se separaba de él ni medio metro.

Le llevaba agua, le obligaba a sentarse, le sujetaba la mano constantemente y hasta le limpiaba la cara con una paciencia infinita cada vez que volvía a derrumbarse.

Y verlo así con él hacía todavía más doloroso todo.

Samuel y Rubén llegaron antes que nosotros y seguían allí, aguantando el tipo, todavía vestidos como habían salido de casa, a la carrera.

Rubén tenía los ojos hinchados también. Aunque Matilde no fuera su abuela, llevaba demasiados años formando parte de nuestras vidas como para no sentir aquello igual de cerca.

Mis padres aparecieron algo después junto a mis tíos.

Mi madre me abrazó fuerte nada más verme.

—Ay, cariño…

Y luego fue directa hacia Quique.

—Ven aquí, mi niño.

Quique volvió a romperse solo al escuchar eso. Se agarró a Sonsoles como si volviera a tener diez años y ella le acariciaba el pelo intentando no llorar también.

—No quería dejarla sola hoy… —sollozaba—. Tenía que haber ido antes… tenía que…

—No digas eso —contestó mi madre enseguida—. No puedes hacerte daño así.

Pero él seguía atrapado en esa culpa absurda que aparece cuando alguien se va de repente.

Más tarde, sentados todos alrededor de una mesa llena de cafés fríos y vasos de agua a medias, Samuel encontró en el bolso de Matilde una libreta pequeña llena de notas escritas a mano.

—Mirad esto…

La abrió despacio.

Y allí estaban sus listas.

“Comprar pilas.”

“Preguntar a Quique cómo se borra Netflix.”

“Aprender a usar emojis sexis.”

Rubén soltó una carcajada rota.

Yo me tapé la cara llorando y riéndome al mismo tiempo.

—Dios mío…

—¿ Emojis sexis? —repitió Gonzalo.

Samuel pasó página.

—Hay más.

Carraspeó antes de leer.

—“No dejar que me consideren vieja.”

Quique empezó a llorar otra vez.

Pero esta vez también sonrió un poco.

Y sinceramente, creo que todos necesitábamos eso.

Que Matilde siguiera llenándolo todo incluso desde el desastre.

Salimos del tanatorio ya por la mañana y nos fuimos con Quique a casa de su abuela porque no podía entrar allí solo.

La bata de flamencos colgada detrás de una puerta.

Un abanico encima del sofá.

Las gafas de buzo tiradas sobre una mesa.

Y aquella sensación horrible de que ella iba a aparecer en cualquier momento gritando porque alguien había dejado luces encendidas.

Quique se quedó parado en mitad del salón mirando alrededor.

Y ahí volvió a hundirse.

—Ayer estaba aquí… viendo una serie horrible de médicos…

Álvaro lo abrazó enseguida por detrás.

—No te mortifiques.

—Y me preguntó si Botox llevaba tilde… joder…

Ya ni podía hablar.

Terminamos todos sentados en el salón, agotados, medio rotos y sin ganas de dar ni una cabezada. Gonzalo preparó café aunque nadie lo quería realmente.

Y mientras tanto, Quique seguía pegado a Álvaro.

En un momento dado levantó la cabeza de golpe.

—No quiero dormir. En un rato es el funeral.

Álvaro le acarició la nuca despacio.

—Tienes que descansar un poco.

—¿Y si me despierto y esto sigue siendo verdad?

Aquello dejó la casa completamente muda.

Rubén cerró los ojos.

Samuel se tapó la cara un instante.

Y yo terminé abrazándome a Gonzalo porque sentía el pecho completamente roto.

Quique estaba agotado.

Tenía los ojos completamente perdidos.

Álvaro lo consolaba.

Quique lo miró con una tristeza tan enorme que dolía.

—No te vayas.

Álvaro le cogió la cara entre las manos inmediatamente.

—No voy a irme a ningún sitio.

Y aquello fue tan bonito y tan devastador al mismo tiempo que Rubén volvió a echarse a llorar.

Nos marchamos a casa a vestirnos para el funeral, con la idea de vernos unas horas después.

—Os llamo si pasa cualquier cosa —prometió.

Pero antes de irnos volví la cabeza desde la puerta y vi a Quique medio dormido ya sobre el pecho de Álvaro mientras él le acariciaba el pelo despacio en mitad del sofá.

Y ahí entendí que probablemente Matilde habría estado tranquila sabiendo que no iba a quedarse solo.

El entierro fue al poco.

Durísimo.

La iglesia estaba llena hasta arriba porque Matilde conocía literalmente a media Sevilla. Hubo flores, abrazos interminables y anécdotas simpatiquísimas contadas entre lágrimas.

Cuando llegó el momento de cerrar el ataúd antes de salir hacia el cementerio, Quique apareció con una bolsa en la mano.

Samuel lo miró confundido.

—¿Qué haces?

Quique lloraba otra vez.

Pero también tenía una sonrisa pequeña y rota.

—Ella quería llevarse esto.

Sacó las gafas de bucear.

Las famosas gafas del lavadero.

Yo tuve que taparme la boca.

Rubén soltó aire intentando no llorar otra vez y Gonzalo cerró los ojos un instante porque estaba exactamente igual.

—Quique… —murmuró Álvaro.

—Decía que eran muy útiles y que se las llevaría para el otro mundo.

Y antes de que nadie pudiera detenerlo, las dejó dentro del ataúd junto a ella.

Hubo un silencio absoluto.

Hasta el sacerdote terminó sonriendo.

Porque sinceramente, no existía despedida más Matilde que marcharse equipada para limpiar bombillas submarinas.

La tarde después del entierro fue todavía más rara.

Más vacía.

Porque cuando pasa todo el movimiento, toda la gente y todo el caos, llega el momento verdadero del duelo. Ese en el que la persona sigue sin estar y la casa empieza a notarlo.

Nos quedamos todos con Quique otra vez. Pedimos comida porque nadie tenía fuerzas para cocinar y terminamos repartidos por el salón, agotados, hablando de Matilde durante horas.

De sus frases.

De sus broncas.

De las veces que se inventaba enfermedades para llamar la atención.

De cómo intentó aprender alemán por YouTube.

Incluso Gonzalo terminó riéndose recordando cuando Matilde le preguntó si “besaba igual de bien que parecía”.

—Yo quería morirme aquel día —murmuró él.

—Y ella encantada —contesté.

Quique lloraba y reía al mismo tiempo escuchándonos.

Y quizás aquello ayudaba un poco.

Que Matilde siguiera viva en las historias.

Cuando cayó la noche otra vez, Álvaro le dio una pastilla para dormir porque llevaba más de treinta horas prácticamente sin descansar.

Quique estaba tumbado en el sofá con la cabeza sobre sus piernas mientras Álvaro le acariciaba el pelo.

—No quiero que mañana todo siga igual de vacío —susurró.

Álvaro se inclinó enseguida hacia él.

—Pues yo voy a seguir aquí.

—¿Seguro?

—Seguro.

Le besó la frente despacio antes de añadir: —No voy a separarme de ti, Quique. Ni ahora ni después.

Y creo que todos respiramos un poco mejor al escucharlo.

Porque no solucionaba nada.

Pero al menos significaba que no iba a pasar aquello solo.