Capítulo 21
La última mañana en Tarifa amaneció luminosa, despejada y espectacular.
De esas mañanas que ya empiezan dando pena porque sabes que se van a terminar.
Me desperté antes que Gonzalo otra vez, aunque esta vez no me moví enseguida. Me quedé abrazada a él, con la pierna entrelazada con la suya y la cara escondida contra su pecho mientras escuchaba el ruido lejano del mar entrando por la terraza abierta.
Él seguía dormido.
O eso creí.
Porque unos segundos después habló con la voz rota de sueño.
—Si me sigues mirando así voy a empezar a cobrarte.
Sonreí contra su piel.
—Eres insoportable incluso dormido.
—Y tú demasiado guapa a las nueve de la mañana. No es natural.
Levanté un poco la cabeza para mirarlo y Gonzalo abrió los ojos despacio, todavía medio dormido, con el pelo revuelto y esa calma que le aparecía solo cuando bajaba completamente las defensas.
Y madre mía.
Aquello era peligrosísimo.
—¿Qué plan tienes hoy? —le pregunté.
Él sonrió apenas.
—Bolonia. El paraíso en la Tierra.
Un rato después, ya estábamos camino de la playa, gozando de un sol que lo llenaba todo de ese brillo brutal de Cádiz que parece inventado. Íbamos en coche, escuchando música para no variar.
Cuando empezó Me Matas Ian Lucas x Lukas Urquijo él negó con la cabeza.
— Tú morirás primero —canté.
—Tú te inventas la letra.
—Eso es creatividad.
—Eso es fantasía.
—El arte no se entiende en el momento.
—Ni después.
Le di un golpe pequeño en el brazo y él se rio antes de acercarse un segundo para besarme la mano.
Bolonia estaba preciosa.
El agua parecía casi transparente y el viento movía la arena de las dunas como si todo estuviera en movimiento constante. Había menos gente de la que esperaba y el ambiente seguía teniendo algo salvaje, distinto al resto de playas.
—Vale —murmuré bajando del coche—. Me quiero quedar aquí a vivir.
—Lo suponía.
Nos pasamos la mañana entera haciendo exactamente lo que nos daba la gana.
Sin plan.
Sin reloj.
Sin pensar demasiado.
Nos bañamos mil veces, caminamos por la orilla, nos tumbamos al sol y terminamos subiendo la duna enorme entre protestas porque, según yo, Gonzalo caminaba “con piernas de cabra montesa”.
—No es normal que subas así esto sin cansarte.
—Hago deporte.
—Yo también y soy incapaz de dar semejantes zancadas.
—Porque mis piernas son más largas.
—Qué os gusta presumir a los hombres de miembros largos…
Llegamos arriba muertos de calor y viento, con arena hasta en sitios donde seguramente no debería existir arena.
Y entonces Gonzalo me miró con una cara sospechosa.
Muy sospechosa.
—No.
—Sí.
—Ni se te ocurra.
Ya era tarde.
Porque me empujó apenas con el hombro y terminé cayendo sobre la arena entre gritos y risas mientras él se tiraba detrás de mí.
Y sí.
Acabamos haciendo la croqueta por la duna como dos idiotas de bastantes tacos sin vergüenza ninguna.
Arena en el pelo.
Arena en el bikini.
Arena probablemente en órganos internos.
Pero también una felicidad tan simple que casi daba vértigo.
Llegamos abajo riéndonos tanto que no podíamos ni hablar.
—Te odio muchísimo —conseguí decir.
—Mentirosa.
—Tengo arena hasta en las pestañas.
—Estás monísima.
—No me hables.
Gonzalo se acercó todavía riéndose y me sacudió un poco el pelo mientras yo intentaba quitarle arena de la espalda.
Y ahí volvió esa sensación.
La de estar bien con él incluso en las tonterías más absurdas.
La de sentir que cualquier cosa parecía divertida si él estaba delante.
Terminamos comiendo en un chiringuito pequeño frente al mar. Mesas de madera, sombrillas de paja y pescado recién hecho que olía increíble desde la entrada.
Pedimos choco asado, paté de cabracho y una copa de vino frío para cada uno, pues aún tardaríamos unas horas en salir para Sevilla.
—Brindo por sobrevivir a la duna.
—Brindo porque mañana no podamos movernos.
—Brindo porque tú haces trampas subiendo cuestas.
—Eso es misoginia deportiva.
La comida se alargó muchísimo.
Porque estábamos demasiado a gusto.
Porque el aire olía a mar.
Porque el sol calentaba justo lo suficiente sin quemar ya.
Y porque ninguno tenía ganas de pensar en volver a separarnos esa noche.
En un momento dado, Gonzalo me quitó las gafas de sol para mirarme mejor.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Otra vez esa palabra.
Sonrió apenas.
—Estoy intentando memorizarte aquí.
No.
Eso no se decía así en mitad de un chiringuito.
Bebí vino para no ponerme demasiado blanda emocionalmente y él se rio al verme esconderme detrás de la copa.
Después de comer volvimos a la playa con una botella de agua fría y dos helados enormes que se derritieron más sobre nuestras manos que dentro de la boca.
Nos tumbamos cerca de la orilla mientras el viento seguía moviendo la arena alrededor y Gonzalo terminó medio dormido con la cabeza sobre mi estómago.
Yo le acariciaba el pelo con la mente en blanco.
Y por un instante todo pareció demasiado perfecto.
Demasiado fácil.
Demasiado bonito para alguien que venía de tantos líos.
—Marina —murmuró él sin abrir los ojos.
—¿Qué?
—Creo que este fin de semana me ha arreglado un poco la vida.
Sentí algo apretarse dentro de mí.
Algo bueno.
Y excitante.
Le aparté un mechón de pelo de la frente y sonreí apenas mientras el mar seguía rompiendo a pocos metros de nosotros.
—No te pongas intenso.
—Lo estoy intentando evitar.
—Pues menos mal.
Nos quedamos allí hasta que empezó a bajar el sol.
Sin hacer prácticamente nada.
Solo hablando a ratos, besándonos de vez en cuando y disfrutando de esa calma rara que aparece cuando dos personas dejan de pelearse contra lo que sienten.
Y mientras Gonzalo dormía medio apoyado sobre mí con el sonido del mar alrededor, tuve una certeza pequeña y terrible.
Que iba a costarme muchísimo volver a la vida normal después de él.