Un error de lo más adictivo Capítulo 20
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Capítulo 20

Me desperté antes que Gonzalo.

Y eso ya era raro en mí, que soy una dormilona.

La habitación seguía medio a oscuras, con la cortina moviéndose despacio por el viento que entraba desde la terraza abierta y el sonido del mar colándose de fondo. Durante unos segundos me quedé quieta, tumbada de lado, mirándolo dormir.

Despeinado.

Bronceado.

Con una mano perdida sobre mi cintura por pura inercia.

Y tremendamente guapo.

Lo odiaba un poco por eso.

Sonreí sola y aparté un mechón de pelo de su frente con cuidado.

Error.

Porque Gonzalo abrió un ojo al instante.

—Te he pillado.

—Duermes fatal.

—No. Tengo reflejos de supervivencia.

La voz todavía le sonaba grave, rota por el sueño, y aquello debería estar penado por la ley.

—¿Qué hora es? —me preguntó.

—Las nueve.

—Eso es madrugada un sábado.

—Eso lo dice la gente vaga.

Me atrajo hacia él antes de que pudiera seguir hablando y escondió la cara en mi cuello.

—Cinco minutos más.

—No.

—Tres.

—No.

—Uno y negociamos.

Me eché a reír mientras intentaba apartarlo.

—Gonzalo, quiero playa.

—Y yo quiero seguir abrazándote.

—Pues haz ambas cosas.

Aquello sí le gustó.

Muchísimo.

Porque levantó la cabeza despacio y sonrió de esa forma peligrosa suya antes de besarme otra vez. Lento. Suave. De esos besos de primera hora que todavía saben a sueño y calma.

Terminamos desayunando en la terraza del hotel casi una hora después, porque entre una cosa y otra el tiempo se nos fue completamente. Yo llevaba una camisa blanca enorme encima del bikini y Gonzalo no dejaba de mirarme las piernas como si no hubiera visto unas en su vida.

—¿Qué pasa ahora?

—Nada.

—Suéltalo ya.

—Estoy pensando que no voy a sobrevivir a este fin de semana.

—Dramático.

—Muchísimo.

El desayuno fue una maravilla. Café, fruta, tostadas enormes, zumo frío y el mar justo enfrente brillando bajo el sol de la mañana. Gonzalo iba descalzo, despeinado todavía y con gafas de sol, como si hubiera nacido en un anuncio de verano caro.

Y sinceramente.

Molestaba bastante.

—Hoy mando yo —anunció de repente.

—Eso me preocupa.

—Confía.

—Otra vez esa palabra.

—Algún día dejarás de recordarme Madrid.

—No prometo nada.

Después del desayuno me llevó a una playa algo más escondida, lejos de la zona llena de gente, un lugar en el que nunca había estado antes. Arena clara, agua azul brutal y viento suficiente para llenar el cielo de cometas de colores.

Pasamos allí horas.

Literalmente horas.

Bañándonos.

Tomando el sol.

Riéndonos.

Molestándonos como niños.

En un momento dado Gonzalo intentó enseñarme a jugar con unas palas y terminé lanzándole la pelota a la cabeza.

—¡Eso ha sido agresión!

—Eso ha sido puntería.

—Voy a denunciarte.

—Te arruinan las costas judiciales.

Él acabó persiguiéndome por la orilla y me atrapó justo cuando intentaba meterme en el agua otra vez.

—Suéltame.

—No.

—Gonzalo.

—No.

Me levantó del suelo sin esfuerzo y terminé chillando entre risas mientras él se metía conmigo en brazos dentro del mar.

—¡Te odio!

—Mentira.

Sí.

Mentira.

Estaba claro.

A mediodía alquilamos unas hamacas en un chiringuito precioso donde sonaba música chillou t y todo el mundo parecía demasiado atractivo para ser legal. Pedimos espetos, tartar de atún y cerveza fría mientras el calor apretaba fuera.

Después de comer nos tumbamos un rato bajo la sombrilla. Yo tenía la cabeza apoyada sobre su pecho y Gonzalo jugaba distraído con mi mano mientras sonaba Ojitos Lindos de Bad Bunny de fondo desde el chiringuito.

—Esta sí me gusta para nosotros —murmuró.

Levanté la cabeza apenas.

—¿Tenemos canciones ya?

—Estamos a un paso de tener una vajilla conjunta —bromeó.

—Qué horror.

—Y tú feliz.

No respondí.

Porque sí.

Porque estaba feliz.

Era innegable.

Por la tarde alquilamos unas bicicletas y recorrimos parte de la costa entre risas y viento. Gonzalo intentó adelantarme varias veces hasta que casi se estampó contra un señor paseando un perro diminuto con complejo de asesino.

—¡Cuidado! —grité.

—Ese perro me ha mirado mal.

—Porque hueles a imprudencia.

Terminamos parando en una pequeña terraza frente al mar para tomar algo frío mientras caía el sol. Yo llevaba el pelo lleno de sal y la piel caliente por el día entero de playa. Gonzalo tenía la camiseta pegada al cuerpo y esa sonrisa relajada que le aparecía cada vez más a menudo conmigo.

Y aquello me daba muchísimo miedo.

Porque empezaba a parecer felicidad de verdad.

La noche llegó despacio.

Nos duchamos en el hotel y salimos a cenar otra vez, esta vez en un sitio pequeño con mesas sobre la arena y luces colgando entre palmeras. Cenamos descalzos prácticamente con los pies tocando la playa.

Hablamos de todo.

De nada.

De viajes.

De mi idea de hacer algún curso fuera más adelante.

De su periódico.

De cómo Quique probablemente iba a declararle amor eterno a Álvaro antes de septiembre.

—Le doy dos semanas —dijo Gonzalo.

—Yo una.

—Qué poca fe tienes en el romanticismo.

—Tengo mucha. Pero conozco a Quique.

Después de cenar caminamos un rato por la orilla mientras el viento levantaba pequeñas ráfagas de arena alrededor. Había música sonando desde varios locales y gente bailando cerca del paseo marítimo.

Y entonces Gonzalo me agarró de la cintura.

Sin avisar.

Sin bromas.

Solo porque sí.

Me acercó hacia él despacio y empezó a moverse conmigo sobre la arena mientras sonaba una bachata lenta desde un bar cercano.

—No sabes bailar esto —le reté.

—Mucho mejor que tú.

—Las cosas no se dicen, se demuestran.

—Claro.

Apoyé la cabeza en su hombro mientras bailábamos despacio bajo las luces lejanas de Tarifa.

Y ahí.

Justo ahí.

Entendí que ya estaba perdida.

Porque no quería que terminara el sábado.

Ni el viaje.

Ni aquella forma suya de mirarme últimamente.

Cuando volvimos al hotel ya era de madrugada. Subimos riéndonos por algo que había dicho un camarero sobre nosotros y Gonzalo me atrapó contra la puerta de la habitación antes incluso de cerrarla.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —murmuró contra mi boca.

—¿Qué?

—Que contigo hasta estar tirado en una playa parece el mejor plan del mundo.

Y luego me besó otra vez.

Como llevaba besándome todo el fin de semana.

Como si todavía no se creyera del todo que yo seguía allí con él.

Y quizás lo más bonito era que yo tampoco terminaba de creérmelo.

Subimos a la habitación todavía riéndonos.

Por una pamplina.

Ni siquiera recordaba exactamente cuál.

Algo sobre Quique intentando aprender bachata por tutoriales y Álvaro planteándose emigrar antes de verlo bailar otra vez.

Pero la risa se nos fue apagando poco a poco en el ascensor.

Porque Gonzalo me miraba demasiado.

Y yo llevaba todo el día deseando exactamente esa mirada.

La puerta de la habitación apenas llegó a cerrarse cuando me agarró de la cintura y volvió a besarme. Más lento que otras veces. Sin prisa ninguna. Como si quisiera saborear el final de aquel día bonito hasta el último segundo.

La habitación olía a sal, a crema solar y a nosotros.

Yo rodeé su cuello con los brazos mientras él me acercaba hacia la cama sin dejar de besarme, y sentí esa mezcla perfecta entre calma y deseo que últimamente solo aparecía con él.

—No quiero irme mañana —murmuré contra su boca.

Gonzalo sonrió apenas.

—Pues nos escondemos aquí.

—Y vivimos de tortillitas de camarones.

—Me parece un proyecto sólido.

Me reí bajito antes de besarlo otra vez.

Y entonces dejó de hablar.

Porque sus manos empezaron a recorrerme despacio la espalda, la cintura, las piernas desnudas bajo el vestido corto que llevaba para cenar. Me tumbó sobre la cama con una suavidad que me desarmó muchísimo más que cualquier gesto brusco.

Todo con Gonzalo se había vuelto distinto.

Más íntimo.

Más real.

Ya no era solo la tensión loca de Madrid ni las ganas acumuladas de semanas enfadándonos y buscándonos al mismo tiempo.

Ahora también estaba aquello.

La forma en que me miraba cuando me apartaba el pelo de la cara.

Cómo me besaba despacio entre caricias pequeñas.

Cómo parecía disfrutar incluso de quedarse quieto conmigo.

Le quité la camiseta mientras él me besaba el cuello y escuché su respiración romperse apenas contra mi piel. Después fui yo quien lo atrajo más hacia mí, quien le acarició la espalda, quien buscó su boca otra vez mientras la habitación seguía abierta al sonido lejano del mar.

Hicimos el amor lentamente.

Sin prisas.

Sin necesidad de impresionarnos.

Solo disfrutándonos.

Gonzalo me acariciaba como si todavía siguiera descubriéndome y yo terminaba perdiéndome una y otra vez en la forma en que pronunciaba mi nombre cuando me besaba.

A veces se detenía apenas unos segundos solo para mirarme, para sonreírme cerca, para besarme otra vez antes de volver a embestir hasta sacar mis gritos.

Y lo peor era que yo empezaba a sentir que Gonzalo era mi mundo.

Después nos quedamos tumbados entre las sábanas revueltas, todavía pegados el uno al otro mientras el aire de la madrugada entraba desde la terraza.

Yo tenía la cabeza apoyada sobre su pecho.

Y poco a poco nuestras respiraciones fueron acompasándose hasta sonar casi iguales, lentas, tranquilas, agotadas después de un día entero de playa, risas, besos y demasiadas ganas contenidas.

Fuera seguía oyéndose el mar.

Dentro, solo nosotros.

Y durante unos minutos, allí abrazada a él en mitad de aquella habitación frente al océano, todo pareció increíblemente sencillo.