Capítulo 19
Gonzalo me propuso el viaje un martes a las once de la mañana, mientras yo intentaba convencer a una paciente de que rechinar los dientes “solo cuando se enfadaba muchísimo” seguía siendo rechinar los dientes.
Salí un momento del gabinete para revisar una radiografía y me encontré el mensaje.
Gonzalo: “Haz una maleta pequeña para el viernes.”
Debajo, otro.
Gonzalo: “Pequeña de verdad. No versión Marina.”
Sonreí sola delante del móvil.
Mi madre me vio desde recepción y frunció los ojos.
—Esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar ilusionada y querer disimularlo fatal.
—Mamá, trabaja.
—Estoy trabajando. También observo.
Volví al gabinete con la sonrisa todavía pegada a la boca y respondí durante un hueco entre pacientes.
Yo: “¿Dónde vamos?”
Gonzalo: “Sorpresa.”
Yo: “Eso lo dicen los asesinos.”
Gonzalo: “Confía.”
Yo: “Ya me pediste eso una vez y terminé enamorándome de un imbécil.”
Tardó casi un minuto en responder.
Gonzalo: “Justo por eso ahora estoy esforzándome.”
Y maldita sea.
Aquello me dejó sonriendo como una adolescente durante el resto de la mañana.
El viernes salí de la clínica con la maleta preparada desde la noche anterior.
Pequeña, como había pedido él, aunque mi concepto de pequeña y el suyo claramente no coincidían.
Llevaba un montón de vestidos “por si acaso”, cinco bikinis que todavía no había estrenado y cuatro pares de sandalias que ocupaban más espacio del legalmente permitido.
Mi madre me ayudó a cerrar la cremallera del equipaje mientras negaba con la cabeza.
—Tú no te vas un fin de semana. Tú estás huyendo del país.
—Anda ya…
—Hija, si es que llevas ropa de todos los estilos.
—¿Y si cambio de personalidad?
—Pues Gonzalo va a necesitar otro coche.
El claxon sonó fuera justo entonces.
Mi madre sonrió con cara de conocer demasiadas cosas.
—Ay, qué mona vas.
—¿A que sí?
—Disfruta.
—Y tú. Haz algo con papá.
Gonzalo estaba apoyado en el coche cuando salí. Vaqueros claros, camiseta celeste, gafas de sol y una expresión tan satisfecha al verme con la maleta que me dieron ganas de tirársela encima.
—¿A qué viene esa sonrisa?
—A que esa maleta no tiene nada de pequeña.
—Me niego a discutir de tamaños con un hombre.
Me quitó la maleta de la mano antes de que pudiera protestar y la metió en el maletero.
—¿Dónde vamos?
—Paciencia.
—Odio las sorpresas.
—Mentira.
—Sí, mentira.
El viaje empezó con música alta y muchas risas. Gonzalo conducía con una mano apoyada arriba del volante y la otra descansando cerca de mi pierna, rozándome a veces en zonas que me ponían los vellos de punta.
—¿Puedo pedir una pista?
—Hay playa.
—En Andalucía eso reduce poco.
—Te fascina.
—¿Cádiz otra vez?
Él sonrió de lado.
—Muy lista.
Dos horas después entrábamos en Tarifa.
Y ahí entendí por qué llevaba todo el rato sonriendo como si escondiera un secreto buenísimo.
Nos alojábamos en un hotel boutique precioso frente al mar, con paredes blancas, madera clara y terrazas llenas de plantas. Pero lo verdaderamente espectacular era la vista.
El océano abierto.
El viento.
Las cometas de kitesurf llenando el cielo.
Y Marruecos dibujándose a lo lejos.
—Madre mía… —murmuré al bajar del coche.
Gonzalo me miró divertido.
—Esa reacción sí me gusta más.
—¿Quién te ha dicho que esto me vuelve loca?
—Quique, por supuesto. Y todavía no has visto el plan entero.
Lo seguí hasta recepción intentando aparentar normalidad mientras el pelo se me volvía completamente salvaje por culpa del viento. Gonzalo parecía encantado con ello.
—Te estás riendo de mí.
—Por supuesto.
—Tengo cara de gaviota desmelenada.
—Tienes una cara preciosa. Aunque sí, desmelenada.
Y ahí.
Así.
Sin preparación.
Sin bromita detrás.
Solo dicho porque sí.
Me dejó callada.
La habitación era todavía mejor. Terraza privada, cama enorme y unas vistas al mar que daban ganas de cancelar la vida entera. Apenas dejamos las cosas cuando Gonzalo se giró hacia mí.
—Tienes cinco minutos.
—¿Para qué?
—Para cambiarte.
—¿Dónde me llevas ahora?
—A una clase.
—¿De qué?
Sonrió.
Y entonces ya sospeché desastre.
—Ni se te ocurra.
— Kitesurf.
—No pienso colgarme de una cometa.
—Vas a hacerlo y vas a insultarme muchísimo durante el proceso.
Y efectivamente.
Eso pasó.
La siguiente hora y media consistió básicamente en Gonzalo riéndose mientras yo intentaba no morir arrastrada por el viento.
El instructor perdió la paciencia conmigo tres veces, yo tragué medio Atlántico y Gonzalo casi se cae de la tabla de la risa cuando salí despedida hacia atrás delante de todos.
—¡Te odio! —le grité desde el agua.
—¡Estás preciosa enfadada!
—¡Voy a ahogarte!
—¡Eso significa que te está gustando!
Lo peor fue que tenía razón.
Porque terminé riéndome tanto que se me olvidó incluso mantener la dignidad.
Cuando acabamos, agotados y empapados, nos sentamos en la arena viendo caer el sol. Yo llevaba una sudadera enorme encima del bikini y Gonzalo tenía el pelo todavía mojado.
—Tengo agujetas futuras hasta en el alma.
—Pero te ha cautivado.
—Un pelín…
Él me pasó un brazo por los hombros y me atrajo hacia sí.
El viento olía a sal y verano.
Y a libertad.
Muchísima.
—Gracias por invitarme —murmuré.
—Ya va siendo hora de que te compense un poco.
Giré la cabeza para mirarlo.
—Esto está siendo muy bonito.
Gonzalo me sostuvo la mirada unos segundos antes de besarme despacio.
Sin prisa.
Con esa tensión suave que seguía creciendo cada vez que estábamos juntos.
Y madre mía.
Cada vez besaba peor para mi salud mental.
Nos duchamos en el hotel y salimos a cenar ya de noche. Me puse un vestido corto ibicenco y Gonzalo se quedó mirándome desde la puerta del baño del hotel con una cara tan poco discreta que terminé riéndome.
—¿Qué?
—Nada.
—Mientes fatal.
—Estoy pensando que voy a tener que pegarme con media Tarifa.
—Qué dramático eres.
—No, es observación objetiva.
La cena transcurrió en un restaurante pequeño frente al mar, con luces colgando entre maderas blancas y música suave sonando de fondo. Pedimos atún rojo, croquetas de camarón y una botella de vino que Gonzalo insistió en compartir “porque hoy dormimos aquí y nadie muere en carretera”.
La conversación fue fácil toda la noche.
De esas que fluyen sin esfuerzo.
Nos reíamos de todo y de nada, y Quique siempre solía salir en nuestras charlas, por lo payaso que era.
—El otro día intentó abrir una cerveza con una silla.
—¿Y?
—Casi pierde una ceja.
Me atraganté de la risa.
La noche siguió alargándose entre copas, música y miradas largas por encima de la mesa. Gonzalo me rozaba la rodilla con la suya constantemente y cada vez que sonreía parecía más relajado.
Más feliz.
Y aquello me gustaba demasiado.
Cuando nos decidimos a volver, Tarifa seguía llena de vida. Gente riéndose en terrazas, música saliendo de bares abiertos y el viento moviéndolo todo.
Me agarró de la mano.
Y yo no la solté.
Porque después de tantos líos, de Madrid, de silencios, de enfados y reconciliaciones… aquello empezaba a parecerse mucho a algo real.
Y quizás lo más confuso de todo era que ya no quería escaparme.
La noche en Tarifa siguió después de la cena.
Y siguió bien.
Muy bien.
De esa forma ligera y adictiva en la que una empieza a olvidarse de todo lo que había jurado no sentir.
Nos paramos en una terraza pequeña del hotel antes de subir a la habitación.
Tenía vistas directas al mar y varias mesas bajas iluminadas con velas pequeñas que el viento movía cada pocos segundos.
Desde algún local cercano llegaba música melódica, una mezcla de canciones lentas y conversaciones lejanas.
Pedimos una última copa.
Bueno.
Dos últimas copas.
Yo terminé descalza en la silla, con las piernas dobladas debajo del vestido y el pelo completamente revuelto por el viento. Gonzalo me observaba desde el otro lado de la mesa con esa media sonrisa tranquila que últimamente aparecía mucho más a menudo.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Algo pensarás.
—Estoy pensando que hoy casi te mata una cometa y aun así sigues teniendo ego para dos personas.
Me eché a reír.
—Te odio.
—No tanto.
No.
Tanto no.
La música cambió a Tacones Rojos de Sebastián Yatra desde algún sitio cerca del paseo marítimo y Gonzalo levantó una ceja.
—¿Bailas?
—¿Así sin anestesia?
—Detalles.
Se levantó igualmente y me tendió la mano.
Y yo, que llevaba semanas fingiendo que todavía me quedaban fuerzas para resistirme a él, terminé aceptándola.
Bailamos allí mismo.
Entre mesas.
Con el mar al fondo y las luces pequeñas moviéndose alrededor.
Yo tenía una mano apoyada en su hombro y la otra entre sus dedos, mientras Gonzalo me acercaba despacio hacia él. El viento levantaba un poco mi vestido cada pocos segundos y él sonreía cada vez que yo intentaba recolocarlo con dignidad.
—Estás disfrutando de esto, confiésalo.
—¿Sin la presencia de mi abogado?
—Dame ese gusto.
—¿Y por qué debería dártelo?
Apoyé la frente contra su cuello apenas un instante y sentí cómo Gonzalo soltaba aire despacio.
Porque sí.
Aquello también le estaba pasando factura a él.
La canción terminó y no nos separamos enseguida.
Nos quedamos quietos un momento más, balanceándonos apenas mientras otra música empezaba a sonar desde lejos.
—Me gusta esto contigo —murmuró él.
Levanté la cabeza despacio.
—¿El qué?
—Todo.
No.
Eso no se decía así.
No con esa voz.
No mirándome de esa manera.
Lo besé antes de que pudiera seguir hablando porque me daba miedo que dijera algo demasiado bonito y yo terminara creyéndomelo entero.
Subimos a la habitación riéndonos todavía.
Tropezando un poco por culpa del vino, del deseo o de las ganas contenidas de demasiados meses. Gonzalo cerró la puerta apenas entramos y volvió a besarme enseguida, esta vez más despacio, pero mucho más intenso.
Me apoyó contra la pared con cuidado, recorriéndome la cintura con las manos mientras yo le desabrochaba la camisa poco a poco.
—Marina…
La forma en la que pronunciaba mi nombre debería estar prohibida.
Le quité la camisa por fin y él sonrió apenas al verme mirarlo.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de querer comerme vivo.
—No puedo prometer nada.
Se echó a reír justo antes de besarme otra vez.
La habitación seguía abierta hacia la terraza y el sonido del mar entraba mezclado con música lejana. Una canción lenta sonaba desde algún bar cercano mientras yo caminaba hacia fuera todavía descalza.
Gonzalo me siguió.
La luna iluminaba el agua y el aire era cálido, suave, perfecto.
Me giré hacia él lentamente.
Y entonces hice algo improvisado.
Le bailé.
Descalza.
Con el vestido moviéndose despacio alrededor de mis piernas.
Acercándome poco a poco mientras él me observaba desde la puerta de la terraza con una expresión que me aceleró la respiración entera.
Deseo.
Muchísimo.
Pero también algo más.
Algo casi tierno.
—Vas a matarme —murmuró.
—Drama.
—Marina, te juro que…
Me acerqué hasta quedar justo delante de él y apoyé las manos sobre su pecho.
Luego tiré suavemente de la tela del vestido hacia abajo.
Despacio.
Sin apartar los ojos de los suyos.
Vi perfectamente el instante en que Gonzalo dejó de respirar con normalidad.
La forma en la que me miró.
La tensión en su mandíbula.
Sus manos cerrándose apenas a los lados del cuerpo para no tocarme todavía.
Y madre mía.
Aquello fue incluso más intenso que desnudarme.
El vestido cayó al suelo unos segundos después.
Y Gonzalo soltó una risa mínima, incrédula.
—Joder…
Sonreí apenas.
—¿Qué pasa?
—Que no sabes el esfuerzo que estoy haciendo.
—¿Para qué?
Él dio un paso hacia mí.
Solo uno.
Y me agarró de la cintura al llegar.
—Para no perder completamente la cabeza contigo.
Ya.
Demasiado tarde para eso.
Lo besé yo esta vez. Más lento. Más suave. Sintiendo cómo sus manos recorrían mi espalda desnuda mientras me pegaba contra él. Gonzalo me levantó apenas del suelo y terminé rodeándole la cintura con las piernas entre risas ahogadas y besos torpes.
—Te vas a caer —murmuró.
—Pues agárrame bien.
—Eso llevo intentando desde Madrid.
No.
Otra vez no.
Me llevó hacia la cama sin dejar de besarme y me tumbó despacio sobre las sábanas blancas mientras el sonido del mar seguía entrando por la terraza abierta.
Y después dejaron de existir demasiadas cosas.
Las bromas.
Las defensas.
Los miedos.
Todo.
Quedó solo él acariciándome como si quisiera memorizarme entera. Sus labios recorriéndome la piel lentamente. Mi respiración rompiéndose cada vez que me miraba así, tan cerca, tan lleno de deseo que casi dolía.
Gonzalo hizo el amor conmigo de una forma que no se parecía nada a Madrid.
Aquello no fue urgencia.
Ni tensión acumulada.
Ni dos personas intentando no sentir demasiado.
Fue lento.
Intenso.
Íntimo.
Bonito hasta hacer daño.
Y cuando terminó, horas después, nos quedamos tumbados entre las sábanas revueltas con el mar todavía sonando fuera y la luna colándose por la terraza abierta.
Yo tenía la cabeza apoyada sobre su pecho y él jugaba distraído con mis dedos.
—No quiero promesas —murmuré.
Lo sentí sonreír contra mi pelo.
—Yo tampoco.
—Ni discursos.
—Ni uno.
Levanté un poco la cabeza para mirarlo.
—Entonces vivamos esto y ya está.
Gonzalo me apartó un mechón de pelo de la cara.
—Eso sí puedo hacerlo.
Y volvió a besarme despacio mientras fuera seguía sonando música lejana y Tarifa continuaba despierta, ajena por completo a la manera en que aquel hombre acababa de complicarme la vida otra vez.