Un error de lo más adictivo Capítulo 18
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Capítulo 18

Salía de la clínica con la bata doblada sobre el brazo, el pelo recogido a medias y la sensación de haber pasado la mañana entera dentro de una centrifugadora.

La clínica de mi padre parecía un campo de batalla a esas horas, después de tanta intervención. Y el verano que ya estaba a la vuelta de la esquina, lo que provocaba que, de nuevo, las temperaturas no dieran tregua, lo que noté al abrir la puerta.

—Marina, que te dejas el móvil —me llamó mi madre desde el mostrador cuando salí—. Por cierto, te han escrito.

Volteé los ojos.

—Serás cotilla, ¿quién?

Mi madre levantó la vista del ordenador con una sonrisa pequeña.

—No lo sé, hija. No leo tus mensajes. Solo he visto la ventanita emergente y un chico monísimo aparecer.

—Esto huele a chamusquina.

Tomé el móvil y me dispuse a abrir el chat.

Gonzalo: “No hagas planes esta tarde.”

Debajo, otro mensaje.

Gonzalo: “Paso a recogerte a las tres. Confía un poco en mí.”

Lo leí dos veces.

Luego una tercera, por pura falta de seguridad.

—¿Todo bien? —me preguntó ella, que fingía ordenar citas mientras me miraba con más interés del necesario.

—Sí.

—Ese sí no me informa nada.

—Porque no va dirigido al público.

Sonrió, se quitó las gafas y apoyó los antebrazos sobre el mostrador.

—¿Viene Gonzalo?

—Mamá.

—Ah, que viene Gonzalo. Confirmado.

—No he dicho eso.

—No hace falta. Te ha cambiado la cara.

—Lo que me ha cambiado la cara es que llevo desde las nueve mirando muelas.

—Claro, hija. Las muelas tienen un poder romántico tremendo.

La dejé allí con su risa baja y me fui al vestuario a cambiarme.

Tenía un vestido blanco sencillo en una percha, de esos que una se pone para salir de trabajar sin parecer que se ha dejado la piel, aunque lo haya hecho.

Me solté el pelo, me puse un poco de color en los labios y salí a la calle a las tres menos cinco intentando convencerme de que aquello no era una cita.

Spoiler: era una cita.

Gonzalo apareció puntual, cosa que me encantaba, conduciendo un descapotable rojo manzana de caramelo que parecía escogido para arruinarme la compostura. Llevaba una camisa azul cielo y el pelo al aire. El moratón del ojo ya había desaparecido por completo.

Se bajó del coche al verme.

—Hola. Menudo cochazo, otro con descapotable. Este es nuevo del paquete, se nota.

—Hola, Marina.

Me abrió la puerta del copiloto con una educación tan formal que casi me hizo gracia.

—¿Dónde vamos?

—A Cádiz.

—¿A Cádiz?

—A un beach club cerca de la playa. Piscina, mar, comida rica, cócteles y una tarde sin hablar de familias, bodas ni clínicas dentales.

—Eso último va a ser difícil. Soy odontóloga y tú vienes traumatizado de serie.

Él sonrió al fin.

—Haré lo que pueda.

Me subí al coche porque, a veces, una mujer tiene que aceptar que la curiosidad le gana al orgullo.

El camino tuvo algo de tregua. Gonzalo puso música baja, yo me limité a disfrutar y el aire caliente de la carretera entró mezclado con olor a campo seco y verano.

Hablamos de cosas triviales: de la clínica, de que Rubén y Samuel seguían mandando fotos de Kenia a horas indecentes, de Quique y Álvaro, que ya estaban en esa fase en la que daban vergüenza ajena y ternura al mismo tiempo.

—Quique me ha mandado un audio de veinte minutos sobre una cena con Álvaro —comentó Gonzalo.

—¿Veinte? Está contenido.

—Me explicó hasta el postre.

—Eso es amor. O amenaza.

—Con Quique nunca se sabe.

Llegamos al beach club poco antes de las cuatro.

Era un sitio precioso, de esos que parecían diseñados para que la gente se hiciera fotos sin reconocer que había ido por eso.

Camas balinesas blancas, piscina azul frente al mar, sombrillas de fibra natural, música agradable y camareros vestidos de lino moviéndose entre mesas bajas con bandejas de copas heladas.

—Vale —admití al bajar—. Está muy bien.

—Gracias por esa emoción desbordada.

—No quiero que te acostumbres.

Gonzalo se acercó a recepción, dijo su nombre y nos llevaron a una zona junto a la piscina con vistas directas a la playa. Había una cama grande, toallas, una mesa con agua fría y un pequeño cesto de fruta.

—¿Has reservado todo esto?

—Sí.

—Te has venido arriba.

—Más o menos.

Me quité las sandalias y dejé el bolso sobre la mesa. Él hizo lo mismo con las gafas y, durante un instante, nos quedamos sin saber muy bien qué hacer con nosotros mismos. Demasiada historia detrás. Demasiada tensión acumulada. Demasiadas ganas que ninguno soltaba en voz alta.

Al final, lo resolví yo.

—Voy al agua.

—Buena huida.

—Excelente huida.

Antes de llegar, hicimos una parada para comprarme un bikini rosa que hizo las delicias de Gonzalo, en el pueblo más cercano. Me sentaba como un guante y lo noté por la forma en la que tragó saliva al verme con él.

El agua de la piscina estaba fresca, perfecta para olvidar el calor de Sevilla. Nadé hasta el borde y Gonzalo entró después, sin prisa, con esa forma suya de ocupar el espacio que seguía pareciéndome una falta de respeto al equilibrio universal.

—No me mires así —le pedí.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras pensando algo.

—Estoy pensando muchas cosas.

—Pues piensa menos.

—Me cuesta trabajo.

Estuvimos un buen rato dentro del agua. Bromeamos, nos salpicamos, hablamos de chorradas. Yo pedí un cóctel de mango con ron; Gonzalo, un mojito sin alcohol.

—¿Nada de alcohol?

—Tengo que conducir.

—Qué maduro.

—No exageres. Es por miedo a tu madre.

—Mi madre no sabe dónde estoy.

—Tu madre lo sabe todo.

No pude discutir eso.

A media tarde, después de comer pescado a la brasa, ensalada de tomate y unas croquetas que Gonzalo defendió con demasiada pasión, volvimos a la cama junto a la piscina. El sol empezaba a bajar y el ambiente se volvió más tranquilo, con la música sonando más baja y el mar de fondo.

Fue entonces cuando él dejó el vaso sobre la mesa y me miró de una forma distinta.

—Quería pedirte perdón por lo de Madrid.

Se me borró la sonrisa.

—Gonzalo…

—No. Déjame decirlo bien esta vez.

Asentí.

Él se quedó unos segundos mirando hacia el mar antes de volver a hablar.

—Fui un capullo contigo. Te mentí, te hice daño y encima intenté esconderme detrás de una excusa miserable. No tengo una manera más bonita de decirlo.

—No fue tu mejor decisión.

—Fue de mis peores.

Me quedé callada, dejando que siguiera.

—No quiero excusarme. Lo que hice no tiene defensa. Pero te aseguro que hay motivos de los que prefiero no hablar que me empujan a actuar así.

Le miré las manos. Las tenía entrelazadas, apoyadas sobre las piernas.

Me dolió escucharlo.

No porque me sorprendiera. Samuel ya me había contado parte de aquella historia. Pero oírlo de Gonzalo era distinto. Más desnudo. Más difícil de esquivar.

—Eso no cambia lo que hiciste conmigo —dije.

—Lo sé.

—Y tampoco quiero ser la que lo perdone todo porque tengas tus cicatrices.

—No te lo estoy pidiendo.

Aquello me gustó.

—Solo quería que supieras que me arrepiento —añadió—. Y que me gustabas de verdad. Precisamente por eso hice el idiota.

—Pues vaya forma de gestionar el interés.

—Pésima.

—Horrorosa.

—De manual para no repetir.

—Eso espero.

Gonzalo sonrió apenas, pero no intentó bromear más. Y se lo agradecí. A veces, el encanto también necesitaba saber callarse.

La tarde siguió con otra energía. No más seria todo el tiempo, pero sí más honesta.

Me habló del proyecto del periódico digital que ya tenía bastante avanzado.

Quería montarlo desde Sevilla, con una redacción pequeña al principio y colaboradores repartidos por Andalucía.

Reportajes largos, cultura, política local, entrevistas cuidadas, temas de ciudad y una sección de historias humanas que le hacía especial ilusión.

—El nombre provisional es El Sur Despierto —me dijo, enseñándome el diseño en el móvil—. Aunque Samuel dice que suena a documental de la 2.

—Samuel tiene razón.

—Gracias por el apoyo.

—Pero la idea me gusta. Mucho. Solo hay que pelear el nombre.

—Rubén propuso La Gazpachera.

—Rubén no puede participar.

Gonzalo se rio y me enseñó varias pruebas más. Se notaba que aquello le importaba. Tenía presupuestos, contactos, un plan de contenidos y hasta una previsión de gastos para los primeros doce meses. Me contó lo de la inversión en Madrid con más detalle. Le salió redonda.

—Eso me dio libertad —explicó—. No para vivir sin trabajar, pero sí para elegir mejor.

—Y ahora eliges Sevilla.

—Ahora elijo estar cerca de la gente que quiero. Y también montar algo que sea mío.

No dijo “y cerca de ti”.

Pero lo pensé.

Y me dio miedo.

Y ganas.

Cenamos allí, junto al mar. Yo pedí otra copa de vino y él siguió con agua con gas y limón porque, según dijo, quería que llegáramos vivos a Sevilla y no acabar en las noticias locales antes de inaugurar su propio periódico.

Hablamos de mi trabajo con mi padre, de lo raro que era volver a la clínica y sentir que, al mismo tiempo, ya no era la misma que se fue a Madrid.

—Eso es bueno —dijo.

—¿Cambiar?

—Volver con algo más tuyo.

Su reflexión me pareció profunda.

Cuando cayó la noche, el beach club encendió luces pequeñas alrededor de la piscina y el mar se volvió oscuro, con la luna marcando un camino de plata sobre el agua. Gonzalo me propuso bajar a la arena y acepté encantada.

Caminamos descalzos por la orilla. Yo llevaba las sandalias en una mano y él se había quitado la camisa, que ahora colgaba de su hombro. La música llegaba desde arriba, más lejana, mezclada con el sonido del agua.

—Este ha sido un buen plan —admití.

—¿Solo bueno?

—Solo bueno, no te me pongas chulito.

Me reí, pero él se detuvo y me hizo girarme hacia él.

—Marina.

—¿Qué?

—No quiero que me guardes rencor.

Se me quedó la respuesta atascada.

Porque una parte de mí seguía enfadada.

Otra seguía asustada.

Pero había una tercera, mucho más sincera, que llevaba semanas esperando que él dijera justo eso.

—Entonces no desaparezcas —murmuré.

—¿Estás segura de que es eso lo que quieres?

—Sí. Y no me mientas.

—No más.

—Y no esperes que me fíe de golpe de ti.

—No lo espero.

Me miró con una intensidad que me dejó sin ganas de seguir enumerando condiciones.

Luego me tomó por la cintura.

Esta vez no aparté sus manos.

Y cuando me besó bajo la luna, con el mar rozándonos los pies y la noche entera alrededor, sentí que algo encajaba de una forma explosiva y preciosa a la vez.

No fue un beso de los de Madrid.

No tenía aquella prisa ni aquella inconsciencia.

Fue más lento.

Más claro.

Más nuestro.

Cuando se separó, me quedé unos segundos con los dedos en su nuca y la respiración algo rota.

—Esto no significa que estés perdonado del todo —le aseguré.

—Lo acepto.

—Ni que puedas ponerte creído.

—Lo intentaré.

Le di un golpe suave en el pecho y él se rio antes de besarme otra vez, esta vez más breve.

Nos quedamos hasta la madrugada. Hicimos fotos borrosas junto a la piscina, una en la que yo salía riéndome y él mirándome en vez de mirar a la cámara, y otra en la que fingíamos brindar con mi copa y su mojito sin alcohol.

Hablamos del periódico, de mi clínica, de Rubén y Samuel, de Quique y Álvaro, de nuestras madres y de lo raro que era que algo tan torcido empezara a parecer posible.

Cuando me dejó en la puerta de casa, ya eran casi las cuatro.

—¿Nos vemos otro día? —me preguntó.

Me apoyé en la puerta del coche, mirándolo.

—Depende.

—¿De qué?

—De si el próximo plan está a la altura.

—Qué presión.

—Te vendrá bien. Te veo muy sobrado.

Gonzalo sonrió.

—Entonces pensaré algo.

—Hazlo.

Me incliné para darle un último beso, corto, suave, peligroso en su sencillez.

Luego entré en casa con los zapatos en la mano, la piel oliendo a sal y la sensación clarísima de que Gonzalo Rivelles acababa de recuperar un sitio que creí perdido del todo.