Capítulo 17
El domingo, a las dos y cuarto, la casa de mis padres parecía una romería con aire acondicionado.
Mi madre llevaba desde las diez organizando la comida con esa energía suya de general de brigada en cocina familiar.
Había aperitivos sobre la mesa del jardín, bebidas en cubiteras enormes, platos entrando y saliendo, y mi padre paseándose con una cerveza en la mano mientras fingía ayudar.
Porque en el fondo, ella no le dejaba, ya que afirmaba que tenía muy buena mano para la odontología, pero dos manos izquierdas para la cocina.
—Diego, si vas a mirar la tortilla sin hacer nada, por lo menos no estorbes —le avisó mi madre desde la cocina.
—Estoy supervisando. Y no te quejes, que no me dejas meter mano en el asunto.
—Estás comiendo picos.
—También.
Victoria llegó con Gonzalo poco después que mis tíos Celia y Enquique.
Ella traía una bandeja de pasteles pequeños “por no venir con las manos vacías”, cosa que hizo que mi madre protestara durante tres minutos antes de colocarla en el sitio principal de la mesa dulce.
Gonzalo apareció detrás, con polo blanco, pantalón claro y gafas de sol, todavía con una sombra leve junto al ojo, aunque ya casi imperceptible.
Me saludó con dos besos.
Dos besos normales.
Familiares.
Peligrosos.
—Gracias por invitarnos —murmuró.
—Gracias por venir.
—Mi madre lleva dos días hablando de esta comida.
—Mi madre también. Creo que entre las dos han montado una cumbre internacional.
Gonzalo sonrió un poco y aquello me dejó tontísima durante medio segundo. Por suerte, Matilde llegó justo entonces con una jarra gigantesca de salmorejo en los brazos y el caos volvió a su sitio.
—¡Que alguien me ayude, que traigo oro líquido!
Quique apareció corriendo desde la entrada, con Álvaro detrás. Todos estaban invitados igualmente.
—Abuela, ¿por qué traes salmorejo si te dijeron que no trajeras nada?
—Porque vuestra generación no sabe comer. Nada más que veas que a lo vuestro lo llaman “comida basura”.
Matilde entró en el jardín con vestido amarillo, gafas pintorescas y una autoridad natural que hizo que hasta mi padre se apartara para dejarle paso. Detrás de ella, Álvaro intentaba no reírse y Quique parecía entre orgulloso y resignado.
Samuel y Rubén seguían en su propia pompa sin dejar de besarse.
La comida fue agradable.
De esas comidas largas que empiezan con todo el mundo de pie y terminan con media familia cambiándose de silla para hablar con alguien distinto. Mi madre, mi tía y Victoria ocuparon una esquina del jardín desde la que controlaban la mesa y la vida entera.
La conversación fue saltando de la boda a Kenia, de Kenia a la clínica, de la clínica al calor y del calor al Betis cuando mi padre descubrió que Gonzalo era bético.
Ahí se abrió otra dimensión.
—¿Tú eres bético? —le preguntó, con interés casi clínico.
—Desde chico.
Mi tío Enrique levantó la copa.
—Hombre, por fin alguien sensato en esta mesa.
Mi padre señaló una silla libre junto a ellos.
—Siéntate aquí, Gonzalo. Tenemos que hablar de cosas importantes.
Yo miré a mi madre.
—Acabo de perderlo.
—Tu padre adopta por colores futbolísticos —contestó mi madre.
Gonzalo pasó media comida entre ambos, hablando de fichajes, partidos antiguos, goles imposibles y esa forma tan bética de sufrir con orgullo.
Le vi relajarse poco a poco. Reírse con mi padre.
Discutir con mi tío Enrique sobre un penalti de hacía diez años que, por lo visto, seguía siendo asunto nacional.
Y me gustó verle allí.
Me gustó demasiado.
—No lo mires tanto, niña —me susurró Matilde al oído mientras se sentaba a mi lado con un plato de ensaladilla.
—Matilde, por favor.
—¿Qué? Yo solo digo y redigo que ese muchacho y tú hacéis muy buena estampa.
—No hacemos nada.
—Todavía.
—No descansas nunca, Matilde.
—Descansaré cuando me muera. Y aun así, depende del plan.
Después de comer, alguien propuso piscina y en cinco minutos la reunión se transformó. Los jóvenes nos fuimos hacia la zona del club que compartíamos varios vecinos, aunque Matilde anunció que también venía.
—Abuela, tú no vas a venir a la piscina —dijo Quique.
—¿Perdona?
—Que hace mucho calor. Y te puede dar un golpe.
—Un golpe te daré a ti si tratas de impedirlo.
—No llevas bañador.
Matilde sonrió con una maldad tranquila.
—Eso crees tú.
Un minuto después apareció con un bañador negro que llevaba debajo del vestido y un pareo rojo, lista para la guerra.
—Estoy sin palabras —murmuró Álvaro.
—Así me gusta más —contestó ella.
La piscina estaba llena, pero nuestro grupo tomó una esquina con hamacas, toallas y una nevera portátil que Quique había insistido en llevar “por si faltaba de algo”, aunque el club tenía tres barras y seis camareros.
Él fue el primero en tirarse al agua haciendo una bomba tan grande que salpicó a media humanidad.
—¡Quique! —grité, apartándome tarde.
—¡Bautismo emocional!
Álvaro entró detrás con más estilo, cosa que provocó silbidos de Matilde.
—Ese niño nada bien.
—Abuela.
—¿Qué? Estoy mayor, no ciega.
Gonzalo se quitó el polo junto a la hamaca y yo cometí el error de mirar.
Mal.
Muy mal.
Porque una cosa era recordarlo guapo con traje, en vaqueros o vestido de corto, y otra verlo en bañador de nuevo, con el torso al sol, los hombros anchos y esa seguridad suya que no necesitaba hacer nada. Aparté la vista tarde, claro, y él me pilló.
—¿Todo bien? —me preguntó.
—Perfecto.
—Te has quedado muy callada.
—Estoy pensando en meterme en el agua sin morir por contraste térmico.
—Claro.
—No sonrías así.
—¿Cómo?
—Con cara de saber cosas.
—Es que sé algunas.
Me metí en la piscina antes de contestar, porque a veces huir con dignidad consistía en tirarse al agua.
La temperatura estaba perfecta y durante unos minutos todo fue ruido, risas y peleas tontas.
Quique intentó subir a Álvaro sobre sus hombros, Álvaro acabó hundiéndolo, Matilde se puso a hacer largos con una técnica sorprendente y un señor mayor, desde fuera, gritó que nadie corriera por el borde porque “luego venían las urgencias y los disgustos”.
Gonzalo entró en el agua poco después y terminó cerca de mí por culpa de Matilde, que empujó una colchoneta hacia nosotros sin disimulo.
—Matilde —protesté.
—Se me ha ido la mano.
—Está usted en el agua hasta la cintura.
—Más mérito.
Gonzalo se rio y apoyó los brazos sobre la colchoneta.
—Tu familia es bastante intensa.
—Dice el hombre que acaba de ser adoptado por mi padre por ser del Betis.
—Eso no ha sido adopción. Ha sido reconocimiento institucional.
—Qué bien te vienes arriba.
—Estoy entre los míos.
Le salpiqué con una mano y él me devolvió el gesto al instante. Empezó como una tontería, un poco de agua, una broma, un “no te atrevas”, y terminó con los dos riéndonos en mitad de la piscina mientras Quique gritaba desde el otro lado que aquello parecía un anuncio de verano de la marca Nivea.
—¡Un poco de decoro, que está mi abuela!
—Tu abuela está apostando por nosotros —le respondí sacándole la lengua.
Matilde levantó el pulgar desde la escalera.
—Y ganando.
Gonzalo nadó un poco más cerca. El agua le resbalaba por la cara y la sombra junto al ojo se veía mejor con la luz directa. Ya no parecía tan dolorosa, pero seguía allí. Me acerqué sin pensarlo demasiado.
—Déjame ver.
Él se quedó quieto.
—No es nada. Ya está casi bien.
—Que me dejes, tonto…
Le aparté una gota de agua junto a la ceja con la yema de los dedos y después rocé con cuidado la zona amoratada. Fue un gesto pequeño. Casi médico. O eso intenté decirme.
Pero no tuvo nada de médico.
Gonzalo dejó de bromear. La sonrisa se le borró muy despacio y su mirada bajó a mi boca un segundo antes de volver a mis ojos. Estábamos demasiado cerca, con el agua moviéndose alrededor y la risa de los demás quedando más lejos de lo normal.
—¿Te duele? —pregunté.
—No.
La voz le salió más baja.
Y ahí lo noté.
Cómo contenía el impulso.
Cómo apretaba la mandíbula apenas un instante.
Cómo sus manos, bajo el agua, parecían no saber si quedarse quietas o acercarme a él.
Yo tampoco ayudé, porque no aparté la mano enseguida. La dejé junto a su cara un segundo más de la cuenta, sintiendo la piel mojada bajo mis dedos y ese tirón que seguía apareciendo entre los dos cada vez que bajábamos la guardia.
—Marina… —murmuró.
—¿Qué?
No contestó.
Porque justo entonces Quique apareció nadando como un torpedo y nos salpicó enteros.
—¡Separación preventiva!
Me aparté de golpe, empapada y riéndome por puro nervio.
—Te voy a matar.
—Primero haz cola —dijo Álvaro, llegando detrás—. Yo llevo intentándolo media hora.
Matilde, desde la escalera, aplaudió encantada.
—Qué tarde más bonita. Hay gente joven, hay piscina y hay tensión. Yo ya he cumplido.
Gonzalo se pasó una mano por el pelo mojado y me miró otra vez, en esta ocasión con media sonrisa.
Yo le señalé con un dedo.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué?
—Pensar que esto significa algo.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
Le salpiqué otra vez y él se rio antes de devolverme el ataque, mientras alrededor todos volvían a meterse en la guerra de agua.
Pero por debajo de la broma, de Matilde dando órdenes desde la escalera y de Quique intentando impresionar a Álvaro con un salto nefasto, algo entre Gonzalo y yo se quedó vibrando.
Algo que ya no sonaba tanto a enfado.
Y eso era, sin duda, muchísimo más difícil de controlar.