Capítulo 16
Volver a trabajar con mi padre fue casi más intenso que volver a Sevilla.
La clínica Cifuentes no entendía de incorporaciones graduales ni de mañanas tranquilas ni de “la niña viene de Madrid, vamos a dejarla respirar”.
A las nueve y diez ya tenía delante una férula rota, dos revisiones de implantes, una señora empeñada en explicarme que el sarro le salía “por culpa del agua de su urbanización” y un niño de siete años que entró llorando porque pensaba que yo iba a quitarle todos los dientes.
—Solo vamos a mirar, campeón —le aseguré, enseñándole el espejito.
—Eso dijo mi madre cuando me llevó a cortarme el pelo y salí pelado.
Desde la puerta, mi padre tosió para esconder la risa.
—Este paciente viene aprendido —comentó.
—Este paciente no se fía de nadie —contestó el niño, con una dignidad admirable para alguien que llevaba una camiseta de dinosaurios.
Aquello, para qué negarlo, me encantó.
Echaba de menos la clínica. El murmullo de la sala de espera, las bromas de mi padre entre consulta y consulta y a mi madre gobernando la recepción con una agenda en la mano y la autoridad de quien sabe que sin ella aquello se venía abajo antes del mediodía.
Sonsoles no atendía llamadas.
Las domesticaba.
—Marina, la señora Robles quiere saber si puede venir a las doce en vez de a las once y media —me avisó al asomarse a mi gabinete.
—¿Puede?
—No.
—Entonces ¿por qué me preguntas?
—Para que veas que te incluyo en las decisiones importantes.
Mi padre apareció detrás con una radiografía en la mano.
—No le hagas caso. Tu madre pregunta para luego hacer lo que quiera.
—Y por eso esto funciona —respondió ella, sin inmutarse.
A media mañana, tuve uno de esos momentos raros en los que una se mira desde fuera y piensa: estoy en mi sitio.
Llevaba meses aprendiendo en Madrid, creciendo fuera, haciendo vida propia, pero aquella clínica seguía siendo parte de mí.
Mi padre me dejó llevar un caso de implantología que llevaba semanas siguiendo y me observó desde un lado sin interrumpir, cosa que en Diego Cifuentes equivalía a un acto de amor bastante serio.
Cuando el paciente salió, me dio un golpecito en el hombro.
—Bien.
—¿Solo bien?
—No te vengas arriba, que todavía eres mi hija.
—Qué generoso eres.
—Y muy guapo, no se te olvide.
La mañana avanzó con ese ritmo de clínicas grandes en las que todo parece urgente hasta que aparece otra urgencia peor.
A una paciente se le cayó una carilla mientras desayunaba mollete, un chico aseguró que llevaba “un pinchacito” y terminó siendo una infección que mi padre miró con cara de padre y de odontólogo a la vez y mi madre capitaneaba desde la recepción para no perder costumbre.
A la una y media yo ya empezaba a notar el cansancio en la espalda, pero también esa satisfacción tranquila de haber vuelto a una rutina que conocía.
Entonces mi madre entró con la tablet.
—Última paciente de la mañana.
—Dime que es una revisión fácil.
—Victoria Rivelles.
Levanté la cabeza al instante.
Mi padre, que revisaba una historia clínica al otro lado, también me miró.
—¿La madre de Samuel?
—Y de Gonzalo —añadió mi madre, con esa precisión innecesaria que solo las madres manejan con tanto arte.
—La atiendo yo —dije.
Sonsoles sonrió apenas.
—Ya lo suponía.
Victoria entró unos minutos después. Llevaba un vestido claro y una sonrisa tímida, pero mucho mejor que la última vez que la vi. La marca del labio casi había desaparecido, aunque yo todavía la recordaba demasiado bien.
—Marina, hija —me saludó, dándome dos besos—. Qué alegría verte aquí.
—La alegría es mía. Pasa, que te atiendo yo.
—Eso espero, porque vengo con miedo. Odio venir al dentista.
—No se lo digas a mi padre, que se ofende.
—Tu padre tiene pinta de ofenderse poco.
—No te creas. Con el tema del hilo dental es muy sensible.
Victoria se rio y aquello me alivió un poco.
La senté en el sillón, le coloqué el babero y revisé la molestia que traía en una muela.
No era nada grave, una pequeña inflamación de encía por acumulación en una zona complicada.
Mientras trabajaba, le fui explicando lo que hacía, sin prisa, dejando que se relajara.
—No sabes lo que os debo —me dijo cuando terminé y se incorporó—. A ti, a Celia… El otro día me salvasteis la tarde.
—Nosotras solo llevamos tarta.
—A veces una tarta llega donde no llega la terapia.
—Eso debería estar escrito en algún sitio.
Victoria sonrió con más ganas.
—Por eso quería invitaros a comer a casa. A Celia, a Sonsoles y a ti. Me apetece devolveros un poco el cariño.
La miré mientras me quitaba los guantes.
—Victoria, no tienes que organizar nada.
—No me cuesta.
—Ya, pero no pasas por un buen momento. Y no lo digo para darte pena, lo digo porque es verdad.
Ella bajó la vista un segundo hacia el bolso.
—Estoy mejor.
—Me alegro. Pero aun así… ven el domingo a casa de mis padres.
Victoria levantó los ojos.
—¿A vuestra casa?
—Sí. Comida familiar. Ahora mismo se lo proponemos a mi madre. Le encanta que la casa se le llene de gente. Y nosotros ya somos familia.
—Marina, eso es muy bonito.
—Y muy cierto. Por tu parte, nada de cocinar, nada de atender, nada de preocuparte por si falta hielo. Lo único que tienes que traer son las ganas de comer.
La expresión de Victoria cambió despacio. Se le suavizó la cara de una manera preciosa.
—Eres igual que tu madre y que tu tía, ¿sabes?
—Eso, según el día, es una amenaza o un piropo.
—Hoy es un piropo.
Sonreí mientras anotaba unas indicaciones en su ficha.
—Pues entonces acepto.
Victoria cogió el bolso y se levantó. Salimos a la recepción y a mi madre le entusiasmó la idea.
—Y que venga también tu hijo Gonzalo, claro está. No vamos a excluirlo de la reunión. Rubén y Samuel se apuntan fijo. Y mis cuñados no faltarán. Por eso tiene que venir Gonzalo igualmente.
Ahí el nombre quedó entre las dos con un peso distinto.
No lo veía desde aquella noche en el ático de Rubén y Samuel. Desde el abrazo. Desde ese momento raro, tierno y difícil que me dejó pensando más de la cuenta. No había mensajes. No había llamadas. Tampoco excusas. Solo una especie de pausa que ninguno parecía saber cómo romper.
Victoria me observó con una sonrisa pequeña, nada invasiva.
—Se lo diré.
—Claro.
Me dio dos besos antes de salir.
—Gracias, Marina.
Cuando se marchó, me quedé unos segundos ordenando instrumental que ya estaba ordenado.
Mi madre apareció en la puerta.
—¿El domingo comida familiar? Y te has encargado tú…
—Pero no por nada…
Sonsoles levantó las manos.
—Yo no he dicho ni mu.
—Has dicho muchísimo.
—Será el tono.
Y salió de allí tan tranquila, dejándome sola con una ficha clínica abierta, media sonrisa tonta y la sensación de que el domingo acababa de complicarse bastante.