Un error de lo más adictivo Capítulo 15
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Capítulo 15

Rubén y Samuel volvieron de Kenia exactamente igual que se habían ido: insufriblemente felices.

La diferencia era que ahora además tenían quinientas fotos, siete vídeos de jirafas, una obsesión compartida con los safaris y un ático nuevo en Triana que parecían dispuestos a enseñar hasta al repartidor de Amazon.

—Os juro que todavía huele a casa nueva —dijo Rubén nada más abrirnos la puerta—. Estoy viviendo mi fantasía burguesa.

Y la verdad era que el ático era de ensueño.

Tenía una terraza enorme llena de plantas, luces pequeñas alrededor de la barandilla y unas vistas espectaculares del río.

Dentro, todo mezclaba el gusto impecable de Samuel con el caos elegante de Rubén: libros apilados junto a velas caras, fotografías enmarcadas ya colocadas sobre muebles nuevos y varias máscaras africanas apoyadas sobre la mesa del salón porque todavía no habían decidido dónde colocarlas.

—¿Habéis decorado esto en una sola vida? —les pregunté.

—No empieces, primita. Aunque la mayoría del mérito es mío —bromeó.

Samuel apareció desde la cocina con una tabla enorme de quesos en la mano.

—Ni caso, que le gusta mucho colgarse medallitas.

—Porque represento la imagen corporativa de la pareja.

Yo me reí mientras dejaba el bolso sobre una butaca.

Y entonces lo vi.

Gonzalo.

Estaba junto a la terraza hablando con Quique y Álvaro, vestido con unos pantalones de pinzas beige y camisa blanca remangada. El moratón del ojo casi había desaparecido, aunque todavía quedaba una sombra leve junto a la ceja.

Levantó la vista.

Yo hice exactamente lo mismo que él.

Apartarla rápido.

Fantástico.

La tensión seguía viva.

Muy viva.

Y lo peor era que ahora tenía además culpa mezclada por medio.

Quique vino directo hacia mí en cuanto me vio.

—Bueno, bueno…

—Ese tono no me gusta.

—Nada de batallas campales esta noche que estos chicos estrenan copas nuevas, de esas que valen un riñón, y no es plan de tirárselas a nadie a la cabeza —murmuró en mi oído.

—No voy a hacer nada.

—Eso dices siempre, loquita.

Álvaro apareció detrás dándole un golpe pequeño en el hombro.

—Déjala respirar.

—No puedo. Vivo atrapado entre dos dramas románticos.

—Tú eres el drama romántico ahora —le recordé.

Y eso funcionó porque Quique sonrió enseguida mirando a Álvaro con una cara tan ridículamente enamorada que daban ganas de pegarles.

Muchísimo.

La reunión empezó tranquila. Música suave, vino frío, comida por todas partes y Rubén enseñándonos fotos de Kenia como un padre pesado enseñando un bebé recién nacido.

—Mirad esta jirafa.

—Rubén, ya la hemos visto.

—Pero ahora con zoom.

Samuel se dejó caer en el sofá a mi lado muerto de risa.

—Lleva tres días hablándole a la gente de los leones.

—Porque casi nos comen.

—Rubén, el león estaba a cien metros.

—Pero con malas intenciones.

Las carcajadas relajaron un poco el ambiente y durante un rato conseguí olvidarme de Gonzalo.

O intentarlo. Porque cada vez que levantaba la vista terminaba encontrándomelo al otro lado del salón, hablando con alguien, riéndose poco, bebiendo despacio o mirando hacia mí apenas un segundo antes de apartar los ojos.

Y aquello agotaba muchísimo.

La terraza terminó convirtiéndose en el centro de la noche.

Sevilla seguía hirviendo incluso después de anochecer, pero corría algo de aire allí arriba y el río brillaba precioso al fondo.

Rubén había puesto una playlist que mezclaba de todo y, en un momento dado, empezó a sonar A Tu Vera de Rosalía porque, según él, ninguna reunión sevillana que se preciara puede sobrevivir sin drama folclórico.

Quique terminó cantándola abrazado a Álvaro mientras Samuel se moría de vergüenza ajena.

—No puedo creer que este sea mi círculo social.

—Y aun así nos quieres muchísimo —contestó Rubén.

—Desgraciadamente.

La conversación fue saltando de un tema a otro hasta que Álvaro preguntó algo que cambió el aire entero del salón.

—Bueno, ¿y tú qué vas a hacer al final con Madrid, Gonzalo?

El silencio fue pequeño.

Pero existió.

Gonzalo, que estaba apoyado junto a la puerta de la terraza con una copa en la mano, tardó un momento en responder.

—No voy a volver.

Rubén levantó la cabeza enseguida.

—¿Cómo?

Samuel frunció el ceño.

—Pensaba que era temporal, hermano. Lo de quedarte en Sevilla.

Gonzalo negó despacio.

—No. Me quedo aquí.

Yo permanecí quieta.

Muy quieta.

Porque no esperaba eso.

Ni un poco.

Quique dejó la copa sobre la mesa.

—¿Por tu madre?

—Sí.

La respuesta salió sencilla. Directa.

Sin dramatismo.

Y quizás por eso sorprendió un poco más.

—Ahora mismo necesita que uno de sus hijos esté en su casa. Samuel acaba de casarse, tiene su vida montada y… bueno. Me toca a mí.

Samuel se incorporó en el sofá.

—¿Y el periódico?

—Lo dejo.

—Joder, Gonzalo. Yo puedo encargarme de mamá…

Él encogió un hombro.

—Tranquilo, trabajar para un jefe capullo tampoco era mi sueño de niño.

—Pero estabas bien allí, pese a eso —dijo Samuel—. Ganabas bastante pasta.

—Ya, pero tampoco me voy a morir de hambre. Sabes que tengo unos buenos ahorros.

Quique lo miró curioso.

—Eso sí que nunca lo entendí. ¿Cómo narices ahorraste tanto trabajando de periodista? ¿Traficabas con órganos?

Por primera vez en toda la noche, Gonzalo sonrió un poco de verdad.

—Hice una inversión hace años, hermano.

—Eso suena sospechoso.

—Compré un edificio antiguo en un barrio madrileño modesto con dos socios cuando la zona todavía no despuntaba. Lo reformamos entero para apartamentos turísticos y luego vendimos parte de la empresa hace poco.

Rubén abrió muchísimo los ojos.

—¿Tú eras uno de esos modernos inversores millonarios y nadie lo sabía?

—No soy millonario. Ni mucho menos es eso. Pero sí logré una buena cantidad que he seguido reinvirtiendo.

Rubén levantó las manos.

—Samuel, cariño, me he casado con el hermano pobre.

Samuel empezó a reírse mientras Gonzalo negaba con la cabeza.

—Tampoco es para tanto.

—Claro, claro. Lo típico de “compré un edificio en Madrid por accidente”.

La conversación siguió alrededor de eso un buen rato. Gonzalo explicó que quería montar un diario digital desde Sevilla, algo pequeño al principio, centrado en reportajes largos, cultura, política andaluza y periodismo de investigación sin depender de grandes grupos.

—Estoy cansado del clickbait —dijo—. Y ahora mismo puedo permitirme hacer algo mío sin tener que aceptar cualquier cosa porque ya no tengo que sobrevivir.

Samuel lo miraba con orgullo evidente.

—Me has dejado alucinado. Te apoyo al cien por cien en tu proyecto, Gonzalo.

Que me hubiese prevenido contra él por mujeriego no significaba que no se alegrase de los logros de su hermano. Y más cuando había librado a su madre de una buena pocos días atrás y estaba dispuesto a sacrificarse por ella.

—Ojalá salga bien.

—Te va a salir bien —opinó Samuel—. Porque veo que, a la chita callando, estás hecho todo un emprendedor, y quien la sigue la consigue.

Gonzalo soltó una risa pequeña.

Y yo, mientras lo escuchaba hablar, sentí algo difícil de definir dentro.

No malo.

Peor.

La sensación de haberlo juzgado muchísimo sin conocerlo de verdad.

Porque hasta ese momento Gonzalo había sido para mí una mezcla de chulillo, desastre emocional y tensión constante.

Pero había mucho más debajo.

Muchísimo más.

La noche siguió avanzando entre vino, música y conversaciones largas. Quique terminó medio tumbado sobre Álvaro en el sofá mientras discutían sobre posibles viajes. Rubén enseñó otra vez vídeos del safari. Samuel acabó descalzo porque para eso estaba en su casa.

Y yo seguía evitando quedarme a solas con Gonzalo.

Hasta que ya no pude más.

Fue casi al final de la noche. Rubén y Samuel estaban en la cocina buscando hielo y los demás hablaban en la terraza cuando vi a Gonzalo solo junto a una estantería, mirando unas fotografías recién enmarcadas de Kenia.

El pecho me dio un vuelco al acercarme.

Maldita expresión.

Maldito hombre.

—Gonzalo.

Él levantó la cabeza despacio.

—Marina, ¿qué tal?

Nada más.

Ni frío.

Ni cariñoso.

Solo distante.

Me acerqué un poco más.

—Quería pedirte perdón.

Sus ojos se quedaron fijos en mí.

—Por lo del otro día.

No respondió enseguida.

Yo seguí hablando porque si no lo hacía iba a perder el valor.

—Fui injusta contigo. Ya sabía lo de tu madre y aun así monté un numerito. Y encima pensé… pensé cosas de ti que ahora me avergüenzan bastante.

Gonzalo bajó la vista un segundo.

—Tampoco estuviste tan equivocada.

—Sí lo estuve.

—Marina…

—No. Déjame terminar.

Tragué saliva antes de seguir.

—Lo siento. De verdad.

Él se quedó callado unos segundos que se me hicieron eternos.

Luego dejó la copa sobre una mesa cercana.

Y antes de que pudiera prepararme para ninguna respuesta, me abrazó.

Así.

Sin más.

Fuerte.

Cansado.

Real.

Me quedé quieta un instante del puro impacto antes de rodearle la cintura también. Gonzalo apoyó la barbilla sobre mi pelo y sentí cómo soltaba el aire muy despacio.

—Yo también estaba fatal ese día —murmuró—. Y pagué contigo cosas que no tenían nada que ver.

Ay.

No.

Eso no.

Porque aquel abrazo arreglaba demasiadas cosas a la vez.

Y porque, por mucho que hubiera intentado enfadarme con él durante semanas… seguía sintiéndome exactamente en casa cada vez que me rodeaba con los brazos.