Capítulo 14 #3
Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca ajustada junto con una expresión agotada que le endurecía más las facciones. Pero lo primero que vi fue el ojo.
Morado.
De verdad.
La piel alrededor estaba hinchada y el corte pequeño junto a la ceja confirmaba que aquello no había sido casual.
Me miró.
Serio.
Muy serio.
Y sentí algo horrible.
Victoria se levantó enseguida.
—Cariño, Celia ha traído la tarta de almendras que nos gusta.
—Gracias —contestó él sin apartar los ojos de mí.
Mi tía intentó suavizar el ambiente.
—¿Qué tal estás, Gonzalo?
—Bien, gracias.
Mentía fatal.
Se acercó a besar la cabeza de su madre con una delicadeza que me terminó de destrozar la poca tranquilidad que me quedaba y luego dejó unas llaves sobre la mesa.
Yo seguía mirándolo.
Y él seguía sin regalarme ni media sonrisa.
Ni una.
—Voy arriba un momento —dijo al fin.
Victoria pareció querer decir algo, pero terminó callándose.
Gonzalo subió las escaleras sin volver a mirarnos y el silencio que quedó detrás fue tan espeso que hasta el ruido de las cucharillas parecía fuera de lugar.
Mi tío suspiró.
—Pobrecillo…
Yo dejé la taza sobre el plato intentando ignorar el nudo que llevaba en el pecho desde que entró por la puerta.
No pude.
—Voy al baño un momento.
Mentira.
Por supuesto.
Subí las escaleras intentando no hacer demasiado ruido, aunque mi corazón iba tan rápido que dudaba que eso ayudara mucho. La puerta de su dormitorio estaba entreabierta y lo encontré dentro, de espaldas a mí, quitándose el reloj sobre una cómoda.
Su habitación era exactamente lo que esperaba y justo lo contrario al mismo tiempo. Grande, luminosa, ordenada sin parecer fría. Había libros tirados sobre una butaca, varias fotografías en blanco y negro apoyadas sobre un estante y una camiseta del Betis mal doblada sobre la cama.
Llamé suave a la puerta.
—¿Qué tal estás?
Ni siquiera se giró.
—Bien.
—Eso ya se lo has dicho antes y no te he creído.
Esta vez sí volvió la cabeza hacia mí.
Y madre mía esa mirada.
Cansada.
Tensa.
Dolida.
—¿Qué haces aquí, Marina?
—Quería hablar contigo.
—Pues no tengo muchas ganas de hablar.
Entré igual y cerré un poco la puerta detrás de mí.
—Lo siento por lo de tu madre.
Gonzalo bajó la vista un instante mientras se apoyaba contra la cómoda.
—Gracias.
El silencio volvió a caer entre los dos, raro, pesado. Yo miraba el moratón de su ojo y seguía sintiéndome fatal por todo lo que pensé de él.
Y entonces cometí el error.
—¿Estás enfadado por lo que viste anoche?
Gonzalo levantó la cabeza despacio.
—¿Perdona?
—En el bar.
—Marina, ayer mi padre le pegó a mi madre.
Vale.
Sí.
Dicho así sonaba todavía peor.
—Ya lo sé, pero…
—¿Pero qué?
Su tono seguía siendo bajo, aunque muchísimo más duro.
—Te vi besándote con otro tío. Ya está. Fin de la historia.
—Pues tienes una forma curiosa de reaccionar porque en Madrid me echaste de tu lado y ahora parece que me reproches algo.
Él soltó una risa seca, sin humor ninguno.
—¿En serio estamos teniendo esta conversación ahora?
—Pues no sé cuándo quieres tenerla porque actúas de un modo que una no sabe a qué carta quedar.
—Perdona por no presentarme sonriente en la piscina después de llevarme una hostia intentando sacar a mi padre de casa.
La vergüenza me golpeó otra vez, pero el orgullo llegó antes que la sensatez.
—Yo no sabía eso. Ahora sí, pero antes no.
—No, claro que no lo sabías. Porque no son cosas que se anuncien por megafonía.
—Porque no me dijiste nada.
—¿Tenía que darte explicaciones?
Ahí ya me enfadé yo también.
—Después de todo lo que ha pasado entre nosotros, igual sí.
Gonzalo se pasó una mano por la cara y negó con la cabeza varias veces.
—Increíble.
—¿Qué es increíble?
—Que conviertas esto en una discusión sobre nosotros.
—Porque siempre haces lo mismo. Te acercas, luego desapareces y pretendes que la gente entienda tus silencios mágicamente.
Sus ojos se clavaron en mí de golpe.
—¿Y tú qué haces? Porque anoche no parecías precisamente afectada.
—Ah, perdona por seguir con mi vida.
—No te he pedido que no sigas con tu vida.
—Pues lo parecía bastante.
Él soltó aire por la nariz y apartó la mirada hacia la ventana unos segundos antes de volver a hablar.
—No estoy para esto ahora mismo.
—Pues yo tampoco estoy para que me mires como si hubiera hecho algo horrible.
—Te besaste con otro tío delante de mí.
—¿Y qué querías? ¿Esperarte eternamente mientras tú decides si apareces o no? Además, que no te había visto…
—No he dicho eso.
—Pero siempre juegas conmigo.
Gonzalo dio un paso hacia mí entonces.
No agresivo.
Nunca eso.
Pero sí cargado de una tensión agotada que me dejó clavada en el sitio.
—¿Tú sabes lo cansado que estoy ahora mismo, Marina?
Su voz bajó todavía más.
—¿Tú sabes la mañana que llevo? ¿La noche? ¿Todo lo que ha pasado en esta casa desde ayer?
Tragué saliva.
Porque sí.
Porque ahora lo sabía.
Y aun así seguíamos discutiendo.
—Yo solo quería entender qué estaba pasando contigo —murmuré.
—Pues ahora mismo no pasa nada contigo.
Aquello dolió.
Muchísimo.
Más de lo que esperaba.
Gonzalo cerró los ojos un segundo antes de señalar la puerta.
—Por favor, sal de mi dormitorio.
Ahí ya no quedó nada que decir.
Ni orgullo.
Ni réplica ingeniosa.
Ni enfado.
Solo una tristeza fea subiéndome poco a poco por dentro.
Asentí despacio y caminé hacia la puerta intentando mantener algo de dignidad, aunque notaba los ojos ardiéndome de rabia y pena al mismo tiempo.
Antes de salir me giré una última vez.
Gonzalo seguía apoyado junto a la cómoda, mirando al suelo, agotado hasta parecer otro hombre distinto al de la boda.
Y por primera vez desde que lo conocí, tuve la sensación de que acercarme a él quizás iba a terminar rompiéndome bastante más de lo que imaginaba.
Bajé las escaleras con el pecho apretado y la sonrisa preparada para que ni Celia ni Victoria notaran nada raro.
Funcionó regular.
Porque mi tía me miró apenas un segundo y ya frunció el ceño.
—¿Nos vamos?
Asentí enseguida.
Victoria se levantó para despedirnos y me abrazó con cariño, sin saber probablemente que acababa de salir de una discusión horrible con su hijo.
Y eso todavía me hizo sentir peor.
El camino de vuelta a casa fue silencioso.
Mi tía condujo sin insistir demasiado, aunque de vez en cuando me miraba de reojo.
Y yo me quedé pegada a la ventanilla viendo pasar Sevilla al atardecer, intentando convencerme de que Gonzalo tenía derecho a estar destrozado, cansado y enfadado.
Lo tenía.
Claro que lo tenía.
El problema era que, aun entendiéndolo… volver a casa con aquella sensación en el pecho seguía doliendo.