Un error de lo más adictivo Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Quizás porque llevaba días demasiado pendiente de algo que ni siquiera entendía.

Quizás porque necesitaba dejar de esperar cosas de Gonzalo.

Valeria terminó desapareciendo un rato para contestarle una videollamada a su novio “porque era monísimo cuando estaba medio dormido” y yo me quedé en la barra pidiendo otra copa.

Fue entonces cuando apareció el chico.

Alto, rubio, camisa blanca remangada y una sonrisa perfecta.

—¿Te puedo invitar a algo?

Lo miré un segundo.

Y pensé:

¿Por qué no?

Porque estaba cansada de sentirme rechazada.

Porque Gonzalo no había aparecido.

Porque ni siquiera había mandado un mensaje.

Y porque necesitaba recordar que el mundo seguía lleno de hombres atractivos y posibilidades de las que hacen latir fuerte el corazón.

—Vale —contesté.

Se llamaba Sergio.

Trabajaba en una inmobiliaria.

Bailaba sorprendentemente bien.

Y tenía esa facilidad para coquetear que hace que una se ría aunque no quiera demasiado.

Terminamos en la pista otra vez, moviéndonos entre luces y canciones mientras él me hablaba muy cerca del oído para hacerse escuchar.

—Tienes una sonrisa peligrosa.

—Y tú frases de tío que liga mucho.

—¿Ha funcionado?

—Un poco.

Él sonrió satisfecho.

La Y, sinceramente, estaba bien.

No increíble.

No eléctrico.

No Gonzalo.

Pero bien.

Normal.

Sergio me apartó un mechón de pelo de la cara y después me besó.

Y yo le devolví el beso.

Porque quería hacerlo.

Porque me apetecía.

Porque necesitaba dejar de pensar en otro hombre durante cinco minutos seguidos.

Fue un beso breve. Suave. Más divertido que intenso.

Y justo cuando me separé un poco de él, todavía con una sonrisa pequeña en la boca, miré por encima de su hombro.

Y lo vi.

Gonzalo.

Al fondo del local.

Quieto.

Con expresión seria.

Mucho más seria de lo habitual.

Durante un segundo nos quedamos mirando.

Después él bajó la vista.

Y se marchó andando hacia la salida.

Al día siguiente por la tarde, cuando escuché a mi tía Celia decir que pensaba acercarse a casa de Victoria para llevarle una tarta de almendras de una confitería que a ella le encantaba, levanté la cabeza del sofá con demasiado interés.

—Voy contigo.

Mi tía, que estaba cerrando la caja con un lazo dorado, me miró por encima de las gafas.

—¿Tú?

—Sí.

—¿A ver a Victoria?

—Sí, tita. Tampoco voy a infiltrarme en el Pentágono.

No dijo nada, pero la sonrisa que intentó esconder mientras buscaba las llaves del coche me dejó claro que no se había tragado mi repentino interés por las visitas de cortesía.

La verdad era bastante menos elegante. Después de que Gonzalo me viera besarme con Sergio la noche anterior, tampoco esperaba una declaración bajo mi ventana, pero su desaparición empezaba a pesarme de una forma que me desconcertaba bastante.

No sabía si seguiría en Sevilla, si pensaba volver a Madrid o si había decidido borrarse del mapa igual que hacía con todo lo que se le complicaba.

Y sí.

Quería enterarme.

Aunque fuera llevando una tarta y poniendo cara de sobrina política encantadora.

Victoria nos abrió y lo primero que pensé fue que estaba más pálida que de costumbre. Lo segundo fue que tenía una marca oscura junto al labio, mal disimulada con maquillaje.

Mi tía se quedó clavada en la puerta.

—Victoria… ¿qué te ha pasado?

Ella tardó un segundo en reaccionar. Se tocó la zona con los dedos, casi por reflejo, y sonrió de una manera que no convenció a nadie.

—Nada, una tontería. Me caí ayer.

Mi tía y yo nos miramos.

No hizo falta más.

—¿Te caíste? —repetí.

Victoria abrió la puerta un poco más.

—Pasad, anda. No os quedéis ahí con este calor.

Entramos al salón con la tarta entre las manos y una sensación rarísima en el cuerpo. La casa olía a flores frescas y café, pero se detectaba algo extraño en el ambiente, como si el mal rollo estuviera flotando. A Gonzalo no lo vi por no ninguna parte.

Mi tía dejó la caja sobre la mesa.

—Victoria, cariño, no nos tomes por tontas.

Ella apretó los labios y apartó la vista hacia la ventana.

Y entonces yo, que a veces hablaba antes de medir bien las consecuencias, solté lo que llevaba clavado en la garganta desde que vi la marca.

—No habrá sido Gonzalo, ¿verdad?

El efecto fue inmediato.

Victoria se quedó inmóvil.

Mi tía me miró con los ojos muy abiertos.

Y yo me arrepentí al segundo, pero ya estaba dicho.

Victoria volvió hacia mí una cara tan herida que me dejó sin defensa.

—¿Tú puedes pensar eso de mi hijo?

Me quedé muda.

—No, yo… perdona. No quería…

—Gonzalo jamás me pondría una mano encima —afirmó ella, con la voz baja pero firme—. Jamás.

La vergüenza me subió por la garganta. Quise desaparecer debajo de la alfombra, meterme dentro de la caja de la tarta o salir corriendo hasta mi casa y no volver a hablar en público en lo que quedaba de vida.

Mi tía le cogió una mano.

—Entonces, ¿qué ha pasado?

Victoria cerró los ojos un momento antes de contestar. Nosotras la seguimos mirando, una a cada lado, sin añadir nada más.

—Fue su padre —dijo al fin—. Ayer por la mañana.

Mi tía se llevó una mano a la boca.

—Ay, Victoria…

—Llevaba años sin atreverse a venir así. Llamaba a veces, mandaba mensajes, aparecía con excusas… pero no de esta forma. Se presentó aquí porque no le invitamos a la boda de Samuel. Según él, le habíamos humillado delante de todo el mundo.

—Pero si él no pinta nada ahí, no quiere saber nada de sus hijos —murmuró mi tía.

Victoria hizo un gesto cansado.

—Para él siempre pinta algo si puede crear un problema. No vino por Samuel. Ni por Gonzalo. Vino por él. Por su orgullo. Porque no soporta que hayamos seguido adelante sin pedirle permiso.

La marca del labio parecía todavía más visible ahora que sabía de dónde venía. Sentí un nudo de rabia y culpa al mismo tiempo.

—Lo siento muchísimo —murmuré.

Ella me miró entonces con menos dureza, aunque aún con dolor.

—Discutimos. Le pedí que se fuera y empezó a gritar. Dijo cosas horribles. Que yo le había quitado a sus hijos, que la boda era una vergüenza, que todos nos creíamos mejores que él. Intenté cerrar la puerta del salón y me agarró. Me dio con el dorso de la mano.

Mi tía la abrazó sin decir nada.

Victoria aceptó aquel abrazo unos segundos, muy recta al principio, hasta que por fin se permitió apoyarse un poco en ella.

—Gonzalo llegó justo en ese momento —continuó—. No sé qué habría pasado de no hacerlo.

Sentí que se me helaban las manos.

—Ay, Dios…

—Venía a recoger unas cosas para la piscina. Había quedado con vosotros, creo.

Ahí encajó todo.

La piscina.

La ausencia.

El mensaje que nunca llegó.

—Cuando vio a su padre agarrándome, se fue directo a por él. Le dio un golpe y lo tiró al suelo. Luego su padre también alcanzó a darle en la cara. Gonzalo tiene el ojo morado.

Me quedé mirando la alfombra. Eso no pude apreciarlo en la oscuridad del local la noche anterior.

Todo lo que pensé de él me cayó encima de golpe.

Que era un cobarde. Que volvía a desaparecer.

Que ni siquiera tenía la decencia de avisar.

Y mientras yo me ofendía en una hamaca, él estaba lidiando con aquello.

Con su padre. Con su madre golpeada. Con una historia familiar que pesaba mucho más de lo que yo había querido entender.

—Por eso no vino —murmuré.

Victoria asintió.

—Se quedó conmigo. Llamamos a un médico amigo de la familia y después a un abogado. Samuel no sabe nada todavía. No quiero estropearles la luna de miel.

Celia le acarició la mano.

—Pero esto no puedes llevarlo sola.

—No estoy sola. Gonzalo ha estado aquí desde ayer.

Aquello me tocó más de lo que quise admitir.

—¿Y su padre?

—Me cuesta, pero me estoy planteando denunciarlo.

Pero ya sabes cómo son estas cosas. De joven era un hombre con encanto, de esos que parecen los mejores hasta que empiezan a destrozarte la vida por dentro.

Ahora se ha hecho mayor, está solo, y pretende que yo vuelva a cuidarlo.

Que le abra la puerta, que le escuche, que le perdone. Y cuando le digo que no, se enfurece.

Mi tía abrió la caja de la tarta con una decisión muy suya.

—Pues ahora mismo vamos a merendar.

Victoria la miró, sorprendida.

—¿A merendar? Si es que no me entra nada…

—Sí. Tú vas a tomarte un café, vas a comerte un trozo de esta tarta, que cuesta una indecencia, y después veremos qué se hace. Pero llorar sin azúcar es malísimo.

Por primera vez desde que entramos, Victoria sonrió un poco.

—Eso lo diría mi madre.

—Tu madre sabe vivir.

Me levanté para ir a la cocina a por platos, aunque no conocía la casa.

Victoria me indicó dónde estaban y, mientras preparábamos la mesa, me encontré mirando hacia el pasillo, preguntándome si Gonzalo estaría bien, si tendría el ojo tan mal como ella decía, si se habría quedado sin dormir, si se habría sentido solo.

Y sobre todo, me pregunté cómo había podido pensar, aunque fuera un segundo, que él era capaz de hacerle daño a su madre.

La tarde pasó entre café, tarta de almendras y una conversación que fue cambiando poco a poco de tono.

Mi tía le contó una anécdota de mi tío intentando colgar una lámpara y casi tirando medio techo.

Victoria terminó riéndose con lágrimas todavía en los ojos.

Yo escuché más de lo que hablé, con la culpa sentada muy cerca, pero también con una nueva imagen de Gonzalo ocupándome la cabeza.

No el mujeriego.

No el cobarde.

No el hombre que me dejó dolida en Madrid.

Sino el hijo que llegó a tiempo, se enfrentó a su padre y se quedó con su madre cuando todo se torció.

Y aquello, para mi desgracia, cambiaba demasiadas cosas.

Estábamos a punto de marcharnos cuando escuchamos la puerta de entrada.

Victoria levantó la cabeza al instante.

Y algo cambió en su cara.

No miedo exactamente. Más bien una especie de cansancio alerta, de esos que nacen después de muchos años acostumbrándose a problemas.

Unos pasos sonaron en el recibidor.

Después apareció Gonzalo.

Y el aire del salón se quedó completamente quieto. Su madre le sonrió abiertamente.