Capítulo 14
El calor seguía siendo insoportable.
Sevilla llevaba varios días instalada en esa temperatura infernal en la que hasta las paredes parecían sudar y el club se había convertido oficialmente en el segundo hogar de media urbanización.
A las doce de la mañana de aquel sábado ya no quedaba una hamaca libre y los camareros de la piscina iban sobreviviendo a base de hielo y resignación.
Yo estaba tumbada boca abajo leyendo algo que no estaba leyendo en absoluto cuando Quique apareció dejando caer una toalla sobre la hamaca de al lado.
—Bueno.
—Bueno, ¿qué?
—Hoy viene Álvaro.
—Mira tú por dónde.
—Y Gonzalo también.
Cerré el libro despacio.
—¿Perdona? ¿Y a santo de qué? Rubén y Samuel no están, ¿qué pinta él aquí? ¿Me lo quieres decir?
—Lo he invitado yo.
—Tú erre que erre, que ya me lo imagino, pero ¿por qué?
—Porque es amigo mío.
—Es amigo tuyo desde hace quince minutos. So traidor —farfullé.
—Eso nunca, soy militar. La traición a mí como que no. Gonzalo es mi amigo porque hemos vivido muchas cosas juntos.
—Una boda y dos copas.
—Tengo la sensación de que le gustas y a ti te hace falta un maromo para completar tu vida, Marina.
—De eso nada. A mí no me compares contigo, ¿te enteras?
—Como para no enterarme, chalada, menudo grito me has dado. ¿No entiendes que tengo que conservar el oído intacto por si alguna vez escucho llegar al enemigo? Que las cosas están muy mal…
No pude evitar reírme un poco, aunque enseguida volví a fruncir el ceño.
—Al enemigo le has invitado tú directamente, inepto.
—Marina, por favor. Estás agotándome. Tú también pareces la prota de una serie turca.
—Pues soy la protagonista que tiene enfilada al amigo metomentodo.
—Qué harías tú sin mí, boba…
Le lancé la revista a la cabeza y él empezó a reírse justo cuando llegó Álvaro con una bolsa enorme llena de hielo y bebidas.
—¿Qué está pasando ahora?
—Marina sigue fingiendo que no le gusta Gonzalo.
—Ah.
Álvaro dejó la bolsa junto a la mesa y me sonrió con cierta compasión divertida.
—Mucho ánimo.
—Gracias. Nadie me entiende.
—Yo sí te entiendo —dijo Quique sentándose en la hamaca—. Pero también entiendo que Gonzalo lleva semanas mirándote como se mira a la parte inferior del cono de helado, esa que está rellena de chocolate.
—Estoy de acuerdo —añadió el otro.
—Qué exagerados sois los dos.
—Nada exagerados —contestó Álvaro—. El día de la boda pensé que ibais a desaparecer detrás de un seto en cualquier momento.
—Álvaro, ¿tú también?
—¿Qué? Era una posibilidad estadística.
Por suerte, antes de que pudiera seguir humillándome, sonó el móvil de Quique.
Y ahí empezó otro espectáculo.
Porque el muy desgraciado puso el vídeo en altavoz sin avisar.
Rubén apareció en pantalla con gafas de sol, camisa abierta y cara de felicidad absoluta mientras detrás se veía una sabana de una belleza indescriptible, un jeep y Samuel intentando apartarle una cámara a un guía.
—¡Mis pobres envidiosos sevillanos!
—Qué horror de persona eres —le contesté riéndome.
Samuel apareció entonces en pantalla.
—Estamos viendo elefantes.
—Y jirafas —añadió Rubén—. Y ayer casi me caigo del jeep intentando hacerle una foto a un león.
—Casi se cae encima del guía —corrigió Samuel.
—Porque el guía frenó fuerte.
—Porque gritaste “gatito”.
Yo me doblé de risa mientras Quique negaba con la cabeza.
—No podéis volver. Estáis insoportables de felices.
—Samuel quiere quedarse a vivir aquí —dijo Rubén—. Ayer lo perdí veinte minutos porque estaba hablando con una señora masái sobre tejidos.
—Era interesantísimo.
—Te vas a comprar una lanza y lo sabes.
La tía Celia, que acababa de llegar con mi madre, terminó mirando el móvil también.
—Ay, qué bonitos estáis.
—Mamá, Samuel ya quiere adoptar media Kenia.
—Y dale… —protestó él desde el vídeo.
—Samuel, llevas tres días diciendo “hakuna matata” cada dos minutos —contestó Rubén.
Las carcajadas se mezclaron con el ruido de la piscina y por un momento todo volvió a sentirse fácil. Ligero. Familiar.
Después colgaron prometiendo enviar más fotos del safari y Quique empezó a enseñarnos imágenes de Rubén abrazado a una jirafa “con más amor del que me ha dado a mí en veinte años”.
El tiempo fue pasando entre baños, bromas y varias rondas de bebidas.
Y Gonzalo no aparecía.
Al principio no pensé demasiado en ello.
Luego miré la hora.
Después otra vez.
Y otra.
—Igual se ha quedado dormido —dijo Quique mientras se ponía crema solar.
—Me da exactamente igual.
—Claro.
—Que va en serio…
—Solo digo que llevas veinte minutos mirando la puerta.
—Estoy observando el entorno.
Álvaro empezó a reírse desde la piscina.
—Qué militar se te ha quedado el discurso.
Yo bufé y volví a tumbarme en la hamaca intentando concentrarme en cualquier otra cosa.
Pero el problema era ese.
Que esperaba verlo.
Aunque me fastidiara reconocerlo.
Esperaba que apareciera con esa media sonrisa suya y alguna excusa sobre su tardanza. Esperaba discutir un rato. Bailar alrededor del enfado otro poco más.
Esperaba algo.
Y Gonzalo no apareció.
Ni a las dos.
Ni a las tres.
Ni después.
Tampoco mandó un mensaje.
Ni un “al final no puedo”.
Nada.
Y eso fue lo peor.
Porque terminé sentada al borde de la piscina fingiendo que escuchaba a Quique contar una historia cualquiera sobre Álvaro y unas fotos mal hechas mientras notaba una sensación fea creciendo poco a poco dentro.
Una decepción pequeña.
Pero insistente.
De esas que una intenta minimizar sola porque sabe que no debería afectar tanto.
—¿Estás bien? —me preguntó Álvaro al pasarme una botella de agua.
Levanté la vista enseguida.
—Claro.
Y sonreí.
Porque tampoco iba a ponerme dramática por un hombre que ni siquiera había sido capaz de escribir un mensaje.
Aunque, muy en el fondo, me hubiera dejado bastante más chafada de lo que quería admitir.
Aquella tarde decidí que se había acabado.
Se acabó Gonzalo Rivelles.
Se acabó mirar la puerta de la piscina esperando que apareciera cuando era un tipo en el que no podía confiar en absoluto. ¿A qué aspiraba? ¿A que me engatusara y me diera otro palo como en Madrid?
Se acabó intentar entender por qué un día parecía querer acercarse y al siguiente desaparecía sin mandar ni un mensaje miserable.
Y, sobre todo, se acabó hacer el idiota.
Así que cuando Valeria me escribió para salir aquella noche, acepté antes siquiera de pensarlo un nanosegundo.
Valeria era amiga mía desde la facultad.
Alta, morena, guapísima y con esa capacidad sevillana de enterarse de toda la vida sentimental ajena antes incluso de que ocurriera.
Trabajaba en una agencia de publicidad cerca de Nervión y llevaba años alternando novios espantosos con hombres todavía peores.
Hasta ahora.
Porque aquella noche apareció en la puerta de mi casa con una sonrisa sospechosa y un vestido verde botella que dejaba clarísimo que estaba feliz.
Muy feliz.
—Vale —dije nada más verla—. Esa cara significa pene estable.
Ella empezó a reírse mientras entraba.
—Marina, qué bruta.
—¿Qué? Estoy analizando datos.
—Pues sí. Me gusta muchísimo.
—Uy.
—Muchísimo, muchísimo.
Aquello ya era grave.
Nos fuimos a cenar a una terraza cerca del río, con farolillos pequeños entre los árboles y música suave de fondo.
Sevilla seguía hirviendo de calor incluso de noche, pero al menos corría algo de aire y la ciudad tenía ese ambiente previo al verano que consigue que todo parezca más bonito de lo normal.
Valeria habló de su novio durante casi una hora.
Y yo la escuché encantada.
Porque hacía tiempo que no la veía así.
Ilusionada de verdad.
No obsesionada.
No pendiente del móvil cada treinta segundos.
Simplemente feliz.
—Es ingeniero —me contó mientras cortaba un trozo de burrata—. Y escucha esto: sabe escuchar.
—No te creo.
—Te lo juro. El otro día me tiré veinte minutos hablando de una compañera insoportable y no intentó solucionarme la vida. Solo me escuchó.
—Eso ya es matrimonio.
Ella soltó una carcajada.
—Además, es guapísimo.
—Eso ayuda tela al amor.
—Marina, no siempre es así.
—Estoy diciendo la verdad.
Valeria me observó un momento desde el otro lado de la mesa.
—Tú estás rara.
—No estoy rara.
—Estás decepcionada.
Qué pesada era la gente que me conocía bien.
Bebí un poco de vino antes de encogerme de hombros.
—No sé. Igual me fastidia más de lo que pensaba. Ya sabes, lo de Gonzalo. El tío del que te hablé.
—Porque te gusta.
—Sí, bueno, ya ves qué éxito.
Ella apoyó el codo sobre la mesa.
—¿Y si simplemente es idiota?
—Eso ya lo tengo confirmado.
—Pues entonces deja de darle vueltas.
Ojalá fuera tan fácil.
Porque Gonzalo seguía apareciéndome en la cabeza continuamente. En la boda. En la piscina. En la feria. En Madrid. En aquella noche horrible cuando me vio caer al suelo y salió corriendo detrás de mí.
Y eso era lo peor.
Que no podía reducirlo a “tío guapo que me lio”.
Había más.
Muchísimo más.
Por suerte, Valeria tenía suficiente habilidad social para sacarme del bucle antes de que me pusiera dramática.
—Bueno. Basta de hombres emocionalmente defectuosos. Hoy salimos, bailamos y tú vuelves a ser una tía alegre y en plenitud de tus facultades mentales.
—Yo siempre soy así.
—Llevas un rato mirando el móvil como una viuda de guerra.
—Otra exagerada.
—Y tú demasiado intensa para alguien que dice que le da igual.
Después de cenar terminamos en un local del centro lleno de música y salseo. Sonaban canciones conocidas mezcladas con clásicos que todo el mundo cantaba aunque nadie admitiera saberse la letra.
A mitad de la segunda copa pusieron NuevaYol de Bad Bunny y Valeria me agarró del brazo arrastrándome a la pista.
—Hoy no puedes quedarte mustia.
—No estoy mustia.
—Perfecto. Entonces baila.
Y bailé.
Mucho.
Con Valeria.
Con un grupo de chicas que conocimos en el baño.
Con un chico moreno que juraba ser DJ y probablemente mentía.
Y poco a poco empecé a sentirme mejor.
Más ligera.
Más yo otra vez.