Capítulo 13
La cena dio comienzo cuando el cielo ya estaba completamente oscuro y la finca parecía todavía más bonita iluminada por cientos de luces pequeñas colgadas entre los árboles.
Las mesas estaban repartidas por la terraza principal y parte del jardín, llenas de flores blancas, velas y copas brillando bajo la noche sevillana. El calor había bajado un poco por fin y corría una brisa suave que movía los manteles y hacía que todo pareciera todavía más elegante.
Mi sitio estaba en una mesa cerca de la pista de baile junto a Quique, Álvaro, mis padres, Gonzalo y varios amigos de Rubén y Samuel.
Fantástico.
Porque eso significaba dos cosas.
La primera: comida increíble.
La segunda: Gonzalo demasiado cerca.
Y ambas eran peligrosas.
—Bueno —dijo mi padre sentándose a mi lado—. Espero que la comida esté buena porque llevo desde las seis sobreviviendo a base de champán.
—Eso explica muchas cosas —contesté.
Sonsoles le dio un golpe pequeño con el abanico.
—Compórtate.
—Estoy impecable.
—Has preguntado tres veces dónde estaba el jamón.
—Porque necesito información fiable.
La cena fue espectacular desde el principio. Primero varios entrantes que parecían obras de arte y luego platos que hicieron callarse incluso a Quique durante más de treinta segundos, algo histórico.
—Esto está indecente —murmuró él después de probar el solomillo.
Álvaro levantó una ceja.
—¿Bueno o malo?
—Buenísimo. Yo lloro con facilidad y ahora mismo estoy cerca.
Rubén y Samuel iban de mesa en mesa saludando, riéndose, besándose y recibiendo abrazos constantes. Cada vez que pasaban cerca de nosotros alguien acababa emocionándose otra vez.
Y sinceramente, era imposible no hacerlo.
Porque se los veía felices de verdad.
Felices hasta los huesos.
En mitad de la cena, Quique se levantó golpeando suavemente la copa con un cubierto.
—Bueno, voy a decir unas palabras rápidas antes de que el vino fino me incapacite emocionalmente.
—Eso ya ha pasado —dijo Rubén desde otra mesa.
Las risas recorrieron la terraza mientras Quique levantaba una mano ofendido.
—Respeta al orador.
Se aclaró la garganta exageradamente antes de mirar a los novios.
—Rubén, Samuel… os quiero muchísimo. Y aunque llevo años diciendo que Rubén me abandonó sentimentalmente, reconozco que no podrías haber elegido mejor persona para hacerlo.
Samuel empezó a reírse mientras Rubén se llevaba una mano al pecho.
—Además —continuó Quique—, quiero dejar claro que esta boda demuestra una cosa importante: hasta las personas insoportables encuentran el amor.
—¡Quique! —gritó Rubén muerto de risa.
—Estoy dando esperanza a la sociedad.
Álvaro lo miraba desde la silla con una sonrisa imposible de esconder y yo tuve que apartar la vista porque aquellos dos empezaban a resultar demasiado adorables juntos.
Después llegaron los postres.
Y con ellos, la tarta.
Una tarta enorme, elegante, blanca y llena de flores naturales que apareció entre aplausos mientras Rubén ya avisaba de que él no sabía cortar aquello “sin provocar daños estructurales”.
—Tú sonríe —le dijo Samuel—. Yo hago el resto.
—Eso dijo también cuando montamos una estantería y acabamos llamando a un carpintero.
La gente empezó a reírse mientras los dos cogían juntos el cuchillo para cortar la primera porción.
Y entonces pasó algo.
Porque Rubén, en pleno momento bonito y romántico, apoyó mal el brazo y terminó manchando a Samuel de crema en plena chaqueta.
Hubo un segundo de silencio.
Samuel bajó la vista hacia la mancha.
Rubén abrió muchísimo los ojos.
Y Quique gritó desde el fondo:
—¡Se acaba el matrimonio!
Las carcajadas explotaron por toda la terraza mientras Rubén intentaba limpiar aquello muerto de risa.
—Lo siento, lo siento.
—No pasa nada —contestó Samuel—. Creo que sigo queriéndote.
—Menos mal porque ya hemos pagado el viaje.
Victoria estaba llorando otra vez.
La tía Celia también.
Mi madre directamente había renunciado ya a mantener el maquillaje intacto.
Después de la tarta empezó a sonar música más suave y varias luces del jardín bajaron intensidad hasta dejar la pista iluminada con tonos dorados preciosos.
Rubén agarró la mano de Samuel.
—Bueno.
Samuel sonrió mirándolo.
—Bueno.
Y entonces comenzaron a sonar los primeros acordes de Die With A Smile.
Ay.
Madre mía.
Toda la finca pareció quedarse más quieta.
Rubén apoyó una mano en el pecho de Samuel mientras empezaban a bailar despacio en mitad de la pista, rodeados de luces, flores y gente emocionada hasta niveles vergonzosos.
Y yo, sentada con una copa en la mano mientras observaba a mi primo mirar al hombre de su vida como si no existiera nadie más alrededor, tuve clarísimo que aquella iba a ser una de esas noches que recordaríamos siempre.
El primer baile de Rubén y Samuel duró exactamente lo que tardó Quique en emocionarse demasiado y arrastrar a media boda a la pista.
Y ahí se desató la locura.
Una inolvidable.
Porque en menos de diez minutos ya había gente bailando entre las mesas, tacones abandonados debajo de las sillas, corbatas aflojadas y camareros esquivando invitados mientras sonaban canciones de todos los estilos posibles.
Primero pusieron Espresso de Sabrina Carpenter y varias amigas de Rubén gritaron como si acabaran de abrir las puertas del paraíso.
Después llegó Beautiful Things de Benson Boone, que consiguió que medio mundo empezara a cantar con la copa en alto, y más tarde alguien pidió Si Antes Te Hubiera Conocido , que sonaba por todas partes, provocando que hasta mi padre acabara bailando con mi madre como si se acabaran de conocer.
Rubén estaba desatado.
Completamente desatado.
Saltaba de grupo en grupo, besaba a Samuel cada dos segundos y llevaba el traje ya medio abierto porque, según él, “la elegancia tenía límites físicos”.
—Te vas a matar de calor —le advirtió Samuel.
—Pues que me entierren feliz.
La pista parecía enorme y pequeña al mismo tiempo.
Todo el mundo se mezclaba: mis padres bailando clásicos, amigos de Samuel cantando reguetón del bueno, Quique intentando seducir a Álvaro con movimientos que atentaban contra varias leyes físicas y Matilde, la abuela de Quique, pidiendo bachata “porque una boda sin bachata no es una boda ni es nada”.
Y, sinceramente, la mujer llevaba razón.
Porque cuando empezó a sonar Bachata Rosa , todo un clásico de Juan Luis Guerra , el ambiente se transformó. Las luces bajas, la noche cálida, el jardín precioso alrededor y parejas acercándose despacio a la pista mientras las conversaciones bajaban de volumen.
Yo estaba junto a la fuente de chocolate robándole fresas a Quique cuando Gonzalo apareció a mi lado.
—Ese es mi postre.
—Ahora es nuestro postre.
—Paso de ti.
Me reí mientras me chupaba el chocolate del dedo.
Y ahí cometí un error.
Porque Gonzalo miró mi boca un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente.
Muchísimo suficiente.
—No me mires así —murmuré.
—¿Así cómo?
—Como si fueras buena idea.
Él sonrió apenas.
—Eso nunca ha pasado.
Ay.
Qué desgraciado.
Antes de que pudiera responder, Matilde apareció otra vez.
—¿Y vosotros por qué no estáis bailando?
—Porque estamos perfectamente aquí —contesté.
—Mentira. Venid.
Nos agarró de las manos y nos empujó hacia la pista mientras Quique se doblaba de risa detrás.
—¡Matilde, deja de emparejar gente!
—¡Calla y besa al fotógrafo!
Álvaro casi se atragantó con la copa.
Yo quería desaparecer.
Pero ya era tarde porque Gonzalo acababa de colocarme una mano en la cintura.
Y madre mía.
Madre.
Mía.
La bachata cambió a Propuesta Indecente de Romeo Santos y el universo decidió terminar de reírse de mí.
—Esto está amañado —murmuré.
—Un poco sí.
Bailar con Gonzalo seguía siendo un problema.
Porque se movía bien.
Demasiado bien.
Y porque cuando me acercaba a él notaba su mano firme en mi cintura, el calor de su cuerpo contra el mío y ese perfume embriagador que llevaba volviéndome idiota desde Madrid.
—Estás tensa.
—Estoy sobreviviendo.
—Qué dramática eres.
—Por tu jodida culpa.
Él bajó un poco la cabeza para escucharme mejor entre la música.
Y ahí noté la piel erizándoseme entera.
En los brazos.
En la espalda.
Hasta en la nuca.
Maldita sea.
Gonzalo debió notarlo porque sonrió apenas, despacio, sin dejar de moverse conmigo.
—Mira eso.
—¿Qué?
—Se te ha puesto la piel de gallina.
—Hace aire.
—Claro.
—No te vengas arriba.
—¿Quién dice que me estoy viniendo arriba?
—Tu cara.
Eso consiguió que se riera.
Y, sinceramente, seguía siendo una de las cosas más peligrosas de él.
La canción terminó y empezó otra, y luego otra.
Alrededor nuestra la boda seguía completamente viva: Rubén encima de una silla otra vez, Samuel intentando bajarlo, Quique haciéndose fotos en el photocall con unas gafas gigantes en forma de corazón y Álvaro ya incapaz de fingir que no estaba enamorándose un poco.
Habían montado de todo alrededor de la pista.
Un puesto de churros pequeños con chocolate, una barra de cócteles y ese photocall lleno de flores y luces donde Matilde obligaba a posar a desconocidos.
Incluso había una especie de carrusel pequeño iluminado al fondo del jardín donde varias chicas gritaban con tacones en la mano.
La boda parecía una feria de lo más elegante.
Una feria romántica y caótica.
Y yo seguía bailando con Gonzalo.
—Llegas tarde —le dije de pronto.
Él arqueó una ceja.
—¿A qué?
—A esto.
—No sabía que había horario.
—Lo había.
—¿Y cuál era?
—Madrid.
Sus ojos cambiaron un poco al escuchar aquello.
No muchísimo.
Pero sí lo suficiente.
—Ah —murmuró.
—Sí. Ah.
Seguimos moviéndonos despacio entre la música y las luces.
—Fuiste tonto —añadí.
—Eso me han dicho varias personas últimamente.
—Pues escucha más a la sociedad.
Él sonrió otra vez, aunque esta vez había algo distinto detrás.
Algo más serio.
—Quizás tengas razón.
Ay.
No.
Eso no.
Porque bastante me costaba mantener la dignidad ya con una mano suya en mi cintura y esa mirada rozándome la paciencia.
Alrededor nuestra empezaron a sonar los primeros acordes de Vivir Mi Vida y media de Mark Anthony y boda gritó de emoción.
Rubén apareció entre la gente señalándonos indignado.
—¡No podéis robarnos el romanticismo a Samuel y a mí!
—¡No estamos románticos! —grité.
Quique pasó corriendo detrás con un sombrero absurdo del photocall puesto.
—¡Yo sí! ¡Álvaro me ha dado un beso detrás de la fuente de chocolate!
Toda la boda empezó a aplaudir y Álvaro directamente se tapó la cara mientras Matilde gritaba: —¡Por fin una alegría en esta familia!
Yo empecé a reírme tanto que terminé doblándome un poco hacia delante.
Y Gonzalo, todavía agarrándome de la cintura, me miró sonriendo de esa manera tranquila que seguía pareciéndose demasiado al peligro.
La boda terminó casi al amanecer.
De esas noches que empiezan elegantes y terminan locas por agotamiento, por felicidad y por exceso de canciones cantadas a gritos.
La finca seguía iluminada entre árboles y farolillos cuando los últimos invitados empezaban a marcharse con los tacones en la mano, las corbatas desaparecidas y la dignidad bastante negociada.
La fuente de chocolate parecía zona catastrófica, el photocall había sobrevivido de milagro a Matilde y alguien (Rubén) llevaba una hora diciendo que no quería que aquella noche acabara nunca.
Y sinceramente, lo entendía.
Porque había sido perfecta.
Mi primo seguía bailando con Samuel en mitad de la pista ya vacía cuando sonó otra canción lenta y varios nos quedamos mirándolos desde las mesas con una sonrisa tonta.
Ya no tenían energía para hacer bromas ni para recibir más abrazos.
Solo estaban ahí, juntos, agotados y felices hasta dar envidia.
—Míralos —murmuró mi madre desde una silla cercana—. Es imposible quererlos más.
Mi padre, que llevaba la chaqueta colgada al hombro y una copa de más desde hacía horas, asintió.
—Tu primo ha tenido mucha suerte.
—Samuel también —contesté.
Y era verdad.
Porque pocas personas tenían la fortuna de encontrar a alguien capaz de mirarlas así después de una noche entera de ruido y emoción.
Quique apareció entonces junto a mí despeinado, con la camisa por fuera y cara de haber vivido demasiadas emociones en menos de doce horas.
—Bueno.
—Bueno qué.
—Que creo que Álvaro me gusta muchísimo.
No pude evitar reírme.
—Qué sorpresa.
—Marina, me ha besado debajo de un olivo mientras sonaba Marc Anthony. Yo ya estoy casado por dentro.
—Tú te enamoras rapidísimo.
—Y tú demasiado lento.
Ay.
Fantástico.
Porque sabía perfectamente por dónde iba.
—No empieces.
—Solo digo que Gonzalo lleva tres horas mirándote como si quisiera pedir perdón en siete idiomas.
—Pues que estudie idiomas.
Quique me miró un segundo antes de sonreír con cansancio feliz.
—Estás menos enfadada.
No respondí enseguida.
Porque quizás tenía razón.
O quizás simplemente estaba cansada de resistirme todo el tiempo.
La noche había sido demasiado bonita para seguir aferrándome al enfado igual que en Madrid.
Gonzalo seguía siendo un desastre sentimental.
Eso no había cambiado. Pero también era el hombre que me había salvado del peor susto de mi vida, que llevaba semanas intentando acercarse sin presionarme y que me miraba ahora desde el otro lado del jardín con una expresión imposible de fingir.
Ay.
Qué cansancio de hombre.
La música bajó un poco más y varios invitados empezaron a despedirse definitivamente. Matilde abrazaba gente aunque no supiera quién era, Rubén seguía negándose a irse y Samuel ya negociaba con los camareros la supervivencia de las flores.
Yo me levanté de la silla buscando un poco de aire y terminé caminando hacia el borde del jardín, donde las luces de la finca se mezclaban con el cielo todavía oscuro.
Escuché pasos detrás de mí antes siquiera de girarme.
Gonzalo.
Claro.
Se colocó a mi lado sin hablar durante unos segundos.
Por una vez, aquello no resultó incómodo.
Solo tranquilo.
Desde allí se veía la pista casi vacía, los novios abrazados y la finca entera brillando suave bajo las luces.
—Ha sido una boda increíble —dijo él al fin.
—Sí.
—Samuelc va a contar esta noche durante cuarenta años.
—Y exagerarla durante cincuenta.
Eso consiguió arrancarle una sonrisa.
Yo apoyé los antebrazos sobre la barandilla del jardín y miré hacia delante intentando ordenar un poco todo lo que llevaba semanas sintiendo.
Spoiler: no lo conseguí.
Porque entonces Gonzalo habló otra vez.
Muy bajito.
—Me alegro de que hayas vuelto a reírte así.
Y maldita sea.
Ahí estuvo el verdadero problema.
No la tensión.
No Madrid.
No el orgullo.
Sino esa forma suya de decir cosas pequeñas que acababan quedándose dentro muchísimo más tiempo del que yo quería permitirles.