Un error de lo más adictivo Capítulo 12
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Capítulo 12

Después de la ceremonia, la finca se impregnó de esa ilusión colectiva de las bodas por amor.

La gente se repartía entre abrazos, copas de champán, camareros pasando con bandejas imposibles y grupos que se organizaban para las fotos mientras alguien gritaba continuamente nombres desde el jardín.

El sol empezaba a caer despacio sobre los olivos y toda la zona del aperitivo parecía sacada de una película: mesas altas entre buganvillas, velas todavía apagadas esperando la noche y música suave mezclándose con las risas.

Rubén y Samuel no daban abasto.

Cada dos minutos alguien los paraba para abrazarlos, llorarles encima o decirles que estaban guapísimos. Rubén llevaba la felicidad escrita en toda la cara y Samuel lo miraba embobado.

Álvaro iba de un lado a otro haciendo fotos sin parar mientras Quique lo seguía con la excusa de “coordinar grupos”, aunque todos sabíamos perfectamente que lo único que coordinaba era su enamoramiento.

—Quique, ven para una foto —le pidió mi madre.

—Voy.

—Y deja de perseguir al fotógrafo, hijo.

—Estoy trabajando de apoyo logístico.

—Estás haciendo de las tuyas…

—Sonsoles, por favor, hoy no.

Me reí mientras cogía una copa de champán de una bandeja y me apartaba un poco hacia una zona más tranquila del jardín.

Error.

Porque ahí estaba Matilde.

La abuela de Quique.

Setenta y muchos años, pendiente enorme, vestido morado y más peligro que media Sevilla junta.

—Ven aquí, Marina.

Obedecí porque nadie desobedecía a Matilde y sobrevivía para contarlo.

Me agarró de la muñeca y me hizo girar sobre mí misma para mirarme mejor.

—Qué barbaridad de niña.

—Gracias, Matilde.

—Ese vestido incita al pecado.

—Matilde, que no.

—¿Qué? A mi edad ya puedo decir lo que quiera.

Eso era completamente cierto.

Matilde bebió un sorbo de champán antes de mirar hacia detrás de mí.

Y sonrió.

Mal asunto.

Porque ya sabía perfectamente quién acababa de aparecer.

—Pues sí que hacéis buena pareja.

Cerré los ojos un segundo.

—No empecemos.

Gonzalo acababa de acercarse con otra copa en la mano, guapísimo hasta resultar irritante. Se había quitado la chaqueta y llevaba las mangas remangadas justo lo suficiente para fastidiarme la existencia.

—Buenas tardes, Matilde. Me han dicho que es usted la abuela de Quique.

—Ni buenas tardes ni ocho cuartos. Ven aquí, que os vea juntos.

—Matilde, de verdad…

Ella ignoró mis protestas y nos colocó uno al lado del otro con autoridad militar.

—Míralos. Si parecen protagonistas de una serie de esas turcas interminables.

Gonzalo empezó a reírse.

Yo quería desaparecer.

—No hacemos pareja —protesté.

Matilde me miró ofendidísima.

—¿Y yo qué he dicho? ¿Que os caséis mañana? Solo digo que dais muy bien juntos y no estoy chocheando todavía.

—Eso está por ver —murmuré.

—Te he escuchado.

—Lo siento…

Gonzalo seguía disfrutando demasiado de la situación.

—A mí me parece que Matilde tiene buen ojo —dijo.

Lo miré con cara de amenaza.

—Tú calla, que tuviste tu oportunidad y la tiraste por el wáter.

—¿Ves? —dijo Matilde señalándome—. Ya discutís como un matrimonio antiguo.

—Matilde, por favor.

Ella negó con la cabeza mientras daba otro sorbo a la copa.

—Mira, niña, yo he vivido mucho. Y sé perfectamente cuándo un hombre mira demasiado a una mujer.

Fantástico.

Porque encima llevaba razón.

Y porque Gonzalo, el muy traidor, no dejó de mirarme ni un segundo mientras ella hablaba.

—Bueno —dije intentando escapar—, voy a buscar a mis padres.

Matilde me agarró otra vez.

—Quieta. Primero una foto.

—No.

—Sí.

—No.

—Álvaro —gritó ella girándose hacia el fotógrafo—. ¡Hazme una foto de estos dos antes de que la niña siga huyendo!

Media boda empezó a reírse.

Yo quería morirme.

Gonzalo, el desgraciado, disfrutándolo con ganas.

Y Matilde, encantada consigo misma, levantando la copa como si acabara de resolver ella sola el futuro sentimental de media sociedad sevillana.