Capítulo 11 #2
Obedecí, dando una vuelta pequeña.
—¿Qué tal?
Mi tía Celia se llevó una mano al pecho.
—Ese vestido es una locura.
—Pero de las buenas —añadió Victoria—. Hija, estás preciosa.
—Gracias.
Mi madre sonrió con orgullo y me colocó un mechón junto a la oreja.
—Azul eléctrico. Ya sabía yo que era tu color.
—Tú sabes muchas cosas, mamá.
—Casi todas.
Mi padre llegó en ese momento con Enrique y dos tíos más que ya discutían sobre dónde sentarse. Diego Cifuentes iba guapísimo con traje gris claro, corbata azul y esa cara suya de hombre encantado de ver a su familia feliz aunque intentara disimularlo con bromas.
—Bueno —dijo al verme—. ¿Y tú para cuándo?
—Papá.
—Pregunto con interés científico.
—Pues estudia otra cosa.
Mi tío Enrique se rio mientras su mujer le daba un codazo a mi padre.
—Déjala, Diego. Que hoy bastante tenemos con casar al mío.
—No, si yo lo digo por aprovechar el montaje. Ya que está todo puesto…
—Papá, te retiro la palabra antes de la ceremonia.
—Eso me lo decía tu madre y mira, acabó casándose conmigo.
Sonsoles levantó una ceja.
—No presumas tanto, que me pillaste joven.
Victoria empezó a reírse y mi tía Celia la siguió enseguida.
Aquello, verlas así, tan contentas, tan unidas, me emocionó más de lo que esperaba.
No era solo la boda de Rubén y Samuel. Era una unión de familias, de amigos, de gente que se quería sin hacer teatro, aunque todos estuviéramos a punto de llorar por turnos.
Entonces vi a Gonzalo.
Estaba cerca de la zona de las copas, hablando con Samuel y otro amigo.
Llevaba un traje oscuro perfecto, camisa blanca, corbata azul muy fina y el pelo peinado con menos descuido del habitual.
Guapísimo se quedaba corto. Muchísimo. Tenía esa presencia de hombre que no necesitaba levantar la voz para que una lo localizara entre un millón de personas.
Y, por supuesto, me vio.
Yo aparté la vista antes de que pudiera sonreír.
—Ahí está tu disgusto con patas —murmuró Quique, que apareció de la nada.
—No empieces.
—No empiezo. Informo.
—Pues informa menos.
—Está para echarle tres polvos seguidos, eso sí.
—Quique.
—¿Qué? Tengo ojos. Y además ahora estoy en fase Álvaro, no represento amenaza.
Le di un golpe suave con el abanico y él se rio, pero luego me miró con cariño, de ese modo suyo que mezclaba broma y preocupación.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Hoy no le tires nada encima, por favor. La tintorería de los Rivelles no da más.
—Intentaré contenerme.
—Eso dicen todas las locas.
La llegada de Rubén cambió el aire de la finca.
Rubén estaba atacado y su madre, que segundos antes hablaba con Victoria sobre flores, se fue hacia él, arreglándole la chaqueta, con la sonrisa orgullosa y los ojos brillantes. Estaba radiante. De esos novios que no pueden fingir serenidad porque llevan la felicidad escrita en la cara.
Samuel, que esperaba junto al altar, le vio desde lejos.
Y ahí se acabó cualquier intento de compostura.
No lloró a mares, no hizo nada de eso. Solo se quedó quieto, con una sonrisa preciosa, mientras Rubén avanzaba del brazo de su madre. Pero bastó aquello para que medio mundo empezara a buscar pañuelos.
—Me cago en todo —susurró Quique a mi lado—. Ya estoy.
—Te dije que ibas a llorar.
—No estoy llorando. Se me ha metido una boda en el ojo.
Álvaro, desde unos pasos más allá, enfocó a Rubén, luego a Samuel, y después giró la cámara hacia Quique justo cuando este se limpiaba una lágrima con mucha poca discreción.
—Ni se te ocurra sacar esa foto —le avisó Quique.
—Es preciosa.
—Es chantaje.
—Puede ser.
Rubén llegó casi al principio del pasillo de flores y miró hacia Samuel con una emoción tan incontenible que todos los que le queríamos sentimos un nudo en la garganta.
Su madre le apretó el brazo antes de seguir caminando.
Victoria, al otro lado, se tocó el pecho con una sonrisa temblorosa al ver a su hijo esperando.
Mi padre se inclinó hacia mí.
—A ver si aprendes.
—Papá, de verdad.
—Lo digo por la organización, no por casarte.
—No cuela.
—Un poco sí.
La música estaba a punto de empezar y los invitados empezaban a ocupar sus sitios.
La tía Celia salió con Rubén hacia el inicio del camino mientras los demás nos preparábamos para seguirlos rumbo a nuestros asientos.
Quique se colocó a mi lado, Álvaro se movió hacia una esquina para captar la entrada y Gonzalo, desde unos metros, volvió a mirarme.
Esta vez no aparté la vista enseguida.
Solo un segundo.
Después cogí el abanico, levanté la barbilla y caminé hacia la ceremonia, porque aquel día no iba de Gonzalo Rivelles.
Iba de Rubén.
De Samuel.
Y de un amor tan bonito que hasta Quique, con todo su teatro, tuvo que rendirse antes de empezar.
La ceremonia comenzó justo cuando el sol empezaba a bajar un poco y la luz se volvía dorada sobre los jardines de la finca.
Sonaban violines suaves entre los árboles, las flores blancas alrededor del altar parecían todavía más bonitas con aquella claridad cálida y el aire olía a jazmín y hierba fresca.
Los invitados guardaron silencio poco a poco mientras Rubén avanzaba del brazo de su madre, incapaz ya de borrar la sonrisa nerviosa que llevaba pegada a la cara desde hacía una hora.
Samuel tampoco estaba mucho mejor.
Intentaba mantener compostura de hombre elegante y sereno, pero en cuanto Rubén llegó junto a él, perdió la batalla completamente. Se miraron y ahí se acabó todo. Las sonrisas, los ojos brillantes, la emoción de los dos… era imposible no acabar afectado.
Mi tía Celia besó la mejilla de su hijo antes de dejarlo junto a Samuel.
—No me hagáis llorar demasiado —les susurró.
—No prometemos nada —contestó Rubén.
Y cumplió su amenaza enseguida.
Porque los votos fueron preciosos.
Y también muy ellos.
Samuel habló primero. Sacó un papel doblado del bolsillo interior de la chaqueta y, antes siquiera de empezar, Rubén ya estaba riéndose.
—¿Lo llevas escrito? Qué poco confías en ti.
—Rubén, yo contigo nunca confío en nada.
Las carcajadas relajaron un poco el ambiente y Samuel negó con la cabeza antes de mirarlo otra vez.
—Vale. A ver… prometo quererte incluso cuando pongas veinte cojines en la cama que luego acabamos tirando al suelo.
Rubén empezó a reírse.
—Prometo sobrevivir a tus dramas decorativos, a tus ataques de organización antes de Navidad y a tu necesidad enfermiza de recolocar cuadros cada tres meses.
—Eso es por salud mental.
—Eso es vivir con una persona poseída por Pinterest.
La gente volvió a reírse y Samuel sonrió antes de seguir.
—Y también prometo que nunca voy a dejar que te sientas solo. Ni un día. Ni uno.
Ahí ya empezaron los lloros.
Mi tía Celia buscó un pañuelo mientras Victoria le agarraba la mano emocionada y hasta Quique tuvo que mirar hacia arriba “porque el polen estaba haciendo de las suyas”.
Rubén tomó aire antes de sacar también sus votos.
—Yo no lo he escrito porque soy más valiente.
—Improvisas fatal —le recordó Samuel.
—Pero con sentimiento.
Rubén lo miró unos segundos con esa intensidad preciosa de las personas que quieren muchísimo y ya no saben esconderlo.
—Prometo seguir riéndome contigo aunque tengas sesenta años y te empeñes en usar camisetas de grupos que nadie conoce.
—Son grupos muy buenos.
—Son tíos alemanes gritando.
Samuel empezó a reírse otra vez mientras Rubén continuaba.
—Prometo defenderte siempre. Incluso cuando seas insoportable. Incluso cuando me pongas de los nervios. Y prometo una cosa importante…
Hizo una pausa teatral.
—Jamás voy a permitir que compres muebles sin mi supervisión.
—Eso sí que no.
—Te quiero, Samuel. Muchísimo. Y me sigue pareciendo increíble que encima tú también me quieras a mí.
Ahí ya se acabó la compostura colectiva.
Las madres lloraban.
Mi padre fingía que tenía algo en el ojo.
Y Quique directamente se secaba las lágrimas con el programa de la ceremonia.
Entonces llegó el momento de las alianzas.
Y, por supuesto, ocurrió algo.
Porque Quique, encargado de llevarlas “por ser el más responsable del grupo”, sacó la cajita del bolsillo… y la abrió vacía.
Se hizo un silencio de horror absoluto.
—Quique —dijo Rubén lentamente.
—Un momento.
—Quique.
—No cunda el pánico.
—¿Dónde están las alianzas?
Álvaro empezó a reírse tan fuerte que tuvo que bajar la cámara y ahí entendimos todos que aquello era una broma preparada.
Quique sacó la cajita real del bolsillo interior de la chaqueta con cara de orgullo.
—Necesitaba emoción narrativa.
Samuel se llevó una mano a la frente.
—Voy a anular esta boda.
—No puedes. Ya hemos pagado las flores.
Las carcajadas rompieron otra vez la tensión y Rubén terminó abrazando a Quique antes de quitarle las alianzas.
—Eres imbécil.
—Pero entretenido.
Finalmente intercambiaron los anillos entre aplausos, nervios y ojos empañados.
Y cuando se besaron al terminar la ceremonia, con el sol cayendo detrás del altar y toda la finca llena de aplausos y gritos felices, tuve clarísimo que acababa de asistir al sellado de una de las historias de amor más bonitas que había visto nunca.