Un error de lo más adictivo Capítulo 11
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Capítulo 11

La casa de mis tíos ya parecía una boda antes incluso de que empezara la boda.

Había flores por todas partes, bolsas colgadas de las puertas, perfumes mezclándose en el aire, gente entrando y saliendo de habitaciones y el sonido constante de alguien preguntando dónde estaban unos gemelos, una corbata o una botella de cava que llevaba desaparecida desde las diez de la mañana.

Y en mitad de aquel caos perfectamente sevillano estaba Rubén.

Vestido de novio.

Mirándose al espejo del vestidor con una expresión entre emocionado y a punto de hiperventilar.

—No puedo creerme que me case hoy.

Yo seguía sentada sobre la cama observándolo mientras terminaba de colocarse la chaqueta.

El traje le quedaba espectacular. Entallado, elegante sin parecer rígido y con un chaleco color marfil que Samuel había elegido después de discutir durante una semana con tres diseñadores distintos y probablemente con media provincia de Sevilla.

—Te queda increíble —murmuré.

Mi primo se giró hacia mí.

—¿Tú crees?

—Rubén, pareces un príncipe de cuento.

—Serás cursi, ¿y yo qué?

—Que tú también estás ideal, celosillo mío, pero que hoy el protagonista es él.

—Vaya por Dios…

Bueno, confirmo una cosa.

—¿Cuál? —me preguntó Rubén.

—Que voy a llorar muchísimo y no tengo intención de reprimirlo.

—Vaya novedad, tú lloras hasta con los anuncios de Navidad.

—Porque tienen emoción, Quique. ¿Y tú qué? También tienes un corazón chiquitito debajo de ese ancho torso de militar.

—Qué lástima que Rubén nunca le haya prestado atención a mi torso, niña.

—Ya salió el temita —suspiró mi primo—. Estaba tardando.

—Es la verdad, no me has echado cuenta en la vida.

—Pues ahora si puedo echarte… puedo echarte de aquí como te pongas plasta, tío.

Quique también estaba guapísimo. Mucho. El uniforme le sentaba bien, sí, pero arreglado para una boda parecía directamente diseñado para romper corazones.

Y Álvaro debía de pensar exactamente lo mismo porque comenzó a hacerle fotos desde ángulos que mi amigo ignoraba tener.

—¿Puedes dejar de mirarme así? —protestó Quique desde la puerta.

Álvaro bajó la cámara apenas un segundo.

—¿Así cómo?

—Con cara de querer quitarme la ropa, tío.

—Más quisieras —se rio—. Solo estoy trabajando.

—Pues trabaja con más disimulo, anda —le soltó guiñándole un ojo.

Yo me reí mientras Rubén negaba con la cabeza.

—Estos están en esa fase insoportable en la que todavía creen que disimulan —opiné.

Quique me señaló.

—Tú no hables. Bastante tenemos contigo y el periodista.

—¿Podéis dejar de relacionarme con Gonzalo aunque sea el día de la boda?

—No —respondió Rubén automáticamente.

Fantástico.

Mi primo terminó de colocarse la chaqueta y entonces se quedó quieto delante del espejo unos segundos. No por nervios exactamente. Más bien porque estaba intentando asumir lo que venía.

Yo lo observé desde la cama y sentí algo bonito en el pecho.

Porque Rubén llevaba toda la vida soñando con enamorarse así.

A lo grande.

Sin miedo.

Sin esconderse.

Y Samuel había aparecido en el momento exacto para darle justo eso.

Mi tía Celia entró entonces en el vestidor y hubo un segundo de caos precioso cuando vio a su hijo vestido de novio del todo.

—Ay, Dios mío.

Se llevó una mano a la boca mientras lo miraba de arriba abajo.

Y ahí sí.

Ahí Rubén empezó a emocionarse.

—No llores —le dijo él enseguida—. Como llores tú, lloro yo y se nos desmonta la cara a todos.

—Pero mírate…

—Mamá.

—Es que estás guapísimo.

Quique apareció detrás de ella con varias copas de cava en la mano.

—Bueno, basta de sentimentalismos, que me he encontrado esta botella de cava y vamos a brindar.

—¿Antes de la ceremonia? —pregunté.

—Marina, cariño, yo necesito estabilizar emociones.

Rubén cogió una copa mientras Álvaro seguía haciendo fotos sin parar.

—¿Y si llegamos borrachos al altar?

—Entonces la boda se hará viral —contestó Quique.

Mi tía Celia soltó una carcajada.

—Como os vea Enrique bebiendo aquí dentro os mata.

—Mi tío está de los nervios desde las ocho. Que no juzgue a nadie, en realidad.

—Tu tío ha revisado tres veces el mismo discurso —añadió ella.

Rubén bebió un poco de cava y luego levantó la copa.

—Vale. Un brindis rápido antes de que me dé un chungo de los nervios.

—Eso no existe —murmuré.

—Un chungo es una patología como otra cualquiera, primita. No seas más papista que el Papa.

Todos levantamos las copas.

Incluso Álvaro, que dejó la cámara sobre una cómoda para acercarse.

Rubén miró primero a Quique y luego a mí.

—Gracias por seguir aquí después de tantísimos años aguantándome.

—No nos dejabas alternativa —contestó Quique.

—Y porque sin nosotros habrías acabado decorando iglesias barrocas, chalado.

—Eso sigue siendo una posibilidad.

Nos reímos los cuatro mientras Celia negaba con la cabeza emocionada.

Rubén volvió a hablar después.

—Y gracias porque, sinceramente, mi vida es muchísimo mejor con vosotros dentro.

Quique hizo una mueca.

—Bueno. Ya estamos llorando.

—Todavía no.

—Dame diez segundos.

Chocamos las copas y bebimos mientras Álvaro aprovechaba para sacar otra foto del momento.

—Espero salir de cine —dijo Quique.

—Imposible salir mal con esa cara —contestó Álvaro sin pensar.

Todos nos quedamos callados dos segundos.

Quique parpadeó.

Rubén me miró.

Yo tuve que girarme para no empezar a reírme.

—Bueno —murmuró Quique intentando mantener la compostura—. Por fin uno que admira mi belleza.

—Qué vergüenza das —le dije.

—Estoy viviendo un romance, Marina. Respétame.

Mi tía Celia terminó sentándose un momento junto a mí en la cama mientras observaba a Rubén hablar con Álvaro sobre las fotos.

—Nunca pensé que este niño se me casaría tan rápido. Y míralo ahora.

Lo miramos las dos un momento.

Rubén seguía riéndose, feliz, rabiosamente atractivo y enamorado hasta las trancas.

Y era imposible no alegrarse por él.

Muchísimo.

Poco después apareció el tío Enrique desde el pasillo, ya vestido también y con cara de quien lleva horas intentando que nadie le arruine el protocolo.

—¿Estamos listos o vais a seguir bebiendo cava hasta las bodas de plata?

—Papá, relájate.

—No puedo. Tu madre me ha sacado de mis casillas. Y mírala, ahora parece que no ha roto un plato.

—Eso es tradición familiar. Somos todos un poco histéricos.

Quique empezó a reírse mientras Enrique señalaba a Rubén.

—Vámonos antes de que alguien manche ese traje impecable.

—Voy.

Rubén cogió aire un segundo antes de mirar otra vez alrededor del vestidor. A nosotros. A su madre. A las fotos. A la casa.

Y entonces sonrió de esa forma suya tan luminosa.

—Vale. Pues me caso.

—Por fin —contestó Quique—. Algún día tenía que pasar.

Bajamos todos juntos hacia la entrada entre voces, perfumes y más nervios de los acostumbrados. Desde fuera llegaba el ruido de varios coches esperando y el calor de Sevilla entraba por la puerta abierta mezclándose con el olor de las flores.

La tía Celia terminó saliendo la primera con Rubén agarrado del brazo.

Y durante un segundo, antes de cruzar la puerta, mi primo se giró hacia nosotros.

—Como alguien llore más que yo, lo echo de la boda.

—No puedes —contesté—. Es tarde.

Él sonrió.

Y después salió hacia el coche con su madre mientras los demás nos preparábamos para ir rumbo al sitio donde, dentro de muy poco, Rubén y Samuel iban a dar el pistoletazo de salida a su vida en común.

La finca estaba a las afueras de Sevilla, escondida entre caminos de tierra clara, olivos, buganvillas y una entrada larga flanqueada por cipreses.

Al bajar del coche, con el vestido azul eléctrico rozándome los tobillos y el pelo recogido en un moño bajo, tuve la sensación de entrar en uno de esos lugares que parecen preparados para que hasta los invitados más descreídos acaben emocionándose.

Había farolillos blancos colgados entre los árboles, centros de flores en tonos verdes, crema y azul profundo, y un camino de piedra que llevaba hacia la zona de la ceremonia, instalada en un jardín amplio, con sillas de madera clara, abanicos sobre los asientos y un altar precioso bajo una estructura cubierta de flores y ramas de olivo.

—Madre mía —murmuré—. Rubén va a llorar antes de llegar.

—Rubén va a llorar en cuanto vea una servilleta doblada con gusto —contestó Quique, apareciendo a mi lado con el traje impecable y la cara de quien llevaba un rato buscando a Álvaro sin querer reconocerlo.

—¿Y tú?

—Yo estoy estable.

—Quique, llevas el pañuelo en la mano.

—Por estética.

Álvaro pasó por delante de nosotros con la cámara colgada al cuello, guapísimo, concentrado y pendiente de la luz que entraba entre los árboles. Quique se irguió un poco, se arregló la chaqueta y fingió mirar hacia el altar.

—Se te acaba de poner postura militar —le dije.

—Estoy vigilando el perímetro.

—El perímetro se llama Álvaro.

—No me distraigas en acto de servicio.

No pude evitar reírme, pero enseguida me quedé mirando alrededor, porque todo era precioso de verdad.

La zona del altar tenía una elegancia muy sevillana, nada fría, nada excesiva.

Al fondo se veía el caserío principal, blanco, con ventanas verdes y una terraza preparada para la cena.

Más allá, varias mesas altas esperaban bajo los naranjos, con copas reluciendo al sol de la tarde y camareros moviéndose de un lado a otro antes de que empezara todo.

Mi madre apareció junto a Celia y a Victoria.

Las tres iban espectaculares.

Sonsoles llevaba un vestido rosa empolvado con escote barco y pendientes de perlas pequeñas.

Celia, como madre de Rubén, iba de verde esmeralda, con una mantilla ligera sobre los hombros y los ojos brillantes antes siquiera de empezar.

Victoria había elegido un azul grisáceo, sobrio, elegante, de esos que no necesitan competir con ningún otro color.

Se abrazaban, se tocaban las manos, se daban consejos y se miraban con esa complicidad de mujeres que ya compartían algo más que una boda.

—Marina, ven aquí —me llamó mi madre en cuanto me vio—. Que te mire bien.